sábado, 21 de febrero de 2026
Las Malvinas y la política exterior de la Confederación.-21 -02- 2026 -
LAS MALVINAS Y LA POLÍTICA EXTERIOR DE LA CONFEDERACIÓN
Por Revisionismo Historico Argentino
Mientras la causa federal se afirmaba en el interior, el gobierno de Buenos Aires ejercía sin discusión actos concretos y efectivos de soberanía en sus posesiones australes. Ya en 1820 el coronel Jorge Jewitt, designado gobernador de las Islas Malvinas, notificó formalmente a los buques extranjeros la prohibición de la pesca de anfibios en esas costas. No se trató de una declaración retórica sino de un acto de autoridad ejercido ante terceros. En 1824 se concedió a Luis Vernet la Isla Soledad para establecer una colonia permanente, consolidando derechos previamente ejercidos por las Provincias Unidas como sucesoras de España. Vernet pobló, organizó y defendió el establecimiento con capital propio; introdujo ganado, levantó instalaciones, reglamentó la explotación de recursos y sostuvo la colonia allí donde franceses e ingleses habían fracasado. En 1829 fue nombrado comandante político y militar de las islas y de las costas adyacentes hasta el Cabo de Hornos, con autoridad efectiva, reglamentos, fuerza armada y artillería. Existía población, gobierno y jurisdicción. Los años 1829–1831 fueron precisamente los de mayor actividad en el archipiélago, con Puerto Soledad en pleno desarrollo, lo que desmiente cualquier insinuación de abandono o desinterés.
EL CONFLICTO CON LOS ESTADOS UNIDOS Y EL ATROPELLO DE LA LEXINGTON
Cuando buques norteamericanos persistieron en la pesca ilegal pese a reiteradas intimaciones, Vernet procedió conforme al derecho vigente y apresó las goletas Harriet, Superior y Breakwater. Los capitanes reconocieron la infracción y aceptaron someterse al juicio de Buenos Aires. Sin embargo, el cónsul estadounidense Slacum desconoció la jurisdicción argentina y promovió una reacción armada. En diciembre de 1831 la corbeta de guerra Lexington irrumpió en Puerto Soledad, inutilizó la artillería, destruyó instalaciones, saqueó bienes particulares y se llevó prisioneros, actuando como fuerza de represalia contra una población civil indefensa. El gobierno de Buenos Aires reclamó satisfacción e indemnización conforme al derecho de gentes, instruyendo al cuerpo legislativo sobre el origen y estado de la cuestión con los Estados Unidos mediante la publicación oficial de documentos en 1832. El encargado de negocios Baylies, lejos de reparar el daño, solicitó sus pasaportes y abandonó el país, dejando la cuestión abierta y debilitada la defensa material del archipiélago.
LA REAPARICIÓN DE LA PRETENSIÓN BRITÁNICA Y LA USURPACIÓN DE 1833
Mientras los Estados Unidos se retiraban del escenario, la Gran Bretaña reapareció invocando una supuesta soberanía sobre las islas. El ministro Woodbine Parish ya había presentado en 1829 una protesta basada en el descubrimiento y la ocupación inglesa del siglo XVIII. Esa nota no fue contestada formalmente en medio de las graves convulsiones internas que atravesaba el país; pero el silencio diplomático jamás significó asentimiento, menos aún cuando los actos de dominio argentino eran públicos y notorios. Si Inglaterra aspiraba sinceramente a una respuesta, pudo reiterar su comunicación; nunca derivar de esa circunstancia un pretendido derecho a la acción armada.
El 2 de enero de 1833 la corbeta británica Clio exigió la rendición de las autoridades establecidas en Puerto Luis y las desalojó por la fuerza. No medió tratado, cesión ni declaración de guerra. Fue un acto unilateral de ocupación armada contra un establecimiento organizado de un país con el cual mantenía relaciones amistosas. La explicación posterior de algunos autores británicos —según la cual la Clio fue enviada simplemente porque no se había respondido la protesta de Parish— desconoce los usos diplomáticos más elementales y la diferencia entre tomar posesión de un territorio desierto y expulsar autoridades legítimas.
EL INTERCAMBIO DIPLOMÁTICO CON PALMERSTON
La protesta argentina fue inmediata. Se declaró formalmente que, siendo las Provincias Unidas sucesoras de España en todos sus derechos, la Gran Bretaña no podía adquirir título alguno nuevo sobre las islas. Se protestó contra “la soberanía asumida últimamente en las islas Malvinas por la corona de la Gran Bretaña y contra el despojo y eyección del establecimiento de la República en Puerto Luis”, exigiendo las reparaciones correspondientes.
La respuesta inglesa, presentada tras más de seis meses de demora, reiteró los argumentos ya esgrimidos: descubrimiento original, ocupación inglesa y restitución del establecimiento en 1771. Añadía que el retiro de 1774 no invalidaba sus derechos y que, al no haber sido contestada la protesta de 1829, el gobierno argentino no debía sorprenderse por lo ocurrido. Lord Palmerston negó además la existencia de cualquier promesa secreta y sostuvo que Inglaterra no podía reconocer a la Argentina derechos derivados de España que ella había negado a esta última.
Tales argumentos no resisten examen. La falta de contestación formal no podía crear un derecho inexistente. Los actos de soberanía ejercidos por la República entre 1829 y 1831 eran el más claro desmentido a cualquier pretensión contraria. Por otra parte, Inglaterra había reconocido en distintos momentos la soberanía española en el Atlántico sur, comprometiéndose a no navegar ni comerciar en los mares del Sud en tratados anteriores y aceptando la restitución de 1771 con reserva expresa de derechos por parte de España. Desde 1774, año en que evacuó Puerto Egmont, guardó un prolongado silencio mientras España ejercía posesión exclusiva.
Manuel Moreno replicó el 29 de diciembre de 1834 con un alegato orgánico y documentado en defensa de los derechos argentinos. Publicó además en Londres un folleto destinado a ilustrar a la opinión pública sobre el carácter violento de la ocupación. Las ulteriores reclamaciones argentinas fueron respondidas con negativas categóricas a discutir en forma leal los títulos respectivos. La cuestión quedó abierta, pero la posición argentina no varió.
LOS FUNDAMENTOS HISTÓRICOS Y JURÍDICOS
La soberanía española sobre las islas derivaba de la concesión pontificia y de la ocupación efectiva de los territorios del Atlántico meridional, reconocida en distintos instrumentos internacionales. Desde 1764 —como sucesora de Francia— hasta 1811 España ejerció posesión efectiva de Puerto Soledad, y desde 1774 lo hizo en forma exclusiva sobre todo el archipiélago. Inglaterra evacuó Puerto Egmont en 1774 y en 1790 se comprometió nuevamente a no establecerse en las costas orientales u occidentales de la América meridional ni en las islas adyacentes.
Las Malvinas fueron incorporadas al gobierno y territorio dependiente de Buenos Aires por decisión española y esa situación no sufrió alteración hasta la Revolución. La República Argentina sucedió jurídicamente a España en todos sus derechos y obligaciones. Entre 1820 y el 2 de enero de 1833 ejerció ocupación pacífica y exclusiva del archipiélago, hasta que sus autoridades fueron desalojadas por la fuerza. Más tarde, en el tratado de reconocimiento, paz y amistad con España de 1863, la antigua metrópoli renunció a toda soberanía, derechos y acciones que le correspondieran sobre los territorios que integraban la Nación Argentina.
Por su parte, Inglaterra no puede invocar ni primer ocupante, ni cesión válida, ni derecho derivado de tratado alguno con España o con la Argentina. Sólo tiene a su favor la ocupación precaria del siglo XVIII y el despojo violento de 1833.
LA CUESTIÓN MALVINAS DURANTE EL SEGUNDO GOBIERNO DE ROSAS
Rosas llega por segunda vez al gobierno en 1835, cuando las Islas Malvinas ya habían sido tomadas por Inglaterra. Desde 1838 el bloqueo francés y luego la intervención anglo-francesa agravaron la situación económica y financiera del país. Los acreedores ingleses, Baring Brothers y Cía., presionaban por el cobro del empréstito de 1824, cuya garantía comprometía el territorio nacional. Según Saldías, se insinuó la entrega de las Malvinas como forma de pago.
Rosas respondió mediante su ministro Insiarte en 1843 proponiendo que, si el gobierno británico reconocía previamente los derechos argentinos sobre las islas, podría considerarse su cesión como parte de la solución de la deuda. La condición implicaba el reconocimiento expreso de la soberanía argentina, algo que Londres no podía admitir sin contradecir su propio acto de 1833. La propuesta ganó tiempo y neutralizó presiones, pero no fue aceptada. La cuestión territorial jamás fue cedida en derecho.
Mientras tanto, continuaron las agresiones navales y el bloqueo del Río de la Plata. En ningún momento el gobierno argentino reconoció la legitimidad de la ocupación británica. La integridad territorial fue sostenida como principio constante, aun en medio del aislamiento y la guerra.
CONCLUSIÓN
La cuestión Malvinas se apoya en una cadena histórica coherente: soberanía española reconocida, posesión efectiva y exclusiva, sucesión jurídica argentina, ejercicio concreto de autoridad hasta 1833, protesta inmediata contra el despojo y mantenimiento invariable del reclamo. La ocupación británica carece de título originario válido y se funda en la imposición de la fuerza. Los documentos diplomáticos, los antecedentes históricos y la continuidad jurídica configuran un derecho que no nace de una reivindicación tardía, sino de la sucesión legítima y la posesión efectiva interrumpida por un acto de violencia.
Los dientes de Belgrano y la bochorno nacional.
