Grandes temas nacionales.
domingo, 8 de marzo de 2026
La mujer en la historia argentina. - 08 - 03 -2026 -
LA MUJER EN LA HISTORIA ARGENTINA.
Esteban Dómina.
El 8 de marzo fue declarado Día Internacional de la Mujer por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) La fecha evoca un acontecimiento trágico —el incendio intencional que en 1908 causó la muerte de trabajadoras en una hilandería de Nueva York— adoptado como emblema para instalar en el calendario una jornada global de reflexión y debate acerca de la situación de la mujer y nuevos que enfrenta.
Puertas adentro, la fecha invita a repasar la presencia de la mujer en distintas épocas de la historia argentina. Planteado dicho propósito, se presenta un primer y gran problema: hallarlas, recuperar sus nombres, reconstruir su presencia. La mayoría, salvo honrosas excepciones, quedaron sumidas en el anonimato, a punto tal que podría escribirse una historia paralela: la de mujeres ausentes, borradas del relato historiográfico, como si no hubiesen existido.
Ello es así, como ocurrió en casi todas partes, debido al absurdo paradigma cultural del pasado que invisibilizó a las mujeres a la hora de contar la historia. El relato tradicional fue concebido por historiadores clásicos cuya visión, acorde al modelo patriarcal reinante, era que la esfera de lo público pertenecía exclusivamente al hombre, en tanto que a la mujer le correspondía desenvolverse no más allá del ámbito del hogar y la familia.
Así fue que el estereotipo femenino, concebido por la historiografía oficial y reproducido durante décadas por el sistema educativo, reconoce dos modelos femeninos: el de unas pocas mujeres patriotas, un selecto elenco de damas recordadas por méritos de menor relevancia comparados con lo que estaba en juego e incumbía a los hombres. Y el de esposas sacrificadas, hijas ejemplares y madres abnegadas, aludidas casi como meras portadoras de apellido.
En el primer grupo, los manuales escolares mencionaban a Mariquita Sánchez de Thompson por haber facilitado su reputado salón para estrenar la canción patria, las Niñas de Ayohuma que auxiliaron a los heridos de ese combate, Francisca Bazán de Laguna por proveer la legendaria casa donde se declaró la independencia, las patricias mendocinas que donaron joyas y cosieron la bandera del Ejército de los Andes. En el segundo grupo se incluía puntillosamente a Remedios Escalada, Mercedita y Manuelita, y Paula Albarracín, presentadas como modelos ejemplares de esposa, hijas y madre, respectivamente, de hombres célebres como José de San Martín, Juan Manuel de Rosas y Domingo F. Sarmiento. De amantes y barraganas, ni una palabra, como si Damasita Boedo, María Eugenia Castro o Aurelia Vélez no hubieran existido, como tantas otras.
Sin embargo, las mujeres estuvieron presentes y activas en todas las épocas, sufriendo iguales vicisitudes que los hombres de su tiempo. Lucharon junto a los grandes protagonistas de las azarosas horas fundacionales como San Martín, Manuel Belgrano y Miguel Martín de Güemes; fueron parte intensa de las vidas de Mariano Moreno, Bernardino Rivadavia, Rosas, Sarmiento, Julio A. Roca y muchos otros; pelearon las guerras, acompañaron a los caudillos federales, participaron desde siempre del mundo laboral, fueron pioneras de la educación y viga maestra de la familia y la sociedad.
Debieron transcurrir muchas décadas para que la inequidad apuntada fuera reparada, aunque no del todo, porque sobre la memoria de muchas mujeres insignes sigue pesando un inexorable manto de olvido. Con el paso del tiempo, los nombres rescatados que fueron saliendo a la luz permitieron reconstruir una galería de luchadoras en distintos roles en diferentes etapas históricas: Mariquita Sánchez, ya citada; Juana Azurduy, María Remedios del Valle, Macacha Güemes y muchas más mujeres comprometidas con la causa de la libertad y la independencia en la primera hora patria. Victoria Romero y Dolores Díaz, insignes compañeras de los caudillos Ángel Vicente Peñaloza y Felipe Varela, respectivamente. Juana Manso, Juana Manuela Gorriti, Olga Cossettini, Rosario Vera Peñaloza, puntales de la educación universal. Las incansables sufragistas en tiempos adversos a los derechos de la mujer: Julieta Lanteri, Cecilia Grierson, Elvira Rawson, Alicia Moreau, por citar solo algunas de las que bregaron para alcanzar el derecho al voto. Excelsas referentes en el ámbito de la cultura, como Rosa Bazán de Cámara, Alfonsina Storni, María Rosa Oliver y Delfina Bunge; Silvina Ocampo y María Elena Walsh, más acá en el tiempo.
En el ámbito de la política, el más alambrado, las primeras damas eran apreciadas por su bajo perfil. El pico más alto de protagonismo femenino lo marcó la irrupción de María Eva Duarte en la alta esfera política, un terreno hasta entonces vedado a la mujer. Más acá en el tiempo fueron mujeres —madres y abuelas— quienes desafiaron el terrorismo de Estado reclamando por la aparición con vida de sus seres queridos.
En las últimas décadas, el ascenso social de la mujer fue sostenido, ganando terreno en el plano de la igualdad de derechos y oportunidades, aunque subsisten problemas de larga data que, lejos de atenuarse, se agigantaron en extremo, como la violencia de género que viene dejando un tendal de femicidios.
En síntesis, las mujeres argentinas transitaron épocas signadas por la exacerbación del poder masculino y debieron desenvolverse en el estrecho margen que les era permitido. A lo largo del tiempo bregaron arduamente para cambiar esa realidad, una lucha que continua. Vaya para todas ellas, las mujeres visibles e invisibles de la Historia, un merecido homenaje en su Día.
Homenaje a la mujer. Belgrano promotor del rol de la mujer. -08 - 03- 2025-
Asociación Belgraniana de Morón
8 de marzo de 2025
Homenaje del Instituto Nacional Belgraniano a la Mujer, recordando algunas de las obras y acciones de Manuel Belgrano en favor de las niñas y mujeres de la Patria naciente.
Manuel Belgrano; Promotor del Rol de la Mujer.
“(…) las mujeres - fundamentaba Manuel Belgrano - son las encargadas de mejorar la sociedad porque ellas son las que forman a los ciudadanos, son las moderadoras, el instrumento fundamental para el cambio social, y era necesario educarlas para que pudieran cumplir con una misión tan significativa (…)”.
