sábado, 21 de febrero de 2026

Las Malvinas y la política exterior de la Confederación.-21 -02- 2026 -

LAS MALVINAS Y LA POLÍTICA EXTERIOR DE LA CONFEDERACIÓN Por Revisionismo Historico Argentino Mientras la causa federal se afirmaba en el interior, el gobierno de Buenos Aires ejercía sin discusión actos concretos y efectivos de soberanía en sus posesiones australes. Ya en 1820 el coronel Jorge Jewitt, designado gobernador de las Islas Malvinas, notificó formalmente a los buques extranjeros la prohibición de la pesca de anfibios en esas costas. No se trató de una declaración retórica sino de un acto de autoridad ejercido ante terceros. En 1824 se concedió a Luis Vernet la Isla Soledad para establecer una colonia permanente, consolidando derechos previamente ejercidos por las Provincias Unidas como sucesoras de España. Vernet pobló, organizó y defendió el establecimiento con capital propio; introdujo ganado, levantó instalaciones, reglamentó la explotación de recursos y sostuvo la colonia allí donde franceses e ingleses habían fracasado. En 1829 fue nombrado comandante político y militar de las islas y de las costas adyacentes hasta el Cabo de Hornos, con autoridad efectiva, reglamentos, fuerza armada y artillería. Existía población, gobierno y jurisdicción. Los años 1829–1831 fueron precisamente los de mayor actividad en el archipiélago, con Puerto Soledad en pleno desarrollo, lo que desmiente cualquier insinuación de abandono o desinterés. EL CONFLICTO CON LOS ESTADOS UNIDOS Y EL ATROPELLO DE LA LEXINGTON Cuando buques norteamericanos persistieron en la pesca ilegal pese a reiteradas intimaciones, Vernet procedió conforme al derecho vigente y apresó las goletas Harriet, Superior y Breakwater. Los capitanes reconocieron la infracción y aceptaron someterse al juicio de Buenos Aires. Sin embargo, el cónsul estadounidense Slacum desconoció la jurisdicción argentina y promovió una reacción armada. En diciembre de 1831 la corbeta de guerra Lexington irrumpió en Puerto Soledad, inutilizó la artillería, destruyó instalaciones, saqueó bienes particulares y se llevó prisioneros, actuando como fuerza de represalia contra una población civil indefensa. El gobierno de Buenos Aires reclamó satisfacción e indemnización conforme al derecho de gentes, instruyendo al cuerpo legislativo sobre el origen y estado de la cuestión con los Estados Unidos mediante la publicación oficial de documentos en 1832. El encargado de negocios Baylies, lejos de reparar el daño, solicitó sus pasaportes y abandonó el país, dejando la cuestión abierta y debilitada la defensa material del archipiélago. LA REAPARICIÓN DE LA PRETENSIÓN BRITÁNICA Y LA USURPACIÓN DE 1833 Mientras los Estados Unidos se retiraban del escenario, la Gran Bretaña reapareció invocando una supuesta soberanía sobre las islas. El ministro Woodbine Parish ya había presentado en 1829 una protesta basada en el descubrimiento y la ocupación inglesa del siglo XVIII. Esa nota no fue contestada formalmente en medio de las graves convulsiones internas que atravesaba el país; pero el silencio diplomático jamás significó asentimiento, menos aún cuando los actos de dominio argentino eran públicos y notorios. Si Inglaterra aspiraba sinceramente a una respuesta, pudo reiterar su comunicación; nunca derivar de esa circunstancia un pretendido derecho a la acción armada. El 2 de enero de 1833 la corbeta británica Clio exigió la rendición de las autoridades establecidas en Puerto Luis y las desalojó por la fuerza. No medió tratado, cesión ni declaración de guerra. Fue un acto unilateral de ocupación armada contra un establecimiento organizado de un país con el cual mantenía relaciones amistosas. La explicación posterior de algunos autores británicos —según la cual la Clio fue enviada simplemente porque no se había respondido la protesta de Parish— desconoce los usos diplomáticos más elementales y la diferencia entre tomar posesión de un territorio desierto y expulsar autoridades legítimas. EL INTERCAMBIO DIPLOMÁTICO CON PALMERSTON La protesta argentina fue inmediata. Se declaró formalmente que, siendo las Provincias Unidas sucesoras de España en todos sus derechos, la Gran Bretaña no podía adquirir título alguno nuevo sobre las islas. Se protestó contra “la soberanía asumida últimamente en las islas Malvinas por la corona de la Gran Bretaña y contra el despojo y eyección del establecimiento de la República en Puerto Luis”, exigiendo las reparaciones correspondientes. La respuesta inglesa, presentada tras más de seis meses de demora, reiteró los argumentos ya esgrimidos: descubrimiento original, ocupación inglesa y restitución del establecimiento en 1771. Añadía que el retiro de 1774 no invalidaba sus derechos y que, al no haber sido contestada la protesta de 1829, el gobierno argentino no debía sorprenderse por lo ocurrido. Lord Palmerston negó además la existencia de cualquier promesa secreta y sostuvo que Inglaterra no podía reconocer a la Argentina derechos derivados de España que ella había negado a esta última. Tales argumentos no resisten examen. La falta de contestación formal no podía crear un derecho inexistente. Los actos de soberanía ejercidos por la República entre 1829 y 1831 eran el más claro desmentido a cualquier pretensión contraria. Por otra parte, Inglaterra había reconocido en distintos momentos la soberanía española en el Atlántico sur, comprometiéndose a no navegar ni comerciar en los mares del Sud en tratados anteriores y aceptando la restitución de 1771 con reserva expresa de derechos por parte de España. Desde 1774, año en que evacuó Puerto Egmont, guardó un prolongado silencio mientras España ejercía posesión exclusiva. Manuel Moreno replicó el 29 de diciembre de 1834 con un alegato orgánico y documentado en defensa de los derechos argentinos. Publicó además en Londres un folleto destinado a ilustrar a la opinión pública sobre el carácter violento de la ocupación. Las ulteriores reclamaciones argentinas fueron respondidas con negativas categóricas a discutir en forma leal los títulos respectivos. La cuestión quedó abierta, pero la posición argentina no varió. LOS FUNDAMENTOS HISTÓRICOS Y JURÍDICOS La soberanía española sobre las islas derivaba de la concesión pontificia y de la ocupación efectiva de los territorios del Atlántico meridional, reconocida en distintos instrumentos internacionales. Desde 1764 —como sucesora de Francia— hasta 1811 España ejerció posesión efectiva de Puerto Soledad, y desde 1774 lo hizo en forma exclusiva sobre todo el archipiélago. Inglaterra evacuó Puerto Egmont en 1774 y en 1790 se comprometió nuevamente a no establecerse en las costas orientales u occidentales de la América meridional ni en las islas adyacentes. Las Malvinas fueron incorporadas al gobierno y territorio dependiente de Buenos Aires por decisión española y esa situación no sufrió alteración hasta la Revolución. La República Argentina sucedió jurídicamente a España en todos sus derechos y obligaciones. Entre 1820 y el 2 de enero de 1833 ejerció ocupación pacífica y exclusiva del archipiélago, hasta que sus autoridades fueron desalojadas por la fuerza. Más tarde, en el tratado de reconocimiento, paz y amistad con España de 1863, la antigua metrópoli renunció a toda soberanía, derechos y acciones que le correspondieran sobre los territorios que integraban la Nación Argentina. Por su parte, Inglaterra no puede invocar ni primer ocupante, ni cesión válida, ni derecho derivado de tratado alguno con España o con la Argentina. Sólo tiene a su favor la ocupación precaria del siglo XVIII y el despojo violento de 1833. LA CUESTIÓN MALVINAS DURANTE EL SEGUNDO GOBIERNO DE ROSAS Rosas llega por segunda vez al gobierno en 1835, cuando las Islas Malvinas ya habían sido tomadas por Inglaterra. Desde 1838 el bloqueo francés y luego la intervención anglo-francesa agravaron la situación económica y financiera del país. Los acreedores ingleses, Baring Brothers y Cía., presionaban por el cobro del empréstito de 1824, cuya garantía comprometía el territorio nacional. Según Saldías, se insinuó la entrega de las Malvinas como forma de pago. Rosas respondió mediante su ministro Insiarte en 1843 proponiendo que, si el gobierno británico reconocía previamente los derechos argentinos sobre las islas, podría considerarse su cesión como parte de la solución de la deuda. La condición implicaba el reconocimiento expreso de la soberanía argentina, algo que Londres no podía admitir sin contradecir su propio acto de 1833. La propuesta ganó tiempo y neutralizó presiones, pero no fue aceptada. La cuestión territorial jamás fue cedida en derecho. Mientras tanto, continuaron las agresiones navales y el bloqueo del Río de la Plata. En ningún momento el gobierno argentino reconoció la legitimidad de la ocupación británica. La integridad territorial fue sostenida como principio constante, aun en medio del aislamiento y la guerra. CONCLUSIÓN La cuestión Malvinas se apoya en una cadena histórica coherente: soberanía española reconocida, posesión efectiva y exclusiva, sucesión jurídica argentina, ejercicio concreto de autoridad hasta 1833, protesta inmediata contra el despojo y mantenimiento invariable del reclamo. La ocupación británica carece de título originario válido y se funda en la imposición de la fuerza. Los documentos diplomáticos, los antecedentes históricos y la continuidad jurídica configuran un derecho que no nace de una reivindicación tardía, sino de la sucesión legítima y la posesión efectiva interrumpida por un acto de violencia.

