Grandes temas nacionales.
viernes, 13 de febrero de 2026
El Negro Falucho, Antonio Ruiz, Fidelidad a la Patria. - 13 - 02 - 2026 -
EL NEGRO FALUCHO.
Por Revisionismo Historico Argentino. por Damián Zanni.
¿EXISTIÓ O FUE UNA INVENCIÓN DE BARTOLOMÉ MITRE?
¡MALO ES SER REVOLUCIONARIO, PERO PEOR ES SER TRAIDOR! (Frase inventada por Mitre)
La noche del 4 al 5 de febrero de 1824 se sublevó la guarnición patriota del Callao, integrada por los restos del Ejército de los Andes: el regimiento Río de la Plata, los batallones 2º y 5º de Buenos Aires y los artilleros de Chile, a los que se sumaron dos escuadrones amotinados del regimiento de Granaderos a Caballo. Aquellos soldados, lejos de cualquier conspiración ideológica o traición consciente, se levantaron empujados por una situación límite: se les adeudaban cinco meses de paga, mientras que el día anterior habían sido abonados los sueldos de jefes y oficiales. A ello se agregaba el deseo de regresar a su patria —Buenos Aires o Chile— y la repugnancia de ser embarcados hacia el norte para engrosar el ejército de Bolívar, al que no sentían como propio. No hubo allí un alzamiento antipatriota, sino un motín de tropas exhaustas, olvidadas y utilizadas como fuerza prescindible por los mismos gobiernos que decían representar la causa de la independencia.
Este episodio debe comprenderse en el contexto del colapso político y militar que siguió al retiro de José de San Martín del escenario americano tras la entrevista de Guayaquil en 1822. Para 1823–1824, el Ejército de los Andes se encontraba virtualmente disuelto, sin conducción estratégica clara, sin respaldo financiero estable y atrapado en una transición de poder entre autoridades peruanas débiles y la creciente presión del proyecto bolivariano. El motín del Callao no fue un hecho aislado ni anómalo, sino uno de los últimos y más dramáticos capítulos de la descomposición de aquella fuerza que había sido decisiva en la emancipación sudamericana.
El movimiento fue encabezado por los sargentos Dámaso Moyano y Francisco Oliva, ambos del Regimiento Río de la Plata. La disciplina se desmoronó rápidamente y la tropa se entregó a excesos. En ese contexto, el mulato Moyano aceptó la sugerencia de Oliva de consultar al coronel realista José María Casariego, que se encontraba prisionero en la fortaleza. Casariego advirtió de inmediato la oportunidad política que se abría ante él y aconsejó desplazar a los jefes patriotas para reemplazarlos por oficiales españoles. Mientras las autoridades peruanas dilataban el pago de los sueldos atrasados, Casariego convencía a los sublevados de pasarse a las filas realistas, prometiéndoles recompensas y protección, en contraste con los castigos que —según él— les aguardarían si permanecían en el bando patriota.
ANTONIO RUIZ Y SU TRAYECTORIA MILITAR
Antonio Ruiz fue natural de Buenos Aires. Hombre de color, había sido liberto del vecino de esta capital Antonio Ruiz, de quien tomó nombre y apellido, conforme a una práctica extendida en la época. El apodo con el que pasó a la historia, “Falucho”, le fue aplicado por sus compañeros a raíz del especial cuidado que consagraba a su gorro de cuartel, denominado precisamente falucho.
Ingresó a las fuerzas armadas en 1813 como soldado del Batallón Fijo de la Libertad y participó en las acciones de Vilcapugio y Ayohuma. Incorporado luego al Ejército de los Andes, asistió a la campaña restauradora de Chile, hallándose en las jornadas decisivas de Chacabuco, Cancha Rayada y Maipú. Formó parte más tarde del Ejército Libertador del Perú, señalándose por su valor en combate y por su lealtad al pabellón patrio durante toda la campaña emancipadora. Esta trayectoria, extensa y documentada, lo convirtió en un veterano conocido por sus jefes y camaradas, muy lejos de la figura anónima y circunstancial que luego se le atribuiría en el relato mitrista.
EL RELATO DE MITRE Y LA CONSTRUCCIÓN DEL HÉROE
En medio de ese desorden se sitúa el episodio que daría origen a una de las leyendas más difundidas de la historiografía argentina: la muerte del negro Falucho. Para narrarlo, Bartolomé Mitre recurrió por primera vez a la prensa en el periódico Los Debates del 14 de mayo de 1857, y luego lo reiteró y fijó definitivamente en La Nación y en su Historia de San Martín y de la emancipación americana.
Según Mitre, la noche del 6 de febrero de 1824 se encontraba de guardia en el torreón del Rey Felipe un soldado negro del Regimiento Río de la Plata, conocido por el apodo de Falucho, porteño de nacimiento y célebre entre sus camaradas por su valentía y patriotismo. Como muchos otros, había quedado envuelto en el motín, que hasta entonces no había pasado de ser una rebelión de cuartel. Mientras aquel “oscuro centinela”, en palabras de Mitre, velaba junto al asta donde pocas horas antes flameaba la bandera argentina, Casariego persuadía a los sublevados de enarbolar el estandarte español en la oscuridad de la noche.
