sábado, 27 de diciembre de 2025
Asesinato de Facundo Quiroga,1837, en Barranca Yaco. - 27 -12- 2025-
EL CRIMEN DE BARRANCA YACO Y SU SIGNIFICADO POLÍTICO
“Barranca Yaco no se explica sin el caos previo, ni la horca de 1837 sin la necesidad del orden. Ambos hechos, trágicos y extremos, forman parte del doloroso nacimiento de la Nación Argentina.”
La ejecución de José Vicente y Guillermo Reynafé, junto al capitán Santos Pérez, en 1837, constituye uno de los episodios más trascendentes y simbólicos de la historia política argentina del siglo XIX. No se trató de un hecho aislado ni de un simple acto judicial, sino del desenlace de una profunda crisis del federalismo temprano, desencadenada por el asesinato del general Juan Facundo Quiroga en Barranca Yaco, el 16 de febrero de 1835.
La muerte del “Tigre de los Llanos” sacudió a toda la Confederación. Quiroga no era únicamente un caudillo provincial: era una figura nacional, jefe militar victorioso, mediador entre provincias y uno de los principales referentes del federalismo popular del interior. Su asesinato, cometido cuando regresaba de una misión de pacificación encomendada por el gobierno de Buenos Aires, fue percibido como un atentado directo contra el orden confederado y contra los pactos que sostenían la frágil unidad interprovincial.
Desde el primer momento, el crimen adquirió un carácter político indiscutible. La emboscada cuidadosamente organizada, la precisión del ataque, la eliminación sistemática de testigos y la elección estratégica del lugar demostraron que no se trató de un acto de bandolerismo rural, sino de una acción premeditada con mando, planificación y cobertura territorial.
LOS HERMANOS REYNAFÉ Y EL PODER PROVINCIAL EN CÓRDOBA
Durante la década de 1830, la provincia de Córdoba se encontraba bajo el control político y militar de la familia Reynafé. José Vicente Reynafé había accedido a la gobernación con el respaldo del caudillo santafesino Estanislao López, mientras sus hermanos Guillermo, Francisco y José Antonio ocupaban posiciones clave en el aparato militar y territorial de la provincia.
Este predominio familiar generó tensiones tanto dentro como fuera de Córdoba. Juan Facundo Quiroga, conocedor del delicado equilibrio entre las provincias, observaba con preocupación la consolidación de un poder cerrado, carente de legitimidad popular amplia y sostenido por alianzas circunstanciales. Desde 1831, Quiroga había manifestado su desacuerdo con la situación cordobesa y advertido sobre los riesgos que implicaba para el orden confederado.
A las diferencias políticas se sumaban antiguas rivalidades personales y el temor de los Reynafé ante la influencia política y militar que Quiroga aún ejercía en el interior. Cuando se conoció que el general riojano atravesaría Córdoba en su regreso a Buenos Aires, los Reynafé interpretaron su paso como una amenaza directa a su continuidad en el poder.
EL ASESINATO DE QUIROGA EN BARRANCA YACO
El 16 de febrero de 1835, en el paraje de Barranca Yaco, la comitiva de Quiroga fue interceptada por una partida armada al mando del capitán Santos Pérez. El ataque fue rápido, brutal y sin sobrevivientes. Quiroga, sus acompañantes y los postillones fueron asesinados, y el lugar fue abandonado sin dejar testigos.
La ejecución material del crimen estuvo a cargo de Santos Pérez, pero desde un comienzo resultó evidente que la magnitud y organización de la emboscada solo podían explicarse por órdenes superiores. La jurisdicción donde ocurrió el hecho, la presencia de fuerzas locales y los movimientos previos de tropas comprometieron directamente a sectores del poder cordobés.
INVESTIGACIÓN, JUSTICIA Y ORDEN CONFEDERADO
Ante la gravedad del crimen, el gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, asumió la responsabilidad institucional de impulsar una investigación exhaustiva. En ausencia de una autoridad nacional plenamente constituida, Rosas actuó como garante del orden confederado, considerando que el asesinato de un caudillo federal de proyección nacional afectaba a todas las provincias.
