domingo, 11 de enero de 2026

El hijo de Belgrano Pedro Pablo Rosas y Belgrano.-11-01-2026-

LA HISTORIA POCO CONOCIDA DEL HIJO DE BELGRANO Y MARÍA EZCURRA, ADOPTADO POR SUS TÍOS JUAN MANUEL DE ROSAS Y ENCARNACIÓN EZCURRA Por Revisionismo Historico Argentino PEDRO PABLO ROSAS Y BELGRANO (Nació cerca de Santa Fe, 29 de julio de 1813 – Falleció en Buenos Aires, 27 de septiembre de 1863) Pedro Pablo Rosas y Belgrano es una de esas figuras que la historia oficial —expresión acabada de la visión liberal del pasado argentino— menciona de manera marginal o directamente silencia. Su existencia desarma el relato prolijo, moralista y selectivo que se construyó desde Buenos Aires. Hijo natural de Manuel Belgrano y de María Josefa Ezcurra, criado y adoptado por Juan Manuel de Rosas y Encarnación Ezcurra, su vida une en una sola persona dos apellidos que la historia oficial necesitó separar: el del prócer intocable y el del gobernante demonizado. No fue un héroe de manual ni un conspirador de salón. Fue un hombre de frontera, de guerra civil, de derrotas y lealtades complejas, marcado desde su nacimiento por el contexto político y las decisiones de la época. BELGRANO, MARÍA JOSEFA Y UN AMOR COMPLEJO Manuel Belgrano conoció a María Josefa Ezcurra en 1802. Se enamoraron jóvenes, pero la sociedad colonial no toleraba esas uniones cuando interferían con intereses familiares. María Josefa fue obligada a casarse con su primo Juan Esteban de Ezcurra, comerciante español contrario a la Revolución de Mayo. El matrimonio fue estéril y breve: él regresó a España y nunca volvió a verla. Años después, cuando Belgrano fue nombrado jefe del Ejército del Norte, María Josefa acompañó al general en plena campaña militar. Estuvo con él en Jujuy, durante el Éxodo, en Las Piedras y Tucumán. Allí, en medio de la guerra por la independencia, concibió un hijo del creador de la bandera. Belgrano no lo reconoció públicamente. Esa decisión respondió a la complejidad de su posición como figura militar y política; su vida personal quedaba subordinada a los intereses de la Patria. UN NACIMIENTO QUE QUEDÓ SILENCIADO Pedro nació en julio de 1813 en una estancia cercana a Santa Fe. Fue bautizado como huérfano, un recurso administrativo para evitar conflictos con la sociedad y la política de la época. El niño fue entregado a su tía Encarnación Ezcurra y a Juan Manuel de Rosas. No se trató solo de una adopción legal, sino de un acto de protección política y humana. Rosas asumió la paternidad moral y la crianza del niño hasta que alcanzara la adultez. Esta decisión reflejaba la inteligencia política de ambos: Belgrano aseguraba que su figura pública no se debilitara en plena independencia, y Rosas consolidaba vínculos familiares y sociales en la frontera, asegurando la continuidad de lazos estratégicos y humanos. CRIADO POR ROSAS, HECHO HOMBRE EN LA FRONTERA Pedro no fue educado para los salones porteños ni para la retórica ilustrada. Tuvo una formación limitada en la capital y muy pronto fue enviado al campo y a la frontera sur, donde se formó entre estancias, fortines, gauchos e indígenas. Allí aprendió lo que la historia oficial desprecia: el territorio real, la frontera viva, el país profundo que no entraba en los planes del liberalismo porteño. Fue secretario privado de Rosas en 1829 y lo acompañó en la campaña al desierto de 1833. Desde mediados de la década de 1830 comenzó a firmar como Pedro Rosas y Belgrano, cargando conscientemente con ambas herencias. AZUL Y LA POLÍTICA QUE LA HISTORIA OFICIAL NIEGA Como juez de paz y comandante de Azul, Pedro Pablo fue pieza central de la política de frontera. Administró estancias, organizó la defensa local y mantuvo relaciones directas con los caciques Painé, Catriel, Pichún, Calfucurá y Coliqueo. Aplicó el llamado “negocio pacífico”, basado en acuerdos, provisiones y compromisos mutuos. Mientras Buenos Aires concentraba la renta de la aduana y predicaba civilización desde la distancia, hombres como Rosas y Belgrano sostenían la paz concreta, cotidiana y precaria de la frontera. Esa realidad, incómoda para la visión liberal de la historia, fue reducida luego a caricatura o directamente negada. DE CASEROS A SAN GREGORIO La caída de Rosas lo dejó en una situación ambigua. Legalmente era hijo del Restaurador, pero políticamente intentó sobrevivir al nuevo orden. Urquiza lo mantuvo en funciones y Hilario Lagos lo nombró comandante del Regimiento 11 de Caballería. Durante el sitio de Buenos Aires desembarcó en el Tuyú, reunió fuerzas en el sur y marchó al norte del Salado. Confiaba en recibir armas y refuerzos que nunca llegaron. En San Gregorio enfrentó al ejército federal de Lagos. La batalla fue un desastre: deserciones, abandono indígena, improvisación logística. La historia oficial descargó la culpa en los indios y en su apellido, como si el fracaso no hubiese sido producto del caos político posterior a Caseros. CONDENADO, SALVADO Y MARCADO Un consejo de guerra lo condenó a muerte. Fue defendido por Antonino Reyes, pero la sentencia parecía inevitable. La intervención de Manuela Mónica Belgrano, hija de Manuel Belgrano, fue decisiva. Recordó a los jefes federales que el prisionero no era solo hijo de Rosas, sino también hijo de Manuel Belgrano. Esa doble sangre le salvó la vida. La condena fue conmutada. Volvió a Azul con grado de coronel efectivo, pero ya no era un hombre del poder: era un sobreviviente. PERSECUCIÓN, DESPOJO Y OLVIDO En los años siguientes pidió la baja por problemas de salud. El nuevo régimen decidió confiscar los bienes de Rosas y de sus hijos. Pedro perdió once estancias de un plumazo, no por delitos propios, sino por su apellido. Fue acusado, vigilado y empujado a los márgenes. Después de Pavón, su destino quedó sellado. Enfermo, agotado y políticamente inútil para los vencedores, pasó al cuerpo de inválidos. Murió en Buenos Aires en septiembre de 1863. Había tenido dieciséis hijos, asegurando la continuidad de ambas familias y apellidos, un hecho que la historia oficial silenció. UNA VIDA QUE DESMIENTE EL RELATO OFICIAL Pedro Rosas y Belgrano incomoda porque demuestra que la historia argentina no fue una lucha entre civilización y barbarie, sino un proceso trágico, contradictorio y humano. Belgrano fue un hombre de carne y hueso que asumió responsabilidades personales y públicas simultáneamente. Rosas no fue un monstruo aislado, sino un constructor de poder en un país deshecho. La frontera no se sostuvo con discursos, sino con acuerdos, presencia real y negociaciones con los pueblos indígenas. Por eso la historia oficial, expresión de la visión liberal, no supo qué hacer con él. Y por eso el revisionismo insiste en rescatarlo: no para convertirlo en héroe, sino para devolverle a la historia argentina su espesor humano y su verdad incómoda. zanni.damian FUENTES Adolfo Saldías, Historia de la Confederación Argentina José María Rosa, Rosas, nuestro contemporáneo

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