Los dientes de Belgrano y la bochorno nacional.

LOS DIENTES DE BELGRANO Y LA VERGÜENZA NACIONAL Por Revisionismo Historico Argentino LA TUMBA OLVIDADA El 4 de septiembre de 1902, a las dos de la tarde, el atrio de la Iglesia de Santo Domingo se llenó de gente. Se iba a abrir la tumba de Manuel Belgrano. El creador de la Bandera llevaba allí desde el 20 de junio de 1820, enterrado en tiempos de pobreza extrema, bajo una losa sencilla que su familia pudo pagar cuando el país que él ayudó a fundar estaba sumido en la anarquía. Más de ochenta años después, el Estado Argentino decidió construirle un mausoleo monumental. El traslado de sus restos formaba parte de una política de consagración simbólica: integrar definitivamente a Belgrano al panteón oficial de la Nación. LA EXHUMACIÓN Y EL DESCUBRIMIENTO El gobierno designó como representantes oficiales a los ministros Joaquín V. González y Pablo Ricchieri. También participaron médicos militares como Carlos Malbrán y Marcial Quiroga, el escultor Ximénez, el prior del convento y descendientes directos del prócer. Al abrir la fosa comprobaron que el ataúd había desaparecido por completo, consumido por la humedad. Los huesos aparecieron dispersos. Fueron recogidos con cuidado y colocados sobre una bandeja de plata. Entre ellos, varios dientes se conservaban intactos. Algunos cronistas señalaron un detalle que no pasó desapercibido: los ministros permanecieron cubiertos ante la tumba abierta. En la cultura política de la época, no quitarse el sombrero frente a restos venerables no era un detalle menor. EL ESCÁNDALO DE LOS DIENTES Lo que transformó la ceremonia en escándalo nacional fue lo que ocurrió después. González y Ricchieri se llevaron algunos dientes como recuerdo personal. El hecho se conoció rápidamente y provocó una reacción inmediata. El diario La Prensa denunció el episodio con dureza y exigió la devolución inmediata, recordando que esos restos constituían una herencia sagrada de la gratitud nacional. La frase fue contundente: debían devolver los dientes “al patriota que menos comió en su gloriosa vida de los dineros de la Nación”. La revista Caras y Caretas ironizó sobre la situación. La presión pública fue tan fuerte que los ministros no tuvieron alternativa: devolvieron los molares. González dijo que quería mostrarlos a amigos; Ricchieri afirmó que pensaba enseñárselos a Bartolomé Mitre. Las explicaciones no hicieron más que confirmar la ligereza del gesto. EL MAUSOLEO Y LA CONTRADICCIÓN El 20 de junio de 1903, el presidente Julio Argentino Roca inauguró el mausoleo frente a Santo Domingo. Allí fueron depositados definitivamente los restos y los dientes restituidos. La escena deja una enseñanza incómoda. Belgrano murió prácticamente en la pobreza, después de haber donado el premio de sus victorias para fundar escuelas. El Estado que no supo asistirlo en vida organizó décadas más tarde una ceremonia monumental para honrarlo. Y aun en ese acto solemne, algunos de sus más altos funcionarios actuaron con frivolidad. La historia de los dientes de Belgrano no es una anécdota pintoresca. Es un reflejo de una tensión constante en nuestra historia: la grandeza moral de algunos hombres frente a la estatura variable de quienes administran su memoria.