La causa fue trasladada a Buenos Aires para asegurar imparcialidad y eficacia. El proceso judicial fue largo y minucioso: se reunieron testimonios, se analizaron órdenes militares, correspondencia y movimientos de tropas. Las pruebas demostraron que la partida asesina se organizó en Córdoba y que Santos Pérez actuó bajo instrucciones superiores.
La investigación comprometió directamente a los hermanos Reynafé. Guillermo quedó implicado por la jurisdicción y fuerzas bajo su mando; José Vicente por las órdenes impartidas y por su conducta posterior; Francisco fue señalado como instigador, aunque logró huir y murió prófugo; José Antonio falleció en prisión antes de recibir sentencia definitiva.
LA CONDENA Y SU SENTIDO FEDERAL
En 1837, el tribunal dictó sentencia definitiva. José Vicente Reynafé, Guillermo Reynafé y el capitán Santos Pérez fueron condenados a muerte por el asesinato del general Juan Facundo Quiroga.
La condena tuvo un sentido jurídico claro y un significado político profundo. Desde una mirada revisionista y federal, no se trató de una venganza ni de un ajuste faccioso, sino de un acto destinado a preservar la unidad de la Confederación, poner fin a la violencia entre caudillos y establecer que el federalismo no era sinónimo de impunidad.
La decisión de realizar la ejecución en la Plaza de la Victoria respondió a las prácticas de la época y buscó reafirmar el principio de autoridad en un contexto de extrema fragilidad institucional.
LA EJECUCIÓN DEL 25 DE OCTUBRE DE 1837
El día del patíbulo
La mañana del 25 de octubre de 1837 no fue una más en Buenos Aires. Desde las primeras horas, la ciudad se movía con una inquietud contenida. No se trataba de una ejecución ordinaria: ese día el poder político porteño buscaba cerrar, de manera definitiva y visible, el drama abierto por el asesinato de Juan Facundo Quiroga en Barranca Yaco. La justicia iba a cumplirse, pero también el escarmiento.
En las inmediaciones de la Plaza de la Victoria, lugar habitual de las ejecuciones públicas, se levantó el patíbulo. No hubo despliegue militar ni ceremonia marcial. Todo estaba dispuesto para un acto civil, cuidadosamente reglado, cuyo simbolismo era tan importante como la sentencia misma. La horca —más precisamente el garrote— aguardaba desde la madrugada.
Hasta allí fueron conducidos José Vicente y Guillermo Reynafé, antiguos hombres fuertes de Córdoba. Gobernadores de hecho, caudillos del Interior, habían sido trasladados a Buenos Aires para ser juzgados lejos de su tierra y de sus apoyos. El proceso había sido largo, pero su desenlace estaba decidido desde mucho antes: la muerte de Quiroga exigía responsables claros, visibles y definitivos.
Los testimonios coinciden en que los Reynafé llegaron al patíbulo con una actitud sobria, contenida. No hubo gritos ni súplicas públicas. Sabían que aquella mañana no era el resultado de un simple expediente judicial, sino el final político de su poder. La Córdoba federal que habían representado ya no tenía voz frente al orden que se consolidaba desde el puerto.
Leída la sentencia en voz alta, se cumplió el rito religioso final. Luego fueron conducidos al cadalso. El método elegido no fue casual. No hubo fusilamiento, reservado a los soldados, sino garrote, la muerte propia del delincuente común. Con ese gesto, el Estado buscó negarles toda condición política y reducirlos simbólicamente a simples criminales. Era una forma de matar no solo a los hombres, sino también a lo que representaban.
El mecanismo se cerró con rapidez. El silencio del momento fue denso. El público, reunido para ver y aprender, comprendía que no asistía únicamente a una ejecución, sino a un mensaje dirigido a todo el país. Los cuerpos quedaron expuestos durante un tiempo, según la costumbre, para que nadie dudara del desenlace.
