sábado, 13 de diciembre de 2025

Fusilamiento de Manuel Dorrego. - 13 - 12 -2025 -

FUSILAMIENTO DE DORREGO . Por Esteban Domina. “Navarro, diciembre 13 de 1828. Participo al gobierno delegado que el coronel don Manuel Dorrego acaba de ser fusilado por mi orden, al frente de los regimientos que componen esta división. Firmado: Juan Lavalle”. Casi dos siglos después, aún cuesta entender ese crimen absurdo: un héroe de la gesta independentista mandó a fusilar a otro héroe sólo por hallarse en veredas opuestas en las cuestiones de poder. Por esos días ardía la grieta entre unitarios y federales: en 1827, extinguida la autoridad nacional tras la renuncia de Bernardino Rivadavia a la presidencia, las provincias ejercían su propia soberanía. La legislatura de la provincia de Buenos Aires había designado gobernador a Manuel Dorrego, con un meritorio pasado en los ejércitos patrios y ahora enrolado en el espacio federal, pese a ser porteño. Durante su corta gestión le tocó afrontar una agenda complicada que incluía concluir la azarosa guerra con el Brasil, aliviar la maltrecha economía popular y recomponer el vínculo con las provincias para encausar la postergada organización nacional. Los unitarios, entretanto, no se resignaban a haber sido desplazados por “el populacho”; necesitaban de un brazo armado dispuesto a hacer el trabajo sucio y todas las miradas se posaron en Juan Lavalle, que en aquella guerra había reverdecido los laureles ganados en la gesta independentista americana. Tras la firma del tratado definitivo de paz con el Brasil —que no dejó conforme a nadie, ya que se perdió definitivamente la Banda Oriental— las tropas desmovilizadas comenzaron a retornar al país. El 29 de noviembre desembarcó el grueso del ejército nacional, con el motín en marcha. Dos días después, los regimientos salieron de los cuarteles y, comandados por Lavalle, destituyeron a Dorrego. Siguiendo la hoja de ruta pergeñada por el círculo unitario, Lavalle fue proclamado gobernador en una parodia de asamblea popular. Dorrego salió a la campaña para organizar la resistencia. Su único aliado potencial era Juan Manuel de Rosas, un hacendado con peso propio en la provincia. Logró reunir una modesta fuerza de paisanos y el 9 de diciembre presentó combate en los campos de Navarro, a poco más de un centenar de kilómetros hacia el sudoeste de la ciudad de Buenos Aires. Las tropas experimentadas y bien pertrechadas de Lavalle no tuvieron mayores dificultades en dar cuenta de aquel rejunte improvisado. Sin embargo, el vencido pudo escapar, aunque desoyó el consejo de Rosas, quien le sugirió pasar a la provincia de Santa Fe y buscar el amparo del gobernador Estanislao López. Dorrego se demoró inexplicablemente en un campo de Areco junto a su hermano y otros partidarios y, al día siguiente, unos oficiales desleales lo apresaron y pusieron en manos de Lavalle. Los unitarios no querían por nada del mundo que el prisionero, dada su popularidad, fuera enviado a la capital porteña, y apremiaban a Lavalle para que completara su desafortunada faena. Mientras Dorrego escribía cartas a gente influyente, Gregorio Aráoz de Lamadrid intercedía para que se le perdonase la vida, aunque la suerte de su antiguo camarada del Ejército del Norte estaba irremediablemente echada. El 13 de diciembre, a las dos y media de la tarde, luego de recibir el último auxilio religioso, el condenado enfrentó al pelotón de fusilamiento. Lamadrid le facilitó la casaca que llevaba puesta —Dorrego pidió que la suya le fuera entregada a su esposa— poco antes de que la descarga de fusilería quebrara la quietud de la hora y el cuerpo exánime de Dorrego quedara tendido en el piso, desangrándose lentamente. En el lugar se levanta un monumento recordativo. “La historia juzgará imparcialmente si el coronel Dorrego ha debido o no morir”, asentó Lavalle en el parte. Los unitarios suspiraron aliviados, el poeta Juan Cruz Varela verseó con regocijo: “La gente baja / ya no domina / y a la cocina / pronto volverá”. En la vereda opuesta, el pueblo orillero estaba de duelo y en la desolada pampa bonaerense las guitarras bordoneaban cielitos lastimeros. Tras los postigones de una lóbrega casa, Ángela Baudrix, la joven viuda, lloraba su dolor mientras apoyaba en su pecho el chaleco que llegó a sus manos junto a la carta póstuma de su esposo: “En este momento me intiman que dentro de una hora debo morir; ignoro porqué, más la providencia divina, en la cual confío en este momento crítico, así lo ha querido. Perdono a todos mis enemigos y suplico a mis amigos que no den paso alguno en desagravio de lo recibido por mí. Mi vida, educa a esas amables criaturas, sé feliz, ya que no lo ha podido ser en compañía del desgraciado”. A su hija Angelita le dejó una sortija como recuerdo. A Isabel, su otra hija, unos tiradores. Manuel Críspulo Bernabé Dorrego tenía 41 años. Su trágico final constituye de los mayores actos de ceguera política en la resolución de los conflictos internos y los desencuentros que sobrevolaron la historia argentina como aves de mal agüero. Años después, Esteban Echeverría diría que Juan Lavalle era “una espada sin cabeza”. Entretanto, Juan Manuel de Rosas veía llegada su hora, dispuesto a ocupar el súbito vacío de poder…pero esa es otra historia.