La Mazorca. Origen y función.

LA MAZORCA ORIGEN, FUNCIÓN Y MEMORIA DE UN INSTRUMENTO POLÍTICO Por Revisionismo Historico Argentino. Samián Zanni. EL ORIGEN DE UN NOMBRE Y DE UN SÍMBOLO La Mazorca no nació como decreto oficial ni como creación burocrática del gobierno, sino como derivación de la Sociedad Popular Restauradora, surgida hacia fines de 1833 en el clima enrarecido que dejó la disputa entre federales cismáticos y apostólicos. La figura central en su gestación fue Encarnación Ezcurra, esposa de Juan Manuel de Rosas, quien durante la ausencia de su marido demostró una capacidad organizativa y política decisiva. El nombre “Mazorca” comenzó como mote, no como título solemne. Según la tradición más difundida, el panfletario unitario José Rivera Indarte habría utilizado el marlo de maíz en una décima satírica hacia 1835. Lo que nació como burla fue resignificado por el pueblo federal. La espiga, con sus granos apretados en un mismo tronco, ofrecía una metáfora potente: unión, cohesión, defensa común frente al peligro. Mientras los adversarios hablaban de “más horcas”, los federales veían una imagen criolla de comunidad organizada. LA SOCIEDAD POPULAR RESTAURADORA La Sociedad Popular Restauradora fue, en sus inicios, una asociación política de adhesión rosista. Se reunía en la pulpería de su presidente, Julián González Salomón. No era una logia secreta al estilo europeo, como exageraba la propaganda antirrosista, sino un núcleo activo de militancia en tiempos en que la política se dirimía tanto en la calle como en la Sala de Representantes. En sus comienzos la integraron sectores medios y populares; más tarde, sobre todo tras el bloqueo francés y el recrudecimiento de la violencia política, se sumaron apellidos tradicionales de Buenos Aires. Las listas publicadas en la prensa oficial mostraban que el apoyo al Restaurador no era patrimonio exclusivo de la plebe, como pretendía la literatura unitaria. Su función inicial consistía en manifestaciones públicas de adhesión, presión política y vigilancia sobre opositores. En contextos de conspiración como el que rodeó el complot de Maza o las alianzas con la escuadra francesa la vigilancia se intensificó. La frontera entre militancia y coerción comenzó a desdibujarse. EL NACIMIENTO DE LA MAZORCA COMO BRAZO EJECUTOR Con el agravamiento de la crisis a partir del bloqueo francés, la violencia política urbana reapareció con crudeza. De la Sociedad Popular emergió un núcleo reducido, vinculado a partidas especiales de la policía, que comenzó a actuar con métodos expeditivos. Allí se consolidó lo que la posteridad conocería como “la Mazorca” en sentido estricto. Entre sus figuras más conocidas estuvieron Ciriaco Cuitiño y Leandro Antonio Alén, además de Silverio Badía y Manuel Troncoso. No eran centenares ni un ejército paralelo: probablemente no superaron unas pocas decenas. Lo distintivo no era sólo su fervor federal, sino su pertenencia simultánea al aparato policial. Actuaban en esa zona gris donde la orden podía ser verbal y la responsabilidad difícil de probar. EL TERROR COMO PEDAGOGÍA POLÍTICA Los degüellos de 1840 dieron a la Mazorca su fama más persistente. El caso de Francisco Lynch, José María Riglos y Carlos Mason marcó un punto de inflexión. No eran agitadores anónimos, sino hombres vinculados a redes sociales influyentes. Su ejecución al intentar huir tuvo un efecto psicológico profundo en la elite porteña. El mensaje era inequívoco: no había ya espacio para la ambigüedad. El terror no fue masivo en cantidad; fue selectivo y ejemplificador. Su eficacia residía en la sensación permanente de vigilancia e incertidumbre. No saber cuándo, no saber a quién, no saber quién observaba. Más que exterminar, disciplinaba. 1840: LA CIUDAD QUE NO SE LEVANTÓ Cuando el ejército de Lavalle avanzó hasta las cercanías de Buenos Aires, muchos unitarios esperaban una insurrección urbana. No ocurrió. La ciudad permaneció inmóvil. Ese fue el verdadero triunfo político del sistema rosista. La disciplina no nació en 1840; ya estaba instalada. La Mazorca no creó el orden: lo consolidó. El miedo previo y las señales ejemplificadoras habían desactivado la posibilidad de una rebelión abierta. La elite comprendió que el costo de apostar por el levantamiento podía ser irreversible. 1842: DEL CONTROL A LA VENGANZA Es necesario distinguir etapas. La violencia de 1840 tuvo una lógica política clara y finalidad disciplinadora.La de 1842 mostró rasgos más vengativos y menos controlados. En el clima posterior a nuevas conspiraciones y amenazas externas, la frontera entre orden y exceso se volvió más difusa. Allí la Mazorca adquirió la imagen que la memoria antirrosista consolidó como definitiva. Sin embargo, incluso entonces, la violencia fue temporal y concentrada. No fue un estado permanente de terror indiscriminado. Fue un ciclo breve dentro de una década que luego ingresaría en relativa estabilidad urbana. VIOLENCIA CRUZADA Y GUERRA CIVIL La Mazorca no surgió en el vacío. Fue la contracara de una época donde conspiraciones internas, sociedades políticas opositoras, redes liberales y vínculos con potencias extranjeras formaban parte del repertorio unitario. La alianza de sectores exiliados con fuerzas extranjeras, los intentos insurreccionales y la guerra abierta configuraban un escenario de confrontación total. La violencia no fue patrimonio exclusivo de un bando. Fusilamientos sumarios, degüellos y represalias fueron prácticas extendidas en el marco de una guerra civil prolongada. En ese contexto, la Mazorca operó como instrumento de disciplinamiento político del rosismo frente a una amenaza que consideraba existencial. Comprender esto no implica justificar los excesos ni negar los crímenes. Implica situarlos en una dinámica de violencia recíproca donde la política se confundía con la supervivencia. PROPAGANDA Y CONSTRUCCIÓN DE MEMORIA Desde el exilio en Montevideo, la prensa unitaria convirtió a la Mazorca en símbolo absoluto de barbarie. La literatura romántica posterior fijó esa imagen en la memoria colectiva. En contraste, documentos oficiales defendían a la Sociedad Popular como reunión de vecinos patriotas que actuaban en momentos de peligro. La disputa por el significado del nombre fue, en realidad, una batalla por la memoria histórica. CASEROS Y LA HORA DEL AJUSTE Tras la caída de Rosas en 1852, la Mazorca fue desmantelada y sus principales miembros juzgados. El 29 de diciembre de 1853 fueron fusilados Ciriaco Cuitiño y Leandro Antonio Alén en un acto público y ejemplificador. El hijo de Alén, Leandro N. Alem, cargaría durante su vida con el estigma de “hijo de mazorquero”. Décadas más tarde fundaría la Unión Cívica Radical. La historia argentina enlazó así, de modo paradójico, la represión rosista con una de las corrientes políticas que marcarían el siglo XX. UN INSTRUMENTO DE SU TIEMPO La Mazorca no fue la esencia permanente del régimen rosista. Fue un instrumento surgido en un momento de crisis aguda, en una sociedad atravesada por guerra civil, bloqueos extranjeros y fractura política profunda. Reducirla a caricatura demoníaca impide comprender su función histórica. Justificarla sin matices empobrece el análisis. Fue una herramienta de disciplinamiento en una Argentina que aún no contaba con límites institucionales consolidados para procesar el conflicto político. La palabra “Mazorca” sigue provocando pasiones porque resume el drama central del siglo XIX argentino: la construcción del orden en medio de la guerra civil, la autoridad afirmada sin frenos estables y la política convertida en campo de supervivencia. Entenderla exige abandonar tanto la hagiografía como el anatema, y asumir que nació como tantas instituciones de aquel tiempo de la violencia cruzada que definió una era.

