sábado, 13 de diciembre de 2025

Fusilamiento de Manuel Dorrego. - 13 - 12 -2025 -

FUSILAMIENTO DE DORREGO . Por Esteban Domina. “Navarro, diciembre 13 de 1828. Participo al gobierno delegado que el coronel don Manuel Dorrego acaba de ser fusilado por mi orden, al frente de los regimientos que componen esta división. Firmado: Juan Lavalle”. Casi dos siglos después, aún cuesta entender ese crimen absurdo: un héroe de la gesta independentista mandó a fusilar a otro héroe sólo por hallarse en veredas opuestas en las cuestiones de poder. Por esos días ardía la grieta entre unitarios y federales: en 1827, extinguida la autoridad nacional tras la renuncia de Bernardino Rivadavia a la presidencia, las provincias ejercían su propia soberanía. La legislatura de la provincia de Buenos Aires había designado gobernador a Manuel Dorrego, con un meritorio pasado en los ejércitos patrios y ahora enrolado en el espacio federal, pese a ser porteño. Durante su corta gestión le tocó afrontar una agenda complicada que incluía concluir la azarosa guerra con el Brasil, aliviar la maltrecha economía popular y recomponer el vínculo con las provincias para encausar la postergada organización nacional. Los unitarios, entretanto, no se resignaban a haber sido desplazados por “el populacho”; necesitaban de un brazo armado dispuesto a hacer el trabajo sucio y todas las miradas se posaron en Juan Lavalle, que en aquella guerra había reverdecido los laureles ganados en la gesta independentista americana. Tras la firma del tratado definitivo de paz con el Brasil —que no dejó conforme a nadie, ya que se perdió definitivamente la Banda Oriental— las tropas desmovilizadas comenzaron a retornar al país. El 29 de noviembre desembarcó el grueso del ejército nacional, con el motín en marcha. Dos días después, los regimientos salieron de los cuarteles y, comandados por Lavalle, destituyeron a Dorrego. Siguiendo la hoja de ruta pergeñada por el círculo unitario, Lavalle fue proclamado gobernador en una parodia de asamblea popular. Dorrego salió a la campaña para organizar la resistencia. Su único aliado potencial era Juan Manuel de Rosas, un hacendado con peso propio en la provincia. Logró reunir una modesta fuerza de paisanos y el 9 de diciembre presentó combate en los campos de Navarro, a poco más de un centenar de kilómetros hacia el sudoeste de la ciudad de Buenos Aires. Las tropas experimentadas y bien pertrechadas de Lavalle no tuvieron mayores dificultades en dar cuenta de aquel rejunte improvisado. Sin embargo, el vencido pudo escapar, aunque desoyó el consejo de Rosas, quien le sugirió pasar a la provincia de Santa Fe y buscar el amparo del gobernador Estanislao López. Dorrego se demoró inexplicablemente en un campo de Areco junto a su hermano y otros partidarios y, al día siguiente, unos oficiales desleales lo apresaron y pusieron en manos de Lavalle. Los unitarios no querían por nada del mundo que el prisionero, dada su popularidad, fuera enviado a la capital porteña, y apremiaban a Lavalle para que completara su desafortunada faena. Mientras Dorrego escribía cartas a gente influyente, Gregorio Aráoz de Lamadrid intercedía para que se le perdonase la vida, aunque la suerte de su antiguo camarada del Ejército del Norte estaba irremediablemente echada. El 13 de diciembre, a las dos y media de la tarde, luego de recibir el último auxilio religioso, el condenado enfrentó al pelotón de fusilamiento. Lamadrid le facilitó la casaca que llevaba puesta —Dorrego pidió que la suya le fuera entregada a su esposa— poco antes de que la descarga de fusilería quebrara la quietud de la hora y el cuerpo exánime de Dorrego quedara tendido en el piso, desangrándose lentamente. En el lugar se levanta un monumento recordativo. “La historia juzgará imparcialmente si el coronel Dorrego ha debido o no morir”, asentó Lavalle en el parte. Los unitarios suspiraron aliviados, el poeta Juan Cruz Varela verseó con regocijo: “La gente baja / ya no domina / y a la cocina / pronto volverá”. En la vereda opuesta, el pueblo orillero estaba de duelo y en la desolada pampa bonaerense las guitarras bordoneaban cielitos lastimeros. Tras los postigones de una lóbrega casa, Ángela Baudrix, la joven viuda, lloraba su dolor mientras apoyaba en su pecho el chaleco que llegó a sus manos junto a la carta póstuma de su esposo: “En este momento me intiman que dentro de una hora debo morir; ignoro porqué, más la providencia divina, en la cual confío en este momento crítico, así lo ha querido. Perdono a todos mis enemigos y suplico a mis amigos que no den paso alguno en desagravio de lo recibido por mí. Mi vida, educa a esas amables criaturas, sé feliz, ya que no lo ha podido ser en compañía del desgraciado”. A su hija Angelita le dejó una sortija como recuerdo. A Isabel, su otra hija, unos tiradores. Manuel Críspulo Bernabé Dorrego tenía 41 años. Su trágico final constituye de los mayores actos de ceguera política en la resolución de los conflictos internos y los desencuentros que sobrevolaron la historia argentina como aves de mal agüero. Años después, Esteban Echeverría diría que Juan Lavalle era “una espada sin cabeza”. Entretanto, Juan Manuel de Rosas veía llegada su hora, dispuesto a ocupar el súbito vacío de poder…pero esa es otra historia.

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