viernes, 12 de diciembre de 2025

Carta de San Martín a Estanislao López.- 12- 12 - 2025-

Diario El Litoral. S.F. Por Liliana Montenegro de Arévalo Las relaciones entre San Martín y Estanislao López Contenido producido por para El Litoral desde la Junta Provincial de Estudios Históricos en el año del bicentenario de la independencia del Perú (1821 -28 de junio- 2O21) Archivo López y San Martín: unidos por la causa americana .Archivo López y San Martín: unidos por la causa americana . Miércoles 21.7.2O21 Por Liliana Montenegro de Arévalo (*) La acción estratégica de la Primera Junta de Gobierno a partir de 1810, provoca un profundo deterioro en Santa Fe, que encuentra cortadas sus vías de comunicación al Alto Perú, Paraguay y Montevideo. A ello se agrega el avance indígena producido por la desprotección de las fronteras, al colaborar Santa Fe en las campañas independentistas. La incorporación de Santa Fe a la liga Federal liderada por Artigas, provoca la reacción de Buenos Aires que somete a la provincia a cuatro sucesivas invasiones, que aumentan su deterioro. Esta situación afecta el Plan Continental de San Martín, ya que podría verse obligado a distraer fuerzas, como sucedió con el ejército auxiliar del Perú, al mando del Gral. Manuel Belgrano. El Comandante de las Fuerzas de Santa Fe El 26 de febrero de 1819, San Martín intendente de Cuyo desde 1814, adónde se había dedicado a la organización del Ejército de los Andes, escribe a Estanislao López gobernador interino de la provincia de Santa Fe, a quién se dirige bajo el título de Señor Comandante de las Fuerzas de Santa Fe, con el solo fin de suplicarle la supresión de una lucha entre patriotas que sostienen las mismas ideas de libertad americana. Asegura que no pretende otra cosa que la emancipación absoluta del gobierno español. Considera que López comparte estas ideas y le anuncia la mediación del gobierno chileno, para poner fin a la guerra que divide a los argentinos. Esta carta es devuelta por Belgrano a Mendoza, creyendo que el intento no era acertado ni oportuno. El paisano Estanislao López San Martín escribe otra vez al Jefe de Santa Fe, el 13 de marzo de 1819 pero esta vez la carta está dirigida a su paisano Estanislao López. Le anuncia la marcha de los diputados chilenos; aclarándole que los móviles no son otros que "la libertad e independencia de nuestro país." Insta a López a unírsele, porque será la manera de batir a los maturrangos. Y aclara "Divididos seremos esclavos." Señala la necesidad de deponer "resentimientos particulares" para llevar adelante la obra de la emancipación. "El verdadero patriotismo consiste en hacer sacrificios." Continuando: "Mi sable jamás saldrá de la vaina por opiniones políticas. Usted es un patriota" y le hace saber que queda en la confianza que accederá a establecer la paz, respetando las reclamaciones que deba efectuar. Ofrece de nuevo entrevistarse, si López lo estima necesario, en el lugar que le señale. "Tal es la confianza que tengo de su honradez y buena comportación". Entre tanto Belgrano, admite la gestión amistosa que San Martín proyecta. Mientras que el Director Pueyrredón rechaza la misión de los comisionados chilenos Salvador de la Cavareda y Cnel. Luis de la Cruz. El 2 de abril de 1819, en la capital santiaguina la Logia Lautaro resolvía llevar a cabo la campaña al Perú. Por su parte el Ejército Auxiliar del Perú, el 12 del mismo mes en San Lorenzo, acordaba suspender las hostilidades con las fuerzas de la provincia autónoma de Santa Fe. La amenaza de la expedición española El 08 de julio de 1819, San Martín escribe al gobernador de Santa Fe. Explica que el desplazamiento hacia el sur del Ejército Auxiliar del Perú, desbarató los planes que debía ejecutar en combinación con los de Chile y de los Andes. Y como esta situación es irremediable, le propone evitar males mayores. La hace saber que posee noticias que aseguran la pronta venida de la expedición española contra el Río de la Plata, y le insta a unir los esfuerzos para repelerla. Firmeza en la ejecución de los planes del Ejército de los Andes Los intentos conciliatorios de San Martín, resultan infructuosos. El año 1819, el de la Constitución Unitaria producida por el Congreso que declaró la Independencia; y el año del "Reglamento Provisorio para el manejo de la provincia de Santa Fe", culmina con la famosa negativa de San Martín de desvirtuar el objetivo del Ejército de los Andes. En el año veinte las ciudades-cabildos, al asumir sus antiguos derechos fueron transformándose en provincias autónomas. Proclamación de la Independencia peruana La derrota definitiva de los realistas de Perú era el paso que todos pretendían lograr. Tal es el espíritu del oficio que el Libertador le dirige a López en Lima el 16 de mayo, antes de la toma de dicha ciudad y de la proclamación de la Independencia peruana, producida el 28 de julio de 1821. Esta correspondencia de Lima pasó a Mendoza, de allí a Buenos Aires, y luego a Santa Fe. Solidar la emancipación de América El 2 de setiembre de 1822 López responde, el oficio del 16 de mayo. Le asegura que sus conceptos "son tan uniformes con los míos" y el deseo de "llenar un empeño tan sagrado" como el que reclama. Ofrece doscientos o trescientos hombres de caballería escogida, si recabase de las autoridades de Buenos Aires lo necesario. Y se despide: "… que guarde el Alto Ser los años convenientes para solidar la emancipación de América, bajo los auspicios de su primer genio". Entre tanto, el 26 y 27 de abril de 1822 se produce la entrevista de Guayaquil entre San Martín y Bolívar; y San Martín, guardando el oficio santafesino, emprendió el camino hacia su chacra mendocina. Con la Provincia en masa En octubre de 1823 San Martín recibe el último oficio de Estanislao López; en el que se ofrece a la cabeza de su Provincia, ya que sabe con certeza que a su arribo a Buenos Aires será juzgado por un consejo de guerra por haber desobedecido al gobierno haciendo la guerra a Chile, negándose a invadir Santa Fe y llevando la expedición a Perú. Así le dice: "Para evitar este escándalo inaudito, y en manifestación de mi gratitud y del pueblo que presido, por haberse negado V.E. tan patrióticamente en 1820 a concurrir a derramar sangre de hermanos, con los cuerpos del Ejército de los Andes que se hallaban en la provincia de Cuyo, siento el honor de asegurar a Vd. que a su solo aviso estaré con la Provincia en masa a esperar a V.E. en el Desmochado, para llevarlo en triunfo hasta la plaza de la Victoria." San Martín respondió a "López agradeciéndole su aviso y ofrecimiento sin aceptarlo". Se cierra así la relación entre ambos. El signo común será América: la Patria Grande. Para San Martín vislumbrada en la necesidad de la Independencia, su preocupación permanente por conservar a salvo la libertad de América y para Estanislao López visualizada en el Reglamento Provisorio de 1819: cuando proclama ciudadano a "todo americano". * Contenidos producidos para El Litoral desde la Junta Provincial de Estudios Históricos. >> La incorporación de Santa Fe a la liga Federal liderada por Artigas, provoca la reacción de Buenos Aires que somete a la provincia a cuatro sucesivas invasiones, que aumentan su deterioro. Esta situación afecta el Plan Continental de San Martín. El 26 de febrero de 1819, San Martín escribe a Estanislao López con el fin de suplicarle la supresión de la lucha entre patriotas que sostienen las mismas ideas de libertad americana. Asegura que solo pretende la emancipación del gobierno español. "* * Contenidos producidos para El Litoral desde la Junta Provincial de Estudios Históricos.

jueves, 11 de diciembre de 2025

Los dientes de Belgrano en un robo. -11-12 - 2025 -.

EL INSÓLITO ROBO DE LOS DIENTES DE BELGRANO Por Damian Leandro Zanni LOS ÚLTIMOS AÑOS DEL PRÓCER Los días finales de Manuel Belgrano estuvieron marcados por la penuria y el sacrificio. Aunque provenía de una de las familias más ricas de Buenos Aires, la guerra por la independencia lo dejó casi sin nada. Gran parte de su fortuna se esfumó en campañas militares y, para colmo, el Estado arrastraba una deuda enorme con él: años enteros sin pagarle su sueldo. Enfermo y sin recursos, Belgrano se vio obligado a empeñar su reloj de oro —un regalo del rey Jorge III de Inglaterra— para poder costear su atención. La muerte lo alcanzó el 20 de junio de 1820, fecha que desde 1938 honramos como el Día de la Bandera. Como miembro de la Orden Tercera de Santo Domingo, fue sepultado bajo una lápida de mármol en el atrio del convento dominico, en pleno corazón de Buenos Aires. LA EXHUMACIÓN BAJO EL GOBIERNO DE ROCA Décadas después, durante la segunda presidencia de Julio A. Roca, se decidió trasladar los restos del creador de la bandera al mausoleo que el escultor Ettore Ximénez levantaría frente al templo de Santo Domingo, en la esquina de avenida Belgrano y Defensa. Para supervisar la delicada tarea se designó una comisión de lujo: Joaquín V. González, Pablo Riccheri, Marcial V. Quiroga, Julián Massot y Carlos Malbrán. En la excavación no apareció rastro del antiguo ataúd, pero sí huesos que fueron ordenadamente colocados sobre una bandeja de plata, bajo custodia de un fraile. También se hallaron varios dientes, que fueron revisados allí mismo por González y Riccheri, mientras un escribano y familiares del prócer observaban cada movimiento. Concluida la labor, todo fue depositado en una urna de bronce a la espera de su destino final. EL ESCÁNDALO: LOS DIENTES DESAPARECEN Pero al día siguiente estalló la noticia que nadie había registrado en el acta oficial: los dientes de Belgrano habían desaparecido. La prensa recibió el dato gracias a testigos indignados. Y la indignación no tardó en transformarse en escándalo nacional. Los responsables del hurto fueron rápidamente señalados: los ministros Joaquín V. González y Pablo Riccheri. Las reacciones no se hicieron esperar. Columnistas y ciudadanos acusaron a los funcionarios de profanar restos que pertenecían “no al gobierno, sino al pueblo entero de la República”. La Prensa denunció el “silencio criollo” de quienes presenciaron la escena sin intervenir, como si ese tipo de abusos formara parte de la costumbre. LA DEVOLUCIÓN OBLIGADA Acorralado por la opinión pública, González terminó devolviendo el diente que había tomado, excusándose con una explicación insólita: dijo que se lo había llevado para mostrárselo a unos amigos. Riccheri no se quedó atrás y entregó el suyo asegurando que se lo había enseñado al general Mitre, quien habría evaluado la idea de engarzarlo en oro. EL FINAL DEL EPISODIO Una vez recuperadas las piezas dentales, se las reintegró a la urna junto al resto del esqueleto del general. Al año siguiente, todos sus restos fueron depositados finalmente en el mausoleo que hoy se levanta frente a Santo Domingo.

miércoles, 10 de diciembre de 2025

Tricentenario de los orígenes del poblado.