viernes, 13 de febrero de 2026

El Negro Falucho, Antonio Ruiz, Fidelidad a la Patria. - 13 - 02 - 2026 -

EL NEGRO FALUCHO. Por Revisionismo Historico Argentino. por Damián Zanni. ¿EXISTIÓ O FUE UNA INVENCIÓN DE BARTOLOMÉ MITRE? ¡MALO ES SER REVOLUCIONARIO, PERO PEOR ES SER TRAIDOR! (Frase inventada por Mitre) La noche del 4 al 5 de febrero de 1824 se sublevó la guarnición patriota del Callao, integrada por los restos del Ejército de los Andes: el regimiento Río de la Plata, los batallones 2º y 5º de Buenos Aires y los artilleros de Chile, a los que se sumaron dos escuadrones amotinados del regimiento de Granaderos a Caballo. Aquellos soldados, lejos de cualquier conspiración ideológica o traición consciente, se levantaron empujados por una situación límite: se les adeudaban cinco meses de paga, mientras que el día anterior habían sido abonados los sueldos de jefes y oficiales. A ello se agregaba el deseo de regresar a su patria —Buenos Aires o Chile— y la repugnancia de ser embarcados hacia el norte para engrosar el ejército de Bolívar, al que no sentían como propio. No hubo allí un alzamiento antipatriota, sino un motín de tropas exhaustas, olvidadas y utilizadas como fuerza prescindible por los mismos gobiernos que decían representar la causa de la independencia. Este episodio debe comprenderse en el contexto del colapso político y militar que siguió al retiro de José de San Martín del escenario americano tras la entrevista de Guayaquil en 1822. Para 1823–1824, el Ejército de los Andes se encontraba virtualmente disuelto, sin conducción estratégica clara, sin respaldo financiero estable y atrapado en una transición de poder entre autoridades peruanas débiles y la creciente presión del proyecto bolivariano. El motín del Callao no fue un hecho aislado ni anómalo, sino uno de los últimos y más dramáticos capítulos de la descomposición de aquella fuerza que había sido decisiva en la emancipación sudamericana. El movimiento fue encabezado por los sargentos Dámaso Moyano y Francisco Oliva, ambos del Regimiento Río de la Plata. La disciplina se desmoronó rápidamente y la tropa se entregó a excesos. En ese contexto, el mulato Moyano aceptó la sugerencia de Oliva de consultar al coronel realista José María Casariego, que se encontraba prisionero en la fortaleza. Casariego advirtió de inmediato la oportunidad política que se abría ante él y aconsejó desplazar a los jefes patriotas para reemplazarlos por oficiales españoles. Mientras las autoridades peruanas dilataban el pago de los sueldos atrasados, Casariego convencía a los sublevados de pasarse a las filas realistas, prometiéndoles recompensas y protección, en contraste con los castigos que —según él— les aguardarían si permanecían en el bando patriota. ANTONIO RUIZ Y SU TRAYECTORIA MILITAR Antonio Ruiz fue natural de Buenos Aires. Hombre de color, había sido liberto del vecino de esta capital Antonio Ruiz, de quien tomó nombre y apellido, conforme a una práctica extendida en la época. El apodo con el que pasó a la historia, “Falucho”, le fue aplicado por sus compañeros a raíz del especial cuidado que consagraba a su gorro de cuartel, denominado precisamente falucho. Ingresó a las fuerzas armadas en 1813 como soldado del Batallón Fijo de la Libertad y participó en las acciones de Vilcapugio y Ayohuma. Incorporado luego al Ejército de los Andes, asistió a la campaña restauradora de Chile, hallándose en las jornadas decisivas de Chacabuco, Cancha Rayada y Maipú. Formó parte más tarde del Ejército Libertador del Perú, señalándose por su valor en combate y por su lealtad al pabellón patrio durante toda la campaña emancipadora. Esta trayectoria, extensa y documentada, lo convirtió en un veterano conocido por sus jefes y camaradas, muy lejos de la figura anónima y circunstancial que luego se le atribuiría en el relato mitrista. EL RELATO DE MITRE Y LA CONSTRUCCIÓN DEL HÉROE En medio de ese desorden se sitúa el episodio que daría origen a una de las leyendas más difundidas de la historiografía argentina: la muerte del negro Falucho. Para narrarlo, Bartolomé Mitre recurrió por primera vez a la prensa en el periódico Los Debates del 14 de mayo de 1857, y luego lo reiteró y fijó definitivamente en La Nación y en su Historia de San Martín y de la emancipación americana. Según Mitre, la noche del 6 de febrero de 1824 se encontraba de guardia en el torreón del Rey Felipe un soldado negro del Regimiento Río de la Plata, conocido por el apodo de Falucho, porteño de nacimiento y célebre entre sus camaradas por su valentía y patriotismo. Como muchos otros, había quedado envuelto en el motín, que hasta entonces no había pasado de ser una rebelión de cuartel. Mientras aquel “oscuro centinela”, en palabras de Mitre, velaba junto al asta donde pocas horas antes flameaba la bandera argentina, Casariego persuadía a los sublevados de enarbolar el estandarte español en la oscuridad de la noche. Cuando los soldados se presentaron ante Falucho con la bandera realista, contra la que había combatido durante catorce años —desde las campañas iniciales de la independencia rioplatense hasta las jornadas decisivas de Chile y Perú—, el centinela se negó a creer lo que veía. Humillado, se arrojó al suelo y rompió en llanto. Al ordenársele que presentara armas al pabellón del rey, respondió que no podía rendir honores a la bandera contra la que había peleado siempre. Tildado de “revolucionario”, habría contestado, según Mitre, la frase que atravesó generaciones de manuales escolares: “Malo es ser revolucionario, pero peor es ser traidor”. Luego, tomando su fusil por el cañón, lo hizo pedazos contra el asta. Inmediatamente fue reducido, obligado a arrodillarse frente al mar y fusilado por cuatro tiradores. Entre el humo de los disparos, siempre según el relato mitrista, resonó un último grito: “¡Viva Buenos Aires!”