martes, 21 de abril de 2026

San Martín y la Fiesta Pehuenches. Nosotros adentro del Fuerte. 21-04-2026.

"Nos ordenaron quedarnos dentro del fuerte y no mezclarnos con los festejos de los indios. Sólo quedaron afuera los milicianos que, divididos en varios piquetes, intentaban guardar el orden entre los borrachos que se divertían peleando entre ellos y con diferentes clanes. Desde el interior poco podíamos ver de lo que sucedía afuera, pero el griterío daba miedo. Unos 2.OOO indios entre guerreros, mujeres, niños y viejos nos rodeaban y la única tranquilidad era saberlos desarmados. Se repartieron todas las tinajas con aguardiente que habían llegado en las carretas y en grandes fogatas se asaba la carne de las yeguas carneadas. San Martín, Inalican y Lemos se retiraron a una de las chozas del fuerte hasta media tarde, cuando el general apareció para salir a caminar entre los fogones y mostrarse como buen anfitrión entre sus invitados. Una india había llegado a punto de parir y, avisado el general del feliz acontecimiento, se apersonó a ofrecer ayuda y regalos a la familia del recién nacido. Contaba luego asombrado la costumbre pehuenche de bañar en el río helado a la madre y su hijo inmediatamente después del nacimiento, los cuales habían entrado junto con varias mujeres y permanecido largo rato bañándose. Los granaderos de guardia en el portón del fuerte cumplían con su misión de no dejarnos salir a mezclarnos con la indiada y taponar la entrada de los borrachos que cada tanto amagaban intentar forzar la puerta, lo que obligaba a los piquetes de milicianos a actuar, a veces con cierto rigor para evitar males mayores. Yo me acomodé como pude en un rincón con Cruz, dispuestos a intentar dormir entre los gritos de los indios que parecían cada vez más excitados. Los próximos días no cambiaron en nada. Nosotros adentro escuchando los festejos, matando el tiempo con mate y charlas, y los indios afuera comiendo, peleando y tomando aguardiente hasta caer como muertos. Después de 4 o 5 días, no lo recuerdo porque todos eran iguales y no había cómo diferenciar unos de otros, parece que se acabó el líquido y los festejos por el parlamento llegaron a su fin. Entonces volvieron a entrar los caciques principales y los capitanejos al medio de la plaza y San Martín hizo levantar las lonas de las carretas que habían quedado a resguardo a un costado, y sacó regalos para todos: ponchos, espuelas, frenos, riendas y algunas monturas, que los indios agradecieron con gritos de placer. También los pehuenches dejaron regalos a los pies del general, y Ñacuñán se sacó el poncho que traía y se lo hizo poner. Después se sacaron entre la gente las carretas que habían quedado y todos se llevaron algún regalo. Cuando ya no había nada que sacar de los carros, cada grupo empezó a alejarse con sus guerreros al frente. Los milicianos abrieron los corrales donde habían quedado los caballos de los salvajes y solos fueron saliendo y acercándose a sus dueños, que a veces les silbaban a lo lejos o los llamaban a los gritos. El fray lenguaraz apareció con un envoltorio en los brazos, llamó al general y ambos se metieron en la comandancia. Al rato salieron y le devolvieron el niño ya bautizado a su padre que había quedado afuera esperando. A media tarde ya no quedaban indios alrededor del fuerte y apenas se veía alguna polvareda en el horizonte". ("¡Vámonos!. San Martín camino a Chacabuco", de Ariel Gustavo Pérez. Para adquirir el libro, contactarse por wspp haciendo click acá: https://wa.me/3413193988).

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