Período virreinal:
Belgrano fue un verdadero pionero en promover el rol social de la mujer en el Río de la Plata. En su cargo, como Secretario Perpetuo del Real Consulado de Buenos Aires (1794 - 1810), a través de las Memorias anuales se ocupó del tema y también a través de artículos en el Correo de Comercio.
Belgrano, en la Memoria “Medios generales de fomentar la agricultura, animar la industria y proteger el comercio en un país agricultor”, 15 de julio de 1796, manifestó un verdadero plan educativo, proponiendo la creación de escuelas: en primer lugar, escuelas gratuitas de primeras letras para niñas y para niños, de agricultura, hilaza de lana, de comercio, de dibujo y de náutica, Muy pocas de estas escuelas pudieron establecerse, entre ellas: la Escuela de Dibujo y una Academia de Náutica. El proyecto de Belgrano comprendía la enseñanza de primeras letras (hoy en día enseñanza primaria) pública, gratuita y obligatoria para niñas y niños. Fue el pionero en la educación femenina. Se les debería enseñar a las niñas doctrina cristiana, a leer, escribir, coser, bordar y principalmente inspirarles el amor al trabajo para apartarlas de la ociosidad tan perjudicial o más en las mujeres que en los hombres.
Ello les permitiría reunir el dinero necesario para la dote y acceder al matrimonio y ser madres de familia. Es una constante en el pensamiento belgraniano la valorización de la educación y el trabajo, para la formación integral de las personas. Su labor no se vio limitada a las Memorias Consulares, también desarrolló una importante prédica en los periódicos de la época. Belgrano en un artículo del Correo de Comercio, del 21 de julio de 1810, destacaba la necesidad que la política generara buenas costumbres esenciales para la felicidad moral y física de la nación.
Esta tarea debía estar en manos fundamentalmente de la mujer, dado que ella era la que formaba a los futuros ciudadanos. Describía en estos términos cuál era la situación de la mujer en esos momentos: “(…) La naturaleza nos anuncia una mujer; muy pronto va a ser madre y presentarnos conciudadanos en quienes debe inspirar las primeras ideas, ¿y qué ha de enseñarles, si a ella nada le han enseñado?. ¿Cómo ha de desenrollar las virtudes morales y sociales, las cuales son las costumbres que están situadas en el fondo de los corazones de sus hijos?. ¿Quién le ha dicho que esas virtudes son la justicia, la verdad, la buena fe, la decencia, la beneficencia, el espíritu y que estas calidades son tan necesarias al hombre como la razón de que proceden? (…)”. Por otra parte en la Memoria de 1796 también propuso el establecimiento de escuelas de hilazas de lana para ambos sexos, dentro de su plan de enseñanza de oficios, para desterrar la ociosidad y remediar la indigencia de los jóvenes de ambos sexos. Instituyó premios a los mejores hilados hechos por las niñas del Colegio de San Miguel Arcángel, colegio de niñas huérfanas. 6 Además, en la Memoria “Utilidades que resultarían a esta provincia y a la Península del cultivo del lino y cáñamo”, 9 de junio de 1797, propuso que las mujeres se ocuparan de diversas operaciones relativas a su fomento. Las mujeres de las clases más favorecidas, además de recibir educación, deberían realizar tareas de asistencia a pobres y enfermos en las Iglesias, al tiempo de hacerse cargo de escuelas de enseñanza para las niñas, donde también se les enseñara alguna “especie de industria”. Cada parroquia debería tener un médico para los pobres, viviendo en ella, y se evitaría por este medio que tuvieran que recurrir a los hospitales.
Es decir, que Belgrano buscó que la mujer no estuviera reducida al ámbito puramente doméstico, sino que también se insertara en un rol social. Las mujeres de los sectores populares, a través de la educación durante los primeros años y después incorporándose al mundo del trabajo (aprendizaje de oficios mujeriles) y las mujeres de la elite, luego de haberse educado, desempeñando tareas, que hoy en día denominamos sociales, en las parroquias, brindando asistencia a pobres y enfermos y educación a las mujeres pobres, alentándolas en sus trabajos.
Período Patrio:
la mujer irrumpe en el movimiento revolucionario. Más allá del marco del hogar, las mujeres en el Río de la Plata tuvieron una gran participación social. Estamos hablando de una sociedad multirracial y multicultural, donde encontramos mujeres aborígenes, blancas, mestizas y negras. A partir de la Revolución de Mayo se dio una marcada “politización” de la sociedad. Las de las clases altas participaron a través de los Salones y Tertulias. En ellas, para asombro de algunos viajeros ingleses, discutían con total naturalidad y apasionamiento de los temas políticos. Se dividían en realistas y patriotas. La mujer también estuvo presente en la Guerra de la Independencia, acompañando a los ejércitos patriotas y realistas, ya fuera como vivanderas, enfermeras, “bomberos” (espías), etc. Nuestras mujeres del Norte y de Cuyo participaron activamente en la Gesta de la Independencia. Desde el punto de vista de la producción confeccionaron la ropa para el grupo familiar y se hicieron cargo de sostener a las familias cuando los hombres marcharon a formar parte de los ejércitos. Cosieron los uniformes militares, bordaron las banderas y elaboraron los ponchos de nuestras tropas. Algunas, no solo acompañaron a los ejércitos realizando diversas funciones y exponiendo sus vidas, sino que empuñaron las armas. La participación de la mujer en las campañas libertadoras también estuvo presente por medio de donaciones. A modo de ejemplo, Doña Gregoria Pérez Ilarramendi de Deniz, distinguida y rica viuda, puso a disposición de Belgrano en su marcha al Paraguay, como Jefe de la Expedición Libertadora al Paraguay en 1810, sus haciendas, casas, criados y otros bienes. Belgrano agradeció, señalando que “(…) jamás olvidará una efusión tan sincera en beneficio de la Santa Causa que defendemos (…)”. En los frentes de guerra del Alto Perú (actual Estado Plurinacional de Bolivia) y las Intendencias de Salta y Tucumán, hubo una importante participación de las mujeres en las filas patriotas. Debemos tener en cuenta que la guerra se extendió desde 1810 hasta 1825, cuando la Batalla de Tumusla (1º de abril de 1825) puso fin al último resto del poder realista en la América del Sur.