LOS DIENTES DE BELGRANO Y LA VERGÜENZA NACIONAL
Por Revisionismo Historico Argentino
LA TUMBA OLVIDADA
El 4 de septiembre de 1902, a las dos de la tarde, el atrio de la Iglesia de Santo Domingo se llenó de gente. Se iba a abrir la tumba de Manuel Belgrano. El creador de la Bandera llevaba allí desde el 20 de junio de 1820, enterrado en tiempos de pobreza extrema, bajo una losa sencilla que su familia pudo pagar cuando el país que él ayudó a fundar estaba sumido en la anarquía.
Más de ochenta años después, el Estado Argentino decidió construirle un mausoleo monumental. El traslado de sus restos formaba parte de una política de consagración simbólica: integrar definitivamente a Belgrano al panteón oficial de la Nación.
LA EXHUMACIÓN Y EL DESCUBRIMIENTO
El gobierno designó como representantes oficiales a los ministros Joaquín V. González y Pablo Ricchieri. También participaron médicos militares como Carlos Malbrán y Marcial Quiroga, el escultor Ximénez, el prior del convento y descendientes directos del prócer.
Al abrir la fosa comprobaron que el ataúd había desaparecido por completo, consumido por la humedad. Los huesos aparecieron dispersos. Fueron recogidos con cuidado y colocados sobre una bandeja de plata. Entre ellos, varios dientes se conservaban intactos.
Algunos cronistas señalaron un detalle que no pasó desapercibido: los ministros permanecieron cubiertos ante la tumba abierta. En la cultura política de la época, no quitarse el sombrero frente a restos venerables no era un detalle menor.
EL ESCÁNDALO DE LOS DIENTES
Lo que transformó la ceremonia en escándalo nacional fue lo que ocurrió después. González y Ricchieri se llevaron algunos dientes como recuerdo personal. El hecho se conoció rápidamente y provocó una reacción inmediata.
El diario La Prensa denunció el episodio con dureza y exigió la devolución inmediata, recordando que esos restos constituían una herencia sagrada de la gratitud nacional. La frase fue contundente: debían devolver los dientes “al patriota que menos comió en su gloriosa vida de los dineros de la Nación”.
La revista Caras y Caretas ironizó sobre la situación. La presión pública fue tan fuerte que los ministros no tuvieron alternativa: devolvieron los molares. González dijo que quería mostrarlos a amigos; Ricchieri afirmó que pensaba enseñárselos a Bartolomé Mitre. Las explicaciones no hicieron más que confirmar la ligereza del gesto.
EL MAUSOLEO Y LA CONTRADICCIÓN
El 20 de junio de 1903, el presidente Julio Argentino Roca inauguró el mausoleo frente a Santo Domingo. Allí fueron depositados definitivamente los restos y los dientes restituidos.
La escena deja una enseñanza incómoda. Belgrano murió prácticamente en la pobreza, después de haber donado el premio de sus victorias para fundar escuelas. El Estado que no supo asistirlo en vida organizó décadas más tarde una ceremonia monumental para honrarlo. Y aun en ese acto solemne, algunos de sus más altos funcionarios actuaron con frivolidad.
La historia de los dientes de Belgrano no es una anécdota pintoresca. Es un reflejo de una tensión constante en nuestra historia: la grandeza moral de algunos hombres frente a la estatura variable de quienes administran su memoria.
La Mazorca. Origen y función.
LA MAZORCA
ORIGEN, FUNCIÓN Y MEMORIA DE UN INSTRUMENTO POLÍTICO
Por Revisionismo Historico Argentino. Samián Zanni.
EL ORIGEN DE UN NOMBRE Y DE UN SÍMBOLO
La Mazorca no nació como decreto oficial ni como creación burocrática del gobierno, sino como derivación de la Sociedad Popular Restauradora, surgida hacia fines de 1833 en el clima enrarecido que dejó la disputa entre federales cismáticos y apostólicos. La figura central en su gestación fue Encarnación Ezcurra, esposa de Juan Manuel de Rosas, quien durante la ausencia de su marido demostró una capacidad organizativa y política decisiva.
El nombre “Mazorca” comenzó como mote, no como título solemne. Según la tradición más difundida, el panfletario unitario José Rivera Indarte habría utilizado el marlo de maíz en una décima satírica hacia 1835. Lo que nació como burla fue resignificado por el pueblo federal. La espiga, con sus granos apretados en un mismo tronco, ofrecía una metáfora potente: unión, cohesión, defensa común frente al peligro. Mientras los adversarios hablaban de “más horcas”, los federales veían una imagen criolla de comunidad organizada.
LA SOCIEDAD POPULAR RESTAURADORA
La Sociedad Popular Restauradora fue, en sus inicios, una asociación política de adhesión rosista. Se reunía en la pulpería de su presidente, Julián González Salomón. No era una logia secreta al estilo europeo, como exageraba la propaganda antirrosista, sino un núcleo activo de militancia en tiempos en que la política se dirimía tanto en la calle como en la Sala de Representantes.
En sus comienzos la integraron sectores medios y populares; más tarde, sobre todo tras el bloqueo francés y el recrudecimiento de la violencia política, se sumaron apellidos tradicionales de Buenos Aires. Las listas publicadas en la prensa oficial mostraban que el apoyo al Restaurador no era patrimonio exclusivo de la plebe, como pretendía la literatura unitaria.
Su función inicial consistía en manifestaciones públicas de adhesión, presión política y vigilancia sobre opositores. En contextos de conspiración como el que rodeó el complot de Maza o las alianzas con la escuadra francesa la vigilancia se intensificó. La frontera entre militancia y coerción comenzó a desdibujarse.
EL NACIMIENTO DE LA MAZORCA COMO BRAZO EJECUTOR
Con el agravamiento de la crisis a partir del bloqueo francés, la violencia política urbana reapareció con crudeza. De la Sociedad Popular emergió un núcleo reducido, vinculado a partidas especiales de la policía, que comenzó a actuar con métodos expeditivos. Allí se consolidó lo que la posteridad conocería como “la Mazorca” en sentido estricto.
Entre sus figuras más conocidas estuvieron Ciriaco Cuitiño y Leandro Antonio Alén, además de Silverio Badía y Manuel Troncoso. No eran centenares ni un ejército paralelo: probablemente no superaron unas pocas decenas. Lo distintivo no era sólo su fervor federal, sino su pertenencia simultánea al aparato policial. Actuaban en esa zona gris donde la orden podía ser verbal y la responsabilidad difícil de probar.
EL TERROR COMO PEDAGOGÍA POLÍTICA
Los degüellos de 1840 dieron a la Mazorca su fama más persistente. El caso de Francisco Lynch, José María Riglos y Carlos Mason marcó un punto de inflexión. No eran agitadores anónimos, sino hombres vinculados a redes sociales influyentes. Su ejecución al intentar huir tuvo un efecto psicológico profundo en la elite porteña.
El mensaje era inequívoco:
no había ya espacio para la ambigüedad. El terror no fue masivo en cantidad; fue selectivo y ejemplificador. Su eficacia residía en la sensación permanente de vigilancia e incertidumbre. No saber cuándo, no saber a quién, no saber quién observaba. Más que exterminar, disciplinaba.
1840: LA CIUDAD QUE NO SE LEVANTÓ
Cuando el ejército de Lavalle avanzó hasta las cercanías de Buenos Aires, muchos unitarios esperaban una insurrección urbana. No ocurrió. La ciudad permaneció inmóvil.
Ese fue el verdadero triunfo político del sistema rosista.
La disciplina no nació en 1840; ya estaba instalada. La Mazorca no creó el orden: lo consolidó. El miedo previo y las señales ejemplificadoras habían desactivado la posibilidad de una rebelión abierta. La elite comprendió que el costo de apostar por el levantamiento podía ser irreversible.
1842: DEL CONTROL A LA VENGANZA
Es necesario distinguir etapas.
La violencia de 1840 tuvo una lógica política clara y finalidad disciplinadora.La de 1842 mostró rasgos más vengativos y menos controlados.
En el clima posterior a nuevas conspiraciones y amenazas externas, la frontera entre orden y exceso se volvió más difusa. Allí la Mazorca adquirió la imagen que la memoria antirrosista consolidó como definitiva. Sin embargo, incluso entonces, la violencia fue temporal y concentrada. No fue un estado permanente de terror indiscriminado. Fue un ciclo breve dentro de una década que luego ingresaría en relativa estabilidad urbana.
VIOLENCIA CRUZADA Y GUERRA CIVIL
La Mazorca no surgió en el vacío. Fue la contracara de una época donde conspiraciones internas, sociedades políticas opositoras, redes liberales y vínculos con potencias extranjeras formaban parte del repertorio unitario. La alianza de sectores exiliados con fuerzas extranjeras, los intentos insurreccionales y la guerra abierta configuraban un escenario de confrontación total.
La violencia no fue patrimonio exclusivo de un bando. Fusilamientos sumarios, degüellos y represalias fueron prácticas extendidas en el marco de una guerra civil prolongada. En ese contexto, la Mazorca operó como instrumento de disciplinamiento político del rosismo frente a una amenaza que consideraba existencial.
Comprender esto no implica justificar los excesos ni negar los crímenes. Implica situarlos en una dinámica de violencia recíproca donde la política se confundía con la supervivencia.
PROPAGANDA Y CONSTRUCCIÓN DE MEMORIA
Desde el exilio en Montevideo, la prensa unitaria convirtió a la Mazorca en símbolo absoluto de barbarie. La literatura romántica posterior fijó esa imagen en la memoria colectiva. En contraste, documentos oficiales defendían a la Sociedad Popular como reunión de vecinos patriotas que actuaban en momentos de peligro. La disputa por el significado del nombre fue, en realidad, una batalla por la memoria histórica.