. Mitre identificó a este soldado como Antonio Ruiz, apodado Falucho, nacido en Buenos Aires. LAS FUENTES DE MITRE Y SUS CONTRADICCIONES Para sostener su relato, Mitre invocó testimonios verbales del general Enrique Martínez, jefe de la División de los Andes; de los coroneles Pedro José Díaz y Pedro Luna; y el testimonio escrito del coronel Juan Espinosa. Años más tarde, frente a las críticas crecientes, introdujo una explicación que resultó más confusa que aclaratoria: afirmó que habían existido dos soldados negros apodados Falucho, insinuando incluso que el apodo funcionaba como una denominación genérica aplicada a soldados de color particularmente valientes. Desde fines del siglo XIX comenzaron a alzarse objeciones documentales serias. En 1899, Manuel J. Mantilla, en su obra Los Negros Argentinos, examinó la documentación disponible y señaló una contradicción insalvable: existía constancia fehaciente de un Falucho vivo en Lima en 1830. En una carta del general William Miller dirigida a San Martín el 20 de agosto de ese año, se mencionaba expresamente al “morenito Falucho, de la compañía de cazadores del número 8, que tomó una bandera en Maipú”, enviando saludos al Libertador. Este Falucho era además conocido por Tomás Guido y por el propio San Martín, lo que descarta cualquier confusión circunstancial. Mantilla halló también en listas militares de fines de 1819 a un cabo segundo Antonio Ruiz en la compañía del capitán Manuel Díaz, perteneciente al Batallón N.º 8 del Ejército de los Andes. En cambio, en la compañía de Pedro José Díaz —a la que Mitre adscribía al Falucho fusilado— no figuraba ningún Antonio Ruiz. Todo ello indica que Falucho fue uno solo, y que ese Falucho no murió en el Callao. EL HECHO REAL DETRÁS DEL MITO El motín y el fusilamiento deben situarse, por tanto, en el tramo final de las guerras de independencia sudamericanas, cuando entre 1823 y 1824 se superponen el agotamiento militar, las disputas políticas y la redefinición del liderazgo continental tras la retirada de San Martín y la consolidación de Bolívar. En ese marco preciso ocurrió la muerte del soldado negro que se negó a rendir honores a la bandera realista. La documentación existente no permite establecer con certeza absoluta la fecha exacta de su fusilamiento, que oscila entre el 4 y el 7 de febrero de 1824, lo que no altera la naturaleza del hecho ni su significado político y simbólico. A la luz de los testimonios existentes, la conclusión es clara aunque incómoda para la historiografía liberal. En el Callao murió fusilado, heroicamente, un soldado negro que se negó a rendir honores a la bandera realista. Ese hecho existió y está suficientemente acreditado. Lo que no puede sostenerse con igual certeza es que ese soldado haya sido Antonio Ruiz, apodado Falucho. El Falucho histórico, combatiente del Batallón 8º, veterano del Ejército de los Andes y protagonista en Maipú, sobrevivió y vivía en Lima varios años después. Bartolomé Mitre no inventó el acto de lealtad, pero sí lo transformó. Tomó un hecho real y lo convirtió en una escena ejemplar, moralizante y cerrada, adjudicándole un nombre conocido, una frase perfecta y una muerte funcional a su proyecto historiográfico. No se trató de un error inocente, sino de una operación política: Mitre necesitaba un héroe popular que muriera obedientemente, no un soldado negro vivo, consciente de sus derechos, con trayectoria propia y memoria incómoda. MITRE, EL PUEBLO Y LOS HÉROES QUE DEBEN MORIR El Falucho mitrista cumple una función precisa dentro del relato liberal de la historia nacional. Es un héroe sin voz política, sin reclamos, sin descendencia simbólica. No protesta por sueldos impagos, no cuestiona a los jefes, no participa del motín, no vuelve a Buenos Aires a exigir reconocimiento. Su misión es morir bien, solo y a tiempo, para que otros escriban su historia. De ese modo, la historiografía oficial celebra el sacrificio popular mientras excluye al pueblo real de toda participación posterior en el poder. Negar el hecho heroico por la confusión del nombre es un recurso habitual de esa misma historiografía para borrar la presencia popular y negra en las guerras de la independencia. No se discute el acto: se discute el nombre para vaciar el sentido. Así se pretende convertir una lealtad extrema en una anécdota dudosa, y una muerte ejemplar en un simple error historiográfico. TRADICIÓN, MEMORIA Y VERDAD HISTÓRICA No importa, en última instancia, que el soldado fusilado en el Callao no se haya llamado Falucho. La tradición lo seguirá nombrando así porque lo que se honra no es un registro administrativo, sino un gesto fundante. Lo verdaderamente intolerable para la historia oficial no es la imprecisión nominal, sino que un soldado negro, pobre y sin grado haya demostrado una fidelidad a la patria que muchos ilustrados de salón, prolijos redactores de constituciones y comerciantes de principios jamás estuvieron dispuestos a asumir.