Cuando los soldados se presentaron ante Falucho con la bandera realista, contra la que había combatido durante catorce años —desde las campañas iniciales de la independencia rioplatense hasta las jornadas decisivas de Chile y Perú—, el centinela se negó a creer lo que veía. Humillado, se arrojó al suelo y rompió en llanto. Al ordenársele que presentara armas al pabellón del rey, respondió que no podía rendir honores a la bandera contra la que había peleado siempre. Tildado de “revolucionario”, habría contestado, según Mitre, la frase que atravesó generaciones de manuales escolares: “Malo es ser revolucionario, pero peor es ser traidor”. Luego, tomando su fusil por el cañón, lo hizo pedazos contra el asta. Inmediatamente fue reducido, obligado a arrodillarse frente al mar y fusilado por cuatro tiradores. Entre el humo de los disparos, siempre según el relato mitrista, resonó un último grito: “¡Viva Buenos Aires!”.
Mitre identificó a este soldado como Antonio Ruiz, apodado Falucho, nacido en Buenos Aires.
LAS FUENTES DE MITRE Y SUS CONTRADICCIONES
Para sostener su relato, Mitre invocó testimonios verbales del general Enrique Martínez, jefe de la División de los Andes; de los coroneles Pedro José Díaz y Pedro Luna; y el testimonio escrito del coronel Juan Espinosa. Años más tarde, frente a las críticas crecientes, introdujo una explicación que resultó más confusa que aclaratoria: afirmó que habían existido dos soldados negros apodados Falucho, insinuando incluso que el apodo funcionaba como una denominación genérica aplicada a soldados de color particularmente valientes.
Desde fines del siglo XIX comenzaron a alzarse objeciones documentales serias. En 1899, Manuel J. Mantilla, en su obra Los Negros Argentinos, examinó la documentación disponible y señaló una contradicción insalvable: existía constancia fehaciente de un Falucho vivo en Lima en 1830. En una carta del general William Miller dirigida a San Martín el 20 de agosto de ese año, se mencionaba expresamente al “morenito Falucho, de la compañía de cazadores del número 8, que tomó una bandera en Maipú”, enviando saludos al Libertador. Este Falucho era además conocido por Tomás Guido y por el propio San Martín, lo que descarta cualquier confusión circunstancial.
Mantilla halló también en listas militares de fines de 1819 a un cabo segundo Antonio Ruiz en la compañía del capitán Manuel Díaz, perteneciente al Batallón N.º 8 del Ejército de los Andes. En cambio, en la compañía de Pedro José Díaz —a la que Mitre adscribía al Falucho fusilado— no figuraba ningún Antonio Ruiz. Todo ello indica que Falucho fue uno solo, y que ese Falucho no murió en el Callao.
EL HECHO REAL DETRÁS DEL MITO
El motín y el fusilamiento deben situarse, por tanto, en el tramo final de las guerras de independencia sudamericanas, cuando entre 1823 y 1824 se superponen el agotamiento militar, las disputas políticas y la redefinición del liderazgo continental tras la retirada de San Martín y la consolidación de Bolívar. En ese marco preciso ocurrió la muerte del soldado negro que se negó a rendir honores a la bandera realista. La documentación existente no permite establecer con certeza absoluta la fecha exacta de su fusilamiento, que oscila entre el 4 y el 7 de febrero de 1824, lo que no altera la naturaleza del hecho ni su significado político y simbólico.
A la luz de los testimonios existentes, la conclusión es clara aunque incómoda para la historiografía liberal. En el Callao murió fusilado, heroicamente, un soldado negro que se negó a rendir honores a la bandera realista. Ese hecho existió y está suficientemente acreditado. Lo que no puede sostenerse con igual certeza es que ese soldado haya sido Antonio Ruiz, apodado Falucho. El Falucho histórico, combatiente del Batallón 8º, veterano del Ejército de los Andes y protagonista en Maipú, sobrevivió y vivía en Lima varios años después.
Bartolomé Mitre no inventó el acto de lealtad, pero sí lo transformó. Tomó un hecho real y lo convirtió en una escena ejemplar, moralizante y cerrada, adjudicándole un nombre conocido, una frase perfecta y una muerte funcional a su proyecto historiográfico. No se trató de un error inocente, sino de una operación política: Mitre necesitaba un héroe popular que muriera obedientemente, no un soldado negro vivo, consciente de sus derechos, con trayectoria propia y memoria incómoda.