Belgrano fue dos veces General en Jefe del Ejército Auxiliador del Perú: en 1812 - 1814, cuando tuvo lugar la Segunda Expedición Libertadora al Alto Perú, y 1816-1819, donde se destacó el accionar de Güemes, que enfrentó a los realistas en la “Guerra Gaucha” y los caudillos altoperuanos, “Guerra de Partidarios”. Mientras tanto, Belgrano a raíz de la falta de recursos se mantuvo con su ejército acantonado en Tucumán, pero pendiente de todas las operaciones patriotas. Debemos destacar que Belgrano, durante la Segunda Expedición Libertadora al Alto Perú, entró con sus tropas a Potosí y el 4 de julio de 1813 fue agasajado por las damas potosinas, quienes le obsequiaron la Tarja o Escudo de Potosí. Esta joya barroca, elaborada por orfebres potosinos, en oro y plata, más allá del innegable valor artístico tiene también un gran significado histórico. Evoca la ceremonia con la cual la ciudad de Potosí recibió a Belgrano y su ejército. Representa a la América del Sur, desde el Istmo de Panamá, incluyendo las Islas Malvinas y está coronada por la figura de un cacique. Una leyenda en oro designa a Belgrano “Protector de los Pueblos Americano”.
Belgrano envió el obsequio desde Potosí, el 6 de septiembre de 1813, al Cabildo de Buenos Aires, en una muestra más de su constante desprendimiento. Lo acompañó con una lista de las setenta y siete damas potosinas que se lo regalaron. Destacamos la actitud de Belgrano de reconocer el accionar femenino, que nos permite rendirle homenaje a estas mujeres.
En este frente de batalla que comprendía las Intendencias de Salta y Tucumán, las mujeres prestaron invalorables servicios al bando patriota. Todas las mujeres participaron de esta epopeya, desde la esclava hasta la matrona más encumbrada. Podemos citar entre otras: Juana Moro de López, Celedonia Pacheco de Melo, Magdalena Güemes de Tejada, alias Macacha, hermana de Juan Martín de Gúemes, Juana Manuela Torino, María Petrona Arias, Martina Silva de Gurruchaga y Andrea Zenarruza de Uriondo.
Martina Silva de Gurruchaga llegó a alistar una compañía de soldados en Los Cerrillos, a pocas leguas al sur de la ciudad de Salta. Belgrano en recompensa de su accionar, le ofreció un riquísimo manto, en cuya orilla mandó bordar la siguiente leyenda: “A la benemérita patriota capitana del ejército doña Martina Silva de Gurruchaga”. Merece una especial mención María Remedios del Valle, una parda según el sistema de castas vigente. Nació en Buenos Aires y se desempeñó, junto con su marido e hijos, en el ejército a partir de la Primera Expedición al Alto Perú, bajo el mando de Juan José Castelli en julio de 1810. Posteriormente, acompañó al Ejército Auxiliador del Perú, bajo las órdenes de Belgrano y luego se desempeñó bajo las órdenes de Güemes y de Álvarez de Arenales. Sufrió todo tipo de desventuras, entre ellas azotes públicos por favorecer la fuga de oficiales patriotas. De regreso a Buenos Aires, pobre y enferma, mientras mendigaba por las calles porteñas, fue reconocida por el General Juan José Viamonte, quien gestionó su pensión en la Legislatura de la Provincia de Buenos Aires. Esta le otorgó el cargo de Sargento Mayor en 1829. Cargo que detentó hasta su fallecimiento, ocurrido en 1847.
Gregorio Aráoz de Lamadrid y José María Paz, ambos oficiales de Belgrano, se refieren a ella en sus “Memorias”. Aráoz de Lamadrid mencionaba que una morena proveniente de Buenos Aires, la “tía María” a quien llamaban “madre de la patria”, en plena batalla de Ayohuma, mientras duraba el cañoneo como a las doce del día 14 de noviembre y con un sol que abrasaba la tierra, junto con sus dos hijas mozas, que se ocupaban de lavar con ella la ropa de los jefes y oficiales, constantemente condujo agua en tres cántaros que llevaban a la cabeza, desde un lago o vertiente situada entre ambas líneas y la distribuían entre los diferentes cuerpos, dándole un poco de alivio al ejército patriota. También José María Paz coincidía con este testimonio en sus memorias escritas en 1848. Bartolomé Mitre retomó estas memorias en su: “Historia de Belgrano y la Independencia Argentina”, publicada en 1857, transmitiendo la versión que llegó hasta nuestros días de “Las niñas de Ayohuma”. Recientemente, se reconoció su accionar y en su honor por Ley 26.852, del 17 de julio de 2019, se estableció el 8 de noviembre como el “Día Nacional de los y las Afroargentinos y de la Cultura afro”. Para finalizar este artículo, solo nos resta decir que Belgrano mantuvo una actitud de coherencia a lo largo de su vida pública en las distintas circunstancias que le tocó actuar y ello también lo advertimos con respecto al papel de la mujer en la sociedad, que promovió como funcionario del Estado Hispano - colonial primero y luego cuando se desempeñó como General en Jefe de los Ejércitos de la Independencia de la Patria. Las mujeres junto con los hombres fueron artífices de esa Patria Naciente, con la que soñó y por la cual luchó el General Manuel Belgrano.
San Martín el Santo de la Espada. Reflexiones.- 8 - 03 -2026 -
"EL SANTO DE LA ESPADA", UNA EDICIÓN DE LUJO - 1
Por Isabel Plante.
Entre las 14 ediciones de “El santo de la espada” que conserva el Museo Casa Ricardo Rojas se encuentra esta edición de 1950, de la cual hay otro ejemplar en la biblioteca del Instituto Nacional Sanmartiniano.
Ricardo Rojas había publicado su biografía de José de San Martín por primera vez en 1933, y desde 1945 la editorial Losada la reeditaba con muy buena aceptación y grandes tiradas que, según se puede leer en la solapa, sumaban 200.000 ejemplares. La solapa también hace gala de que se había dispuesto lo mejor en tipografía, compaginación, impresión, encuadernación y calidad del papel. Además se habían encargado ilustraciones a Antonio Berni, quien había “compuesto con acierto y fidelidad histórica las hermosas láminas en negro y en colores”. Se trata de 16 imágenes de aspecto acuarelado, impresas a página entera e intercaladas a lo largo del libro.
Esta edición fue realizada especialmente para el centenario de la muerte de José de San Martín en ese 1950 que había sido declarado por ley “Año del Libertador General San Martín”. Debajo del título, la cubierta muestra la imagen de un San Martín longilíneo y juvenil con su uniforme militar azul y rojo, el bicornio cubriendo su cabeza y una gran capa marrón. La figura se eleva en el primer plano de pie sobre una de las cumbres de la cordillera de los Andes. El índice de imágenes del libro la presenta como el Santo de la espada, en referencia a esta suerte de canonización laica que Rojas realizó con su hagiografía. El cruce realizado en el verano de 1817 en dirección a Chile parece repetirse en Paso de los Andes.