Ese mismo día fue ejecutado también el capitán Santos Pérez, autor material del asesinato de Quiroga. Con su muerte se cerraba el círculo judicial, pero no el político. La causa quedaba clausurada; el vacío dejado por el Tigre de los Llanos, sellado con sangre.
Desde una mirada revisionista y federal, aquel patíbulo no fue solo justicia. Fue una escenificación del poder. La desaparición de Quiroga había dejado al Interior sin su principal articulador. La ejecución de los Reynafé sirvió para disciplinar a los caudillos provinciales y advertir que ningún liderazgo federal autónomo podía sobrevivir sin el aval de Buenos Aires.
Así terminaron los Reynafé: no en el campo de batalla ni al frente de una montonera, sino en la horca, lejos de su provincia. Y con ellos se clausuró una etapa del federalismo del Interior, reemplazada por un orden que, bajo la apariencia de justicia, consolidó una nueva relación de fuerzas en la Argentina del siglo XIX.
“Rosas no mandó matar a Quiroga; mandó juzgar a sus asesinos. Y en ese acto afirmó que el federalismo no podía sobrevivir sin orden.”
— José María Rosa, Defensa y pérdida de nuestra independencia económica.
“La ejecución de los Reynafé fue un acto de justicia política en una época en la que la justicia debía sostenerse con energía o desaparecer.”
— Manuel Gálvez, Vida de Juan Manuel de Rosas.
“Rosas actuó como poder confederado en ausencia de un Estado nacional; su autoridad no fue capricho, sino necesidad histórica.”
— Julio Irazusta, Rosas y la suma del poder público.
CONSECUENCIAS Y MEMORIA HISTÓRICA
La ejecución de los Reynafé y de Santos Pérez marcó el cierre de una de las etapas más críticas del federalismo argentino temprano. Lejos de debilitar la causa federal, el castigo a los responsables de Barranca Yaco la fortaleció, al demostrar que el proyecto federal exigía responsabilidad, disciplina y respeto por los pactos interprovinciales.
La caída de los Reynafé puso fin a un poder provincial sustentado en el predominio familiar y permitió restablecer el equilibrio político en Córdoba. Al mismo tiempo, consolidó un liderazgo confederado capaz de imponer orden sin renunciar al principio de soberanía provincial.
Juan Facundo Quiroga, asesinado en plena misión de pacificación, se convirtió en mártir del federalismo del interior. Su figura trascendió la muerte y continuó influyendo en la vida política argentina como símbolo de una organización nacional basada en la igualdad entre las provincias y en el rechazo al centralismo porteño.
La horca de 1837 no fue un exceso ni una desviación del federalismo, sino una respuesta extrema a un crimen extremo. Clausuró un ciclo de violencia facciosa y permitió que la Confederación avanzara hacia una etapa de mayor cohesión, en defensa de la paz interior, la autonomía provincial y la causa federal.
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Imagen (coloreada):
Ejecución de los hermanos Reinafé y Santos Pérez.
De: César Hipólito Bacle (o su taller "Litografía del Estado"). Bacle fue un destacado litógrafo suizo que desempeñó un papel fundamental en el registro visual de la época de Rosas en Argentina.
Fue realizada alrededor de 1837, poco después de que se llevara a cabo la sentencia.
FUENTES
Saldías, Adolfo
Historia de la Confederación Argentina.
(Obra precursora del revisionismo).
Archivo General de la Nación
Causa judicial por el asesinato del general Quiroga.
Manson, Enrique
Juan Facundo Quiroga.
Editorial Plus Ultra.
Gálvez, Manuel
Vida de Juan Manuel de Rosas.
Editorial Tor.
Rosa, José María
Historia Argentina (Tomos III, IV y V).
Chávez, Fermín
Civilización y barbarie revisadas.
Chávez, Fermín
Revisionismo y política.
Irazusta, Julio
Vida política de Juan Manuel de Rosas.
Irazusta, Julio
Rosas y la suma del poder público.
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