MITRE, EL PUEBLO Y LOS HÉROES QUE DEBEN MORIR
El Falucho mitrista cumple una función precisa dentro del relato liberal de la historia nacional. Es un héroe sin voz política, sin reclamos, sin descendencia simbólica. No protesta por sueldos impagos, no cuestiona a los jefes, no participa del motín, no vuelve a Buenos Aires a exigir reconocimiento. Su misión es morir bien, solo y a tiempo, para que otros escriban su historia. De ese modo, la historiografía oficial celebra el sacrificio popular mientras excluye al pueblo real de toda participación posterior en el poder.
Negar el hecho heroico por la confusión del nombre es un recurso habitual de esa misma historiografía para borrar la presencia popular y negra en las guerras de la independencia. No se discute el acto: se discute el nombre para vaciar el sentido. Así se pretende convertir una lealtad extrema en una anécdota dudosa, y una muerte ejemplar en un simple error historiográfico.
TRADICIÓN, MEMORIA Y VERDAD HISTÓRICA
No importa, en última instancia, que el soldado fusilado en el Callao no se haya llamado Falucho. La tradición lo seguirá nombrando así porque lo que se honra no es un registro administrativo, sino un gesto fundante. Lo verdaderamente intolerable para la historia oficial no es la imprecisión nominal, sino que un soldado negro, pobre y sin grado haya demostrado una fidelidad a la patria que muchos ilustrados de salón, prolijos redactores de constituciones y comerciantes de principios jamás estuvieron dispuestos a asumir.
El Combate de San Lorenzo 03 de Febrero de 1813. - 13 - 02 -2026 -
El Combate de San Lorenzo el O3 de Febrero 1813.por Damián Zanni.Revisionismo...
A comienzos de 1813, el Río de la Plata seguía siendo un teatro de guerra abierto. Montevideo, en manos realistas, se autoproclamaba continuadora del antiguo virreinato y negaba toda legitimidad al gobierno revolucionario de Buenos Aires. Desde allí partían expediciones fluviales que saqueaban poblaciones, hostigaban el comercio y bombardeaban ciudades indefensas, con el objetivo de quebrar la Revolución y mantener sometidas a las provincias. La escuadrilla al mando del capitán Antonio Zabala, apoyada por once embarcaciones armadas y cerca de 300 a 350 hombres, encarnaba esa amenaza concreta sobre las costas del Paraná.
SAN MARTÍN Y LA DECISIÓN DE DAR EL GOLPE
El gobierno de Buenos Aires, consciente del peligro, ordenó concentrar defensas y confió al coronel José de San Martín la protección del litoral entre Zárate y San Nicolás. San Martín no esperaba atrincherarse: buscaba el choque. Con apenas un centenar largo de granaderos a caballo y el apoyo de milicianos locales al mando de Celedonio Escalada, marchó con sigilo desde Buenos Aires hasta San Lorenzo, estudiando el terreno y esperando el momento justo. Su estrategia era clara: dejar desembarcar al enemigo, sorprenderlo en tierra y destruirlo con la velocidad y el filo del arma blanca.
EL ESCENARIO DEL COMBATE
El lugar elegido no fue casual. Frente al convento de San Carlos, el Paraná alcanza gran anchura y las barrancas forman una muralla natural, con pocas bajadas practicables. San Martín reconoció cada senda, cada desnivel, y dispuso a sus hombres ocultos tras muros y tapias, con los caballos ensillados y sin disparar un solo tiro. La confianza estaba puesta en la disciplina, el movimiento envolvente y la carga decisiva.
EL ATAQUE Y LAS DOS CARGAS
Al amanecer del 3 de febrero de 1813, los realistas desembarcaron unos 250 infantes con artillería ligera, avanzando en columnas al son de tambores y pífanos, convencidos de que nada serio se opondría a su paso. Ignoraban que estaban a punto de entrar en la historia. En ese instante, San Martín dio la orden largamente esperada y los granaderos surgieron como un rayo desde las sombras, lanzados al galope con una precisión que cortó el aire y el tiempo.
La carga fue fulminante. En dos movimientos perfectos, una división atacó de frente y la otra cerró sobre el flanco, sellando toda retirada. El enemigo no alcanzó a formar en cuadro ni a hacer valer su disciplina europea. La sorpresa, el empuje y el acero criollo quebraron en segundos una fuerza que se creía invencible. La primera carga desordenó; la segunda fue decisiva y arrasadora.
En esos minutos breves y feroces, el Regimiento de Granaderos a Caballo selló su bautismo de fuego con gloria. El sable patriota brilló en San Lorenzo como símbolo de una Revolución que ya no retrocedía. Allí quedó demostrado que el valor, la conducción y la audacia podían imponerse a la experiencia imperial, y que el arma blanca, en manos de hombres libres, era imparable.
CABRAL, BAIGORRIA Y EL SACRIFICIO
En el fragor del combate, el caballo de San Martín cayó herido y aprisionó a su jefe en el suelo. Un realista se aprestaba a rematarlo cuando el puntano Juan Bautista Baigorria lo salvó con su lanza. De inmediato, el correntino Juan Bautista Cabral desmontó para liberar a su coronel, recibiendo heridas mortales. Cabral moriría poco después, convertido en símbolo del soldado del pueblo que da la vida por la Patria, sin retórica ni bronce, con la acción concreta.