En esta imagen, entre innumerables figuras que tapizan el paisaje montañoso, San Martín se destaca por su tamaño apenas mayor y por su capa blanca. Sin embargo, en la imagen que se utilizó para la portada, el episodio de su vida posiblemente más conocido adquiere mayor espesor simbólico, al prestarse para generar una imagen de grandeza con tintes románticos acordes con la intención de representar al libertador de alcance sudamericano. Una grandeza histórica que se convierte en un fenómeno visible gracias al contraste entre el tamaño de la figura del héroe y el del minúsculo soldado que se ve en el plano del fondo sosteniendo las riendas de un caballo. También en razón del paisaje montañoso de sombras azuladas, que enmarca a esta figura solitaria. Lo sublime de la inmensidad rocosa que lo rodea se le adhiere (el azul de la montaña se confunde con el del uniforme), aún con el aspecto algo aniñado que presenta esta estampa de nuestro héroe.
Imagen:
Carátula de esa edición.
sábado, 21 de febrero de 2026
Las Malvinas y la política exterior de la Confederación.-21 -02- 2026 -
LAS MALVINAS Y LA POLÍTICA EXTERIOR DE LA CONFEDERACIÓN
Por Revisionismo Historico Argentino
Mientras la causa federal se afirmaba en el interior, el gobierno de Buenos Aires ejercía sin discusión actos concretos y efectivos de soberanía en sus posesiones australes. Ya en 1820 el coronel Jorge Jewitt, designado gobernador de las Islas Malvinas, notificó formalmente a los buques extranjeros la prohibición de la pesca de anfibios en esas costas. No se trató de una declaración retórica sino de un acto de autoridad ejercido ante terceros. En 1824 se concedió a Luis Vernet la Isla Soledad para establecer una colonia permanente, consolidando derechos previamente ejercidos por las Provincias Unidas como sucesoras de España. Vernet pobló, organizó y defendió el establecimiento con capital propio; introdujo ganado, levantó instalaciones, reglamentó la explotación de recursos y sostuvo la colonia allí donde franceses e ingleses habían fracasado. En 1829 fue nombrado comandante político y militar de las islas y de las costas adyacentes hasta el Cabo de Hornos, con autoridad efectiva, reglamentos, fuerza armada y artillería. Existía población, gobierno y jurisdicción. Los años 1829–1831 fueron precisamente los de mayor actividad en el archipiélago, con Puerto Soledad en pleno desarrollo, lo que desmiente cualquier insinuación de abandono o desinterés.
EL CONFLICTO CON LOS ESTADOS UNIDOS Y EL ATROPELLO DE LA LEXINGTON
Cuando buques norteamericanos persistieron en la pesca ilegal pese a reiteradas intimaciones, Vernet procedió conforme al derecho vigente y apresó las goletas Harriet, Superior y Breakwater. Los capitanes reconocieron la infracción y aceptaron someterse al juicio de Buenos Aires. Sin embargo, el cónsul estadounidense Slacum desconoció la jurisdicción argentina y promovió una reacción armada. En diciembre de 1831 la corbeta de guerra Lexington irrumpió en Puerto Soledad, inutilizó la artillería, destruyó instalaciones, saqueó bienes particulares y se llevó prisioneros, actuando como fuerza de represalia contra una población civil indefensa. El gobierno de Buenos Aires reclamó satisfacción e indemnización conforme al derecho de gentes, instruyendo al cuerpo legislativo sobre el origen y estado de la cuestión con los Estados Unidos mediante la publicación oficial de documentos en 1832. El encargado de negocios Baylies, lejos de reparar el daño, solicitó sus pasaportes y abandonó el país, dejando la cuestión abierta y debilitada la defensa material del archipiélago.
LA REAPARICIÓN DE LA PRETENSIÓN BRITÁNICA Y LA USURPACIÓN DE 1833
Mientras los Estados Unidos se retiraban del escenario, la Gran Bretaña reapareció invocando una supuesta soberanía sobre las islas. El ministro Woodbine Parish ya había presentado en 1829 una protesta basada en el descubrimiento y la ocupación inglesa del siglo XVIII. Esa nota no fue contestada formalmente en medio de las graves convulsiones internas que atravesaba el país; pero el silencio diplomático jamás significó asentimiento, menos aún cuando los actos de dominio argentino eran públicos y notorios. Si Inglaterra aspiraba sinceramente a una respuesta, pudo reiterar su comunicación; nunca derivar de esa circunstancia un pretendido derecho a la acción armada.
El 2 de enero de 1833 la corbeta británica Clio exigió la rendición de las autoridades establecidas en Puerto Luis y las desalojó por la fuerza. No medió tratado, cesión ni declaración de guerra. Fue un acto unilateral de ocupación armada contra un establecimiento organizado de un país con el cual mantenía relaciones amistosas. La explicación posterior de algunos autores británicos —según la cual la Clio fue enviada simplemente porque no se había respondido la protesta de Parish— desconoce los usos diplomáticos más elementales y la diferencia entre tomar posesión de un territorio desierto y expulsar autoridades legítimas.
EL INTERCAMBIO DIPLOMÁTICO CON PALMERSTON
La protesta argentina fue inmediata. Se declaró formalmente que, siendo las Provincias Unidas sucesoras de España en todos sus derechos, la Gran Bretaña no podía adquirir título alguno nuevo sobre las islas. Se protestó contra “la soberanía asumida últimamente en las islas Malvinas por la corona de la Gran Bretaña y contra el despojo y eyección del establecimiento de la República en Puerto Luis”, exigiendo las reparaciones correspondientes.
La respuesta inglesa, presentada tras más de seis meses de demora, reiteró los argumentos ya esgrimidos: descubrimiento original, ocupación inglesa y restitución del establecimiento en 1771. Añadía que el retiro de 1774 no invalidaba sus derechos y que, al no haber sido contestada la protesta de 1829, el gobierno argentino no debía sorprenderse por lo ocurrido. Lord Palmerston negó además la existencia de cualquier promesa secreta y sostuvo que Inglaterra no podía reconocer a la Argentina derechos derivados de España que ella había negado a esta última.
Tales argumentos no resisten examen. La falta de contestación formal no podía crear un derecho inexistente. Los actos de soberanía ejercidos por la República entre 1829 y 1831 eran el más claro desmentido a cualquier pretensión contraria. Por otra parte, Inglaterra había reconocido en distintos momentos la soberanía española en el Atlántico sur, comprometiéndose a no navegar ni comerciar en los mares del Sud en tratados anteriores y aceptando la restitución de 1771 con reserva expresa de derechos por parte de España. Desde 1774, año en que evacuó Puerto Egmont, guardó un prolongado silencio mientras España ejercía posesión exclusiva.