El Tricentenario de los orígenes del poblado Podría decirse que el Tricentenario que hoy se conmemora tiene en la pluma de Pedro Tuella su génesis argumental. Por Miguel Angel De Marco (h) 17 de noviembre 2O25 La histórica capilla rosarina, en una imagen captada en el año 1900. A principios del siglo XVIII Rosario era una pequeñísima aldea rural enclavada en el cruce del camino terrestre y fluvial que unía a la ciudad de Buenos Aires, sede de la entonces Gobernación del Río de la Plata, con Santa Fe y Córdoba, y el resto de las jurisdicciones del Virreinato del Perú, del que dependía el territorio de la actual Argentina.   Por lo tanto, su condición de “posta y puerto” es un elemento clave para entender el origen y la evolución de lo que hoy es una gran ciudad. Rosario, desprovista de los arbitrios de las urbes coloniales para su sustento, dispuso de una naturaleza favorable para la existencia de un poblado rural, punto de aprovisionamiento de viajeros y embarcaciones.   Estas condiciones fueron orgullosamente exaltadas ya en la primera crónica histórica de Rosario, dada a conocer en 1802 por Pedro Tuella, al vincular la fundación en 1527 del fuerte de Sancti Spiritu, en la desembocadura del río Carcarañá en el Paraná, con la demostración de que la región era la más apta para ser poblada, especialmente por las bondades de la tierra.   La llegada al mismo punto, años más tarde, de una expedición proveniente del Perú sería la demostración, según Tuella, de que aquel suelo “fue el primero en ser señalado tanto por los primeros que vinieron de Levante como los primeros que vinieron de Poniente”, dando a entender que esa zona era propicia no sólo para la población sino para la integración entre flujos provenientes del Atlántico y del Pacífico, y servir de puente entre el Litoral y el interior, dotes que seguirían siendo esgrimidas por generaciones de rosarinos en los siglos XIX y XX, y que en el presente acompañan las ponderaciones de Rosario como articuladora de regiones y corredores.   Podría decirse que el Tricentenario que hoy se conmemora tiene en la pluma de Pedro Tuella su génesis argumental. Fue uno de los vecinos más instruidos e influyentes de la humilde aldea de Rosario de fines del siglo XVIII y principios del XIX. Nacido en Aragón, llegó al río de la Plata en 1759. En Rosario fue maestro de primeras letras, administrador de rentas, alcalde y promotor de distintas iniciativas a favor del vecindario. Se mantuvo siempre leal al rey, aun después de los sucesos de mayo de 1810, hasta su muerte en 1814.   Todo comenzó con la publicación de su “Relación histórica” de Rosario en el Telégrafo Mercantil de Buenos Aires, en artículos publicados el 4, 11 y 18 de abril de 1802. Su relato, con leyendas, recuerdos míticos y creencias dadas por ciertas, fue altamente tenido en cuenta en la tradición histórica local en el siglo XIX, y lo sigue siendo.   Comienza de la siguiente manera: “Este lugar de Nuestra Señora del Rosario de los Arroyos, que por ser ya un pueblo bastante crecido (según sus propias palabras tenía alrededor de cuatrocientos habitantes), se le avergüenza de que se le denomine Capilla, está a setenta leguas de Buenos Aires, sobre la barranca del gran Paraná...”. Y en cuanto su jurisdicción afirma: “No contando más de lo que en el día (1801) está poblado de estancias, es de veinte leguas en cuadro, cuyos límites son: al norte el Paraná, al sudoeste el arroyo del Medio, o la jurisdicción del pueblo de San Nicolás; al sudoeste las pampas, pero en este rumbo es indefinida la jurisdicción y en ella se cuenta el fuerte Melincué, y al norte el río Cará-cará-añá”.   Es en esta misma crónica donde Tuella explica el origen gaditano de la imagen de la Virgen de Rosario (que reemplazó a la que existía en el oratorio) llegada en 1773, y “la protección de su Soberana Patrona” durante treinta años. La religiosidad de aquella época explica la existencia de cuatro oratorios y la iglesia del convento de San Carlos. Godoy, la leyenda del fundador En su escrito afirmó que la fecha de nacimiento de la ciudad “era 1725”, coincidentemente con el arribo y radicación en la zona de aborígenes del Chaco protegidos por Francisco de Godoy e indios amigos, que convirtieron al Carcarañá en una línea de defensa fuente a tribus hostiles del norte: “Hacia el año 1725 se descubre el principio de este pueblo... Había por las fronteras del Chaco una nación de indios reducidos... llamados los Calchaquíes, o Calchaquiles a quienes hacían guerra e incomodaban mucho los Guaycurús, nación brava y numerosa. Era de los Calchaquíes muy amigo Francisco Godoy, y por libertarlos de estas extorsiones, los trajo a estos campos... Este fue el principio de este pueblo; y no sería mucho si entre sus glorias hiciese vanidad de tener su origen de un personaje que tenía el ilustre apellido de Godoy”.   Esta información llegó a Tuella por testimonios orales, pero él no fue contemporáneo de aquellos hechos porque arribó a Rosario aproximadamente medio siglo después de la supuesta presencia de Godoy.   La recopilación histórica de Eudoro y Gabriel Carrasco “Anales de la ciudad de Rosario”, publicada en 1897, da crédito a Tuella, en este y otros aspectos, aunque reconoce: “Pocas noticias hemos podido adquirir sobre el fundador de nuestra ciudad. Sabemos que pertenecía a una familia ilustre, y que en 1725 fundó al Rosario con algunos indios Calchaquíes” y agrega que se estableció con su familia, a la que le siguió la de su suegro, Nicolás Martínez. Los autores suponen que no figura en los registros parroquiales porque “se ausentaría pronto de aquellos parajes”.   Estanislao Zeballos, nacido en Rosario en 1854, también dio por cierta la fundación de Godoy (a quien llama Manuel en vez de Francisco) y efectuó algunos agregados a lo afirmado por Tuella en relación con los indios: los definirá como “pacíficos y civilizados”, perseguidos por los guaraníes y no por los guaycurúes. Según Zeballos en esta “tierra blanda a los arados, bondadosa por su clima, accesible a la civilización” se fundó en 1725 la “ciudad de Concepción del Paraná”, lo que no es extraño teniendo en cuenta que el oratorio que antecedió a la capilla del Rosario estaba bajo la advocación de la Virgen de la Concepción. Frías, primera autoridad civil Carente de un acta fundacional que atestigüe un deseo explícito de que Rosario naciera ciudad como sucedió con otras ciudades de la Corona española, cobran mayor relevancia las disposiciones oficiales que pueden interpretarse como indicadores de la existencia de la aldea.   En primer lugar, debe destacarse el nombramiento de un “Alcalde de Santa Hermandad” para el Pago de los Arroyos, concretada en enero de 1725, porque alude a un proceso poblacional en ciernes.   Eudoro y Gabriel Carrasco, a fines del siglo XIX, y Manuel Cervera y Juan Alvarez, en el XX, dieron a conocer la designación efectuada por el cabildo de la ciudad de Santa Fe de un Alcalde de Santa Hermandad: Francisco de Frías, para el “Pago de los Arroyos”, en enero de 1725.   El hecho de que este nombramiento figure en las Actas del Cabildo de Santa Fe (que se encuentran digitalizadas y son de acceso público) otorga la posibilidad de contar con un documento oficial que permite datar fehacientemente los orígenes de un proceso que al menos en su faceta institucional se inició hace trescientos años.   Ese nombramiento tuvo por propósito ejercer jurisdicción sobre un amplísimo distrito rural que poseía aldeas, postas, estancias, y territorios escasamente habitados y hasta inexplorados. También en el “Pago de los Arroyos” se levantaban un oratorio, un embarcadero natural y un caserío disperso que lejos se encontraba de ser un pueblo. Tal es la conclusión de Juan Alvarez luego de relevar las Actas Capitulares: “No pudo asignársele sitio fijo como asiento de su autoridad, porque ningún pueblo existía hasta ese momento. Era un funcionario ambulante, recorredor de campañas mal delimitadas”.   Alvarez entiende que este nombramiento, junto a la llegada de “forasteros”, la designación de un cura párroco en 1730 y la donación de Santiago Montenegro en 1757 de un terreno para edificar una nueva capilla son antecedentes que se sumaron para la conformación de lo que después sería Rosario. El “éxodo” como explicación El nombramiento de Frías se vincula a una aspiración poblacional en estrecha relación con la seguridad. Entre el otorgamiento de la merced real a Luis Romero de Pineda en 1689, situándolo como primer propietario en lo que hoy es el ejido de la ciudad de Rosario, y la designación del Alcalde de Santa Hermandad en 1725 transcurrieron treinta y seis años. El proceso de subdivisión de esa propiedad no alcanzaría a explicar de por sí el incremento poblacional evidenciado en ese tiempo. ¿Qué sucedió?   