Junto a él caerían otros valientes, y varios oficiales resultarían gravemente heridos, entre ellos Justo Bermúdez y Manuel Díaz Vélez, quienes morirían días o meses después como consecuencia del combate. San Martín no los olvidó: reclamó pensiones para sus familias y dejó constancia escrita de su sacrificio, mostrando un humanismo poco frecuente en los jefes militares de su tiempo.
RESULTADOS MILITARES Y BOTÍN
El combate duró menos de quince minutos y quedó resuelto en los primeros instantes. Los realistas dejaron unos cuarenta muertos en el campo y numerosos heridos, además de dos cañones, fusiles y una bandera capturada por Hipólito Bouchard. Los patriotas sufrieron bajas sensibles, pero obtuvieron una victoria completa. La escuadrilla enemiga se retiró río abajo y no volvió a inquietar seriamente las costas del Paraná.
EL SENTIDO HISTÓRICO DE SAN LORENZO
San Lorenzo no fue una gran batalla por la cantidad de hombres enfrentados, pero fue inmensa por su significado. En ese campo estrecho, a orillas del Paraná, la Revolución dejó de ser promesa y se convirtió en hecho. Por primera vez, una fuerza patriota organizada, disciplinada y conducida con genio militar derrotó en combate directo a tropas del poder imperial.
La victoria quebró la impunidad de las incursiones realistas, protegió al litoral y elevó la moral revolucionaria en un momento decisivo. Pero, sobre todo, consagró un modo de hacer la guerra: rápido, ofensivo, audaz y profundamente político. San Martín, que siempre rehuyó la grandilocuencia, habló de un simple escarmiento. La Patria supo, en cambio, que había nacido algo mucho mayor.
En San Lorenzo nació el prestigio eterno del Regimiento de Granaderos a Caballo y se afirmó el conductor que pocos años después cruzaría los Andes para liberar medio continente. Fue un combate breve, sí, pero cargado de épica, sacrificio y destino. Allí, en minutos de acero y coraje, empezó a escribirse la gesta americana.
El gaucho Juan Moreira. Su historia. -13 - 02 -2026 -
ENTRE LA HISTORIA Y LA NECESIDAD POPULAR.
Revisionismo histórico argentino. Damián Zanni.
Juan Moreira nació en el partido bonaerense de La Matanza, probablemente entre los años 1820 y 1830, aunque no se conoce con precisión su fecha de nacimiento. Su vida se desarrolló en un período decisivo de la historia argentina: las décadas posteriores a la caída de Juan Manuel de Rosas en 1852 y a la batalla de Pavón en 1861, cuando el nuevo orden liberal porteño avanzó sobre la campaña imponiendo un sistema político, judicial y policial profundamente hostil al gaucho. En ese contexto, la existencia de Moreira quedó marcada por una sucesión de injusticias que terminarían llevándolo a la muerte el 30 de abril de 1874 en Lobos, convirtiéndolo en una de las figuras populares más persistentes de la memoria argentina.
Durante cerca de treinta años —fundamentalmente en las décadas de 1840 y 1850— Moreira llevó una vida tranquila. Se dedicó al trabajo rural, logró levantar su propio rancho, reunió algunas cabezas de ganado vacuno y cultivó pequeñas extensiones de tierra. No era un marginal ni un hombre fuera de la ley, sino un paisano trabajador que había alcanzado una modesta pero sólida estabilidad económica dentro del mundo rural bonaerense, antes de que ese mismo mundo comenzara a ser sistemáticamente desarticulado por el nuevo Estado.
EL HOMBRE ANTES DEL MITO
Juan Moreira era alto, fornido, de costumbres sobrias. Tomaba poco alcohol, no frecuentaba pulperías y se distinguía por sus buenos modales. Era hábil con la guitarra, lo que lo hacía apreciado socialmente. Estas cualidades lo acercaron a Andrea Vicenta Santillán, conocida como “la Vicenta”, con quien contrajo matrimonio con el pleno consentimiento de su padre, un hombre respetado en la zona.
Sin embargo, ese casamiento marcaría el comienzo de su desgracia. El Teniente Alcalde del lugar, Don Francisco, autoridad local que concentraba funciones policiales, judiciales y políticas —típica figura del orden liberal en la campaña— también estaba enamorado de Vicenta. Desde ese momento comenzó una persecución sistemática contra Moreira, utilizando el aparato institucional para hostigarlo con acusaciones arbitrarias y sanciones desproporcionadas. La primera multa fue por la fiesta de bodas, supuestamente realizada sin autorización oficial: la pena ascendió a 500 pesos, una suma exorbitante para un paisano.
