viernes, 26 de diciembre de 2025
Vida y obra de José de San Martín. Recuerdos.- 26 - 12- 2025.-
"Recuerdo que ese fue un año muy frío, con el invierno más largo
que he vivido. Era setiembre y el calor ni amagaba a aparecer.
La escarcha blanqueaba todas las mañanas el campamento con esa
capa fina de hielo resbaladizo y traicionero que siempre se cobraba algún resbalón entre las risas y burlas de los mirones. El solcito de media mañana asomaba vergonzoso entre la niebla que cubría
todo el valle y le costaba derretirlo. Yo usaba la ropa que me habían dado en el campamento el primer día, pero prefería mis cueros. El
pantalón de guanaco y la chaqueta de chulengo con el vellón hacia adentro no se comparaban con las camisas de tela y lona, y un día
cansado del frío salí de la barraca vestido como había llegado. Nadie me dijo nada o no me vieron, y si lo hicieron lo dejaron pasar: era el baqueano huarpe y mi actitud no les pareció de indisciplina.
En la herrería el fray me miró y vino a mi lado con curiosidad.
–Fabián, ¿me prestas un momento la chaqueta, por favor?
Me la saqué y se la entregué. La miró con detenimiento y se detuvo
en las costuras interiores. La dio vuelta y por unos momentos se
dedicó a tocar, apretar y estirar la prenda. Sus ojos sabios e inquisidores estudiaban hasta el último detalle del trabajo, tal vez buscando algo desconocido. Me la devolvió sin decir nada, y seguimos trabajando.
Cuando a la tarde el general me mandó llamar, no pude dejar de
asociar su llamado al asunto de mi ropa. Acerté, pero no de la manera que yo pensaba.
–Mañana voy a ir a inspeccionar los adelantos en el trabajo del batán,
en la ciudad, y quiero que me acompañes. Necesito que veas algo.
–Señor, si el problema es el uso de mis cueros, le pido disculpas…
–No, no, –me interrumpió– no hay problemas con eso. Puedes usarlos
si te sientes cómodo. Mi idea al llevarte es otra, pero voy a explicártelo en el lugar.
Al día siguiente, mientras desayunábamos, un oficial me indicó que el general me esperaba en el portón de entrada. Terminé de tragar mientras salía de apuro y subí al caballo ensillado que me habían dejado atado en el palenque de la matera.
En el portón estaban el general y el fray Beltrán. Me les uní y los
tres salimos al trotecito por la calle que comunicaba con la ciudad.
–El motivo de que estés aquí, –comenzó San Martín– es enseñarte
algunas artes sobre la tela. Veo que tu pueblo se viste mayormente
con pieles, lo que es comprensible por el lugar que habitan y, a decir
verdad, aún no se ha creado ninguna tela que tenga las propiedades
del cuero en retener el calor del cuerpo e impedir la entrada del
frío. Pero con el tiempo deberán comenzar a usar más tiempo vestidos
de tela, y eso requiere conocer algunas artes que me interesa
enseñarte. Tal vez, cuando tu misión de acompañar nuestro cruce
termine y vuelvas a tu familia, puedas llevar algo de conocimiento.
Sería mi humilde obsequio y la mejor paga que puedo darte, ya que
el saber es lo más caro de conseguir.
("¡Vámonos!. San Martín camino a Chacabuco. Crónica del Cruce de los Andes". Https://wa.me//3413193988)
Seguimos cabalgando hacia Mendoza y el general se entusiasmaba
en sus explicaciones, mientras el fray y yo escuchábamos en silencio.
–Sé que hacen muy buenos ponchos en San Juan con la lana del
guanaco. Son abrigados y vistosos y no desconocen el arte del teñido,
pero también es necesario saber impermeabilizar las telas y
para eso se utiliza un batán, que es la máquina que te voy a enseñar
hoy. Había un molino que molía el maíz y otros granos con la fuerza
del agua de un salto del canal del tajamar, y con el ingenio de
Beltrán y el conocimiento del dueño lo transformamos en un batán,
que en vez de moler, golpea, aprieta y prensa la tela hasta dejarla
apelmazada, sin espacios entre sus hilos y le dan mayor grosor y
resistencia.