El Combate de San Lorenzo 03 de Febrero de 1813. - 13 - 02 -2026 -

El Combate de San Lorenzo el O3 de Febrero 1813.por Damián Zanni.Revisionismo... A comienzos de 1813, el Río de la Plata seguía siendo un teatro de guerra abierto. Montevideo, en manos realistas, se autoproclamaba continuadora del antiguo virreinato y negaba toda legitimidad al gobierno revolucionario de Buenos Aires. Desde allí partían expediciones fluviales que saqueaban poblaciones, hostigaban el comercio y bombardeaban ciudades indefensas, con el objetivo de quebrar la Revolución y mantener sometidas a las provincias. La escuadrilla al mando del capitán Antonio Zabala, apoyada por once embarcaciones armadas y cerca de 300 a 350 hombres, encarnaba esa amenaza concreta sobre las costas del Paraná. SAN MARTÍN Y LA DECISIÓN DE DAR EL GOLPE El gobierno de Buenos Aires, consciente del peligro, ordenó concentrar defensas y confió al coronel José de San Martín la protección del litoral entre Zárate y San Nicolás. San Martín no esperaba atrincherarse: buscaba el choque. Con apenas un centenar largo de granaderos a caballo y el apoyo de milicianos locales al mando de Celedonio Escalada, marchó con sigilo desde Buenos Aires hasta San Lorenzo, estudiando el terreno y esperando el momento justo. Su estrategia era clara: dejar desembarcar al enemigo, sorprenderlo en tierra y destruirlo con la velocidad y el filo del arma blanca. EL ESCENARIO DEL COMBATE El lugar elegido no fue casual. Frente al convento de San Carlos, el Paraná alcanza gran anchura y las barrancas forman una muralla natural, con pocas bajadas practicables. San Martín reconoció cada senda, cada desnivel, y dispuso a sus hombres ocultos tras muros y tapias, con los caballos ensillados y sin disparar un solo tiro. La confianza estaba puesta en la disciplina, el movimiento envolvente y la carga decisiva. EL ATAQUE Y LAS DOS CARGAS Al amanecer del 3 de febrero de 1813, los realistas desembarcaron unos 250 infantes con artillería ligera, avanzando en columnas al son de tambores y pífanos, convencidos de que nada serio se opondría a su paso. Ignoraban que estaban a punto de entrar en la historia. En ese instante, San Martín dio la orden largamente esperada y los granaderos surgieron como un rayo desde las sombras, lanzados al galope con una precisión que cortó el aire y el tiempo. La carga fue fulminante. En dos movimientos perfectos, una división atacó de frente y la otra cerró sobre el flanco, sellando toda retirada. El enemigo no alcanzó a formar en cuadro ni a hacer valer su disciplina europea. La sorpresa, el empuje y el acero criollo quebraron en segundos una fuerza que se creía invencible. La primera carga desordenó; la segunda fue decisiva y arrasadora. En esos minutos breves y feroces, el Regimiento de Granaderos a Caballo selló su bautismo de fuego con gloria. El sable patriota brilló en San Lorenzo como símbolo de una Revolución que ya no retrocedía. Allí quedó demostrado que el valor, la conducción y la audacia podían imponerse a la experiencia imperial, y que el arma blanca, en manos de hombres libres, era imparable. CABRAL, BAIGORRIA Y EL SACRIFICIO En el fragor del combate, el caballo de San Martín cayó herido y aprisionó a su jefe en el suelo. Un realista se aprestaba a rematarlo cuando el puntano Juan Bautista Baigorria lo salvó con su lanza. De inmediato, el correntino Juan Bautista Cabral desmontó para liberar a su coronel, recibiendo heridas mortales. Cabral moriría poco después, convertido en símbolo del soldado del pueblo que da la vida por la Patria, sin retórica ni bronce, con la acción concreta. Junto a él caerían otros valientes, y varios oficiales resultarían gravemente heridos, entre ellos Justo Bermúdez y Manuel Díaz Vélez, quienes morirían días o meses después como consecuencia del combate. San Martín no los olvidó: reclamó pensiones para sus familias y dejó constancia escrita de su sacrificio, mostrando un humanismo poco frecuente en los jefes militares de su tiempo. RESULTADOS MILITARES Y BOTÍN El combate duró menos de quince minutos y quedó resuelto en los primeros instantes. Los realistas dejaron unos cuarenta muertos en el campo y numerosos heridos, además de dos cañones, fusiles y una bandera capturada por Hipólito Bouchard. Los patriotas sufrieron bajas sensibles, pero obtuvieron una victoria completa. La escuadrilla enemiga se retiró río abajo y no volvió a inquietar seriamente las costas del Paraná. EL SENTIDO HISTÓRICO DE SAN LORENZO San Lorenzo no fue una gran batalla por la cantidad de hombres enfrentados, pero fue inmensa por su significado. En ese campo estrecho, a orillas del Paraná, la Revolución dejó de ser promesa y se convirtió en hecho. Por primera vez, una fuerza patriota organizada, disciplinada y conducida con genio militar derrotó en combate directo a tropas del poder imperial. La victoria quebró la impunidad de las incursiones realistas, protegió al litoral y elevó la moral revolucionaria en un momento decisivo. Pero, sobre todo, consagró un modo de hacer la guerra: rápido, ofensivo, audaz y profundamente político. San Martín, que siempre rehuyó la grandilocuencia, habló de un simple escarmiento. La Patria supo, en cambio, que había nacido algo mucho mayor. En San Lorenzo nació el prestigio eterno del Regimiento de Granaderos a Caballo y se afirmó el conductor que pocos años después cruzaría los Andes para liberar medio continente. Fue un combate breve, sí, pero cargado de épica, sacrificio y destino. Allí, en minutos de acero y coraje, empezó a escribirse la gesta americana.