CASEROS Y LA HORA DEL AJUSTE
Tras la caída de Rosas en 1852, la Mazorca fue desmantelada y sus principales miembros juzgados. El 29 de diciembre de 1853 fueron fusilados Ciriaco Cuitiño y Leandro Antonio Alén en un acto público y ejemplificador.
El hijo de Alén, Leandro N. Alem, cargaría durante su vida con el estigma de “hijo de mazorquero”. Décadas más tarde fundaría la Unión Cívica Radical. La historia argentina enlazó así, de modo paradójico, la represión rosista con una de las corrientes políticas que marcarían el siglo XX.
UN INSTRUMENTO DE SU TIEMPO
La Mazorca no fue la esencia permanente del régimen rosista. Fue un instrumento surgido en un momento de crisis aguda, en una sociedad atravesada por guerra civil, bloqueos extranjeros y fractura política profunda.
Reducirla a caricatura demoníaca impide comprender su función histórica. Justificarla sin matices empobrece el análisis. Fue una herramienta de disciplinamiento en una Argentina que aún no contaba con límites institucionales consolidados para procesar el conflicto político.
La palabra “Mazorca” sigue provocando pasiones porque resume el drama central del siglo XIX argentino: la construcción del orden en medio de la guerra civil, la autoridad afirmada sin frenos estables y la política convertida en campo de supervivencia.
Entenderla exige abandonar tanto la hagiografía como el anatema, y asumir que nació como tantas instituciones de aquel tiempo de la violencia cruzada que definió una era.
viernes, 13 de febrero de 2026
El Negro Falucho, Antonio Ruiz, Fidelidad a la Patria. - 13 - 02 - 2026 -
EL NEGRO FALUCHO.
Por Revisionismo Historico Argentino. por Damián Zanni.
¿EXISTIÓ O FUE UNA INVENCIÓN DE BARTOLOMÉ MITRE?
¡MALO ES SER REVOLUCIONARIO, PERO PEOR ES SER TRAIDOR! (Frase inventada por Mitre)
La noche del 4 al 5 de febrero de 1824 se sublevó la guarnición patriota del Callao, integrada por los restos del Ejército de los Andes: el regimiento Río de la Plata, los batallones 2º y 5º de Buenos Aires y los artilleros de Chile, a los que se sumaron dos escuadrones amotinados del regimiento de Granaderos a Caballo. Aquellos soldados, lejos de cualquier conspiración ideológica o traición consciente, se levantaron empujados por una situación límite: se les adeudaban cinco meses de paga, mientras que el día anterior habían sido abonados los sueldos de jefes y oficiales. A ello se agregaba el deseo de regresar a su patria —Buenos Aires o Chile— y la repugnancia de ser embarcados hacia el norte para engrosar el ejército de Bolívar, al que no sentían como propio. No hubo allí un alzamiento antipatriota, sino un motín de tropas exhaustas, olvidadas y utilizadas como fuerza prescindible por los mismos gobiernos que decían representar la causa de la independencia.
Este episodio debe comprenderse en el contexto del colapso político y militar que siguió al retiro de José de San Martín del escenario americano tras la entrevista de Guayaquil en 1822. Para 1823–1824, el Ejército de los Andes se encontraba virtualmente disuelto, sin conducción estratégica clara, sin respaldo financiero estable y atrapado en una transición de poder entre autoridades peruanas débiles y la creciente presión del proyecto bolivariano. El motín del Callao no fue un hecho aislado ni anómalo, sino uno de los últimos y más dramáticos capítulos de la descomposición de aquella fuerza que había sido decisiva en la emancipación sudamericana.
El movimiento fue encabezado por los sargentos Dámaso Moyano y Francisco Oliva, ambos del Regimiento Río de la Plata. La disciplina se desmoronó rápidamente y la tropa se entregó a excesos. En ese contexto, el mulato Moyano aceptó la sugerencia de Oliva de consultar al coronel realista José María Casariego, que se encontraba prisionero en la fortaleza. Casariego advirtió de inmediato la oportunidad política que se abría ante él y aconsejó desplazar a los jefes patriotas para reemplazarlos por oficiales españoles. Mientras las autoridades peruanas dilataban el pago de los sueldos atrasados, Casariego convencía a los sublevados de pasarse a las filas realistas, prometiéndoles recompensas y protección, en contraste con los castigos que —según él— les aguardarían si permanecían en el bando patriota.
ANTONIO RUIZ Y SU TRAYECTORIA MILITAR
Antonio Ruiz fue natural de Buenos Aires. Hombre de color, había sido liberto del vecino de esta capital Antonio Ruiz, de quien tomó nombre y apellido, conforme a una práctica extendida en la época. El apodo con el que pasó a la historia, “Falucho”, le fue aplicado por sus compañeros a raíz del especial cuidado que consagraba a su gorro de cuartel, denominado precisamente falucho.
Ingresó a las fuerzas armadas en 1813 como soldado del Batallón Fijo de la Libertad y participó en las acciones de Vilcapugio y Ayohuma. Incorporado luego al Ejército de los Andes, asistió a la campaña restauradora de Chile, hallándose en las jornadas decisivas de Chacabuco, Cancha Rayada y Maipú. Formó parte más tarde del Ejército Libertador del Perú, señalándose por su valor en combate y por su lealtad al pabellón patrio durante toda la campaña emancipadora. Esta trayectoria, extensa y documentada, lo convirtió en un veterano conocido por sus jefes y camaradas, muy lejos de la figura anónima y circunstancial que luego se le atribuiría en el relato mitrista.
EL RELATO DE MITRE Y LA CONSTRUCCIÓN DEL HÉROE
En medio de ese desorden se sitúa el episodio que daría origen a una de las leyendas más difundidas de la historiografía argentina: la muerte del negro Falucho. Para narrarlo, Bartolomé Mitre recurrió por primera vez a la prensa en el periódico Los Debates del 14 de mayo de 1857, y luego lo reiteró y fijó definitivamente en La Nación y en su Historia de San Martín y de la emancipación americana.
Según Mitre, la noche del 6 de febrero de 1824 se encontraba de guardia en el torreón del Rey Felipe un soldado negro del Regimiento Río de la Plata, conocido por el apodo de Falucho, porteño de nacimiento y célebre entre sus camaradas por su valentía y patriotismo. Como muchos otros, había quedado envuelto en el motín, que hasta entonces no había pasado de ser una rebelión de cuartel. Mientras aquel “oscuro centinela”, en palabras de Mitre, velaba junto al asta donde pocas horas antes flameaba la bandera argentina, Casariego persuadía a los sublevados de enarbolar el estandarte español en la oscuridad de la noche.
Cuando los soldados se presentaron ante Falucho con la bandera realista, contra la que había combatido durante catorce años —desde las campañas iniciales de la independencia rioplatense hasta las jornadas decisivas de Chile y Perú—, el centinela se negó a creer lo que veía. Humillado, se arrojó al suelo y rompió en llanto. Al ordenársele que presentara armas al pabellón del rey, respondió que no podía rendir honores a la bandera contra la que había peleado siempre. Tildado de “revolucionario”, habría contestado, según Mitre, la frase que atravesó generaciones de manuales escolares: “Malo es ser revolucionario, pero peor es ser traidor”. Luego, tomando su fusil por el cañón, lo hizo pedazos contra el asta. Inmediatamente fue reducido, obligado a arrodillarse frente al mar y fusilado por cuatro tiradores. Entre el humo de los disparos, siempre según el relato mitrista, resonó un último grito: “¡Viva Buenos Aires!”.
Mitre identificó a este soldado como Antonio Ruiz, apodado Falucho, nacido en Buenos Aires.
LAS FUENTES DE MITRE Y SUS CONTRADICCIONES
Para sostener su relato, Mitre invocó testimonios verbales del general Enrique Martínez, jefe de la División de los Andes; de los coroneles Pedro José Díaz y Pedro Luna; y el testimonio escrito del coronel Juan Espinosa. Años más tarde, frente a las críticas crecientes, introdujo una explicación que resultó más confusa que aclaratoria: afirmó que habían existido dos soldados negros apodados Falucho, insinuando incluso que el apodo funcionaba como una denominación genérica aplicada a soldados de color particularmente valientes.
Desde fines del siglo XIX comenzaron a alzarse objeciones documentales serias. En 1899, Manuel J. Mantilla, en su obra Los Negros Argentinos, examinó la documentación disponible y señaló una contradicción insalvable: existía constancia fehaciente de un Falucho vivo en Lima en 1830. En una carta del general William Miller dirigida a San Martín el 20 de agosto de ese año, se mencionaba expresamente al “morenito Falucho, de la compañía de cazadores del número 8, que tomó una bandera en Maipú”, enviando saludos al Libertador. Este Falucho era además conocido por Tomás Guido y por el propio San Martín, lo que descarta cualquier confusión circunstancial.
Mantilla halló también en listas militares de fines de 1819 a un cabo segundo Antonio Ruiz en la compañía del capitán Manuel Díaz, perteneciente al Batallón N.º 8 del Ejército de los Andes. En cambio, en la compañía de Pedro José Díaz —a la que Mitre adscribía al Falucho fusilado— no figuraba ningún Antonio Ruiz. Todo ello indica que Falucho fue uno solo, y que ese Falucho no murió en el Callao.
EL HECHO REAL DETRÁS DEL MITO
El motín y el fusilamiento deben situarse, por tanto, en el tramo final de las guerras de independencia sudamericanas, cuando entre 1823 y 1824 se superponen el agotamiento militar, las disputas políticas y la redefinición del liderazgo continental tras la retirada de San Martín y la consolidación de Bolívar. En ese marco preciso ocurrió la muerte del soldado negro que se negó a rendir honores a la bandera realista. La documentación existente no permite establecer con certeza absoluta la fecha exacta de su fusilamiento, que oscila entre el 4 y el 7 de febrero de 1824, lo que no altera la naturaleza del hecho ni su significado político y simbólico.