–¿Y las telas, señor?
–Les llamamos bayetas, y llegan en piezas grandes desde San
Luis. Acá las abatanamos y luego se tiñen. El tema del color fue
otro problema. Usamos principalmente el azul, y resulta que es el
color más difícil de conseguir a través de hierbas, flores, hojas o
raíces.
–Lo sé. Mi abuela consigue ese color raspando una piedra a la que
le saca un polvo casi negro, después lo mezcla con orín de cabra
bien macerado. Pero hay que buscarlo muy alto, casi en la cumbre,
y es muy duro de raspar, por eso casi no lo usa. El azul no es un
color muy usado en los ponchos de nuestro pueblo.
–Claro, usa el amoníaco como fijador. Qué interesante –terció Beltrán.
–Me habían hablado de una señora que más al sur sabía hacer el
color, y la mandamos a buscar. El año pasado encontramos a Juana
Mayorga en el fuerte San Carlos y la trajimos a la ciudad, pero no
logró teñir los uniformes, por más que se esmeró –siguió contando
el general, tranquilo en su caballo mientras seguíamos bajando hacia
un vallecito– después ella misma nos habló de la existencia de
una india pehuenche que tenía el conocimiento que necesitábamos,
y ahí volvieron a salir los blandengues del fuerte en su busca. Después
de unos días volvieron con Magdalena y Fray Inalican, que me
ayudó a explicarle lo que necesitábamos.
–¡Magdalena, qué hermosa mujer!, –dijo el fray– toda dulzura y
bondad. Siempre me pregunté de dónde habrá salido su nombre bíblico,
en medio de un pueblo con otra cultura y creencias. ¡La india
Magdalena!, si hasta parece mentira.
–¿Y pudieron lograr el azul? –pregunté curioso.
–Sí. Magdalena lo extrajo de la raíz del añil, un arbusto rastrero
que le daba un hermoso azul oscuro a la tela, pero solo a pequeños
trozos o en la lana. Pero puesto en grandes ollas con muchos uniformes,
se lavaba y desteñía.
–No encontramos un fijador, como lo hace tu abuela con el amoníaco
del orín –explicó Beltrán.
–Al final, en abril de este año contratamos a don Francisco Correas, que lo consiguió utilizando productos químicos, sulfatos y otros elementos que conoce más Beltrán que yo. Pero no era eso lo importante,
sino mostrarte el batán, por eso estamos acá.
Nos acercábamos a un viejo edificio que desde afuera parecía sobrio pero robusto. Más alto que los del campamento como en 20
pies y una cumbrera que se estiraba hacia afuera con un hierro y un gancho, con un portón muy ancho y alto, en el que cabía una carreta.
Como de 50 pasos de largo, su fondo era otro gran portón como
el de la entrada. Noté que no tenía ventanas ni ninguna otra abertura
a los costados. De su interior salían ruidos muy fuertes, rítmicos y
constantes, nada parecido a algo que yo hubiera escuchado antes.
Atrás corría un canal de riego que traía el agua desde algún sitio
más arriba que no se alcanzaba a ver, y en ese lugar hacía una curva
y un salto de unos 20 pies. Pegado al canal había una estructura con
una rueda de madera muy grande que recibía de lleno el agua que
caía directamente en sus paletas, haciéndolas girar. Un maderón
comunicaba sus engranajes a los de la rueda y se perdía dentro del
edificio, donde le daba fuerza a unos mazos y otras palancas que
goleaban las telas. Un medio tronco ahuecado volaba sostenido por
puntales y entraba al batán trayendo agua para refrigerar el eje y
llenar el cubo de madera que hacía de sufridero, donde los mazos
goleaban las telas.