El gaucho Juan Moreira. Su historia. -13 - 02 -2026 -

ENTRE LA HISTORIA Y LA NECESIDAD POPULAR. Revisionismo histórico argentino. Damián Zanni. Juan Moreira nació en el partido bonaerense de La Matanza, probablemente entre los años 1820 y 1830, aunque no se conoce con precisión su fecha de nacimiento. Su vida se desarrolló en un período decisivo de la historia argentina: las décadas posteriores a la caída de Juan Manuel de Rosas en 1852 y a la batalla de Pavón en 1861, cuando el nuevo orden liberal porteño avanzó sobre la campaña imponiendo un sistema político, judicial y policial profundamente hostil al gaucho. En ese contexto, la existencia de Moreira quedó marcada por una sucesión de injusticias que terminarían llevándolo a la muerte el 30 de abril de 1874 en Lobos, convirtiéndolo en una de las figuras populares más persistentes de la memoria argentina. Durante cerca de treinta años —fundamentalmente en las décadas de 1840 y 1850— Moreira llevó una vida tranquila. Se dedicó al trabajo rural, logró levantar su propio rancho, reunió algunas cabezas de ganado vacuno y cultivó pequeñas extensiones de tierra. No era un marginal ni un hombre fuera de la ley, sino un paisano trabajador que había alcanzado una modesta pero sólida estabilidad económica dentro del mundo rural bonaerense, antes de que ese mismo mundo comenzara a ser sistemáticamente desarticulado por el nuevo Estado. EL HOMBRE ANTES DEL MITO Juan Moreira era alto, fornido, de costumbres sobrias. Tomaba poco alcohol, no frecuentaba pulperías y se distinguía por sus buenos modales. Era hábil con la guitarra, lo que lo hacía apreciado socialmente. Estas cualidades lo acercaron a Andrea Vicenta Santillán, conocida como “la Vicenta”, con quien contrajo matrimonio con el pleno consentimiento de su padre, un hombre respetado en la zona. Sin embargo, ese casamiento marcaría el comienzo de su desgracia. El Teniente Alcalde del lugar, Don Francisco, autoridad local que concentraba funciones policiales, judiciales y políticas —típica figura del orden liberal en la campaña— también estaba enamorado de Vicenta. Desde ese momento comenzó una persecución sistemática contra Moreira, utilizando el aparato institucional para hostigarlo con acusaciones arbitrarias y sanciones desproporcionadas. La primera multa fue por la fiesta de bodas, supuestamente realizada sin autorización oficial: la pena ascendió a 500 pesos, una suma exorbitante para un paisano. LA INJUSTICIA COMO ORIGEN DE LA VIOLENCIA A esta persecución se sumó el conflicto con Sardetti, almacenero del pueblo, a quien Moreira había prestado aproximadamente 10.000 pesos para la compra de frutos del país. Al no recibir la devolución del dinero y carecer de documentación que acreditara el préstamo, Moreira recurrió a la autoridad local buscando justicia. El resultado fue el inverso: Sardetti negó la deuda y el Teniente Alcalde ordenó que Moreira fuera castigado con 48 horas de cepo, acusado de reclamar lo que no le pertenecía. Este episodio selló definitivamente su destino. Humillado, despojado de toda posibilidad legal de defensa y consciente de la connivencia entre el poder político y el comerciante, Moreira juró vengarse: una puñalada por cada mil pesos adeudados. Cumplió su promesa en un duelo a cuchillo dentro del propio almacén de Sardetti. Al regresar a su rancho, debió enfrentar a Don Francisco y a cuatro soldados enviados para capturarlo. En el enfrentamiento murieron el Teniente Alcalde y dos de los soldados. Desde ese momento, Moreira dejó de ser un paisano integrado y pasó a convertirse en un perseguido sin retorno posible. El mismo Estado que lo había empujado a la violencia se encargó de clausurar cualquier vía de regreso a la legalidad. EL GAUCHO PERSEGUIDO A partir de esos hechos comenzó a ganar fama en toda la región. Participó en numerosos enfrentamientos, muchos de ellos provocados por otros gauchos que buscaban probar su destreza. Su reputación creció rápidamente. En un intento por limpiar su nombre, llegó incluso a trabajar como guardaespaldas de dirigentes políticos que le prometieron protección y amnistía, promesas que nunca fueron cumplidas. Su mundo material se redujo a lo esencial: un solo caballo bayo, un pequeño perro llamado “Cacique”, un poncho, un facón de guardamonte en forma de C y dos trabucos. Dormía siempre a cielo abierto, sin desensillar jamás, preparado para huir en cualquier momento. Recorrió Navarro, Las Heras, Lobos y 25 de Mayo, y pasó temporadas en las tolderías del cacique Coliqueo, buscando refugio allí donde la autoridad estatal no llegaba o llegaba con menor violencia. LA MUERTE DE JUAN MOREIRA En abril de 1874, el juez de paz de Lobos, Casimiro Villamayor, por orden directa del gobernador de la provincia de Buenos Aires, Mariano Acosta, organizó su captura. No se trató de un operativo policial ordinario, sino de una cacería ejemplificadora destinada a eliminar un símbolo de resistencia. Veinticinco hombres de la policía bonaerense, al mando del comandante Bosch, rodearon la pulpería “La Estrella”, ubicada en el lugar donde hoy se levanta el Sanatorio Lobos, en la intersección de las calles Chacabuco y Cardoner. Moreira resistió con una ferocidad desesperada. Cuando estaba a punto de saltar el muro que lo separaba de su caballo, fue herido por la bayoneta del sargento Chirino, quien le perforó el pulmón izquierdo. Aun así, logró disparar su trabuco y dejar tuerto a su agresor, e hirió a Eulogio Varela. Cayó, se levantó una vez más y murió tras dos vómitos de sangre. MEMORIA, RESTOS Y PERVIVENCIA Juan Moreira dejó a su esposa Vicenta y a un hijo que llevó su mismo nombre. Sus restos descansan en el cementerio de Lobos. Algunos de sus efectos personales, como dagas y su cráneo, se conservan en el Museo Juan Domingo Perón de esa ciudad, como testimonio material de una vida que trascendió al hombre para convertirse en símbolo. LA CONSTRUCCIÓN DEL MITO Eduardo Gutiérrez fue quien dio proyección definitiva a la figura de Juan Moreira a través de sus relatos publicados por entregas a partir de 1879 en el diario La Patria Argentina. Gutiérrez no inventó al personaje: recogió una historia ya viva en la tradición oral y la fijó en la palabra escrita, dándole forma literaria a un sentimiento popular profundamente arraigado. La novela Juan Moreira se difundió masivamente y consolidó la imagen del gaucho injustamente perseguido por un sistema que lo empujó a la violencia. En 1880, Julio Llanos le escribió a Gutiérrez una carta aportando episodios desconocidos de la vida de Moreira, garantizando su veracidad. En ella relató cómo un Viernes Santo Moreira fue atacado por soldados frente a la iglesia de San Justo y se defendió únicamente con el rebenque, respetando el carácter sagrado del día. En otro episodio, fingió huir de una partida policial, se detuvo con calma, ató su caballo y se sentó a esperarlos; los soldados, intimidados, deliberaron y decidieron retirarse bajo las carcajadas del gaucho. Estos relatos terminaron de construir una figura que ya no pertenecía sólo a la historia, sino al imaginario popular. DEL HOMBRE AL MITO POPULAR A partir de la novela y de la circulación oral de su historia, Juan Moreira dejó de ser un individuo concreto para transformarse en símbolo. Mientras la historia oficial exaltaba próceres urbanos, abogados del orden liberal y figuras militares funcionales al nuevo régimen, el pueblo construyó su propio héroe: un gaucho común, víctima de la injusticia institucional, que se negó a aceptar la humillación sin resistencia. Moreira no fue héroe del Estado; fue héroe del pueblo, expresión de una justicia negada y de una dignidad pisoteada. El mito de Moreira no glorifica la violencia por sí misma, sino que señala su origen: un orden social que expulsó al gaucho de la legalidad y luego lo castigó por no someterse. En ese sentido, Moreira encarna la contracara del relato liberal de “civilización y progreso” y pone en evidencia el costo humano de ese proyecto. JUAN MOREIRA EN LA LITERATURA, EL TEATRO Y EL CINE La figura de Juan Moreira se expandió rápidamente más allá de la literatura. A fines del siglo XIX y comienzos del XX se convirtió en una de las piezas centrales del circo criollo y del teatro popular, especialmente a través de las representaciones de los Podestá. Allí, el mito se volvió cuerpo, voz y gesto; llegó a públicos analfabetos y se transformó en una experiencia colectiva, ritual, profundamente arraigada en la cultura popular argentina. En 1973, Leonardo Favio llevó la historia al cine con la película Juan Moreira, ofreciendo una relectura profundamente política del personaje. Favio no lo retrató como un bandido ni como un criminal, sino como una víctima heroica de un sistema injusto, retomando la tradición popular y proyectándola sobre el siglo XX. Su película consolidó definitivamente a Moreira como símbolo de los humildes y como expresión de una épica nacional alternativa, ajena al panteón oficial pero viva en la memoria del pueblo. JUAN MOREIRA COMO NECESARIEDAD HISTÓRICA Más allá del hombre real, Juan Moreira fue una necesariedad histórica. Surgió de un momento preciso: la consolidación del Estado liberal que necesitó disciplinar, perseguir y eliminar al gaucho como sujeto social. No nació de la barbarie, sino de la injusticia; no fue causa del desorden, sino consecuencia de un orden excluyente. Por eso su figura perdura. Porque Juan Moreira no pertenece sólo al pasado: es la expresión de una Argentina popular que, frente al abuso del poder, eligió no desaparecer en silencio. SI TE GUSTÓ EL TEXTO Y LO QUE HACEMOS DESDE REVISIONISMO HISTÓRICO ARGENTINO, PODÉS COLABORAR CON NOSOTROS 👇