La ciudad de Santa Fe se estaba despoblando, entre otros factores, por la ofensiva de tribus del Chaco, que llegaron a sitiarla, obligando a sus autoridades a solicitar auxilio de tropas de otras gobernaciones. Algunos de sus vecinos encontraron más seguro trasladarse al sur del río Carcarañá o al este, a la Bajada del Paraná, actual ciudad de Paraná.   La región del Pago de los Arroyos estaba bajo la jurisdicción de autoridades muy distantes, que se hacían presentes para requerir servicios a sus habitantes, como formar parte de los grupos de vigilancia rural o hacer contribuciones materiales.   Darío Barriera explica que el nombramiento en 1784 de un tercer Alcalde de Santa Hermandad en el territorio del cabildo de Santa Fe, como consecuencia de la creación del “Pago de Coronda”, separado del “Pago de los Arroyos”, se dio a tono con lo que estaba ocurriendo en otras posesiones de la corona por el incremento de las áreas rurales efectivamente ocupadas, por el crecimiento de las actividades económicas rurales y por el aumento de la población rural.   Se estima que en el territorio de lo que hoy es la provincia de Santa Fe había un total de 12.600 habitantes en 1797, de los cuales apenas 400 residían en proximidades de la capilla del Rosario.   El incremento de la actividad económica de la región y las necesidades mismas de la población hicieron que las atribuciones de los alcaldes de Santa Hermandad fueran aumentando durante el siglo en que tal cargo tuvo vigencia, entre 1725 y 1825. Además de la seguridad (que quedó subsumida entre las restantes demandas), pasó a entender en cuestiones civiles, la elaboración de padrones y realización de inspecciones, velar por la instrucción elemental y las obras públicas.   Es preciso señalar que no se trataba de un cargo rentado y que la complejidad creciente de la aldea motivó que los vecinos requirieran a las autoridades santafesinas su elevación al rango de Villa o Ciudad. En 1825 se la declaró “Ilustre y Fiel Villa”. Un año más tarde la Junta de Representantes le designó un “Alcalde Mayor”, lo que implicaba reconocerle a la Villa el título de pueblo.   Del amplio listado de quienes desempeñaron la función de Alcalde de Santa Hermandad, la figura de Francisco de Frías merece los mayores reconocimientos, no sólo por haber sido el primero sino por haberse desempeñado cinco veces: 1725, 1733, 1742, 1745 y 1748. En el libro de entierros de la Iglesia Catedral consta que el sargento mayor Frías “murió pobrísimo” el 8 de octubre de 1748.   Según Wladimir C. Mikielievich la familia de Frías se habría radicado aproximadamente en 1720 cerca de la propiedad de Francisco Gómez Recio, de quien les separaba el arroyo del Animal. Desde entonces ese curso de agua, cercano a la actual localidad de Alvear, se llama “arroyo de Frías”. Con el nombre de la Virgen En 1730, cinco años después del nombramiento del primer alcalde y la supuesta fundación de Godoy se creó el curato (parroquia) del Pago de los Arroyos y Ambrosio de Alzugaray fue nombrado cura párroco. Fue él quien tomó de los aborígenes asentados cerca del río Carcarañá la imagen de la Virgen del Rosario con la cual reemplazó a la de la Concepción.   A partir de entonces, la aldea comenzó a ser conocida como “Capilla del Rosario”. El sacerdote abrió una escuela de primeras letras contigua al templo, donde también comenzó a funcionar el cementerio. Se sostiene que el cura fue la primera autoridad (aunque eclesiástica) con asiento fijo y duradero, porque el alcalde era itinerante dentro de su amplia jurisdicción que comprendía prácticamente todo lo que existiera al sur de la ciudad de Santa Fe.   Por mucho tiempo Rosario fue conocida como “Villa del Rosario” (1823) y “Ciudad del Rosario” (1852), respetando la denominación dada tradicionalmente en relación con la devoción por la Virgen. El Bicentenario Al conmemorarse el Bicentenario de Rosario, en 1925, la ciudad ya era una de las metrópolis más grandes de Sudamérica, la más importante del interior del país. Factores económicos, políticos, sociales y culturales se conjugaron para ello. De los 400 habitantes de la aldea de principios de siglo XIX pasó a 9.758 en 1858, 221.592 en 1914 y 407 mil en 1926.   La leyenda de Godoy fue considerada antecedente suficiente para que la Intendencia decidiera conmemorar el “Bicentenario” y se optó por un domingo próximo a la festividad de la Virgen de Rosario, el 7 de octubre, tal como lo habían aconsejado los Carrasco y Zeballos.   La Capital propuso el día 3, porque un 3 de octubre de 1852 Urquiza había declarado la libre navegación de los ríos, “base del engrandecimiento de la ciudad”. Por su parte el historiador Calixto Lassaga, si bien adhería a la tesis de 1725, propuso que se conmemorara el 27 de febrero para hacerla coincidir con el día de la creación de la bandera, en 1812, hito emblemático de los rosarinos acorde con su tradición belgraniana. Todavía no se había establecido formalmente el 20 de Junio como Día de la Bandera.   La “obsesión de forjarse una identidad propia” evidenciada en la necesidad de establecer “una fecha fundacional”, tal como lo define el estudio de Santiago Javier Sánchez, se dio precisamente en tiempos de tal transformación y encumbramiento ante otras ciudades, de extensa prosapia y linaje, que la dirigencia local, signada de “fenicia”, “mercantil” e “inmigrante” (en sentido despectivo) se preocupó de no ser menos reconstruyendo “un pasado y una tradición lo más lejanos y prestigiosos posibles”.   Por entonces Juan Alvarez opinaba que había dos posturas dominantes entre los cultores del pasado local: “los que consideraban que Rosario tenía fundador”, y se esforzaban por hacer coincidir 1725-1925, y los que no, siendo estos últimos la minoría. En su opinión, para que hubiera fundación debía existir un pedido expreso a una autoridad superior y ésta recién se había concretado el 21 de septiembre de 1823, cuando los vecinos de la aldea solicitaron formalmente al gobernador de Santa Fe, Estanislao López, el rango de ciudad, que no le fue concedido. En cambio la Junta de Representantes de la provincia el 2 de diciembre le concedería el título de “Ilustre y fiel Villa” (en reconocimiento a los servicios prestados en la guerra por la Independencia) y designó como patrona a la Virgen del Rosario.   En 1823 el gobierno provincial argumentó que tan escasa población (estimada entre 1.000 y 1.500 almas), no podría sostener presupuestariamente las erogaciones requeridas para el gobierno de una ciudad. La capital provincial siguió siendo representada en la Junta de Representantes por ocho diputados contra uno solo de Rosario, que al ser “Villa” debía contentarse con un Alcalde Mayor y un comandante militar.   Gracias a Justo José de Urquiza le llegaría la hora de ser formalmente ciudad el 5 de agosto de 1852, cumpliéndose todos los requisitos formales para su nombramiento como tal. Su centenario no pudo festejarse por coincidir con el luto oficial por la muerte de Eva Duarte de Perón, la primera dama. Recién en 2002, y en ocasión de su sesquicentenario, fue puesto en valor, y se conmemora desde entonces ininterrumpidamente. El listado de hechos y personalidades a las que se les ha otorgado propiedades “fundantes” no estaría completo si no se mencionara a Santiago Montenegro, vecino que donó a mediados del siglo XVIII un terreno para la capilla de la Virgen del Rosario, fijando la plaza contigua, la actual 25 de Mayo. Contribuyó de esta manera al proceso de urbanización que se dio en la aldea. El año 1725 Por vía de la tradición oral (Godoy) o a través de la documentación oficial (Frías) puede sindicarse a 1725 como un hito demostrativo de un aumento poblacional con capacidad de acelerar el proceso de gestación de una aldea, refrendada con la decisión de crear una parroquia, cinco años más tarde.   Godoy, Frías, Alzugaray, Montenegro y Tuella, inmigrantes todos, representan a la aldea en evolución. Cada uno aporta y simboliza acciones fundantes, tal como Belgrano y Urquiza en el siglo XIX, y todos aquellos rosarinos que con iniciativa y laboriosidad fueron completando luego el rico mosaico de identidades que es hoy la ciudad.