Manuel Moreno replicó el 29 de diciembre de 1834 con un alegato orgánico y documentado en defensa de los derechos argentinos. Publicó además en Londres un folleto destinado a ilustrar a la opinión pública sobre el carácter violento de la ocupación. Las ulteriores reclamaciones argentinas fueron respondidas con negativas categóricas a discutir en forma leal los títulos respectivos. La cuestión quedó abierta, pero la posición argentina no varió.
LOS FUNDAMENTOS HISTÓRICOS Y JURÍDICOS
La soberanía española sobre las islas derivaba de la concesión pontificia y de la ocupación efectiva de los territorios del Atlántico meridional, reconocida en distintos instrumentos internacionales. Desde 1764 —como sucesora de Francia— hasta 1811 España ejerció posesión efectiva de Puerto Soledad, y desde 1774 lo hizo en forma exclusiva sobre todo el archipiélago. Inglaterra evacuó Puerto Egmont en 1774 y en 1790 se comprometió nuevamente a no establecerse en las costas orientales u occidentales de la América meridional ni en las islas adyacentes.
Las Malvinas fueron incorporadas al gobierno y territorio dependiente de Buenos Aires por decisión española y esa situación no sufrió alteración hasta la Revolución. La República Argentina sucedió jurídicamente a España en todos sus derechos y obligaciones. Entre 1820 y el 2 de enero de 1833 ejerció ocupación pacífica y exclusiva del archipiélago, hasta que sus autoridades fueron desalojadas por la fuerza. Más tarde, en el tratado de reconocimiento, paz y amistad con España de 1863, la antigua metrópoli renunció a toda soberanía, derechos y acciones que le correspondieran sobre los territorios que integraban la Nación Argentina.
Por su parte, Inglaterra no puede invocar ni primer ocupante, ni cesión válida, ni derecho derivado de tratado alguno con España o con la Argentina. Sólo tiene a su favor la ocupación precaria del siglo XVIII y el despojo violento de 1833.
LA CUESTIÓN MALVINAS DURANTE EL SEGUNDO GOBIERNO DE ROSAS
Rosas llega por segunda vez al gobierno en 1835, cuando las Islas Malvinas ya habían sido tomadas por Inglaterra. Desde 1838 el bloqueo francés y luego la intervención anglo-francesa agravaron la situación económica y financiera del país. Los acreedores ingleses, Baring Brothers y Cía., presionaban por el cobro del empréstito de 1824, cuya garantía comprometía el territorio nacional. Según Saldías, se insinuó la entrega de las Malvinas como forma de pago.
Rosas respondió mediante su ministro Insiarte en 1843 proponiendo que, si el gobierno británico reconocía previamente los derechos argentinos sobre las islas, podría considerarse su cesión como parte de la solución de la deuda. La condición implicaba el reconocimiento expreso de la soberanía argentina, algo que Londres no podía admitir sin contradecir su propio acto de 1833. La propuesta ganó tiempo y neutralizó presiones, pero no fue aceptada. La cuestión territorial jamás fue cedida en derecho.
Mientras tanto, continuaron las agresiones navales y el bloqueo del Río de la Plata. En ningún momento el gobierno argentino reconoció la legitimidad de la ocupación británica. La integridad territorial fue sostenida como principio constante, aun en medio del aislamiento y la guerra.
CONCLUSIÓN
La cuestión Malvinas se apoya en una cadena histórica coherente: soberanía española reconocida, posesión efectiva y exclusiva, sucesión jurídica argentina, ejercicio concreto de autoridad hasta 1833, protesta inmediata contra el despojo y mantenimiento invariable del reclamo. La ocupación británica carece de título originario válido y se funda en la imposición de la fuerza. Los documentos diplomáticos, los antecedentes históricos y la continuidad jurídica configuran un derecho que no nace de una reivindicación tardía, sino de la sucesión legítima y la posesión efectiva interrumpida por un acto de violencia.
Los dientes de Belgrano y la bochorno nacional.
LOS DIENTES DE BELGRANO Y LA VERGÜENZA NACIONAL
Por Revisionismo Historico Argentino
LA TUMBA OLVIDADA
El 4 de septiembre de 1902, a las dos de la tarde, el atrio de la Iglesia de Santo Domingo se llenó de gente. Se iba a abrir la tumba de Manuel Belgrano. El creador de la Bandera llevaba allí desde el 20 de junio de 1820, enterrado en tiempos de pobreza extrema, bajo una losa sencilla que su familia pudo pagar cuando el país que él ayudó a fundar estaba sumido en la anarquía.
Más de ochenta años después, el Estado Argentino decidió construirle un mausoleo monumental. El traslado de sus restos formaba parte de una política de consagración simbólica: integrar definitivamente a Belgrano al panteón oficial de la Nación.
LA EXHUMACIÓN Y EL DESCUBRIMIENTO
El gobierno designó como representantes oficiales a los ministros Joaquín V. González y Pablo Ricchieri. También participaron médicos militares como Carlos Malbrán y Marcial Quiroga, el escultor Ximénez, el prior del convento y descendientes directos del prócer.
Al abrir la fosa comprobaron que el ataúd había desaparecido por completo, consumido por la humedad. Los huesos aparecieron dispersos. Fueron recogidos con cuidado y colocados sobre una bandeja de plata. Entre ellos, varios dientes se conservaban intactos.
Algunos cronistas señalaron un detalle que no pasó desapercibido: los ministros permanecieron cubiertos ante la tumba abierta. En la cultura política de la época, no quitarse el sombrero frente a restos venerables no era un detalle menor.
EL ESCÁNDALO DE LOS DIENTES
Lo que transformó la ceremonia en escándalo nacional fue lo que ocurrió después. González y Ricchieri se llevaron algunos dientes como recuerdo personal. El hecho se conoció rápidamente y provocó una reacción inmediata.
El diario La Prensa denunció el episodio con dureza y exigió la devolución inmediata, recordando que esos restos constituían una herencia sagrada de la gratitud nacional. La frase fue contundente: debían devolver los dientes “al patriota que menos comió en su gloriosa vida de los dineros de la Nación”.
La revista Caras y Caretas ironizó sobre la situación. La presión pública fue tan fuerte que los ministros no tuvieron alternativa: devolvieron los molares. González dijo que quería mostrarlos a amigos; Ricchieri afirmó que pensaba enseñárselos a Bartolomé Mitre. Las explicaciones no hicieron más que confirmar la ligereza del gesto.