A la luz de los testimonios existentes, la conclusión es clara aunque incómoda para la historiografía liberal. En el Callao murió fusilado, heroicamente, un soldado negro que se negó a rendir honores a la bandera realista. Ese hecho existió y está suficientemente acreditado. Lo que no puede sostenerse con igual certeza es que ese soldado haya sido Antonio Ruiz, apodado Falucho. El Falucho histórico, combatiente del Batallón 8º, veterano del Ejército de los Andes y protagonista en Maipú, sobrevivió y vivía en Lima varios años después.
Bartolomé Mitre no inventó el acto de lealtad, pero sí lo transformó. Tomó un hecho real y lo convirtió en una escena ejemplar, moralizante y cerrada, adjudicándole un nombre conocido, una frase perfecta y una muerte funcional a su proyecto historiográfico. No se trató de un error inocente, sino de una operación política: Mitre necesitaba un héroe popular que muriera obedientemente, no un soldado negro vivo, consciente de sus derechos, con trayectoria propia y memoria incómoda.
MITRE, EL PUEBLO Y LOS HÉROES QUE DEBEN MORIR
El Falucho mitrista cumple una función precisa dentro del relato liberal de la historia nacional. Es un héroe sin voz política, sin reclamos, sin descendencia simbólica. No protesta por sueldos impagos, no cuestiona a los jefes, no participa del motín, no vuelve a Buenos Aires a exigir reconocimiento. Su misión es morir bien, solo y a tiempo, para que otros escriban su historia. De ese modo, la historiografía oficial celebra el sacrificio popular mientras excluye al pueblo real de toda participación posterior en el poder.
Negar el hecho heroico por la confusión del nombre es un recurso habitual de esa misma historiografía para borrar la presencia popular y negra en las guerras de la independencia. No se discute el acto: se discute el nombre para vaciar el sentido. Así se pretende convertir una lealtad extrema en una anécdota dudosa, y una muerte ejemplar en un simple error historiográfico.
TRADICIÓN, MEMORIA Y VERDAD HISTÓRICA
No importa, en última instancia, que el soldado fusilado en el Callao no se haya llamado Falucho. La tradición lo seguirá nombrando así porque lo que se honra no es un registro administrativo, sino un gesto fundante. Lo verdaderamente intolerable para la historia oficial no es la imprecisión nominal, sino que un soldado negro, pobre y sin grado haya demostrado una fidelidad a la patria que muchos ilustrados de salón, prolijos redactores de constituciones y comerciantes de principios jamás estuvieron dispuestos a asumir.
El Combate de San Lorenzo 03 de Febrero de 1813. - 13 - 02 -2026 -
El Combate de San Lorenzo el O3 de Febrero 1813.por Damián Zanni.Revisionismo...
A comienzos de 1813, el Río de la Plata seguía siendo un teatro de guerra abierto. Montevideo, en manos realistas, se autoproclamaba continuadora del antiguo virreinato y negaba toda legitimidad al gobierno revolucionario de Buenos Aires. Desde allí partían expediciones fluviales que saqueaban poblaciones, hostigaban el comercio y bombardeaban ciudades indefensas, con el objetivo de quebrar la Revolución y mantener sometidas a las provincias. La escuadrilla al mando del capitán Antonio Zabala, apoyada por once embarcaciones armadas y cerca de 300 a 350 hombres, encarnaba esa amenaza concreta sobre las costas del Paraná.
SAN MARTÍN Y LA DECISIÓN DE DAR EL GOLPE
El gobierno de Buenos Aires, consciente del peligro, ordenó concentrar defensas y confió al coronel José de San Martín la protección del litoral entre Zárate y San Nicolás. San Martín no esperaba atrincherarse: buscaba el choque. Con apenas un centenar largo de granaderos a caballo y el apoyo de milicianos locales al mando de Celedonio Escalada, marchó con sigilo desde Buenos Aires hasta San Lorenzo, estudiando el terreno y esperando el momento justo. Su estrategia era clara: dejar desembarcar al enemigo, sorprenderlo en tierra y destruirlo con la velocidad y el filo del arma blanca.
EL ESCENARIO DEL COMBATE
El lugar elegido no fue casual. Frente al convento de San Carlos, el Paraná alcanza gran anchura y las barrancas forman una muralla natural, con pocas bajadas practicables. San Martín reconoció cada senda, cada desnivel, y dispuso a sus hombres ocultos tras muros y tapias, con los caballos ensillados y sin disparar un solo tiro. La confianza estaba puesta en la disciplina, el movimiento envolvente y la carga decisiva.
EL ATAQUE Y LAS DOS CARGAS
Al amanecer del 3 de febrero de 1813, los realistas desembarcaron unos 250 infantes con artillería ligera, avanzando en columnas al son de tambores y pífanos, convencidos de que nada serio se opondría a su paso. Ignoraban que estaban a punto de entrar en la historia. En ese instante, San Martín dio la orden largamente esperada y los granaderos surgieron como un rayo desde las sombras, lanzados al galope con una precisión que cortó el aire y el tiempo.
La carga fue fulminante. En dos movimientos perfectos, una división atacó de frente y la otra cerró sobre el flanco, sellando toda retirada. El enemigo no alcanzó a formar en cuadro ni a hacer valer su disciplina europea. La sorpresa, el empuje y el acero criollo quebraron en segundos una fuerza que se creía invencible. La primera carga desordenó; la segunda fue decisiva y arrasadora.
En esos minutos breves y feroces, el Regimiento de Granaderos a Caballo selló su bautismo de fuego con gloria. El sable patriota brilló en San Lorenzo como símbolo de una Revolución que ya no retrocedía. Allí quedó demostrado que el valor, la conducción y la audacia podían imponerse a la experiencia imperial, y que el arma blanca, en manos de hombres libres, era imparable.
CABRAL, BAIGORRIA Y EL SACRIFICIO
En el fragor del combate, el caballo de San Martín cayó herido y aprisionó a su jefe en el suelo. Un realista se aprestaba a rematarlo cuando el puntano Juan Bautista Baigorria lo salvó con su lanza. De inmediato, el correntino Juan Bautista Cabral desmontó para liberar a su coronel, recibiendo heridas mortales. Cabral moriría poco después, convertido en símbolo del soldado del pueblo que da la vida por la Patria, sin retórica ni bronce, con la acción concreta.
Junto a él caerían otros valientes, y varios oficiales resultarían gravemente heridos, entre ellos Justo Bermúdez y Manuel Díaz Vélez, quienes morirían días o meses después como consecuencia del combate. San Martín no los olvidó: reclamó pensiones para sus familias y dejó constancia escrita de su sacrificio, mostrando un humanismo poco frecuente en los jefes militares de su tiempo.
RESULTADOS MILITARES Y BOTÍN
El combate duró menos de quince minutos y quedó resuelto en los primeros instantes. Los realistas dejaron unos cuarenta muertos en el campo y numerosos heridos, además de dos cañones, fusiles y una bandera capturada por Hipólito Bouchard. Los patriotas sufrieron bajas sensibles, pero obtuvieron una victoria completa. La escuadrilla enemiga se retiró río abajo y no volvió a inquietar seriamente las costas del Paraná.
EL SENTIDO HISTÓRICO DE SAN LORENZO
San Lorenzo no fue una gran batalla por la cantidad de hombres enfrentados, pero fue inmensa por su significado. En ese campo estrecho, a orillas del Paraná, la Revolución dejó de ser promesa y se convirtió en hecho. Por primera vez, una fuerza patriota organizada, disciplinada y conducida con genio militar derrotó en combate directo a tropas del poder imperial.
La victoria quebró la impunidad de las incursiones realistas, protegió al litoral y elevó la moral revolucionaria en un momento decisivo. Pero, sobre todo, consagró un modo de hacer la guerra: rápido, ofensivo, audaz y profundamente político. San Martín, que siempre rehuyó la grandilocuencia, habló de un simple escarmiento. La Patria supo, en cambio, que había nacido algo mucho mayor.
En San Lorenzo nació el prestigio eterno del Regimiento de Granaderos a Caballo y se afirmó el conductor que pocos años después cruzaría los Andes para liberar medio continente. Fue un combate breve, sí, pero cargado de épica, sacrificio y destino. Allí, en minutos de acero y coraje, empezó a escribirse la gesta americana.
El gaucho Juan Moreira. Su historia. -13 - 02 -2026 -
ENTRE LA HISTORIA Y LA NECESIDAD POPULAR.
Revisionismo histórico argentino. Damián Zanni.
Juan Moreira nació en el partido bonaerense de La Matanza, probablemente entre los años 1820 y 1830, aunque no se conoce con precisión su fecha de nacimiento. Su vida se desarrolló en un período decisivo de la historia argentina: las décadas posteriores a la caída de Juan Manuel de Rosas en 1852 y a la batalla de Pavón en 1861, cuando el nuevo orden liberal porteño avanzó sobre la campaña imponiendo un sistema político, judicial y policial profundamente hostil al gaucho. En ese contexto, la existencia de Moreira quedó marcada por una sucesión de injusticias que terminarían llevándolo a la muerte el 30 de abril de 1874 en Lobos, convirtiéndolo en una de las figuras populares más persistentes de la memoria argentina.
Durante cerca de treinta años —fundamentalmente en las décadas de 1840 y 1850— Moreira llevó una vida tranquila. Se dedicó al trabajo rural, logró levantar su propio rancho, reunió algunas cabezas de ganado vacuno y cultivó pequeñas extensiones de tierra. No era un marginal ni un hombre fuera de la ley, sino un paisano trabajador que había alcanzado una modesta pero sólida estabilidad económica dentro del mundo rural bonaerense, antes de que ese mismo mundo comenzara a ser sistemáticamente desarticulado por el nuevo Estado.