Construcción del Monumento Nacional a la Bandera.-28- 11 - 2025 -

Monumento Histórico Nacional a la Bandera, el símbolo máximo de la ciudad de Rosario Se inauguró en 1957. En una pared lateral figuran los autores arquitectos Ángel Guido y los escultores Alfredo Bigatti y José Fioravanti Por Gabriela Couselo / Historiadora y docente (UNR) 28 de noviembre 2O25 MONUMENTO A LA BANDERA CONSTRUCCION 15 07-1943Foto: Archivo La Capital MONUMENTO A LA BANDERA CONSTRUCCION 15 07-1943 La llama votiva del Monumento Histórico Nacional a la Bandera debe ser de los lugares más fotografiados de Rosario. Sucede que se trata de una postal ineludible, esa obra colosal cuya torre aparece imponente entre las columnas que rodean el recinto que funciona como estudio fotográfico, combina de forma tan perfecta con el río Paraná que parece estar ahí desde siempre. En la escuela primaria, cuando las maestras introducen la historia de la ciudad, suelen enseñarnos que el Monumento tiene forma de barco y que, en parte, esto es así por su cercanía al río y porque simula una nave que representa el país. También nos explican que se trata del Monumento que recuerda (y marca) el sitio del primer izamiento de la bandera nacional. Sin embargo, el paisaje de 1812 no se parecía en casi nada al que vemos actualmente. La playita modesta en la que Belgrano reunió a los vecinos de la Capilla del Rosario era la culminación de una imponente barranca; pasarían muchos años para que la necesidad de un orden y de construir un puerto más moderno impulsara la delineación de las bajadas. Mucho más difícil de imaginar era la construcción de un monumento para que recordara ese acontecimiento que iba a estar, por casi cincuenta años, olvidado. El Monumento Histórico Nacional a la Bandera se inauguró el 20 de junio de 1957 luego de catorce años de construcción. En la pared lateral de la esquina de Córdoba y 1º de Mayo figuran los nombres de los autores: el arquitecto Ángel Guido y los escultores Alfredo Bigatti y José Fioravanti. En una tipografía diferente aparece el nombre de Eduardo Barnes, el escultor encargado de los relieves que están en el interior de la Galería de Honor de las Banderas de América. Estos datos no dicen nada de su historia previa, de las discusiones y vaivenes que marcaron su destino. Luego de dos intentos fallidos para construir el Monumento a la Bandera en 1872 y en 1909, Ramón Araya, presidente de la Comisión Popular Pro-Monumento a la Bandera, que se había formado en 1923, se empeñó en llamar a un concurso internacional de anteproyectos en el año 1927. Este concurso fue declarado desierto, pero al igual que los intentos anteriores, dejó un legado que llegará hasta el Monumento actual. Como veremos a continuación, el significado de la obra que se inauguró en 1957 se relaciona con su pasado, es una síntesis de su propia historia. Retrato del arquitecto Ängel Guido junto a la maqueta del monument o_Col. Chamorro. c. 1938_Archivo Fotográfico Museo de la Ciudad Retrato del arquitecto Ängel Guido junto a la maqueta del monument o_Col. Chamorro. c. 1938_Archivo Fotográfico Museo de la Ciudad El 25 de abril de 1928 Angel Guido todavía no había cumplido 32 años. Se sentó en su escritorio, tomó una de sus hojas membretadas y escribió a Ricardo Rojas estas líneas: “[estamos con mi hermano Alfredo] embarcados en una contienda argentinista por reconquistar el respeto que no ha tenido una comisión para con los artistas argentinos”. Y continuaba: “El Monumento a la Bandera, por incultura de aquella comisión extranjerizada, que no quiere ver su fracaso ineludible, está a punto de caer en manos extrañas a nosotros y a nuestro país, mediante proyectos de tipo standard, industrializados”. El destinatario, Ricardo Rojas, era su principal referente intelectual. El tema central de la carta era la construcción de la casa del autor de “La restauración nacionalista”, el fragmento que citamos, breve, se refiere al concurso internacional para la construcción del Monumento a la Bandera que se había llamado en el año 1927. Casi treinta años más tarde Guido estaría presenciando, como director y autor, la inauguración de la obra de arte público más importante de Rosario y, probablemente, de la Argentina. Lo interesante de esta cita, más allá del enojo de Guido, es que serán las sugerencias sobre el diseño del Monumento a la Bandera que recopila la comisión que critica las que se usarán en el concurso del que saldrá victorioso en 1940. Para entender el Monumento Histórico Nacional a la Bandera, entonces, hay que tener en cuenta diversos contextos que definieron su diseño y emplazamiento. Como veremos, se trata de una obra que combina las discusiones estéticas de la década de 1920 con la arquitectura monumental estatal de la década siguiente. El concurso al que se llamó en 1927 tenía la intención de subsanar los errores que se habían cometido en los proyectos inconclusos de etapas anteriores. Ramón Araya, el presidente de la comisión que se había formado en 1923, era un ingeniero civil que había sido un influyente funcionario municipal. Como director de Obras Públicas, primero entre 1894 y 1895, y luego desde junio de 1909 a agosto de 1911, desarrolló múltiples actividades, entre las que se destacan el levantamiento de los rieles del Ferrocarril Oeste Santafesino que corrían por el centro del bulevar Santafesino, hoy Oroño, y el bulevar Argentino, actual avenida Pellegrini. Entre los dos períodos que ocupó el cargo mencionado, Araya fue diputado provincial, primero por el departamento Belgrano y luego por el de Rosario. Desde este rol estuvo ligado a la historia del Monumento tempranamente, ya que fue uno de los diputados firmantes de le ley que autorizaba la erección del mismo en Rosario en 1898 durante la intendencia de Lamas. Si bien esta idea no avanzó, sirvió para marcar el sitio en el que había estado la batería Libertad y se colocó la piedra fundamental que actualmente se encuentra en la cripta del Monumento. Además, es de este año la idea de abrir un pasaje que una la plaza 25 de Mayo con el sitio del primer izamiento. Araya, entonces, luego de la rescisión del contrato con Lola Mora en 1925, pensó que la solución a la cuestión del Monumento a la Bandera era llamar a un concurso internacional de anteproyectos. Entre sus objetivos se encontraba subsanar lo que había significado el fracaso de la obra proyectada por la artista tucumana, quien había sido contratada de forma directa por la Comisión Nacional del Centenario en el año 1909. Sin embargo, el argumento principal se centraba en que el Monumento debía ser el más espectacular del país y para conseguirlo había que abrir la convocatoria a todas las mentes brillantes del mundo. Pero, más allá de su notable empeño, el concurso fue anulado por el Poder Ejecutivo nacional a partir de los reclamos que expresaron los miembros de la Sociedad de Artistas Argentinos y los de la Comisión Municipal de Bellas Artes. Si bien se pueden distinguir tres aspectos principales del conflicto —el envío de invitaciones especiales, la convocatoria al jurado una vez finalizado el concurso y la designación de una mayoría para la comisión popular que presidía Araya—, todos estaban teñidos por un enfrentamiento profundo entre lo nacional y lo extranjero. En definitiva, la principal cuestión giró en torno a cómo garantizar el carácter nacional que debía contener el Monumento: ¿por su autor?, ¿por los materiales?, ¿por el jurado? Plaza Belgrano 1939 (14)--Archivo Documental MHNB Plaza Belgrano 1939 (14)--Archivo Documental MHNB Más allá de la discusión sobre este concurso, de la que, como vimos, participaron los hermanos Guido, esta experiencia dejó como legado una lista de opiniones “sobre la ideología del Monumento”. Esta recopilación está precedida por una carta que envió Araya en 1925 en la que requería sugerencias sobre el diseño y la magnitud que debería tener el Monumento y la preeminencia histórica de la ciudad como cuna de la bandera. Las palabras de Araya sintetizan por primera vez lo que se pretendía para el Monumento, señalando que se trataba no sólo de un monumento, sino de un sitio histórico y un espacio público que debía ser visitado y apropiado por los contemporáneos y las generaciones futuras. En cuanto al diseño, Araya proponía algunos motivos tradicionales (obelisco, pirámide, columna, torre, arco del triunfo, estatua), que acompañaba con algunos ejemplos (el Arco del Triunfo o la bandera en el Capitolio de Washington), enfatizando que el Monumento sería una obra arquitectónica, escultórica, o de ambas combinadas. La bandera debía ser la protagonista, “enarbolada en forma no superada por nadie, para que flamee por siempre en el cielo de la ciudad, sobre el Río y sobre las Islas” ubicada en un basamento que “rememorando la batería Libertad sirva de museo de banderas”. En el exterior, debía contener “un altar patriótico frente al sol y al cielo abierto”, adonde puedan acudir “generaciones de jóvenes soldados a jurar la gloria de su bandera”, pero también “políticos y ciudadanos a meditar sus responsabilidades de gobierno”. Araya también destacaba que el Monumento debía ser visitado “popularmente en toda su altura” y estar “poderosamente” iluminado durante la noche. Con una considerable convicción, enfatizaba: “Un gran pueblo no debe señalar con mezquindad el sitio donde nació su bandera. Una nueva y grandiosa nación requiere un no copiado y grandioso monumento. (?) Por otra parte, sucede que el sitio es único. No existe otro igual. Cupo en grande pero también en grave suerte poseerlo la ciudad de Rosario. Todo Rosarino nace por esto, con el alto honor de ser hermano de cuna de su bandera [Monumento a la Bandera Nacional, Bases del concurso de plantos preparados por la Comisión Popular Pro-Monumento, Talleres Fenner, Rosario, 1927]. Al tratarse de la bandera, Araya consideraba que era necesario pedir la opinión de todos los que tuvieran algo que decir, algo que expresar sobre el mejor modo de homenajearla. Las instituciones y personalidades a las que se dirigió incluían, entre otros, a la Junta de Historia y Numismática Americana, al Museo Histórico Nacional, al Museo Nacional de Bellas Artes, al obispo de Paraná, Abel Bazán y Bustos, a la Comisión Nacional de Bellas Artes y a la Comisión Municipal de Bellas Artes de Rosario. La variedad de respuestas a la propuesta de Araya se relacionaba directamente con la variedad de las personas consultadas. En general, el relato histórico que debía transmitir el Monumento no aparece en ninguna de las respuestas, la presencia de Belgrano en Rosario y el primer izamiento de la bandera nacional el 27 de febrero de 1812 en ocasión de la inauguración de la batería Libertad aparece como un dato que no necesita mayor explicación. De hecho, a partir de la lectura de estas “opiniones” se puede inferir que el Monumento no pretende un relato de lo que había sucedido en 1812, sino un homenaje a la bandera misma y a lo que ella representa. El informe que mandó la Junta de Historia y Numismática Americana, firmado por Antonio Dellepiane, director del Museo Histórico Nacional, y Antonio Mallié, jefe del Archivo General de la Nación, que a priori podría ocuparse del relato histórico requerido para la obra, se ocupaba casi exclusivamente de cuestiones estéticas. Una vez más, el punto de partida destacaba la cualidad de sitio histórico de Rosario, su lugar en la historia nacional, su rol como “cuna de la enseña nacional” que le otorgó a la ciudad “el carácter venerable propio de los