LA INJUSTICIA COMO ORIGEN DE LA VIOLENCIA
A esta persecución se sumó el conflicto con Sardetti, almacenero del pueblo, a quien Moreira había prestado aproximadamente 10.000 pesos para la compra de frutos del país. Al no recibir la devolución del dinero y carecer de documentación que acreditara el préstamo, Moreira recurrió a la autoridad local buscando justicia. El resultado fue el inverso: Sardetti negó la deuda y el Teniente Alcalde ordenó que Moreira fuera castigado con 48 horas de cepo, acusado de reclamar lo que no le pertenecía.
Este episodio selló definitivamente su destino. Humillado, despojado de toda posibilidad legal de defensa y consciente de la connivencia entre el poder político y el comerciante, Moreira juró vengarse: una puñalada por cada mil pesos adeudados. Cumplió su promesa en un duelo a cuchillo dentro del propio almacén de Sardetti. Al regresar a su rancho, debió enfrentar a Don Francisco y a cuatro soldados enviados para capturarlo. En el enfrentamiento murieron el Teniente Alcalde y dos de los soldados.
Desde ese momento, Moreira dejó de ser un paisano integrado y pasó a convertirse en un perseguido sin retorno posible. El mismo Estado que lo había empujado a la violencia se encargó de clausurar cualquier vía de regreso a la legalidad.
EL GAUCHO PERSEGUIDO
A partir de esos hechos comenzó a ganar fama en toda la región. Participó en numerosos enfrentamientos, muchos de ellos provocados por otros gauchos que buscaban probar su destreza. Su reputación creció rápidamente. En un intento por limpiar su nombre, llegó incluso a trabajar como guardaespaldas de dirigentes políticos que le prometieron protección y amnistía, promesas que nunca fueron cumplidas.
Su mundo material se redujo a lo esencial: un solo caballo bayo, un pequeño perro llamado “Cacique”, un poncho, un facón de guardamonte en forma de C y dos trabucos. Dormía siempre a cielo abierto, sin desensillar jamás, preparado para huir en cualquier momento. Recorrió Navarro, Las Heras, Lobos y 25 de Mayo, y pasó temporadas en las tolderías del cacique Coliqueo, buscando refugio allí donde la autoridad estatal no llegaba o llegaba con menor violencia.
LA MUERTE DE JUAN MOREIRA
En abril de 1874, el juez de paz de Lobos, Casimiro Villamayor, por orden directa del gobernador de la provincia de Buenos Aires, Mariano Acosta, organizó su captura. No se trató de un operativo policial ordinario, sino de una cacería ejemplificadora destinada a eliminar un símbolo de resistencia. Veinticinco hombres de la policía bonaerense, al mando del comandante Bosch, rodearon la pulpería “La Estrella”, ubicada en el lugar donde hoy se levanta el Sanatorio Lobos, en la intersección de las calles Chacabuco y Cardoner.
Moreira resistió con una ferocidad desesperada. Cuando estaba a punto de saltar el muro que lo separaba de su caballo, fue herido por la bayoneta del sargento Chirino, quien le perforó el pulmón izquierdo. Aun así, logró disparar su trabuco y dejar tuerto a su agresor, e hirió a Eulogio Varela. Cayó, se levantó una vez más y murió tras dos vómitos de sangre.
MEMORIA, RESTOS Y PERVIVENCIA
Juan Moreira dejó a su esposa Vicenta y a un hijo que llevó su mismo nombre. Sus restos descansan en el cementerio de Lobos. Algunos de sus efectos personales, como dagas y su cráneo, se conservan en el Museo Juan Domingo Perón de esa ciudad, como testimonio material de una vida que trascendió al hombre para convertirse en símbolo.
LA CONSTRUCCIÓN DEL MITO
Eduardo Gutiérrez fue quien dio proyección definitiva a la figura de Juan Moreira a través de sus relatos publicados por entregas a partir de 1879 en el diario La Patria Argentina. Gutiérrez no inventó al personaje: recogió una historia ya viva en la tradición oral y la fijó en la palabra escrita, dándole forma literaria a un sentimiento popular profundamente arraigado. La novela Juan Moreira se difundió masivamente y consolidó la imagen del gaucho injustamente perseguido por un sistema que lo empujó a la violencia.
En 1880, Julio Llanos le escribió a Gutiérrez una carta aportando episodios desconocidos de la vida de Moreira, garantizando su veracidad. En ella relató cómo un Viernes Santo Moreira fue atacado por soldados frente a la iglesia de San Justo y se defendió únicamente con el rebenque, respetando el carácter sagrado del día. En otro episodio, fingió huir de una partida policial, se detuvo con calma, ató su caballo y se sentó a esperarlos; los soldados, intimidados, deliberaron y decidieron retirarse bajo las carcajadas del gaucho. Estos relatos terminaron de construir una figura que ya no pertenecía sólo a la historia, sino al imaginario popular.
