sábado, 21 de febrero de 2026

La Mazorca. Origen y función.

LA MAZORCA ORIGEN, FUNCIÓN Y MEMORIA DE UN INSTRUMENTO POLÍTICO Por Revisionismo Historico Argentino. Samián Zanni. EL ORIGEN DE UN NOMBRE Y DE UN SÍMBOLO La Mazorca no nació como decreto oficial ni como creación burocrática del gobierno, sino como derivación de la Sociedad Popular Restauradora, surgida hacia fines de 1833 en el clima enrarecido que dejó la disputa entre federales cismáticos y apostólicos. La figura central en su gestación fue Encarnación Ezcurra, esposa de Juan Manuel de Rosas, quien durante la ausencia de su marido demostró una capacidad organizativa y política decisiva. El nombre “Mazorca” comenzó como mote, no como título solemne. Según la tradición más difundida, el panfletario unitario José Rivera Indarte habría utilizado el marlo de maíz en una décima satírica hacia 1835. Lo que nació como burla fue resignificado por el pueblo federal. La espiga, con sus granos apretados en un mismo tronco, ofrecía una metáfora potente: unión, cohesión, defensa común frente al peligro. Mientras los adversarios hablaban de “más horcas”, los federales veían una imagen criolla de comunidad organizada. LA SOCIEDAD POPULAR RESTAURADORA La Sociedad Popular Restauradora fue, en sus inicios, una asociación política de adhesión rosista. Se reunía en la pulpería de su presidente, Julián González Salomón. No era una logia secreta al estilo europeo, como exageraba la propaganda antirrosista, sino un núcleo activo de militancia en tiempos en que la política se dirimía tanto en la calle como en la Sala de Representantes. En sus comienzos la integraron sectores medios y populares; más tarde, sobre todo tras el bloqueo francés y el recrudecimiento de la violencia política, se sumaron apellidos tradicionales de Buenos Aires. Las listas publicadas en la prensa oficial mostraban que el apoyo al Restaurador no era patrimonio exclusivo de la plebe, como pretendía la literatura unitaria. Su función inicial consistía en manifestaciones públicas de adhesión, presión política y vigilancia sobre opositores. En contextos de conspiración como el que rodeó el complot de Maza o las alianzas con la escuadra francesa la vigilancia se intensificó. La frontera entre militancia y coerción comenzó a desdibujarse. EL NACIMIENTO DE LA MAZORCA COMO BRAZO EJECUTOR Con el agravamiento de la crisis a partir del bloqueo francés, la violencia política urbana reapareció con crudeza. De la Sociedad Popular emergió un núcleo reducido, vinculado a partidas especiales de la policía, que comenzó a actuar con métodos expeditivos. Allí se consolidó lo que la posteridad conocería como “la Mazorca” en sentido estricto. Entre sus figuras más conocidas estuvieron Ciriaco Cuitiño y Leandro Antonio Alén, además de Silverio Badía y Manuel Troncoso. No eran centenares ni un ejército paralelo: probablemente no superaron unas pocas decenas. Lo distintivo no era sólo su fervor federal, sino su pertenencia simultánea al aparato policial. Actuaban en esa zona gris donde la orden podía ser verbal y la responsabilidad difícil de probar. EL TERROR COMO PEDAGOGÍA POLÍTICA Los degüellos de 1840 dieron a la Mazorca su fama más persistente. El caso de Francisco Lynch, José María Riglos y Carlos Mason marcó un punto de inflexión. No eran agitadores anónimos, sino hombres vinculados a redes sociales influyentes. Su ejecución al intentar huir tuvo un efecto psicológico profundo en la elite porteña. El mensaje era inequívoco: no había ya espacio para la ambigüedad. El terror no fue masivo en cantidad; fue selectivo y ejemplificador. Su eficacia residía en la sensación permanente de vigilancia e incertidumbre. No saber cuándo, no saber a quién, no saber quién observaba. Más que exterminar, disciplinaba. 