Habíamos ido dando la vuelta lentamente al lugar sin bajarnos de los caballos. Beltrán le señalaba distintas cosas al general y apuntaba
con su brazo extendido aquí y allá. Yo procuraba oír pero se me
dificultaba por el ruido que salía de adentro, así que intentaba adivinar las explicaciones. Habían tenido que elevar el techo y cambiar los engranajes de madera del viejo molino por otros de hierro, fabricados en la herrería del campamento. Cambiar el formato de los mazos y algunas posiciones de las palancas, además de muchos
otros arreglos para que el molino que machacaba granos se transformara en un batán que engrosaba telas.
De adentro salió un hombre bajándose las mangas de la camisa
arremangada. Con una gran sonrisa se acercó al caballo de San Martín y le extendió la mano, que el general apretó con fuerza.
–Buenos días, general. ¡Qué gusto que se haya llegado! Tengo algunas cosas para mostrarle.
–¿Cómo le va, Tejeda? Beltrán me tiene al tanto de sus progresos
–contestó, mientras se apeaba del caballo.
El hombre se abrazó con Beltrán y me dio la mano a mí, todo con su
enorme sonrisa dando la bienvenida. Era un mulato alto y flaco de
espesas motas renegridas y manos huesudas y callosas, que siempre
hablaba gritando y movía la cabeza buscando escuchar mejor,
como si el ruido del edificio lo tuviera medio sordo.
Adentro trabajaban otros 4 hombres, que se sacaron las gorras y
saludaron respetuosamente cuando entramos. San Martín se acercó
uno por uno, y con todos intercambió algunas palabras.
Tejeda estuvo largo rato mostrando el lugar y los progresos obtenidos
en el resultado, cosa que Beltrán verificaba con su ojo conocedor.
–Pero no vamos a llegar con la cantidad, señor. Ni aunque trabajemos
las 24 horas. Además corremos el riesgo de romper los engranajes
si no les damos tiempo de enfriar.
–Lo sé, Andrés. Usted siga haciendo todo lo posible, que lo demás
lo pediré a Buenos Aires. ¿Cómo anda el teñido?
–Bien, señor. El azul es firme y parejo, y al parecer no destiñe. Don
Correas hizo varios intentos con sus productos hasta que encontró
la cantidad de sulfato necesaria, y ahora vamos tiñendo a medida
que abatanamos.
–Bien. Manténgame al tanto a través de Beltrán de los progresos o
si hay algún inconveniente, necesitamos que esto funcione.
Habíamos ido saliendo hacia la tranquilidad del exterior y para todos
ya no era necesario hablar a los gritos, menos para el mulato
que seguía en el mismo tono. Montamos y salimos a la calle acompañados
por Tejeda que caminaba a nuestro lado, como haciéndonos
el honor.
–Por último, Andrés… ¿Sigue queriendo volar? (*)
Tejeda volvió a mostrar sus dientes blanquísimos y, si su color de
piel lo hubiera permitido, seguro nos hubiera mostrado sus cachetes
colorados.
–Sí, señor. Pero quédese tranquilo, no haré más pruebas hasta que
termine con el trabajo que me encomendó.
–No haga locuras, hombre. Lo que usted quiere hacer es imposible
y le va a llevar la vida.
–Es extraño que me lo diga alguien que quiere cruzar la cordillera
con un ejército.
San Martín sonrió y lo miró fijo. Taloneó y nos fuimos."
(*) Andrés Tejeda está considerado uno de los precursores de los vuelos en nuestro
país. En 1815 fabricó unas alas con maderas livianas y cueros e intentó varios
vuelos lanzándose del techo de su molino y de la iglesia de la ciudad. A finales de
1816 terminó quebrándose ambas piernas en el aterrizaje de uno de sus vuelos.
Murió en 1817 a consecuencia de las heridas.
("¡Vámonos!. San Martín camino a Chacabuco", de Ariel Gustavo Pérez. Para adquirir el libro, comunicarse haciendo click acá: https://wa.me/3413193988)...
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