EL HOMBRE ANTES DEL MITO
Juan Moreira era alto, fornido, de costumbres sobrias. Tomaba poco alcohol, no frecuentaba pulperías y se distinguía por sus buenos modales. Era hábil con la guitarra, lo que lo hacía apreciado socialmente. Estas cualidades lo acercaron a Andrea Vicenta Santillán, conocida como “la Vicenta”, con quien contrajo matrimonio con el pleno consentimiento de su padre, un hombre respetado en la zona.
Sin embargo, ese casamiento marcaría el comienzo de su desgracia. El Teniente Alcalde del lugar, Don Francisco, autoridad local que concentraba funciones policiales, judiciales y políticas —típica figura del orden liberal en la campaña— también estaba enamorado de Vicenta. Desde ese momento comenzó una persecución sistemática contra Moreira, utilizando el aparato institucional para hostigarlo con acusaciones arbitrarias y sanciones desproporcionadas. La primera multa fue por la fiesta de bodas, supuestamente realizada sin autorización oficial: la pena ascendió a 500 pesos, una suma exorbitante para un paisano.
LA INJUSTICIA COMO ORIGEN DE LA VIOLENCIA
A esta persecución se sumó el conflicto con Sardetti, almacenero del pueblo, a quien Moreira había prestado aproximadamente 10.000 pesos para la compra de frutos del país. Al no recibir la devolución del dinero y carecer de documentación que acreditara el préstamo, Moreira recurrió a la autoridad local buscando justicia. El resultado fue el inverso: Sardetti negó la deuda y el Teniente Alcalde ordenó que Moreira fuera castigado con 48 horas de cepo, acusado de reclamar lo que no le pertenecía.
Este episodio selló definitivamente su destino. Humillado, despojado de toda posibilidad legal de defensa y consciente de la connivencia entre el poder político y el comerciante, Moreira juró vengarse: una puñalada por cada mil pesos adeudados. Cumplió su promesa en un duelo a cuchillo dentro del propio almacén de Sardetti. Al regresar a su rancho, debió enfrentar a Don Francisco y a cuatro soldados enviados para capturarlo. En el enfrentamiento murieron el Teniente Alcalde y dos de los soldados.
Desde ese momento, Moreira dejó de ser un paisano integrado y pasó a convertirse en un perseguido sin retorno posible. El mismo Estado que lo había empujado a la violencia se encargó de clausurar cualquier vía de regreso a la legalidad.
EL GAUCHO PERSEGUIDO
A partir de esos hechos comenzó a ganar fama en toda la región. Participó en numerosos enfrentamientos, muchos de ellos provocados por otros gauchos que buscaban probar su destreza. Su reputación creció rápidamente. En un intento por limpiar su nombre, llegó incluso a trabajar como guardaespaldas de dirigentes políticos que le prometieron protección y amnistía, promesas que nunca fueron cumplidas.
Su mundo material se redujo a lo esencial: un solo caballo bayo, un pequeño perro llamado “Cacique”, un poncho, un facón de guardamonte en forma de C y dos trabucos. Dormía siempre a cielo abierto, sin desensillar jamás, preparado para huir en cualquier momento. Recorrió Navarro, Las Heras, Lobos y 25 de Mayo, y pasó temporadas en las tolderías del cacique Coliqueo, buscando refugio allí donde la autoridad estatal no llegaba o llegaba con menor violencia.
LA MUERTE DE JUAN MOREIRA
En abril de 1874, el juez de paz de Lobos, Casimiro Villamayor, por orden directa del gobernador de la provincia de Buenos Aires, Mariano Acosta, organizó su captura. No se trató de un operativo policial ordinario, sino de una cacería ejemplificadora destinada a eliminar un símbolo de resistencia. Veinticinco hombres de la policía bonaerense, al mando del comandante Bosch, rodearon la pulpería “La Estrella”, ubicada en el lugar donde hoy se levanta el Sanatorio Lobos, en la intersección de las calles Chacabuco y Cardoner.
Moreira resistió con una ferocidad desesperada. Cuando estaba a punto de saltar el muro que lo separaba de su caballo, fue herido por la bayoneta del sargento Chirino, quien le perforó el pulmón izquierdo. Aun así, logró disparar su trabuco y dejar tuerto a su agresor, e hirió a Eulogio Varela. Cayó, se levantó una vez más y murió tras dos vómitos de sangre.
MEMORIA, RESTOS Y PERVIVENCIA
Juan Moreira dejó a su esposa Vicenta y a un hijo que llevó su mismo nombre. Sus restos descansan en el cementerio de Lobos. Algunos de sus efectos personales, como dagas y su cráneo, se conservan en el Museo Juan Domingo Perón de esa ciudad, como testimonio material de una vida que trascendió al hombre para convertirse en símbolo.
LA CONSTRUCCIÓN DEL MITO
Eduardo Gutiérrez fue quien dio proyección definitiva a la figura de Juan Moreira a través de sus relatos publicados por entregas a partir de 1879 en el diario La Patria Argentina. Gutiérrez no inventó al personaje: recogió una historia ya viva en la tradición oral y la fijó en la palabra escrita, dándole forma literaria a un sentimiento popular profundamente arraigado. La novela Juan Moreira se difundió masivamente y consolidó la imagen del gaucho injustamente perseguido por un sistema que lo empujó a la violencia.
En 1880, Julio Llanos le escribió a Gutiérrez una carta aportando episodios desconocidos de la vida de Moreira, garantizando su veracidad. En ella relató cómo un Viernes Santo Moreira fue atacado por soldados frente a la iglesia de San Justo y se defendió únicamente con el rebenque, respetando el carácter sagrado del día. En otro episodio, fingió huir de una partida policial, se detuvo con calma, ató su caballo y se sentó a esperarlos; los soldados, intimidados, deliberaron y decidieron retirarse bajo las carcajadas del gaucho. Estos relatos terminaron de construir una figura que ya no pertenecía sólo a la historia, sino al imaginario popular.
DEL HOMBRE AL MITO POPULAR
A partir de la novela y de la circulación oral de su historia, Juan Moreira dejó de ser un individuo concreto para transformarse en símbolo. Mientras la historia oficial exaltaba próceres urbanos, abogados del orden liberal y figuras militares funcionales al nuevo régimen, el pueblo construyó su propio héroe: un gaucho común, víctima de la injusticia institucional, que se negó a aceptar la humillación sin resistencia. Moreira no fue héroe del Estado; fue héroe del pueblo, expresión de una justicia negada y de una dignidad pisoteada.
El mito de Moreira no glorifica la violencia por sí misma, sino que señala su origen: un orden social que expulsó al gaucho de la legalidad y luego lo castigó por no someterse. En ese sentido, Moreira encarna la contracara del relato liberal de “civilización y progreso” y pone en evidencia el costo humano de ese proyecto.
JUAN MOREIRA EN LA LITERATURA, EL TEATRO Y EL CINE
La figura de Juan Moreira se expandió rápidamente más allá de la literatura. A fines del siglo XIX y comienzos del XX se convirtió en una de las piezas centrales del circo criollo y del teatro popular, especialmente a través de las representaciones de los Podestá. Allí, el mito se volvió cuerpo, voz y gesto; llegó a públicos analfabetos y se transformó en una experiencia colectiva, ritual, profundamente arraigada en la cultura popular argentina.
En 1973, Leonardo Favio llevó la historia al cine con la película Juan Moreira, ofreciendo una relectura profundamente política del personaje. Favio no lo retrató como un bandido ni como un criminal, sino como una víctima heroica de un sistema injusto, retomando la tradición popular y proyectándola sobre el siglo XX. Su película consolidó definitivamente a Moreira como símbolo de los humildes y como expresión de una épica nacional alternativa, ajena al panteón oficial pero viva en la memoria del pueblo.
JUAN MOREIRA COMO NECESARIEDAD HISTÓRICA
Más allá del hombre real, Juan Moreira fue una necesariedad histórica. Surgió de un momento preciso: la consolidación del Estado liberal que necesitó disciplinar, perseguir y eliminar al gaucho como sujeto social. No nació de la barbarie, sino de la injusticia; no fue causa del desorden, sino consecuencia de un orden excluyente. Por eso su figura perdura. Porque Juan Moreira no pertenece sólo al pasado: es la expresión de una Argentina popular que, frente al abuso del poder, eligió no desaparecer en silencio.
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San Martín defiende al Brigadier Manuel Belgrano. - 13 - 02 - 2026 -
13 de febrero de 1814: San Martín escribe al gobierno rechazando el traslado de Belgrano para ser procesado por su desempeño en el Alto Perú:
"Excelentísimo Señor
Anoche he recibido la suprema orden de Vuestra Excelencia de 5 del corriente para que haga entender inmediatamente al Brigadier Don Manuel Belgrano que sin pérdida de instante se ponga en camino para la ciudad de Córdoba, dejando el mando accidental de su regimiento en el oficial más antiguo, a quien corresponda, para ordenanza, y que cuando haya llegado a su destino de cuenta a esa Supremacía para impartirle las órdenes convenientes al mejor servicio del ejército.
Sin embargo del respeto con que miro todas las órdenes superiores y de mi habitual disposición a procurar el mas exacto cumplimiento, debo hacer presente a Vuestra Excelencia oficio que por ahora no puede tener efecto por hallarse este Brigadier enfermo al parecer de terciana y que poniéndose en camino las lluvias y mas que todo los calores seguramente le agravarían la enfermedad y pondrían mayor riesgo su vida: pueda de que es necesaria aún su permanencia en ésta para hacerme una formal entrega del Archivo de la Secretaría que no la ha verificado hasta el día por haberse enfermado de igual accidente los oficiales de ella con quienes ha de formar el inventario, a fin de que lo realice cuanto antes le paso con esta fecha el correspondiente Oficio.