San Martín defiende al Brigadier Manuel Belgrano. - 13 - 02 - 2026 -

13 de febrero de 1814: San Martín escribe al gobierno rechazando el traslado de Belgrano para ser procesado por su desempeño en el Alto Perú: "Excelentísimo Señor Anoche he recibido la suprema orden de Vuestra Excelencia de 5 del corriente para que haga entender inmediatamente al Brigadier Don Manuel Belgrano que sin pérdida de instante se ponga en camino para la ciudad de Córdoba, dejando el mando accidental de su regimiento en el oficial más antiguo, a quien corresponda, para ordenanza, y que cuando haya llegado a su destino de cuenta a esa Supremacía para impartirle las órdenes convenientes al mejor servicio del ejército. Sin embargo del respeto con que miro todas las órdenes superiores y de mi habitual disposición a procurar el mas exacto cumplimiento, debo hacer presente a Vuestra Excelencia oficio que por ahora no puede tener efecto por hallarse este Brigadier enfermo al parecer de terciana y que poniéndose en camino las lluvias y mas que todo los calores seguramente le agravarían la enfermedad y pondrían mayor riesgo su vida: pueda de que es necesaria aún su permanencia en ésta para hacerme una formal entrega del Archivo de la Secretaría que no la ha verificado hasta el día por haberse enfermado de igual accidente los oficiales de ella con quienes ha de formar el inventario, a fin de que lo realice cuanto antes le paso con esta fecha el correspondiente Oficio. Con motivo pues de esta demora indispensable he creído de mi deber imponer a V.E. que de ninguna manera es conveniente la separación del general Belgrano de este ejército; en primer lugar, porque no encuentro un oficial de bastante suficiencia y actividad que lo subrogue en el mando de su regimiento, ni quien me ayude a desempeñar las diferentes atenciones que me rodean con el orden que deseo, e instruir la oficialidad, que además de ignorante y presuntuosa, se niega a todo lo que es aprender (...) Me hallo en unos países cuyas gentes, costumbres y relaciones me son absolutamente desconocidas y cuya topografía ignoro y siendo estos conocimientos de absoluta necesidad, sólo el general Belgrano puede suplir esta falta, instruyéndome y dándome las noticias necesarias de que carezco (como la ha hecho hasta aquí), para arreglar mis disposiciones pues todos los demás oficiales de graduación que hay en el ejército, no encuentro otro de quien hacer confianza, ya porque carecen de aquel juicio y detención que son necesarios para tales casos, ya porque han tenido motivos que él para tener unos conocimientos tan extensos e individuales como los que él posee. Su buena opinión entre los principales vecinos emigrados del interior y habitantes del pueblo, es grande; que a pesar de los contrastes que han sufrido nuestras armas a sus órdenes lo consideran como hombre útil y necesario en el ejército porque saben su contracción y empeño y conocen sus talentos y su conducta irreprensible. Están convencidos prácticamente que el mejor general nada vale si no tiene conocimientos del país donde ha de hacer la guerra y considerando la falta que debe hacerme, su separación del ejército les causará un disgusto y desaliento muy notable y será de funestas consecuencias para los progresos de nuestras armas. En obsequio de la salvación del Estado, dígnese V.E. conservar en este ejército al Brigadier Belgrano. José de San Martín" 1996 - 2026 - 30° aniversario de la ABM