DEL HOMBRE AL MITO POPULAR
A partir de la novela y de la circulación oral de su historia, Juan Moreira dejó de ser un individuo concreto para transformarse en símbolo. Mientras la historia oficial exaltaba próceres urbanos, abogados del orden liberal y figuras militares funcionales al nuevo régimen, el pueblo construyó su propio héroe: un gaucho común, víctima de la injusticia institucional, que se negó a aceptar la humillación sin resistencia. Moreira no fue héroe del Estado; fue héroe del pueblo, expresión de una justicia negada y de una dignidad pisoteada.
El mito de Moreira no glorifica la violencia por sí misma, sino que señala su origen: un orden social que expulsó al gaucho de la legalidad y luego lo castigó por no someterse. En ese sentido, Moreira encarna la contracara del relato liberal de “civilización y progreso” y pone en evidencia el costo humano de ese proyecto.
JUAN MOREIRA EN LA LITERATURA, EL TEATRO Y EL CINE
La figura de Juan Moreira se expandió rápidamente más allá de la literatura. A fines del siglo XIX y comienzos del XX se convirtió en una de las piezas centrales del circo criollo y del teatro popular, especialmente a través de las representaciones de los Podestá. Allí, el mito se volvió cuerpo, voz y gesto; llegó a públicos analfabetos y se transformó en una experiencia colectiva, ritual, profundamente arraigada en la cultura popular argentina.
En 1973, Leonardo Favio llevó la historia al cine con la película Juan Moreira, ofreciendo una relectura profundamente política del personaje. Favio no lo retrató como un bandido ni como un criminal, sino como una víctima heroica de un sistema injusto, retomando la tradición popular y proyectándola sobre el siglo XX. Su película consolidó definitivamente a Moreira como símbolo de los humildes y como expresión de una épica nacional alternativa, ajena al panteón oficial pero viva en la memoria del pueblo.
JUAN MOREIRA COMO NECESARIEDAD HISTÓRICA
Más allá del hombre real, Juan Moreira fue una necesariedad histórica. Surgió de un momento preciso: la consolidación del Estado liberal que necesitó disciplinar, perseguir y eliminar al gaucho como sujeto social. No nació de la barbarie, sino de la injusticia; no fue causa del desorden, sino consecuencia de un orden excluyente. Por eso su figura perdura. Porque Juan Moreira no pertenece sólo al pasado: es la expresión de una Argentina popular que, frente al abuso del poder, eligió no desaparecer en silencio.
SI TE GUSTÓ EL TEXTO Y LO QUE HACEMOS DESDE REVISIONISMO HISTÓRICO ARGENTINO, PODÉS COLABORAR CON NOSOTROS 👇
San Martín defiende al Brigadier Manuel Belgrano. - 13 - 02 - 2026 -
13 de febrero de 1814: San Martín escribe al gobierno rechazando el traslado de Belgrano para ser procesado por su desempeño en el Alto Perú:
"Excelentísimo Señor
Anoche he recibido la suprema orden de Vuestra Excelencia de 5 del corriente para que haga entender inmediatamente al Brigadier Don Manuel Belgrano que sin pérdida de instante se ponga en camino para la ciudad de Córdoba, dejando el mando accidental de su regimiento en el oficial más antiguo, a quien corresponda, para ordenanza, y que cuando haya llegado a su destino de cuenta a esa Supremacía para impartirle las órdenes convenientes al mejor servicio del ejército.
Sin embargo del respeto con que miro todas las órdenes superiores y de mi habitual disposición a procurar el mas exacto cumplimiento, debo hacer presente a Vuestra Excelencia oficio que por ahora no puede tener efecto por hallarse este Brigadier enfermo al parecer de terciana y que poniéndose en camino las lluvias y mas que todo los calores seguramente le agravarían la enfermedad y pondrían mayor riesgo su vida: pueda de que es necesaria aún su permanencia en ésta para hacerme una formal entrega del Archivo de la Secretaría que no la ha verificado hasta el día por haberse enfermado de igual accidente los oficiales de ella con quienes ha de formar el inventario, a fin de que lo realice cuanto antes le paso con esta fecha el correspondiente Oficio.
Con motivo pues de esta demora indispensable he creído de mi deber imponer a V.E. que de ninguna manera es conveniente la separación del general Belgrano de este ejército; en primer lugar, porque no encuentro un oficial de bastante suficiencia y actividad que lo subrogue en el mando de su regimiento, ni quien me ayude a desempeñar las diferentes atenciones que me rodean con el orden que deseo, e instruir la oficialidad, que además de ignorante y presuntuosa, se niega a todo lo que es aprender (...) Me hallo en unos países cuyas gentes, costumbres y relaciones me son absolutamente desconocidas y cuya topografía ignoro y siendo estos conocimientos de absoluta necesidad, sólo el general Belgrano puede suplir esta falta, instruyéndome y dándome las noticias necesarias de que carezco (como la ha hecho hasta aquí), para arreglar mis disposiciones pues todos los demás oficiales de graduación que hay en el ejército, no encuentro otro de quien hacer confianza, ya porque carecen de aquel juicio y detención que son necesarios para tales casos, ya porque han tenido motivos que él para tener unos conocimientos tan extensos e individuales como los que él posee. Su buena opinión entre los principales vecinos emigrados del interior y habitantes del pueblo, es grande; que a pesar de los contrastes que han sufrido nuestras armas a sus órdenes lo consideran como hombre útil y necesario en el ejército porque saben su contracción y empeño y conocen sus talentos y su conducta irreprensible. Están convencidos prácticamente que el mejor general nada vale si no tiene conocimientos del país donde ha de hacer la guerra y considerando la falta que debe hacerme, su separación del ejército les causará un disgusto y desaliento muy notable y será de funestas consecuencias para los progresos de nuestras armas. En obsequio de la salvación del Estado, dígnese V.E. conservar en este ejército al Brigadier Belgrano.