1840: LA CIUDAD QUE NO SE LEVANTÓ Cuando el ejército de Lavalle avanzó hasta las cercanías de Buenos Aires, muchos unitarios esperaban una insurrección urbana. No ocurrió. La ciudad permaneció inmóvil. Ese fue el verdadero triunfo político del sistema rosista. La disciplina no nació en 1840; ya estaba instalada. La Mazorca no creó el orden: lo consolidó. El miedo previo y las señales ejemplificadoras habían desactivado la posibilidad de una rebelión abierta. La elite comprendió que el costo de apostar por el levantamiento podía ser irreversible. 1842: DEL CONTROL A LA VENGANZA Es necesario distinguir etapas. La violencia de 1840 tuvo una lógica política clara y finalidad disciplinadora.La de 1842 mostró rasgos más vengativos y menos controlados. En el clima posterior a nuevas conspiraciones y amenazas externas, la frontera entre orden y exceso se volvió más difusa. Allí la Mazorca adquirió la imagen que la memoria antirrosista consolidó como definitiva. Sin embargo, incluso entonces, la violencia fue temporal y concentrada. No fue un estado permanente de terror indiscriminado. Fue un ciclo breve dentro de una década que luego ingresaría en relativa estabilidad urbana. VIOLENCIA CRUZADA Y GUERRA CIVIL La Mazorca no surgió en el vacío. Fue la contracara de una época donde conspiraciones internas, sociedades políticas opositoras, redes liberales y vínculos con potencias extranjeras formaban parte del repertorio unitario. La alianza de sectores exiliados con fuerzas extranjeras, los intentos insurreccionales y la guerra abierta configuraban un escenario de confrontación total. La violencia no fue patrimonio exclusivo de un bando. Fusilamientos sumarios, degüellos y represalias fueron prácticas extendidas en el marco de una guerra civil prolongada. En ese contexto, la Mazorca operó como instrumento de disciplinamiento político del rosismo frente a una amenaza que consideraba existencial. Comprender esto no implica justificar los excesos ni negar los crímenes. Implica situarlos en una dinámica de violencia recíproca donde la política se confundía con la supervivencia. PROPAGANDA Y CONSTRUCCIÓN DE MEMORIA Desde el exilio en Montevideo, la prensa unitaria convirtió a la Mazorca en símbolo absoluto de barbarie. La literatura romántica posterior fijó esa imagen en la memoria colectiva. En contraste, documentos oficiales defendían a la Sociedad Popular como reunión de vecinos patriotas que actuaban en momentos de peligro. La disputa por el significado del nombre fue, en realidad, una batalla por la memoria histórica. CASEROS Y LA HORA DEL AJUSTE Tras la caída de Rosas en 1852, la Mazorca fue desmantelada y sus principales miembros juzgados. El 29 de diciembre de 1853 fueron fusilados Ciriaco Cuitiño y Leandro Antonio Alén en un acto público y ejemplificador. El hijo de Alén, Leandro N. Alem, cargaría durante su vida con el estigma de “hijo de mazorquero”. Décadas más tarde fundaría la Unión Cívica Radical. La historia argentina enlazó así, de modo paradójico, la represión rosista con una de las corrientes políticas que marcarían el siglo XX. UN INSTRUMENTO DE SU TIEMPO La Mazorca no fue la esencia permanente del régimen rosista. Fue un instrumento surgido en un momento de crisis aguda, en una sociedad atravesada por guerra civil, bloqueos extranjeros y fractura política profunda. Reducirla a caricatura demoníaca impide comprender su función histórica. Justificarla sin matices empobrece el análisis. Fue una herramienta de disciplinamiento en una Argentina que aún no contaba con límites institucionales consolidados para procesar el conflicto político. La palabra “Mazorca” sigue provocando pasiones porque resume el drama central del siglo XIX argentino: la construcción del orden en medio de la guerra civil, la autoridad afirmada sin frenos estables y la política convertida en campo de supervivencia. Entenderla exige abandonar tanto la hagiografía como el anatema, y asumir que nació como tantas instituciones de aquel tiempo de la violencia cruzada que definió una era.

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