viernes, 13 de febrero de 2026

El gaucho Juan Moreira. Su historia. -13 - 02 -2026 -

ENTRE LA HISTORIA Y LA NECESIDAD POPULAR. Revisionismo histórico argentino. Damián Zanni. Juan Moreira nació en el partido bonaerense de La Matanza, probablemente entre los años 1820 y 1830, aunque no se conoce con precisión su fecha de nacimiento. Su vida se desarrolló en un período decisivo de la historia argentina: las décadas posteriores a la caída de Juan Manuel de Rosas en 1852 y a la batalla de Pavón en 1861, cuando el nuevo orden liberal porteño avanzó sobre la campaña imponiendo un sistema político, judicial y policial profundamente hostil al gaucho. En ese contexto, la existencia de Moreira quedó marcada por una sucesión de injusticias que terminarían llevándolo a la muerte el 30 de abril de 1874 en Lobos, convirtiéndolo en una de las figuras populares más persistentes de la memoria argentina. Durante cerca de treinta años —fundamentalmente en las décadas de 1840 y 1850— Moreira llevó una vida tranquila. Se dedicó al trabajo rural, logró levantar su propio rancho, reunió algunas cabezas de ganado vacuno y cultivó pequeñas extensiones de tierra. No era un marginal ni un hombre fuera de la ley, sino un paisano trabajador que había alcanzado una modesta pero sólida estabilidad económica dentro del mundo rural bonaerense, antes de que ese mismo mundo comenzara a ser sistemáticamente desarticulado por el nuevo Estado. EL HOMBRE ANTES DEL MITO Juan Moreira era alto, fornido, de costumbres sobrias. Tomaba poco alcohol, no frecuentaba pulperías y se distinguía por sus buenos modales. Era hábil con la guitarra, lo que lo hacía apreciado socialmente. Estas cualidades lo acercaron a Andrea Vicenta Santillán, conocida como “la Vicenta”, con quien contrajo matrimonio con el pleno consentimiento de su padre, un hombre respetado en la zona. Sin embargo, ese casamiento marcaría el comienzo de su desgracia. El Teniente Alcalde del lugar, Don Francisco, autoridad local que concentraba funciones policiales, judiciales y políticas —típica figura del orden liberal en la campaña— también estaba enamorado de Vicenta. Desde ese momento comenzó una persecución sistemática contra Moreira, utilizando el aparato institucional para hostigarlo con acusaciones arbitrarias y sanciones desproporcionadas. La primera multa fue por la fiesta de bodas, supuestamente realizada sin autorización oficial: la pena ascendió a 500 pesos, una suma exorbitante para un paisano. LA INJUSTICIA COMO ORIGEN DE LA VIOLENCIA A esta persecución se sumó el conflicto con Sardetti, almacenero del pueblo, a quien Moreira había prestado aproximadamente 10.000 pesos para la compra de frutos del país. Al no recibir la devolución del dinero y carecer de documentación que acreditara el préstamo, Moreira recurrió a la autoridad local buscando justicia. El resultado fue el inverso: Sardetti negó la deuda y el Teniente Alcalde ordenó que Moreira fuera castigado con 48 horas de cepo, acusado de reclamar lo que no le pertenecía. Este episodio selló definitivamente su destino. Humillado, despojado de toda posibilidad legal de defensa y consciente de la connivencia entre el poder político y el comerciante, Moreira juró vengarse: una puñalada por cada mil pesos adeudados. Cumplió su promesa en un duelo a cuchillo dentro del propio almacén de Sardetti. Al regresar a su rancho, debió enfrentar a Don Francisco y a cuatro soldados enviados para capturarlo. En el enfrentamiento murieron el Teniente Alcalde y dos de los soldados. Desde ese momento, Moreira dejó de ser un paisano integrado y pasó a convertirse en un perseguido sin retorno posible. El mismo Estado que lo había empujado a la violencia se encargó de clausurar cualquier vía de regreso a la legalidad. EL GAUCHO PERSEGUIDO A partir de esos hechos comenzó a ganar fama en toda la región. Participó en numerosos enfrentamientos, muchos de ellos provocados por otros gauchos que buscaban probar su destreza. Su reputación creció rápidamente. En un intento por limpiar su nombre, llegó incluso a trabajar como guardaespaldas de dirigentes políticos que le prometieron protección y amnistía, promesas que nunca fueron cumplidas. Su mundo material se redujo a lo esencial: un solo caballo bayo, un pequeño perro llamado “Cacique”, un poncho, un facón de guardamonte en forma de C y dos trabucos. Dormía siempre a cielo abierto, sin desensillar jamás, preparado para huir en cualquier momento. Recorrió Navarro, Las Heras, Lobos y 25 de Mayo, y pasó temporadas en las tolderías del cacique Coliqueo, buscando refugio allí donde la autoridad estatal no llegaba o llegaba con menor violencia. LA MUERTE DE JUAN MOREIRA En abril de 1874, el juez de paz de Lobos, Casimiro Villamayor, por orden directa del gobernador de la provincia de Buenos Aires, Mariano Acosta, organizó su captura. No se trató de un operativo policial