EL MAUSOLEO Y LA CONTRADICCIÓN
El 20 de junio de 1903, el presidente Julio Argentino Roca inauguró el mausoleo frente a Santo Domingo. Allí fueron depositados definitivamente los restos y los dientes restituidos.
La escena deja una enseñanza incómoda. Belgrano murió prácticamente en la pobreza, después de haber donado el premio de sus victorias para fundar escuelas. El Estado que no supo asistirlo en vida organizó décadas más tarde una ceremonia monumental para honrarlo. Y aun en ese acto solemne, algunos de sus más altos funcionarios actuaron con frivolidad.
La historia de los dientes de Belgrano no es una anécdota pintoresca. Es un reflejo de una tensión constante en nuestra historia: la grandeza moral de algunos hombres frente a la estatura variable de quienes administran su memoria.
La Mazorca. Origen y función.
LA MAZORCA
ORIGEN, FUNCIÓN Y MEMORIA DE UN INSTRUMENTO POLÍTICO
Por Revisionismo Historico Argentino. Samián Zanni.
EL ORIGEN DE UN NOMBRE Y DE UN SÍMBOLO
La Mazorca no nació como decreto oficial ni como creación burocrática del gobierno, sino como derivación de la Sociedad Popular Restauradora, surgida hacia fines de 1833 en el clima enrarecido que dejó la disputa entre federales cismáticos y apostólicos. La figura central en su gestación fue Encarnación Ezcurra, esposa de Juan Manuel de Rosas, quien durante la ausencia de su marido demostró una capacidad organizativa y política decisiva.
El nombre “Mazorca” comenzó como mote, no como título solemne. Según la tradición más difundida, el panfletario unitario José Rivera Indarte habría utilizado el marlo de maíz en una décima satírica hacia 1835. Lo que nació como burla fue resignificado por el pueblo federal. La espiga, con sus granos apretados en un mismo tronco, ofrecía una metáfora potente: unión, cohesión, defensa común frente al peligro. Mientras los adversarios hablaban de “más horcas”, los federales veían una imagen criolla de comunidad organizada.
LA SOCIEDAD POPULAR RESTAURADORA
La Sociedad Popular Restauradora fue, en sus inicios, una asociación política de adhesión rosista. Se reunía en la pulpería de su presidente, Julián González Salomón. No era una logia secreta al estilo europeo, como exageraba la propaganda antirrosista, sino un núcleo activo de militancia en tiempos en que la política se dirimía tanto en la calle como en la Sala de Representantes.
En sus comienzos la integraron sectores medios y populares; más tarde, sobre todo tras el bloqueo francés y el recrudecimiento de la violencia política, se sumaron apellidos tradicionales de Buenos Aires. Las listas publicadas en la prensa oficial mostraban que el apoyo al Restaurador no era patrimonio exclusivo de la plebe, como pretendía la literatura unitaria.
Su función inicial consistía en manifestaciones públicas de adhesión, presión política y vigilancia sobre opositores. En contextos de conspiración como el que rodeó el complot de Maza o las alianzas con la escuadra francesa la vigilancia se intensificó. La frontera entre militancia y coerción comenzó a desdibujarse.
EL NACIMIENTO DE LA MAZORCA COMO BRAZO EJECUTOR
Con el agravamiento de la crisis a partir del bloqueo francés, la violencia política urbana reapareció con crudeza. De la Sociedad Popular emergió un núcleo reducido, vinculado a partidas especiales de la policía, que comenzó a actuar con métodos expeditivos. Allí se consolidó lo que la posteridad conocería como “la Mazorca” en sentido estricto.
Entre sus figuras más conocidas estuvieron Ciriaco Cuitiño y Leandro Antonio Alén, además de Silverio Badía y Manuel Troncoso. No eran centenares ni un ejército paralelo: probablemente no superaron unas pocas decenas. Lo distintivo no era sólo su fervor federal, sino su pertenencia simultánea al aparato policial. Actuaban en esa zona gris donde la orden podía ser verbal y la responsabilidad difícil de probar.
EL TERROR COMO PEDAGOGÍA POLÍTICA
Los degüellos de 1840 dieron a la Mazorca su fama más persistente. El caso de Francisco Lynch, José María Riglos y Carlos Mason marcó un punto de inflexión. No eran agitadores anónimos, sino hombres vinculados a redes sociales influyentes. Su ejecución al intentar huir tuvo un efecto psicológico profundo en la elite porteña.
El mensaje era inequívoco:
no había ya espacio para la ambigüedad. El terror no fue masivo en cantidad; fue selectivo y ejemplificador. Su eficacia residía en la sensación permanente de vigilancia e incertidumbre. No saber cuándo, no saber a quién, no saber quién observaba. Más que exterminar, disciplinaba.
1840: LA CIUDAD QUE NO SE LEVANTÓ
Cuando el ejército de Lavalle avanzó hasta las cercanías de Buenos Aires, muchos unitarios esperaban una insurrección urbana. No ocurrió. La ciudad permaneció inmóvil.
Ese fue el verdadero triunfo político del sistema rosista.
La disciplina no nació en 1840; ya estaba instalada. La Mazorca no creó el orden: lo consolidó. El miedo previo y las señales ejemplificadoras habían desactivado la posibilidad de una rebelión abierta. La elite comprendió que el costo de apostar por el levantamiento podía ser irreversible.
1842: DEL CONTROL A LA VENGANZA
Es necesario distinguir etapas.
La violencia de 1840 tuvo una lógica política clara y finalidad disciplinadora.La de 1842 mostró rasgos más vengativos y menos controlados.
En el clima posterior a nuevas conspiraciones y amenazas externas, la frontera entre orden y exceso se volvió más difusa. Allí la Mazorca adquirió la imagen que la memoria antirrosista consolidó como definitiva. Sin embargo, incluso entonces, la violencia fue temporal y concentrada. No fue un estado permanente de terror indiscriminado. Fue un ciclo breve dentro de una década que luego ingresaría en relativa estabilidad urbana.
VIOLENCIA CRUZADA Y GUERRA CIVIL
La Mazorca no surgió en el vacío. Fue la contracara de una época donde conspiraciones internas, sociedades políticas opositoras, redes liberales y vínculos con potencias extranjeras formaban parte del repertorio unitario. La alianza de sectores exiliados con fuerzas extranjeras, los intentos insurreccionales y la guerra abierta configuraban un escenario de confrontación total.
La violencia no fue patrimonio exclusivo de un bando. Fusilamientos sumarios, degüellos y represalias fueron prácticas extendidas en el marco de una guerra civil prolongada. En ese contexto, la Mazorca operó como instrumento de disciplinamiento político del rosismo frente a una amenaza que consideraba existencial.