Con motivo pues de esta demora indispensable he creído de mi deber imponer a V.E. que de ninguna manera es conveniente la separación del general Belgrano de este ejército; en primer lugar, porque no encuentro un oficial de bastante suficiencia y actividad que lo subrogue en el mando de su regimiento, ni quien me ayude a desempeñar las diferentes atenciones que me rodean con el orden que deseo, e instruir la oficialidad, que además de ignorante y presuntuosa, se niega a todo lo que es aprender (...) Me hallo en unos países cuyas gentes, costumbres y relaciones me son absolutamente desconocidas y cuya topografía ignoro y siendo estos conocimientos de absoluta necesidad, sólo el general Belgrano puede suplir esta falta, instruyéndome y dándome las noticias necesarias de que carezco (como la ha hecho hasta aquí), para arreglar mis disposiciones pues todos los demás oficiales de graduación que hay en el ejército, no encuentro otro de quien hacer confianza, ya porque carecen de aquel juicio y detención que son necesarios para tales casos, ya porque han tenido motivos que él para tener unos conocimientos tan extensos e individuales como los que él posee. Su buena opinión entre los principales vecinos emigrados del interior y habitantes del pueblo, es grande; que a pesar de los contrastes que han sufrido nuestras armas a sus órdenes lo consideran como hombre útil y necesario en el ejército porque saben su contracción y empeño y conocen sus talentos y su conducta irreprensible. Están convencidos prácticamente que el mejor general nada vale si no tiene conocimientos del país donde ha de hacer la guerra y considerando la falta que debe hacerme, su separación del ejército les causará un disgusto y desaliento muy notable y será de funestas consecuencias para los progresos de nuestras armas. En obsequio de la salvación del Estado, dígnese V.E. conservar en este ejército al Brigadier Belgrano.
José de San Martín"
1996 - 2026 - 30° aniversario de la ABM
La Escarapela Nacional creada por Manuel Belgrano.-13 - 02- 2026.-
13 DE FEBRERO: BELGRANO SOLICITA LA ESCARAPELA NACIONAL
Por Revisionismo Historico Argentino . Damián Zanni.
El 13 de febrero de 1812, el general Manuel Belgrano, consciente de que las tropas patriotas podían confundirse con los ejércitos españoles y preocupado por la identidad del Ejército del Norte, solicitó al Triunvirato la creación de una escarapela nacional que distinguiera a los soldados y afirmara la soberanía de la naciente patria, gesto que demostraba su visión de un país independiente y su compromiso con la causa revolucionaria en un momento en que las Provincias Unidas estaban amenazadas por las fuerzas realistas y vigiladas por las potencias europeas que respaldaban a España.
18 DE FEBRERO: EL TRIUNVIRATO CREA LA ESCARAPELA
Cinco días después, el 18 de febrero, el Triunvirato sancionó la escarapela nacional, y Belgrano, entusiasmado y decidido a consolidar la identidad patriótica, respondió nueve días más tarde con el primer enarbolamiento de la bandera blanca y celeste, confeccionada según los colores de la escarapela, enviando un mensaje al gobierno el 27 de febrero desde Rosario anunciando su creación y señalando que la había izado en la Batería de la Independencia, gesto que reflejaba la determinación de un militar que entendía que los símbolos eran tan importantes como las armas para mantener la moral del pueblo y del ejército.
3 DE MARZO Y 25 DE MAYO: ÓRDENES Y DECISIÓN
El Triunvirato, temeroso de la repercusión internacional y de la presión de España, ordenó ocultarla el 3 de marzo, pero Belgrano, en su marcha al noroeste para enfrentar al ejército realista, no recibió la orden y el 25 de mayo la izó en Jujuy, donde fue bendecida por primera vez, demostrando que su compromiso con la patria estaba por encima de las trabas burocráticas y que la libertad de un pueblo se defiende con coraje y visión más allá de la obediencia ciega a gobiernos inseguros.
JUNIO Y 24 DE SEPTIEMBRE: LA VICTORIA DE TUCUMÁN LEGITIMA EL SÍMBOLO
En junio, el Triunvirato le recriminó que la bandera pudiera generar “influencia capaz de destruir los fundamentos que justifican nuestras operaciones”, a lo que Belgrano respondió prometiendo guardarla hasta que un triunfo la legitimara, oportunidad que llegó en la victoria de Tucumán el 24 de septiembre de 1812, que consolidó la moral de las tropas patriotas y convirtió la insignia celeste y blanca en un símbolo de resistencia y de unidad frente a las fuerzas realistas.
AGOSTO Y OCTUBRE: EL FERVOR PATRIÓTICO EN BUENOS AIRES
Mientras tanto, en Buenos Aires, el patriotismo continuaba vivo: el 23 de agosto flameó la bandera en la Iglesia de San Nicolás de Bari durante la celebración por la derrota de la conjuración de Alzaga y el 5 de octubre, al difundirse la victoria de Tucumán, Juan Manuel Beruti escribió que se arrió la bandera roja y gualda y se izó el gallardete celeste y blanco, dominando sobre los colores enemigos, demostrando que el pueblo y los soldados compartían un mismo símbolo de identidad y libertad.
13 DE FEBRERO DE 1813 Y 20 DE JULIO DE 1816: JURAMENTO Y RECONOCIMIENTO
El 13 de febrero de 1813, el Ejército del Norte juró obediencia a la Asamblea del Año XIII frente a la bandera, reafirmando su carácter patriótico, aunque no fue reconocida oficialmente como bandera nacional hasta el 20 de julio de 1816 por el Congreso de Tucumán, cuando se sancionó que las Provincias Unidas de Sudamérica tendrían como distintivo peculiar la bandera celeste y blanca, símbolo de la independencia y la identidad de la nación.
EL LEGADO DE BELGRANO
Manuel Belgrano, creador de este emblema, murió años después olvidado y pobre, con apenas un periódico informando de su deceso y una lápida modesta en el mármol del lavatorio familiar, recordando que la verdadera grandeza de un patriota no siempre coincide con el reconocimiento de los poderosos y que la historia de nuestra bandera y de la independencia se construyó con el valor, la visión y el sacrificio de hombres que pusieron a la patria por encima de todo.
martes, 10 de febrero de 2026
Origen del sable corvo de San Martín. Acero de Damasco. -10 - 02 - 2026 -
LA CNEA REVELÓ EL ORIGEN DEL SABLE CORVO DE SAN MARTÍN
En 1966, tras la restitución del Sable Corvo del General San Martín, el Regimiento de Granaderos a Caballo solicitó a la CNEA analizar la estructura metalográfica del arma.
Para preservar la pieza, en la CNEA se trabajó con un ensayo no destructivo llamado “de réplica”, que permitió examinar su superficie sin extraer muestras y analizar la microestructura del material sin dañarlo. Para esto se creó una copia negativa de microcelulosa que luego se analizó en un microscopio metalográfico.
Durante el análisis, en lugar del desgaste homogéneo típico de los aceros comunes, aparecieron bandas claras y oscuras alternadas. Este patrón, veteado, correspondía a la característica principal del legendario acero de Damasco.
El hallazgo científico confirmó que el Sable no era de fabricación europea, como se creía, sino un auténtico “shamshir” persa, forjado con la técnica del acero de Damasco, reconocido por su resistencia, belleza y filo excepcionales.
Este estudio pionero, que unió metalurgia, microscopía e historia, permitió develar el origen del símbolo material más importante de la Nación Argentina.
Entrega del Sable corvo de San Martín a Granaderos.- 10 - 02 - 2026 -
Así fue la entrega del sable corvo de San Martín a los Granaderos en San Lorenzo: ahora vuelve a Buenos Aires
La reliquia arribó a Santa Fe para la recreación del histórico combate de 1813. Tras los homenajes, regresará a Buenos Aires para ser exhibida desde este domingo en el Regimiento de Granaderos de Palermo. Presidencia difundió imágenes del operativo de traslado
Por Rosario3
El momento de la extracción del sable para su empaquetado y traslado.
El traslado del sable corvo del general José de San Martín tuvo lugar este sábado por la mañana, en cumplimiento del decreto presidencial que ordenaba su salida del Museo Histórico Nacional y su restitución al Regimiento de Granaderos a Caballo. El traslado se concretó luego de una masiva despedida, donde el jueves pasado 5.000 personas se acercaron a ver la pieza por última vez en esa sede.
La operación se realizó bajo estrictas medidas de seguridad y conservación. Desde Presidencia difundieron imágenes oficiales del procedimiento, que muestran el retiro de la reliquia y su traslado en un estuche especial hacia su nuevo lugar de custodia.
La pieza histórica salió del museo porteño a las 8.45 custodiada por personal de seguridad, conservación y una guardia del Regimiento de Granaderos a Caballo, arribando a Aeroparque a las 11 para su vuelo hacia la ceremonia.
Cerca de las 20 de este sábado, finalmente, el presidente Javier Milei hizo el traspaso formal del sable al Regimiento de Granaderos, luego de pronunciar su breve discurso en el Campo de la Gloria. "Es el símbolo material más poderoso de la Nación", dijo el mandatario.
El momento en el que la reliquia fue retirada de la exhibición.
Según lo dispuesto por el Gobierno nacional, el sable quedará bajo custodia militar permanente en el cuartel de Granaderos, en el barrio porteño de Palermo, aunque este sábado será trasladado físicamente a Santa Fe para el acto central en San Lorenzo.
Acto en San Lorenzo con Milei
El traslado se concretó en la previa del acto central por los 213 años del Combate de San Lorenzo, que encabezó esta tarde el presidente Javier Milei en el Campo de la Gloria, a pocos kilómetros de Rosario.
