domingo, 15 de marzo de 2026

Juan Manuel de Rosas. Semblanza de su gestión.- 15 - 03 -2026 -

UAN MANUEL DE ROSAS Juan Manuel de Rosas murió el 14 de marzo de 1877 en Inglaterra. En la bibliografía tradicional, su rastro se pierde en 1852 cuando, tras la derrota terminal de Caseros, partió a un exilio que duraría 25 años lejos de su patria. Ya fuera de escena, poco se sabe de esa etapa de su vida. Con 59 años cumplidos, vivió los primeros meses de ese largo ostracismo en Southampton, junto a su hija Manuelita, hasta que ella se casó con Máximo Terrero, su eterno prometido, y la pareja se mudó a Londres. En 1865 el Restaurador de las Leyes, como le llamaban los contemporáneos en su apogeo, se trasladó a Burguess Farm, la finca rural donde recreó una módica chacra que atendía personalmente. Allí volvió a sentirse como un gaucho de su lejana tierra; se levantaba al alba, mateaba, montaba a caballo y pasaba largas horas al aire libre. Vivía solo, por las noches se encerraba en su cuarto a leer o escribir. Había enviudado de Encarnación Ezcurra en 1838, y no volvió a casarse, aunque tuvo cinco hijos con Eugenia Castro —su barragana, según la pluma filosa de José Mármol— mientras residió en la casona de San Benito de Palermo, recibiendo visitantes y rodeado de amanuenses y bufones hasta su partida en 1852. No le sobraba dinero y le habían confiscado sus propiedades. Salvo Justo José de Urquiza, el vencedor de Caseros, quien le prestó alguna ayuda, el resto de sus compatriotas le había vuelto la espalda luego de que cayera en desgracia. En 1857, la legislatura de Buenos Aires lo declaró “reo de lesa patria”. Todo eso había quedado en el pasado. “No fumo, no tomo rapé, vino ni licor alguno, no asisto a comidas, no hago visitas ni las recibo, no paseo, ni asisto a teatros, ni a diversiones de clase alguna. Mi ropa es la de un hombre común. Mis manos y mi cara son bien quemadas y bien acreditan cuál y cómo es mi trabajo diario incesante para en algo ayudarme. Mi comida es un pedazo de carne asada, y mi mate. Nada más”. Así, crudamente realista, le contaba cómo trascurrían sus días a Josefa Gómez, su entrañable amiga “Pepita”, con quien se carteó durante esos años. Un sábado glacial del invierno boreal de 1877, poco antes de cumplir 84 años, permaneció a la intemperie más de la cuenta y contrajo una neumonía. El lunes 12 de marzo, el médico envió un telegrama urgente a Manuelita, quien acudió de inmediato y no se apartó del lecho de su padre. El martes 13 experimentó una efímera mejoría, pero a la mañana siguiente, 14 de marzo, su corazón se detuvo. Un año antes de su muerte, había dispuesto un agregado a su testamento: “Mi cadáver será sepultado en el cementerio católico de Southampton hasta que en mi patria se reconozca y acuerde por el gobierno la justicia debida a mis servicios”. En 1989, ciento doce años después, el ataúd fue rescatado del viejo cementerio inglés y trasladado a Francia por vía aérea. En Orly se vivió un momento emotivo cuando se abrió el cajón para cambiar el féretro y se hallaron entre las cenizas una dentadura de metal, un crucifijo y un plato de porcelana. En Buenos Aires, los restos fueron recibidos con todos los honores y depositados en el cementerio de la Recoleta, en la bóveda familiar de los Ortiz de Rozas —su apellido original—, donde se encuentran actualmente. En 1999 se inauguró el monumento emplazado en Avenida del Libertador y Sarmiento, próxima al lugar donde se levantaba la legendaria residencia palermitana. No hay unanimidad en torno a su figura, la biblioteca está dividida: para algunos sigue siendo un tirano, un déspota como lo estigmatizaron los unitarios de su tiempo; en tanto que para otros —los llamados revisionistas— fue un férreo defensor de la soberanía y la nacionalidad, incluido José de San Martín, quien le confió la tenencia de su legendario sable como tributo a la firmeza con que había enfrentado a las potencias europeas. Se lo suele exaltar como un gran referente federal, aunque si bien durante su largo gobierno al frente de la provincia de Buenos Aires respetó la autonomía de las demás provincias que integraban la Confederación, no compartió con ellas la renta aduanera del puerto porteño ni visitó a ninguna. Tampoco apuró la postergada organización nacional, lo que suscitó diferencias con federales de peso, como Juan Facundo Quiroga. Además de estancieros poderosos y del clero, contó con el apoyo del llamado “bajo pueblo”, pobladores de los arrabales y la campaña. El lado B de su larga permanencia en el poder fue el modo autoritario que caracterizó a su gestión, la intolerancia hacia las voces disidentes y la violencia practicada por la Sociedad Popular Restauradora, más conocida como La Mazorca. Y el estigma mayor: el fusilamiento de Camila O’ Gorman y Ladislao Gutiérrez por faltar a reglas canónicas. El debate sigue abierto; lo cierto es que Juan Manuel de Rosas fue durante dos décadas el hombre más poderoso de su época y dejó una huella indeleble en historia argentina.

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