lugares en que se ha cumplido algún hecho de real trascendencia de los destinos humanos”. Para estos autores no importaba si se trataba de una obra escultórica, arquitectónica o mixta, sino que el requisito ineludible era que reflejara la “grandiosidad del asunto”, no por su tamaño, sino por su expresividad. Específicamente, cuando hablaban del contenido ideológico que debía tener el Monumento, del modo de representar aquel hecho sucedido en 1812, los miembros de la Junta de Historia y Numismática Americana le otorgaron a la obra un contenido que determinará no sólo el carácter de los proyectos presentados en 1928, sino también de aquellos que se presentarán en el concurso de 1939. "El recuerdo del acto de creación de la Bandera, con ser, ya de suyo importante, no ha de agotar el significado de la obra. Más que rememorar el hecho de la creación, más que a glorificar al inspirado creador, ella debe constituir un monumento a la Bandera misma, vale decir, a lo que ésta representa y simboliza, o sea, en último análisis, a la Nación Argentina, a su fisonomía y a su carácter, a su tradición, a su historia, a sus ideales y a sus propósitos de vida, a su hidalgo y liberal espíritu humanitario, a su honesto y generoso internacionalismo”. Con estas precisiones y sugerencias, Dellepiane y Mallié estabilizaron el sentido del Monumento: la obra no iba a relatar la creación o el primer izamiento de la bandera, como tampoco sería un monumento a Belgrano. Con mucha claridad, el sentido histórico de la obra es colocado en un segundo lugar frente a la “expresividad”, no se pretendía que narre en mármol el acto de la creación de la bandera, sino que contagie la emoción ante la contemplación de la enseña patria. MONUMENTO A LA BANDERA CONSTRUCCIóN 12-1943 MONUMENTO A LA BANDERA CONSTRUCCIóN 12-1943 Foto: Archivo La Capital En 1936, ocho años después de que se anulara el concurso que había impulsado Araya, se formó en Rosario una nueva comisión con el objetivo de construir el Monumento a la Bandera. Los comienzos de esa década introducen varias cuestiones a tener en cuenta a la hora de analizar su simbología. Sólo por mencionar algunas, no podemos dejar de considerar que este período se caracterizó por la proliferación de obras de arquitectura de encargue oficial al mismo tiempo que significó el auge del urbanismo y sus planes reguladores. Simultáneamente, durante estos años se define, entre otras fechas del calendario litúrgico nacional, que el 20 de junio se celebre el Día de la Bandera. Estas preocupaciones por el pasado nacional, además, tuvieron su correlato en la formación de dos instituciones que van a participar en el concurso del Monumento a la Bandera: la Academia Nacional de la Historia y la Comisión Nacional de Museos, Monumentos y Lugares Históricos. En este contexto, entonces, se forma una nueva comisión que pese a varios cambios en su composición, se mantendrá en funciones hasta la inauguración del Monumento en 1957. Durante todos estos años, más de veinte, la preocupación principal de la Junta Nacional Ejecutiva de la Comisión fue la de recaudar fondos. Luego de mucho insistir con el Estado nacional, consiguieron que en 1939 se asignara un millón de pesos moneda nacional, lo que les permitió llamar a un concurso de anteproyectos. Para definir el lema ganador, se formó también una subcomisión evaluadora compuesta por arquitectos, historiadores, artistas y los miembros de la Junta Nacional Ejecutiva de la comisión. A los interesados en participar del concurso se les entregó una carpeta que contenía, además de las Bases del Concurso, el reglamento de la subcomisión evaluadora, las “Opiniones sobre la ideología del Monumento a la Bandera”, el plano de relevamiento y el plano de altimetría de la plaza general Belgrano, cuatro fotografías aéreas de la plaza Belgrano y sus alrededores, y copia de dos decretos del Poder Ejecutivo nacional del año 1939. Tanto las bases del concurso como el reglamento de la subcomisión evaluadora marcaban diferencias (posiblemente de manera intencional) respecto a lo sucedido en 1927. En las bases, por ejemplo, se enfatizaba el carácter nacional de la obra, expresado en su autor y los materiales a utilizarse. Este énfasis en la nación y la necesidad de que se vuelva tangible en los materiales y comprobable en la identidad de sus autores se debe al cambio de coyuntura. La década de 1930, como mencionamos, ordenó el modo en que el ser nacional debía fortalecerse: mediante calles, monumentos, libros de historia y celebraciones patrióticas. Al concurso se presentaron doce anteproyectos, de los cuales fueron admitidos a evaluación siete. Si bien se otorgaron cuatro premios y tres menciones, todos los autores recibieron un monto de dinero en compensación al esfuerzo realizado. El 22 de septiembre de 1940 se reconoció como ganador al proyecto “Invicta”, presentado por los arquitectos Alejandro Bustillo y Angel Guido y los escultores José Fioravanti y Alfredo Bigatti. De acuerdo al fallo del jurado, el primer premio, que correspondía a la adjudicación de la obra, fue votado por ocho miembros del jurado, mientras que los cuatro restantes expresaron que el concurso debía declararse desierto. Entre las facultades de la comisión se encontraba la de proponer modificaciones al proyecto original, por lo que a partir de la definición del concurso hasta el inicio de la construcción existió un constante intercambio de correspondencia entre aquélla y los autores de “Invicta”. Entre los cambios propuestos se destacan el reemplazo del Océano Pacífico por el Río Paraná, el cambio de lugar de las esculturas de los puntos cardinales, la incorporación de la fuente y la eliminación de las figuras de la ganadería, la agricultura, la industria y el comercio. Otro cambio significativo fue el de los relieves externos, que originalmente estaban dedicados al trabajo en La Pampa y en los Andes y, actualmente, tienen como protagonista a José de San Martín. El espacio más problemático fue, desde el comienzo de la construcción, el Propileo, el cual se planteó como un anexo al Monumento (torre, fuente y cripta): “El propileo, viene a constituirse en verdadero vínculo monumental entre el monumento propiamente dicho y el pasaje Juramento. En esta forma, desde la plaza de Mayo, se podrá admirar el monumento recortado por las elegantes y ágiles columnas del Propileo” [Memoria descriptiva Lema “Invicta”, original en el Archivo Documental del Monumento Histórico Nacional a la Bandera]. El Propileo se había sido planteado como el lugar en el que se iba a homenajear a San Martín y Belgrano. Con ese fin iba a contener cuatro esculturas, dos de cada héroe, una en su función militar y otra como civiles. De hecho, en 1947, tres años antes del centenario de la muerte de San Martín, el Propileo es propuesto como templo “San Martiniano”. Finalmente, se opta por la eliminación de las columnas interiores y la incorporación de llama votiva y de las cuatro estatuas de América que dialogan con la Galería de Honor de las Banderas que se encuentra debajo. En un libro publicado el mismo año de la inauguración, Guido expresaba que este espacio es en el que concreta su “ideal americanista” y que no es su objetivo el enfrentamiento con la “sabia” Europa, sino fortalecer la salvación de la “castigada cultura occidental” [Angel Guido, “Galería de Honor de las Banderas de América”, 1957, página 13]. En este espacio, la única sala de museo que hasta el momento tiene el Monumento a la Bandera, se encuentran, además de las banderas de los distintos países de América y sus símbolos patrios, los relieves que tienen como protagonistas a los personajes rosarinos que participaron del primer izamiento: Julián Navarro, el cura párroco que habría bendecido la primera bandera, Cosme Maciel, el civil que la habría izado, y María Catalina Echevarría de Vidal, la mujer que habría confeccionado la bandera. De los tres, el que cuenta con más soportes historiográficos es Cosme Maciel. Juan Alvarez, el historiador que aporta su nombre a la Biblioteca Argentina de Rosario, sostiene que Belgrano “hizo enarbolar el pabellón celeste y blanco en la batería Libertad el día 27 de febrero a las seis y media de la tarde, confiando el honor de izarlo al joven Cosme Maciel como premio a la dedicación con que colaboró en la obra “ [Juan Alvarez, “Historia de Rosario” (1943), 1998, página 167]. Detalle del Monumento a la Bandera Detalle del Monumento a la Bandera Foto: Celina Mutti Lovera / La Capital El rol de Julián Navarro, párroco que también habría estado aportando ayuda a los granaderos que pelearon junto a San Martín en el combate de San Lorenzo el 3 de febrero de 1813, tampoco aparece tan cuestionado como el de María Catalina. A partir de la intención de incorporar a la mujer al Monumento a la Bandera se produce una intensa polémica en los diarios locales. Para Félix Chaparro, un historiador aficionado bastante conocido en aquellos años, no había dudas sobre la participación de María Catalina en la confección de la primera bandera. Del otro lado, Wladimir Mikielievich, otro aficionado y coleccionista, contestaba que no existían documentos que lo probaran. Chaparro respondía a cada una de las impugnaciones historiográficas de Mikielievich señalando que si no había fuentes que verificasen la participación de María Catalina, tampoco las había con relación a la responsabilidad de otras posibles damas que habrían cosido la primera bandera. Entonces, concluía Chaparro, por qué negar la tradición popular. La disputa, finalmente, se cierra a favor del mito, y el propio Angel Guido argumentará que fue por la influencia de Chaparro que se decidió incorporar los relieves con los rosarinos. Llegados a este punto, vale la pena recuperar algunas precisiones sobre la trayectoria de Guido, ya que será él quien tome las decisiones finales sobre el diseño del Monumento a la Bandera. Entre septiembre de 1940 y la firma del contrato en diciembre de 1942, Alejandro Bustillo renuncia y queda afuera de la concreción de la obra. A partir del inicio de la construcción en 1943, Guido será designado como director del proyecto. Guido y Bustillo fueron grandes protagonistas de la arquitectura de las décadas de 1920 y de 1930 y, si bien fueron contemporáneos, transitaron sus carreras por espacios diferentes. Mientras que Bustillo había cursado sus estudios en la Universidad de Buenos Aires y egresó como arquitecto en 1914, Guido fue estudiante en la Universidad Nacional de Córdoba y realizó viajes por América Latina que lo alejaron del estilo que practicaba Bustillo. Mientras que Guido fue un defensor del estilo euríndico o regional americano durante la década de 1920, Bustillo se hará famoso en Buenos Aires por sus palacios estilo francés y las obras de arquitectura pública monumental. Si observamos la situación de Bustillo al momento de la firma del contrato, parecería que tener que lidiar con una comisión evaluadora que se involucrara en la toma de decisiones no era algo a lo que estuviera acostumbrado y esta situación puede haber influido en su renuncia. Además, en simultáneo tenía otras obras de las que debía ocuparse: la remodelación del Banco Nación de la ciudad de Buenos Aires, las obras de urbanización de la costanera de Mar del Plata y el diseño de caminos en el Parque Nacional Nahuel Huapi. Una vez aclarada esta cuestión, debemos decir que el Monumento que existe en la actualidad, con, inclusive, la incorporación del Pasaje Juramento, se debe a la influencia y la formación de