José de San Martín"
1996 - 2026 - 30° aniversario de la ABM
La Escarapela Nacional creada por Manuel Belgrano.-13 - 02- 2026.-
13 DE FEBRERO: BELGRANO SOLICITA LA ESCARAPELA NACIONAL
Por Revisionismo Historico Argentino . Damián Zanni.
El 13 de febrero de 1812, el general Manuel Belgrano, consciente de que las tropas patriotas podían confundirse con los ejércitos españoles y preocupado por la identidad del Ejército del Norte, solicitó al Triunvirato la creación de una escarapela nacional que distinguiera a los soldados y afirmara la soberanía de la naciente patria, gesto que demostraba su visión de un país independiente y su compromiso con la causa revolucionaria en un momento en que las Provincias Unidas estaban amenazadas por las fuerzas realistas y vigiladas por las potencias europeas que respaldaban a España.
18 DE FEBRERO: EL TRIUNVIRATO CREA LA ESCARAPELA
Cinco días después, el 18 de febrero, el Triunvirato sancionó la escarapela nacional, y Belgrano, entusiasmado y decidido a consolidar la identidad patriótica, respondió nueve días más tarde con el primer enarbolamiento de la bandera blanca y celeste, confeccionada según los colores de la escarapela, enviando un mensaje al gobierno el 27 de febrero desde Rosario anunciando su creación y señalando que la había izado en la Batería de la Independencia, gesto que reflejaba la determinación de un militar que entendía que los símbolos eran tan importantes como las armas para mantener la moral del pueblo y del ejército.
3 DE MARZO Y 25 DE MAYO: ÓRDENES Y DECISIÓN
El Triunvirato, temeroso de la repercusión internacional y de la presión de España, ordenó ocultarla el 3 de marzo, pero Belgrano, en su marcha al noroeste para enfrentar al ejército realista, no recibió la orden y el 25 de mayo la izó en Jujuy, donde fue bendecida por primera vez, demostrando que su compromiso con la patria estaba por encima de las trabas burocráticas y que la libertad de un pueblo se defiende con coraje y visión más allá de la obediencia ciega a gobiernos inseguros.
JUNIO Y 24 DE SEPTIEMBRE: LA VICTORIA DE TUCUMÁN LEGITIMA EL SÍMBOLO
En junio, el Triunvirato le recriminó que la bandera pudiera generar “influencia capaz de destruir los fundamentos que justifican nuestras operaciones”, a lo que Belgrano respondió prometiendo guardarla hasta que un triunfo la legitimara, oportunidad que llegó en la victoria de Tucumán el 24 de septiembre de 1812, que consolidó la moral de las tropas patriotas y convirtió la insignia celeste y blanca en un símbolo de resistencia y de unidad frente a las fuerzas realistas.
AGOSTO Y OCTUBRE: EL FERVOR PATRIÓTICO EN BUENOS AIRES
Mientras tanto, en Buenos Aires, el patriotismo continuaba vivo: el 23 de agosto flameó la bandera en la Iglesia de San Nicolás de Bari durante la celebración por la derrota de la conjuración de Alzaga y el 5 de octubre, al difundirse la victoria de Tucumán, Juan Manuel Beruti escribió que se arrió la bandera roja y gualda y se izó el gallardete celeste y blanco, dominando sobre los colores enemigos, demostrando que el pueblo y los soldados compartían un mismo símbolo de identidad y libertad.
13 DE FEBRERO DE 1813 Y 20 DE JULIO DE 1816: JURAMENTO Y RECONOCIMIENTO
El 13 de febrero de 1813, el Ejército del Norte juró obediencia a la Asamblea del Año XIII frente a la bandera, reafirmando su carácter patriótico, aunque no fue reconocida oficialmente como bandera nacional hasta el 20 de julio de 1816 por el Congreso de Tucumán, cuando se sancionó que las Provincias Unidas de Sudamérica tendrían como distintivo peculiar la bandera celeste y blanca, símbolo de la independencia y la identidad de la nación.