ordinario, sino de una cacería ejemplificadora destinada a eliminar un símbolo de resistencia. Veinticinco hombres de la policía bonaerense, al mando del comandante Bosch, rodearon la pulpería “La Estrella”, ubicada en el lugar donde hoy se levanta el Sanatorio Lobos, en la intersección de las calles Chacabuco y Cardoner. Moreira resistió con una ferocidad desesperada. Cuando estaba a punto de saltar el muro que lo separaba de su caballo, fue herido por la bayoneta del sargento Chirino, quien le perforó el pulmón izquierdo. Aun así, logró disparar su trabuco y dejar tuerto a su agresor, e hirió a Eulogio Varela. Cayó, se levantó una vez más y murió tras dos vómitos de sangre. MEMORIA, RESTOS Y PERVIVENCIA Juan Moreira dejó a su esposa Vicenta y a un hijo que llevó su mismo nombre. Sus restos descansan en el cementerio de Lobos. Algunos de sus efectos personales, como dagas y su cráneo, se conservan en el Museo Juan Domingo Perón de esa ciudad, como testimonio material de una vida que trascendió al hombre para convertirse en símbolo. LA CONSTRUCCIÓN DEL MITO Eduardo Gutiérrez fue quien dio proyección definitiva a la figura de Juan Moreira a través de sus relatos publicados por entregas a partir de 1879 en el diario La Patria Argentina. Gutiérrez no inventó al personaje: recogió una historia ya viva en la tradición oral y la fijó en la palabra escrita, dándole forma literaria a un sentimiento popular profundamente arraigado. La novela Juan Moreira se difundió masivamente y consolidó la imagen del gaucho injustamente perseguido por un sistema que lo empujó a la violencia. En 1880, Julio Llanos le escribió a Gutiérrez una carta aportando episodios desconocidos de la vida de Moreira, garantizando su veracidad. En ella relató cómo un Viernes Santo Moreira fue atacado por soldados frente a la iglesia de San Justo y se defendió únicamente con el rebenque, respetando el carácter sagrado del día. En otro episodio, fingió huir de una partida policial, se detuvo con calma, ató su caballo y se sentó a esperarlos; los soldados, intimidados, deliberaron y decidieron retirarse bajo las carcajadas del gaucho. Estos relatos terminaron de construir una figura que ya no pertenecía sólo a la historia, sino al imaginario popular. DEL HOMBRE AL MITO POPULAR A partir de la novela y de la circulación oral de su historia, Juan Moreira dejó de ser un individuo concreto para transformarse en símbolo. Mientras la historia oficial exaltaba próceres urbanos, abogados del orden liberal y figuras militares funcionales al nuevo régimen, el pueblo construyó su propio héroe: un gaucho común, víctima de la injusticia institucional, que se negó a aceptar la humillación sin resistencia. Moreira no fue héroe del Estado; fue héroe del pueblo, expresión de una justicia negada y de una dignidad pisoteada. El mito de Moreira no glorifica la violencia por sí misma, sino que señala su origen: un orden social que expulsó al gaucho de la legalidad y luego lo castigó por no someterse. En ese sentido, Moreira encarna la contracara del relato liberal de “civilización y progreso” y pone en evidencia el costo humano de ese proyecto. JUAN MOREIRA EN LA LITERATURA, EL TEATRO Y EL CINE La figura de Juan Moreira se expandió rápidamente más allá de la literatura. A fines del siglo XIX y comienzos del XX se convirtió en una de las piezas centrales del circo criollo y del teatro popular, especialmente a través de las representaciones de los Podestá. Allí, el mito se volvió cuerpo, voz y gesto; llegó a públicos analfabetos y se transformó en una experiencia colectiva, ritual, profundamente arraigada en la cultura popular argentina. En 1973, Leonardo Favio llevó la historia al cine con la película Juan Moreira, ofreciendo una relectura profundamente política del personaje. Favio no lo retrató como un bandido ni como un criminal, sino como una víctima heroica de un sistema injusto, retomando la tradición popular y proyectándola sobre el siglo XX. Su película consolidó definitivamente a Moreira como símbolo de los humildes y como expresión de una épica nacional alternativa, ajena al panteón oficial pero viva en la memoria del pueblo. JUAN MOREIRA COMO NECESARIEDAD HISTÓRICA Más allá del hombre real, Juan Moreira fue una necesariedad histórica. Surgió de un momento preciso: la consolidación del Estado liberal que necesitó disciplinar, perseguir y eliminar al gaucho como sujeto social. No nació de la barbarie, sino de la injusticia; no fue causa del desorden, sino consecuencia de un orden excluyente. Por eso su figura perdura. Porque Juan Moreira no pertenece sólo al pasado: es la expresión de una Argentina popular que, frente al abuso del poder, eligió no desaparecer en silencio. SI TE GUSTÓ EL TEXTO Y LO QUE HACEMOS DESDE REVISIONISMO HISTÓRICO ARGENTINO, PODÉS COLABORAR CON NOSOTROS 👇

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