Angel Guido en diferentes momentos de su carrera. Como dijimos más arriba respecto al Monumento en sí, Guido también da cuenta de los cambios en la arquitectura y el urbanismo de las décadas de 1920 y 1930. El estilo arquitectónico con el que más suele identificarse a Guido se denomina neocolonial americano, ya que recupera elementos de la tradición colonial y americana, y está presente no sólo en la arquitectura, sino también en la literatura. Este estilo es parte de la exaltación indigenista que se vivió en Latinoamérica durante la primera mitad del siglo XX como parte de la reflexión por la(s) identidad(es) nacional(es). En la vivienda de Ricardo Rojas, de la que se ocupa en la segunda mitad de la década de 1920, Guido toma como modelo la casa histórica de Tucumán. Esta recuperación o copia de obras del pasado se debía, para algunos autores, a una reacción a la influencia desmedida de la arquitectura italiana y francesa que invadía las ciudades. De acuerdo a lo que han estudiado otros historiadores, las ideas sobre la fusión de lo hispánico y lo indígena que el propio Rojas sintetizó en su obra “Eurindia” (1924), Guido las vinculó con el viaje que había realizado por Perú, Bolivia, Chile y el norte argentino entre 1919 y 1920. En Rosario, las ideas de fusión defendidas por Guido se vieron expresadas en el Museo Histórico Provincial de Rosario, inaugurado en 1939, en el que se incorporaron las estatuas del escultor Troiano Troiani representando a la América India, la América Colonial y la Historia Patria. Estas esculturas dialogan directamente con las cuatro representaciones de América que se encuentran en el Propileo del Monumento a la Bandera. En el mismo sentido, las escalinatas del patio cívico y la capilla de indios en la que se coloca a la Madre Patria son características de este neocolonial americano o arte mestizo del que fue defensor y exponente en la década de 1920. Sin embargo, más allá de estas evidencias, sería un error calificar a Guido sólo como el arquitecto de Eurindia. Gracias a la beca Guggenheim viajó durante ocho meses por Estados Unidos entre octubre de 1932 y mediados de 1933, lo que le permitió apreciar lo que los avances de la técnica habían logrado en las ciudades norteamericanas. Podemos coincidir, entonces, con los investigadores que plantean que Guido fue nacionalista y moderno al mismo tiempo. Esto se observa claramente en su incursión en el urbanismo, ya que mientras que para los planes reguladores de Salta y Tucumán prioriza sus convicciones euríndicas, para el de Rosario utiliza el “zonning” con la intención de revertir el crecimiento sin orden. Esta práctica se basaba en establecer zonas dentro de la planta urbana, que se dedicaran a actividades específicas. Por otro lado, es innegable que la torre del Monumento a la Bandera simula un rascacielos que, en el momento de la inauguración, se imponía en una ciudad bastante chata. De este modo, podemos afirmar que Guido llega a la construcción del Monumento a la Bandera luego de haberlo imaginado en los diferentes contextos que influenciaron, al mismo tiempo, la obra y su propia trayectoria. En 1927 participó del debate en torno al arte nacional que suscitó el concurso impulsado por Ramón Araya y en 1935 incorpora la obra en el Plan Regulador para Rosario que había influenciado su viaje a Estados Unidos. En la sección “zonas especiales y de conjuntos monumentales” se puede leer que, de las dos grandes avenidas proyectadas, la que correrá este-oeste y la que lo hará norte-sur, la primera sería el escenario de un “verdadero sistema de centros monumentales” que comenzaría por el “conjunto del Monumento a la Bandera”. En esta avenida, al estilo del Paseo de la Reforma de Ciudad de México, se “consagraría con nobles formas plásticas los aspectos más representativos e influyentes en la historia y la vida de nuestra ciudad” [Della Paolera, Carlos María, Farengo, Adolfo & Guido, Angel, “Plan Regulador y de extensión de Rosario”, Municipalidad de Rosario, 1935, página 58. Original en la Biblioteca Argentina]. Monumento a la Bandera Monumento a la Bandera Foto: Celina Mutti Lovera / La Capital Los antecedentes de Guido en el urbanismo posibilitaron que su forma de pensar el Monumento a la Bandera fuera a partir de su relación con la ciudad. Su tema no fue sólo la obra, sino la ciudad misma. Esta pasión por Rosario es, en cierto modo, la que permite explicar su constancia luego de ver naufragar múltiples proyectos para nuestra ciudad y su insistencia con la proyección del “Gran Parque Nacional a la bandera”. Este proyecto, posterior a la presentación del lema “Invicta”, tenía como idea central crear un centro cívico y religioso que incluyera la plaza 25 de mayo, la catedral y el Palacio Municipal y que se prolongara hasta el río. Planteado de manera general, Guido propuso diferentes alternativas para su ejecución en las que predominó la idea del pasaje Juramento como unión de la plaza y el Monumento. En la versión más osada, del año 1957, había pensado inclusive en la posibilidad de incorporar tres monobloques de viviendas que no superaran en la altura a la torre y a la nueva iglesia catedral. El conocimiento más detallado de este proyecto se debe a una publicación auspiciada por el Club de Leones como aporte a la inauguración del Monumento en la que Guido destacaba que “constituye la remodelación monumental de la zona urbana de mayor prosapia tradicional, ya que abarca el sitio de la Catedral —lugar de la vieja Capilla del Pago de los Arroyos — y del hecho más importante en la historia rosarina: la creación de la bandera” [“Gran Parque Nacional a la Bandera”, Club de Leones, Rosario, 1957, página 2]. Más allá de que para Guido sus intenciones quedaron frustradas, en la década de 1990 se reactivó esta idea que terminaría desembocando en la inauguración del pasaje Juramento en dos etapas: 7 de octubre de 1997 y 27 de febrero de 1999. Ambas fechas por demás de significativas. La primera ligada a la rosarinidad desde el siglo XIX, pero más notablemente desde el festejo de un posible/supuesto bicentenario en 1925. La segunda, más conocida, remite al día en que Belgrano inauguró la bandera argentina en 1812. El propósito del pasaje Juramento no fue reeditar el monumento inconcluso de Lola Mora, sino presentar el grupo escultórico “como una extensión del Monumento a la Bandera en un marco especial acorde al valor patrimonial de sus trabajos” [Memoria descriptiva del proyecto ganador, disponible en el Archivo Documental del Monumento Histórico Nacional a la Bandera]. Por otra parte, el pasaje Juramento se proponía tener un protagonismo “mesurado” en relación al resto del Monumento. Esta característica será valorada por los jurados del concurso, quienes especifican en su evaluación que el proyecto ganador relaciona y pone en valor la Municipalidad, la catedral, el Monumento, el grupo escultórico y la plaza 25 de Mayo. “De este modo, es la significación de este conjunto de valor histórico institucional lo que se resalta potenciando sus valores preexistentes, asumiendo el proyecto la simple pero difícil tarea de construir un marco sensible y de un protagonismo mesurado, que relaciona adecuadamente los distintos elementos y situaciones que intervienen en la composición” [Revista Arquitectura, Sociedad Central de Arquitectos, Nº 180, 1996]. Desde entonces, al cruzar por el pasaje Juramento vemos partes del polémico monumento que Lola Mora imaginó entre 1903 y 1909. En la escena “Belgrano y la Bandera”, destinada al frente del Monumento, se observa al general en primer plano y, a su derecha, a un personaje con levita y con la galera en la mano, a la vez que los soldados apostados, firmes con sus armas, forman la escolta de la enseña patria en el último plano. Una observación más general del pasaje Juramento permite destacar que dependiendo del lugar desde donde lo abordemos, puede ser el ingreso al Monumento, el desenlace del paseo o simplemente un paso entre la calle Córdoba y la avenida Belgrano. De este modo las esculturas de Lola Mora, sin demasiada explicación para los visitantes y para muchos rosarinos ajenos a la procedencia de las obras que embellecen los espejos de agua, aparecen ubicadas de un modo bastante aleatorio, sin dialogar ni entre ellas ni con las del Monumento. Antes del cierre, algunas palabras sobre la presencia-ausencia de Manuel Belgrano en el Monumento. El homenaje principal es haber recuperado algunas de sus palabras para que acompañen el recorrido por los diferentes espacios. Pero, para ser justos, queda bastante opacada con la voluptuosidad y tamaño de las dos esculturas de la patria. En la cripta del Monumento, una bóveda ubicada debajo del ascensor, se encuentra la estatua de un Manuel Belgrano civil realizada por José Fioravanti. Siguiendo motivos anteriores, el escultor presenta al prócer sentado en actitud reflexiva, se trata de mostrarlo como un intelectual y político. Respondiendo a la exigencia de rigurosidad histórica, Fioravanti tomó como modelo la pintura de Carbonnier que también sirvió como referencia al reciente inaugurado mural inmenso que mira hacia el Propileo. En este retrato se ve a Belgrano sentado, con una mano apoyada sobre sus piernas cruzadas. De este modo, el sitio dedicado al prócer está relacionado con la contemplación y la única alusión al primer izamiento de la bandera está en las palabras ubicadas siguiendo la circunferencia de la cripta: “En este sitio sagrado para los argentinos —entonces barrancas del Paraná— el general Belgrano izó por primera vez la bandera de la Patria, siendo las 6.30 de la tarde del día 27 de febrero de 1812. Luego de este recorrido podemos afirmar que el Monumento Histórico Nacional a la Bandera condensa no solamente las preocupaciones y trayectoria de Ángel Guido, sino también las de su propia historia. Si nos animamos a indagar sobre cada sector de esta nave, vamos a descubrir que el sitio histórico es el mismo que había señalado en 1872 Nicolás Grondona, un funcionario rosarino que fue el primero en intentar construir un monumento a la bandera. Si bien esa intención naufragó, cuando hubo que determinar el sitio histórico de la batería Libertad se tomó como referencia el lugar que él, desde su rol de ingeniero municipal, había señalado. Las esculturas de Lola Mora, casi como restos arqueológicos del monumento fallido del Centenario de 1810, decoran y espían el recorrido que hacen los visitantes al cruzar el pasaje Juramento. Del problemático concurso al que se llamó en 1927, nos queda nada menos que la síntesis de su significado: el Monumento debe representar lo que la bandera representa. Cabe aclarar que estos indicios de los intentos anteriores no dan cuenta de una historia heroica que tenía como destino la obra dirigida por Ángel Guido. Más bien lo contrario. El pasado del Monumento a la Bandera fue problemático, con vaivenes políticos, con discusiones sobre arte nacional, con disputas entre disciplinas y comisiones por la definición de las esculturas destinadas al espacio público. Para cerrar, vale la pena enfatizar que su presencia es tan potente, tan ineludible, que pareciera que siempre estuvo ahí, que siempre tuvimos ese lugar para festejar las alegrías y para protestar por las injusticias. Porque, por sobre todo lo demás, el Monumento Histórico Nacional a la Bandera es el espacio público más importante de nuestra ciudad, es donde nos convertimos en ciudadanas y ciudadanos, donde nos reconocemos como vecinas y vecinos de la ciudad de Rosario.