Comprender esto no implica justificar los excesos ni negar los crímenes. Implica situarlos en una dinámica de violencia recíproca donde la política se confundía con la supervivencia.
PROPAGANDA Y CONSTRUCCIÓN DE MEMORIA
Desde el exilio en Montevideo, la prensa unitaria convirtió a la Mazorca en símbolo absoluto de barbarie. La literatura romántica posterior fijó esa imagen en la memoria colectiva. En contraste, documentos oficiales defendían a la Sociedad Popular como reunión de vecinos patriotas que actuaban en momentos de peligro. La disputa por el significado del nombre fue, en realidad, una batalla por la memoria histórica.
CASEROS Y LA HORA DEL AJUSTE
Tras la caída de Rosas en 1852, la Mazorca fue desmantelada y sus principales miembros juzgados. El 29 de diciembre de 1853 fueron fusilados Ciriaco Cuitiño y Leandro Antonio Alén en un acto público y ejemplificador.
El hijo de Alén, Leandro N. Alem, cargaría durante su vida con el estigma de “hijo de mazorquero”. Décadas más tarde fundaría la Unión Cívica Radical. La historia argentina enlazó así, de modo paradójico, la represión rosista con una de las corrientes políticas que marcarían el siglo XX.
UN INSTRUMENTO DE SU TIEMPO
La Mazorca no fue la esencia permanente del régimen rosista. Fue un instrumento surgido en un momento de crisis aguda, en una sociedad atravesada por guerra civil, bloqueos extranjeros y fractura política profunda.
Reducirla a caricatura demoníaca impide comprender su función histórica. Justificarla sin matices empobrece el análisis. Fue una herramienta de disciplinamiento en una Argentina que aún no contaba con límites institucionales consolidados para procesar el conflicto político.
La palabra “Mazorca” sigue provocando pasiones porque resume el drama central del siglo XIX argentino: la construcción del orden en medio de la guerra civil, la autoridad afirmada sin frenos estables y la política convertida en campo de supervivencia.
Entenderla exige abandonar tanto la hagiografía como el anatema, y asumir que nació como tantas instituciones de aquel tiempo de la violencia cruzada que definió una era.
viernes, 13 de febrero de 2026
El Negro Falucho, Antonio Ruiz, Fidelidad a la Patria. - 13 - 02 - 2026 -
EL NEGRO FALUCHO.
Por Revisionismo Historico Argentino. por Damián Zanni.
¿EXISTIÓ O FUE UNA INVENCIÓN DE BARTOLOMÉ MITRE?
¡MALO ES SER REVOLUCIONARIO, PERO PEOR ES SER TRAIDOR! (Frase inventada por Mitre)
La noche del 4 al 5 de febrero de 1824 se sublevó la guarnición patriota del Callao, integrada por los restos del Ejército de los Andes: el regimiento Río de la Plata, los batallones 2º y 5º de Buenos Aires y los artilleros de Chile, a los que se sumaron dos escuadrones amotinados del regimiento de Granaderos a Caballo. Aquellos soldados, lejos de cualquier conspiración ideológica o traición consciente, se levantaron empujados por una situación límite: se les adeudaban cinco meses de paga, mientras que el día anterior habían sido abonados los sueldos de jefes y oficiales. A ello se agregaba el deseo de regresar a su patria —Buenos Aires o Chile— y la repugnancia de ser embarcados hacia el norte para engrosar el ejército de Bolívar, al que no sentían como propio. No hubo allí un alzamiento antipatriota, sino un motín de tropas exhaustas, olvidadas y utilizadas como fuerza prescindible por los mismos gobiernos que decían representar la causa de la independencia.
Este episodio debe comprenderse en el contexto del colapso político y militar que siguió al retiro de José de San Martín del escenario americano tras la entrevista de Guayaquil en 1822. Para 1823–1824, el Ejército de los Andes se encontraba virtualmente disuelto, sin conducción estratégica clara, sin respaldo financiero estable y atrapado en una transición de poder entre autoridades peruanas débiles y la creciente presión del proyecto bolivariano. El motín del Callao no fue un hecho aislado ni anómalo, sino uno de los últimos y más dramáticos capítulos de la descomposición de aquella fuerza que había sido decisiva en la emancipación sudamericana.
El movimiento fue encabezado por los sargentos Dámaso Moyano y Francisco Oliva, ambos del Regimiento Río de la Plata. La disciplina se desmoronó rápidamente y la tropa se entregó a excesos. En ese contexto, el mulato Moyano aceptó la sugerencia de Oliva de consultar al coronel realista José María Casariego, que se encontraba prisionero en la fortaleza. Casariego advirtió de inmediato la oportunidad política que se abría ante él y aconsejó desplazar a los jefes patriotas para reemplazarlos por oficiales españoles. Mientras las autoridades peruanas dilataban el pago de los sueldos atrasados, Casariego convencía a los sublevados de pasarse a las filas realistas, prometiéndoles recompensas y protección, en contraste con los castigos que —según él— les aguardarían si permanecían en el bando patriota.
ANTONIO RUIZ Y SU TRAYECTORIA MILITAR
Antonio Ruiz fue natural de Buenos Aires. Hombre de color, había sido liberto del vecino de esta capital Antonio Ruiz, de quien tomó nombre y apellido, conforme a una práctica extendida en la época. El apodo con el que pasó a la historia, “Falucho”, le fue aplicado por sus compañeros a raíz del especial cuidado que consagraba a su gorro de cuartel, denominado precisamente falucho.
Ingresó a las fuerzas armadas en 1813 como soldado del Batallón Fijo de la Libertad y participó en las acciones de Vilcapugio y Ayohuma. Incorporado luego al Ejército de los Andes, asistió a la campaña restauradora de Chile, hallándose en las jornadas decisivas de Chacabuco, Cancha Rayada y Maipú. Formó parte más tarde del Ejército Libertador del Perú, señalándose por su valor en combate y por su lealtad al pabellón patrio durante toda la campaña emancipadora. Esta trayectoria, extensa y documentada, lo convirtió en un veterano conocido por sus jefes y camaradas, muy lejos de la figura anónima y circunstancial que luego se le atribuiría en el relato mitrista.
EL RELATO DE MITRE Y LA CONSTRUCCIÓN DEL HÉROE
En medio de ese desorden se sitúa el episodio que daría origen a una de las leyendas más difundidas de la historiografía argentina: la muerte del negro Falucho. Para narrarlo, Bartolomé Mitre recurrió por primera vez a la prensa en el periódico Los Debates del 14 de mayo de 1857, y luego lo reiteró y fijó definitivamente en La Nación y en su Historia de San Martín y de la emancipación americana.