Allí, el jefe de Estado entregó formalmente la custodia del sable al Regimiento de Granaderos a Caballo, en una ceremonia que tuvi una fuerte carga simbólica y política. Milei fue el único orador del acto, que incluyó una recreación histórica del combate, un desfile de granaderos y la participación de agrupaciones tradicionalistas.
El sable primero llegará a San Lorenzo y de ahí a su nuevo lugar de exhibición.
Por primera vez, el sable original estuvo físicamente en San Lorenzo, el mismo territorio donde San Martín comandó su único combate en suelo argentino en 1813.
Polémica política, judicial y cultural
La decisión del Gobierno generó una fuerte controversia. Descendientes de la familia Rosas habían presentado una medida cautelar para frenar el traslado, pero la Justicia Federal la rechazó al considerar que no estaba probado que la donación del sable hubiera sido realizada con una obligación legal de permanecer en el museo.
La jueza Macarena Marra Giménez sostuvo que los actos administrativos “se presumen legítimos” y habilitó el traslado, aunque la investigación de fondo continúa abierta.
domingo, 8 de febrero de 2026
El Sable corvo de San Martín. Símbolo Nacional.- 8 - 02 - 2026 -.
EL SABLE CORVO DEL GENERAL SAN MARTÍN: HISTORIA COMPLETA DE UN SÍMBOLO NACIONAL
Por Revisionismo Historico Argentino
LA ADQUISICIÓN DEL SABLE Y EL CRITERIO MILITAR DE SAN MARTÍN
José de San Martín adquirió el sable corvo en Europa, con toda probabilidad en Londres, hacia 1811, en el período previo a su regreso al Río de la Plata. No se trató de un arma ceremonial ni de lujo, sino de una elección estrictamente militar. San Martín, formado en las guerras europeas contra el ejército napoleónico, conocía las limitaciones del sable recto reglamentario y optó por un arma curva, más liviana y eficaz para la caballería. El sable respondía a una concepción moderna del combate, donde la movilidad y el poder de corte eran decisivos. Desde el inicio fue un arma de uso real y no un símbolo vacío.
EL SABLE EN LAS CAMPAÑAS DE LA INDEPENDENCIA
Desde su llegada al Río de la Plata en 1812, el sable acompañó a San Martín en todas las campañas de la independencia. Estuvo presente en el Combate de San Lorenzo en 1813, cuando encabezó la carga de los Granaderos a Caballo, y cruzó los Andes en 1817 junto al Ejército Libertador. Acompañó al general en Chile y luego en el Perú, donde culminó su acción militar con la proclamación de la independencia en 1821. Las crónicas contemporáneas lo muestran siempre como un arma de combate, gastada por el uso, inseparable de la figura del Libertador.
EL RETIRO, EL EXILIO Y EL VALOR SIMBÓLICO
Tras su retiro de la vida pública, San Martín conservó el sable como una de sus posesiones más preciadas. En el exilio europeo, el arma dejó de ser instrumento militar para convertirse en síntesis material de toda su vida política y militar. Nunca permitió su uso ceremonial ni su exhibición pública. En su correspondencia privada se advierte con claridad que San Martín otorgaba al sable un valor moral y político, ligado a la defensa de la independencia y la soberanía.
EL TESTAMENTO DE 1844 Y EL LEGADO A JUAN MANUEL DE ROSAS
El 23 de enero de 1844, en París, San Martín redactó su testamento definitivo. En él dispuso que el sable que lo había acompañado en toda la guerra de la independencia de la América del Sud fuera entregado al general Juan Manuel de Rosas. La decisión fue consciente y políticamente explícita. San Martín valoraba la firmeza de Rosas frente a las agresiones extranjeras y consideraba que su gobierno había defendido la soberanía nacional en continuidad con la gesta emancipadora. El sable pasaba así a manos de quien el Libertador reconocía como heredero de esa defensa, hecho que la historiografía liberal intentó minimizar o silenciar.
EL SABLE EN PODER DE ROSAS Y EL EXILIO
Tras la muerte de San Martín en 1850, el sable fue entregado a Rosas conforme a su voluntad. Rosas lo conservó como una reliquia personal y nacional. Luego de su derrota en Caseros en 1852, partió al exilio en Inglaterra y llevó consigo el sable, que permaneció con él en Southampton hasta su muerte en 1877. En el destierro, el sable se convirtió en un vínculo material entre dos figuras centrales de la historia argentina que la historia oficial se empeñó en separar.
MANUELITA ROSAS Y LA DONACIÓN A LA NACIÓN
Luego de la muerte de Rosas, el sable quedó bajo custodia de su hija Manuelita Rosas. Con plena conciencia de su valor histórico, en 1896 decidió donarlo al Estado argentino para que integrara el patrimonio nacional. El sable llegó al país en 1897 y fue incorporado al Museo Histórico Nacional. El gesto de Manuelita fue un acto de grandeza y de reconciliación histórica que rara vez fue reconocido en su real dimensión.
EL SIGLO XX, LOS ROBOS Y LA DISPUTA POR EL SENTIDO
Durante gran parte del siglo XX el sable fue exhibido en el Museo Histórico Nacional dentro de un relato liberal que despojó a San Martín de toda continuidad política con Rosas y con las luchas posteriores por la soberanía. En ese contexto, en 1963 y nuevamente en 1965, militantes vinculados al peronismo sustrajeron el sable como acto político, denunciando la apropiación deshistorizada del Libertador. En ambos casos el arma fue recuperada mediante gestiones reservadas y sin un despliegue represivo abierto, lo que evidenció la incomodidad del Estado frente al conflicto simbólico que el sable representaba. Tras el segundo episodio, en 1967, la dictadura decidió trasladarlo al Regimiento de Granaderos a Caballo, bajo el argumento de su resguardo, pero en los hechos para sacarlo del centro de la disputa política y museográfica.
DEL SILENCIO A LAS CONTROVERSIAS CONTEMPORÁNEAS
Durante décadas el sable corvo permaneció bajo custodia del Regimiento de Granaderos a Caballo, protegido pero apartado del ámbito museográfico y del debate histórico. En el año 2015, mediante una decisión del Poder Ejecutivo Nacional, el sable fue trasladado nuevamente al Museo Histórico Nacional. El acto fue presentado como una restitución patrimonial y tuvo un fuerte contenido simbólico, ya que devolvía la pieza al espacio público y a su condición de bien histórico de la Nación, en el marco de una política de revalorización de los símbolos nacionales y de revisión del relato histórico tradicional. El traslado se realizó con ceremonia oficial y fue acompañado por el discurso de que el sable debía ser preservado, estudiado y exhibido dentro de un contexto histórico integral, y no reducido a una reliquia militar aislada. Sin embargo, esa restitución no cerró la disputa. Por el contrario, volvió a poner en primer plano las tensiones latentes en torno al sentido del sable y a la línea histórica que une a San Martín, Rosas y la cuestión de la soberanía nacional, confirmando que se trata de un símbolo vivo y políticamente incómodo.
EL PRESENTE, EL RETORNO A GRANADEROS Y LA CONTINUIDAD DE LA CONTROVERSIA
En los últimos años, el sable corvo volvió a ocupar el centro del debate público. Tras haber sido restituido al Museo Histórico Nacional en el siglo XXI, una nueva decisión del Poder Ejecutivo dispuso su traslado nuevamente al Regimiento de Granaderos a Caballo General San Martín. El acto fue presentado oficialmente como una medida de resguardo y tradición militar, pero tuvo un claro contenido político. El traslado se realizó con ceremonial castrense y sin consenso previo con especialistas en patrimonio ni con el Museo, reabriendo una disputa que nunca estuvo cerrada.
La controversia no giró únicamente en torno a la seguridad del objeto, sino al sentido histórico que se pretendía imponer. Para amplios sectores, el retorno del sable a custodia militar significó una nueva descontextualización de su historia completa, separándolo otra vez del hilo que une a San Martín con Rosas, con Manuelita y con la Nación como sujeto histórico. El debate expuso, una vez más, que el sable no puede ser reducido a una reliquia protocolar ni a un símbolo neutro, porque cada traslado expresa una toma de posición sobre cómo se interpreta la historia argentina.
Así, más de dos siglos después de haber sido empuñado en los campos de batalla de la independencia, el sable corvo sigue generando conflictos, decisiones administrativas y lecturas enfrentadas. Su sola presencia obliga a elegir entre una historia domesticada y una historia viva, atravesada por la cuestión de la soberanía y por la continuidad del proyecto nacional.
CONCLUSIÓN
La historia del sable corvo de San Martín es la historia de una continuidad política que la historiografía liberal nunca pudo domesticar. Desde su adquisición como arma de combate, su uso en las campañas libertadoras, el testamento de 1844, el legado a Rosas, la donación de Manuelita y las disputas del siglo XX y XXI, el sable condensa una tradición nacional que incomoda porque demuestra que San Martín no fue un prócer aislado, sino un hombre profundamente consciente del sentido político de su obra y de sus herederos históricos.
Damián Leandro Zanni
FUENTES
José de San Martín, Correspondencia y Testamento
Adolfo Saldías, Historia de la Confederación Argentina
José María Rosa, Historia Argentina
Museo Histórico Nacional, documentos y catálogos históricos
martes, 3 de febrero de 2026
Combate de San Lorenzo con San Martín. -03 -02 - 2026-.
Combate de San Lorenzo.
3 de febrero, aniversario del Combate de San Lorenzo
Héctor Gustavo Pugliese (*)
San Lorenzo fue un combate, librado el 3 de febrero de 1813, muy cerca de la ciudad de Rosario, Santa Fe, conducido por él en aquel momento Coronel José de San Martín, con parte de sus granaderos a caballo.