martes, 9 de diciembre de 2025

El Perito Moreno Francisco Pascasio. Ganó la Patagonia.- 9 - 12 - 2025.

El Perito Moreno. EL PERITO FRANCISCO PASCASIO MORENO el hombre que midió un país y eligió una isla para dormir para siempre Hay vidas que parecen escritas con tinta de glaciar: filosas, frías, implacables. La de Francisco Pascasio Moreno es una de ellas. Mientras otros se pasaban la vida en cafés discutiendo teorías, él se internaba en una Patagonia que todavía era un animal indómito. Donde hoy hay rutas y turistas con camperas de colores, él veía cuchillas de hielo, vientos asesinos y silencios que podían partirle el alma a cualquiera. Moreno avanzaba igual. Con la testarudez de un loco lindo y la elegancia torpe de un sabio que no entiende de límites. No era solo un perito. Era un explorador que caminaba como quien interroga a Dios. En sus manos no llevaba armas: llevaba brújulas, cuadernos, frascos para fósiles. Y un hambre insaciable de verdad. Gracias a él, la Argentina no perdió medio país en los pleitos fronterizos. Dibujó mapas como quien afila un cuchillo: con precisión, con carácter, con sangre en los dedos. Y todavía pretendían llamarlo “funcionario”. ¡Funcionario! Si era un titán con barba, anteojos redondos y una voluntad que podría haber movido el mismo Nahuel Huapi. Tal vez por eso pidió que lo enterraran allí, en medio del lago, en la Isla Centinela. Como un vigía eterno, como un ojo abierto entre las montañas. Sus huesos descansan ahí, pero su sombra sigue midiendo la Patagonia cada amanecer. Moreno no murió. Se quedó de guardia. Lee el artículo completo en: https://www.robertoarnaiz.com/.../el-hombre-que-dibuj%C3.-Roberto Arnaiz. Roberto Arnaiz | Escritor e Historiador 📚 Autor de más de 30 libros 🌍 Exploro la historia y la cultura para conectar el pasado con el presente. ✨ Descubre mis libros y contenidos exclusivos en: www.robertoarnaiz.com.

La Triple Alianza. Verdades que duelen. - 09 - 12 - 2025-

La Guerra de la Triple Alianza. La verdad que nadie quiso mirar Hay historias que nos contaron como si fueran estampitas: héroes luminosos, villanos perfectos y un pueblo inocente sacrificándose en nombre de un sueño ajeno. Pero cuando uno raspa un poco la pintura, aparece la verdad desnuda, incómoda, brutal. La Guerra de la Triple Alianza es una de esas verdades que duelen. Porque acá no hubo conspiraciones inglesas ni iluminados jugando al ajedrez mundial. Hubo algo más simple y más feroz: una invasión. El 13 de abril de 1865, Paraguay entró a Corrientes, apresó al gobernador, tomó la ciudad y avanzó como si la Argentina fuera un descampado sin dueño. ¿Qué debía hacer un país? ¿Aplaudir? ¿Rendirse? ¿Hacerse el distraído? No, señores. Un país que se respeta se defiende, aunque le tiemblen las piernas. Pero algunos prefieren el cuento cómodo. Les encanta imaginar a Solano López como un mártir luminoso, defensor de una utopía imposible. No ven la otra cara: el hombre que declaró la guerra, que invadió a dos naciones y arrastró a su pueblo a una tragedia que pudo evitarse. Mientras tanto, las provincias del Litoral no discutían teorías: veían barcos enemigos en el Paraná, escuchaban pasos desconocidos en la orilla, sentían el olor del peligro real. La guerra no se decidió en escritorios: se decidió cuando un ejército extranjero pisó suelo argentino. Podrán repetir mil veces el mito que quieran. Pero la verdad es una sola, áspera y sin maquillaje: Argentina no buscó la guerra. La guerra vino a su puerta. Y cuando vino, se plantó. Porque un país que no defiende su casa termina sin casa, sin historia y sin nombre. Lee el artículo completo en: https://www.robertoarnaiz.com/.../la-guerra-que-nos...Roberto Arnaiz. Sumate GRATIS a nuestro canal de WhatsApp 👇