Según Mitre, la noche del 6 de febrero de 1824 se encontraba de guardia en el torreón del Rey Felipe un soldado negro del Regimiento Río de la Plata, conocido por el apodo de Falucho, porteño de nacimiento y célebre entre sus camaradas por su valentía y patriotismo. Como muchos otros, había quedado envuelto en el motín, que hasta entonces no había pasado de ser una rebelión de cuartel. Mientras aquel “oscuro centinela”, en palabras de Mitre, velaba junto al asta donde pocas horas antes flameaba la bandera argentina, Casariego persuadía a los sublevados de enarbolar el estandarte español en la oscuridad de la noche.
Cuando los soldados se presentaron ante Falucho con la bandera realista, contra la que había combatido durante catorce años —desde las campañas iniciales de la independencia rioplatense hasta las jornadas decisivas de Chile y Perú—, el centinela se negó a creer lo que veía. Humillado, se arrojó al suelo y rompió en llanto. Al ordenársele que presentara armas al pabellón del rey, respondió que no podía rendir honores a la bandera contra la que había peleado siempre. Tildado de “revolucionario”, habría contestado, según Mitre, la frase que atravesó generaciones de manuales escolares: “Malo es ser revolucionario, pero peor es ser traidor”. Luego, tomando su fusil por el cañón, lo hizo pedazos contra el asta. Inmediatamente fue reducido, obligado a arrodillarse frente al mar y fusilado por cuatro tiradores. Entre el humo de los disparos, siempre según el relato mitrista, resonó un último grito: “¡Viva Buenos Aires!”.
Mitre identificó a este soldado como Antonio Ruiz, apodado Falucho, nacido en Buenos Aires.
LAS FUENTES DE MITRE Y SUS CONTRADICCIONES
Para sostener su relato, Mitre invocó testimonios verbales del general Enrique Martínez, jefe de la División de los Andes; de los coroneles Pedro José Díaz y Pedro Luna; y el testimonio escrito del coronel Juan Espinosa. Años más tarde, frente a las críticas crecientes, introdujo una explicación que resultó más confusa que aclaratoria: afirmó que habían existido dos soldados negros apodados Falucho, insinuando incluso que el apodo funcionaba como una denominación genérica aplicada a soldados de color particularmente valientes.
Desde fines del siglo XIX comenzaron a alzarse objeciones documentales serias. En 1899, Manuel J. Mantilla, en su obra Los Negros Argentinos, examinó la documentación disponible y señaló una contradicción insalvable: existía constancia fehaciente de un Falucho vivo en Lima en 1830. En una carta del general William Miller dirigida a San Martín el 20 de agosto de ese año, se mencionaba expresamente al “morenito Falucho, de la compañía de cazadores del número 8, que tomó una bandera en Maipú”, enviando saludos al Libertador. Este Falucho era además conocido por Tomás Guido y por el propio San Martín, lo que descarta cualquier confusión circunstancial.
Mantilla halló también en listas militares de fines de 1819 a un cabo segundo Antonio Ruiz en la compañía del capitán Manuel Díaz, perteneciente al Batallón N.º 8 del Ejército de los Andes. En cambio, en la compañía de Pedro José Díaz —a la que Mitre adscribía al Falucho fusilado— no figuraba ningún Antonio Ruiz. Todo ello indica que Falucho fue uno solo, y que ese Falucho no murió en el Callao.
EL HECHO REAL DETRÁS DEL MITO
El motín y el fusilamiento deben situarse, por tanto, en el tramo final de las guerras de independencia sudamericanas, cuando entre 1823 y 1824 se superponen el agotamiento militar, las disputas políticas y la redefinición del liderazgo continental tras la retirada de San Martín y la consolidación de Bolívar. En ese marco preciso ocurrió la muerte del soldado negro que se negó a rendir honores a la bandera realista. La documentación existente no permite establecer con certeza absoluta la fecha exacta de su fusilamiento, que oscila entre el 4 y el 7 de febrero de 1824, lo que no altera la naturaleza del hecho ni su significado político y simbólico.
A la luz de los testimonios existentes, la conclusión es clara aunque incómoda para la historiografía liberal. En el Callao murió fusilado, heroicamente, un soldado negro que se negó a rendir honores a la bandera realista. Ese hecho existió y está suficientemente acreditado. Lo que no puede sostenerse con igual certeza es que ese soldado haya sido Antonio Ruiz, apodado Falucho. El Falucho histórico, combatiente del Batallón 8º, veterano del Ejército de los Andes y protagonista en Maipú, sobrevivió y vivía en Lima varios años después.
Bartolomé Mitre no inventó el acto de lealtad, pero sí lo transformó. Tomó un hecho real y lo convirtió en una escena ejemplar, moralizante y cerrada, adjudicándole un nombre conocido, una frase perfecta y una muerte funcional a su proyecto historiográfico. No se trató de un error inocente, sino de una operación política: Mitre necesitaba un héroe popular que muriera obedientemente, no un soldado negro vivo, consciente de sus derechos, con trayectoria propia y memoria incómoda.
MITRE, EL PUEBLO Y LOS HÉROES QUE DEBEN MORIR
El Falucho mitrista cumple una función precisa dentro del relato liberal de la historia nacional. Es un héroe sin voz política, sin reclamos, sin descendencia simbólica. No protesta por sueldos impagos, no cuestiona a los jefes, no participa del motín, no vuelve a Buenos Aires a exigir reconocimiento. Su misión es morir bien, solo y a tiempo, para que otros escriban su historia. De ese modo, la historiografía oficial celebra el sacrificio popular mientras excluye al pueblo real de toda participación posterior en el poder.
Negar el hecho heroico por la confusión del nombre es un recurso habitual de esa misma historiografía para borrar la presencia popular y negra en las guerras de la independencia. No se discute el acto: se discute el nombre para vaciar el sentido. Así se pretende convertir una lealtad extrema en una anécdota dudosa, y una muerte ejemplar en un simple error historiográfico.
TRADICIÓN, MEMORIA Y VERDAD HISTÓRICA
No importa, en última instancia, que el soldado fusilado en el Callao no se haya llamado Falucho. La tradición lo seguirá nombrando así porque lo que se honra no es un registro administrativo, sino un gesto fundante. Lo verdaderamente intolerable para la historia oficial no es la imprecisión nominal, sino que un soldado negro, pobre y sin grado haya demostrado una fidelidad a la patria que muchos ilustrados de salón, prolijos redactores de constituciones y comerciantes de principios jamás estuvieron dispuestos a asumir.
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