EL LEGADO DE BELGRANO
Manuel Belgrano, creador de este emblema, murió años después olvidado y pobre, con apenas un periódico informando de su deceso y una lápida modesta en el mármol del lavatorio familiar, recordando que la verdadera grandeza de un patriota no siempre coincide con el reconocimiento de los poderosos y que la historia de nuestra bandera y de la independencia se construyó con el valor, la visión y el sacrificio de hombres que pusieron a la patria por encima de todo.
martes, 10 de febrero de 2026
Origen del sable corvo de San Martín. Acero de Damasco. -10 - 02 - 2026 -
LA CNEA REVELÓ EL ORIGEN DEL SABLE CORVO DE SAN MARTÍN
En 1966, tras la restitución del Sable Corvo del General San Martín, el Regimiento de Granaderos a Caballo solicitó a la CNEA analizar la estructura metalográfica del arma.
Para preservar la pieza, en la CNEA se trabajó con un ensayo no destructivo llamado “de réplica”, que permitió examinar su superficie sin extraer muestras y analizar la microestructura del material sin dañarlo. Para esto se creó una copia negativa de microcelulosa que luego se analizó en un microscopio metalográfico.
Durante el análisis, en lugar del desgaste homogéneo típico de los aceros comunes, aparecieron bandas claras y oscuras alternadas. Este patrón, veteado, correspondía a la característica principal del legendario acero de Damasco.
El hallazgo científico confirmó que el Sable no era de fabricación europea, como se creía, sino un auténtico “shamshir” persa, forjado con la técnica del acero de Damasco, reconocido por su resistencia, belleza y filo excepcionales.
Este estudio pionero, que unió metalurgia, microscopía e historia, permitió develar el origen del símbolo material más importante de la Nación Argentina.
Entrega del Sable corvo de San Martín a Granaderos.- 10 - 02 - 2026 -
Así fue la entrega del sable corvo de San Martín a los Granaderos en San Lorenzo: ahora vuelve a Buenos Aires
La reliquia arribó a Santa Fe para la recreación del histórico combate de 1813. Tras los homenajes, regresará a Buenos Aires para ser exhibida desde este domingo en el Regimiento de Granaderos de Palermo. Presidencia difundió imágenes del operativo de traslado
Por Rosario3
El momento de la extracción del sable para su empaquetado y traslado.
El traslado del sable corvo del general José de San Martín tuvo lugar este sábado por la mañana, en cumplimiento del decreto presidencial que ordenaba su salida del Museo Histórico Nacional y su restitución al Regimiento de Granaderos a Caballo. El traslado se concretó luego de una masiva despedida, donde el jueves pasado 5.000 personas se acercaron a ver la pieza por última vez en esa sede.
La operación se realizó bajo estrictas medidas de seguridad y conservación. Desde Presidencia difundieron imágenes oficiales del procedimiento, que muestran el retiro de la reliquia y su traslado en un estuche especial hacia su nuevo lugar de custodia.
La pieza histórica salió del museo porteño a las 8.45 custodiada por personal de seguridad, conservación y una guardia del Regimiento de Granaderos a Caballo, arribando a Aeroparque a las 11 para su vuelo hacia la ceremonia.
Cerca de las 20 de este sábado, finalmente, el presidente Javier Milei hizo el traspaso formal del sable al Regimiento de Granaderos, luego de pronunciar su breve discurso en el Campo de la Gloria. "Es el símbolo material más poderoso de la Nación", dijo el mandatario.
El momento en el que la reliquia fue retirada de la exhibición.
Según lo dispuesto por el Gobierno nacional, el sable quedará bajo custodia militar permanente en el cuartel de Granaderos, en el barrio porteño de Palermo, aunque este sábado será trasladado físicamente a Santa Fe para el acto central en San Lorenzo.
Acto en San Lorenzo con Milei
El traslado se concretó en la previa del acto central por los 213 años del Combate de San Lorenzo, que encabezó esta tarde el presidente Javier Milei en el Campo de la Gloria, a pocos kilómetros de Rosario.
Allí, el jefe de Estado entregó formalmente la custodia del sable al Regimiento de Granaderos a Caballo, en una ceremonia que tuvi una fuerte carga simbólica y política. Milei fue el único orador del acto, que incluyó una recreación histórica del combate, un desfile de granaderos y la participación de agrupaciones tradicionalistas.
El sable primero llegará a San Lorenzo y de ahí a su nuevo lugar de exhibición.
Por primera vez, el sable original estuvo físicamente en San Lorenzo, el mismo territorio donde San Martín comandó su único combate en suelo argentino en 1813.
Polémica política, judicial y cultural
La decisión del Gobierno generó una fuerte controversia. Descendientes de la familia Rosas habían presentado una medida cautelar para frenar el traslado, pero la Justicia Federal la rechazó al considerar que no estaba probado que la donación del sable hubiera sido realizada con una obligación legal de permanecer en el museo.
La jueza Macarena Marra Giménez sostuvo que los actos administrativos “se presumen legítimos” y habilitó el traslado, aunque la investigación de fondo continúa abierta.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)