Es pequeño por las tropas participantes, pero muy importante por ser el único combate librado por el “Padre de la Patria” en territorio Argentino y la primera victoria del prócer con sus Granaderos. En el combate participaron 120 granaderos con el apoyo de 52 milicianos de la zona. Todos ellos se cubrieron de gloria por su participación en él y estarán por siempre en el recuerdo de los argentinos. Hombres, Soldados que con Pertenencia y valor dieron su vida por la Independencia, sirviendo a su Patria de la mejor manera que podían. Criollos de ley que ya se habían destacado con bravura en todos los combates y batallas libradas en 1810, 1811 y 1812. Cotagaita, Suipacha, Paraguarí, Tacuarí, Huaqui, Las Piedras, Tucumán, son algunas de las que recordados y anónimos soldados demostraron su espíritu de libertad.
Es importante también, registrar el logro pese a las restricciones económicas y presupuestarias de la Revolución de Mayo que se ven expresados en los siguientes hechos:
• la falta de caballos de guerra al iniciar la misión desde Buenos Aires, solo marcharon 150 granaderos, pese a tener casi el doble de efectivos.
• la carencia de caballos de transporte en las postas. Por lo que tiene que dejar en la posta de Santos Lugares a la compañía del Regimiento 2 de infantería que conformaba la pequeña empresa disuasoria.
• la escasez de carabinas tercerolas, de dotación de los granaderos, solo tenían ese armamento 12 de los soldados de la expedición.
Pese a todo, el combate logra su objetivo de rechazar las invasiones fluviales corsarias enviadas de Montevideo.
Una breve cronología previa al combate nos dice que:
El 9 de marzo de 1812, San Martín arriba desde España a Buenos Aires.
El 16 de marzo recibe el nombramiento de Teniente Coronel de Caballería y Jefe del escuadrón de granaderos a caballo a crear por él.
El 7 de diciembre es ascendido a Coronel y el Escuadrón se amplía a Regimiento.
El 28 de enero de 1813 inician la expedición hacia el Norte siguiendo la incursión de la flota realista.
El 30 de enero los corsarios desembarcan cerca de San Lorenzo y se produce una escaramuza con las milicias Rosarinas a órdenes del comandante militar, Capitán Emeterio Celedonio Escalada.
El 2 de febrero los realistas desembarcan en una isla frente a San Lorenzo para ejercitarse y por la noche los granaderos llegan al convento de San Carlos donde se tropiezan con el “comerciante” inglés John Parish Robertson.
El 3 de Febrero se produce el Combate.
En esos momentos la revolución de Mayo estaba siendo hostigada y amenazada desde distintos lugares, uno de ellos era Montevideo, desde donde se despachaban penetraciones fluviales con la flota realista que dominaba los océanos y ríos de la nueva nación. De esta manera los hispanos sojuzgaban a las poblaciones ribereñas y hacían periódicas incursiones y agresiones por la fuerza a fin de apoderarse de ganados y otros comestibles.
En Buenos Aires en los primeros días de 1813 se tiene un informe de que en la isla Martín García se constituía una escuadra corsaria para operar en el río Paraná. Eran alrededor de 11 navíos mercantes artillados y su jefe el corsario Rafael Ruiz. La tropa de desembarco eran 300 voluntarios de las milicias urbanas de Montevideo a órdenes del capitán de artillería Juan Antonio Zavala.
El triunvirato evalúa que la incursión enemiga sería contra las baterías del Rosario y de punta Gorda, actual Paraná, y así entorpecer y atacar el tráfico fluvial en el Río y además obtener alimentos para la plaza asediada de Montevideo y ordenan al coronel San Martín que siga por tierra a la flotilla filibustera y así resguardar las riberas de nuestros ríos y atacar si fuera necesario las incursiones enemigas.
San Martín forma la fuerza con un escuadrón de 150 hombres (6 oficiales, 2 cadetes, 11 suboficiales, 1 trompa y 129 granaderos) de los mejores de su Regimiento y una compañía montada del Regimiento 2 de infantería. El 2do jefe del escuadrón era el Capitán Justo Germán Bermúdez.
Así, sigue el avance de la flota enemiga, empleando la huella de las postas y marchando de noche para eludir ser vistos y evitar los calores del verano.
La flota navegando el Paraná sobrepasa Rosario y fondea frente al convento de San Carlos, en San Lorenzo. El 30 de enero los españoles desembarcaron, escalando las altas barrancas y reconocieron el lugar. Enterado del hecho el capitán Escalada, comandante militar del Rosario, ataca a los realistas cuando regresaban a los barcos produciéndose un intercambio de disparos y algunos cañonazos.
En silencio y sin prender fuegos que los detecten, los patriotas arriban al convento en la noche del 2 de febrero, donde se ocultan, pasando al descanso en el patio. San Martín desde el campanario del convento, vigilaba las naves enemigas.
El día 3 de febrero, al amanecer la correría realista desembarcaba con 250 infantes y 2 piezas de artillería de reducido calibre. Los incursores avanzaban con estandartes desplegados y en dos columnas.
El coronel decidió que los 12 granaderos armados con carabinas quedaran en la defensa del convento y fraccionó a los granaderos armados con sable y lanza en dos columnas a caballo, una a su mando y la otra a órdenes del capitán Bermúdez.
San Martín fiel a su estilo militar, se dirigió enérgicamente a sus montados, expresándoles “tenemos a la mano al enemigo de la Patria. Espero que los señores oficiales y granaderos se batirán como corresponde al buen nombre y honor del regimiento”.
Después el trompa toca a la carga y por sorpresa cargaron contra las columnas realistas.
La compañía del coronel atacó por la izquierda y la del capitán Bermúdez por la derecha, obteniendo lo concebido que el enemigo se desconcierte y no alcanzando a ejecutar maniobras defensivas, como formar en cuadro. Esto también es debido a la insuficiente instrucción militar de las milicias urbanas de Montevideo que ejecutaban el desembarco.
Durante el encuentro fue muerto el caballo de San Martín, trabando una pierna del Coronel, que además recibe una herida de arma blanca en la mejilla izquierda. Evitando la muerte por la acción del granadero Baigorria, quien traspasa con su lanza a un soldado enemigo que pretendía herir al Libertador y del granadero Juan Bautista Cabral quien desmonta y alza el caballo muerto permitiendo a su jefe incorporarse, allí Cabral fue herido de muerte.
En otro lugar del encuentro el teniente Hipólito Bouchard arrebata una bandera al enemigo, matando al abanderado.
La victoria fue conseguida en escasos minutos. Los realistas se retiraron desorganizadamente, huyendo hacia la seguridad de los buques anclados en el río. Dejando tirados 40 fusiles y 2 cañones.
Los granaderos tuvieron 6 muertos y 20 heridos, de ellos 10 murieron posteriormente, entre ellos el Capitán Bermúdez al que se le había amputado una pierna. Las bajas españolas fueron de 40 muertos y 14 prisioneros, 12 de ellos heridos.
El 4 de febrero el Capitán Zavala, herido en una pierna, se presentó en el convento a parlamentar con su vencedor, San Martín, con el que disponen un intercambio de prisioneros, los 14 realistas por el teniente Díaz Vélez, quien muere 3 meses más tarde, y 3 barqueros paraguayos capturados en el río. Estos se incorporan como granaderos y uno de ellos Félix Bogado ascendería en las campañas del Regimiento al grado de Coronel, siendo el último jefe de los Granaderos en la guerra de la independencia.
Además San Martín concedió al capitán realista agua y víveres para sus heridos.
El triunfo permitió levantar la moral de la tropa y la credibilidad de la población civil en su gobierno, que la podía defender de los corsarios realistas. La flota enemiga regresó derrotada a Montevideo y no volvió a irrumpir por el río Paraná.
San Martín escribió en su parte del combate bajo la sombra de un longevo pino: “.... el día 3 de febrero los granaderos de mi mando en su primer ensayo han agregado un nuevo triunfo à las armas de la patria. ...... El valor è intrepidez que han manifestado la oficialidad y tropa de mi mando los hace acreedores à los respetos de la patria, .......... cuento entre estos al esforzado y benemérito párroco Dr. D. Julián Navarro, que se presentó con valor animando con su voz, y suministrando los auxilios espirituales en el campo de batalla: igualmente lo han contraído los oficiales voluntarios D. Vicente Mármol, y D. Julián Corvera, que à la par de los míos permanecieron con denuedo en todos los peligros.......”
San Martín y sus soldados regresan a Buenos Aires donde son recibidos con gozo y satisfacción por la población y el gobierno. El Triunvirato lo designa comandante de la defensa de la ciudad en caso de invasión.
En definitiva este pequeño combate logra su misión y demuestra ante el mundo la decisión del gobierno revolucionario, que pese a las deficiencias económicas, con el sacrificio y el valor de sus patriotas darán batalla para mantener la Libertad lograda el 25 de mayo de 1810.
(*) Coronel de la Nación. Veterano de Guerra de Malvinas
domingo, 25 de enero de 2026
Manuel Belgrano y la Educación de un pueblo.-25 - 01 - 2026 -.
Manuel Belgrano y la educación de un pueblo.
Belgrano: el loco que quiso educar a una patria analfabeta
Hay que decirlo de una vez: Belgrano no fue un prócer. Fue un obstinado. Un terco con traje de caballero que hablaba de escuelas mientras los otros jugaban al poder. En 1810, cuando Buenos Aires era un caserío de 45.000 almas y el analfabetismo se respiraba como el polvo, él soñaba con maestros pagos, chicos con papel y mujeres aprendiendo a leer. ¡Mujeres! En una época donde se las educaba para rezar, bordar y callar.
Mientras los demás juraban lealtad a quien viniera —rey, virrey o inglés—, él juraba lealtad al conocimiento. Fundó escuelas de náutica, matemáticas, dibujo. Propuso que los esclavos fueran hombres y no herramientas. Donó 40.000 pesos oro para abrir escuelas. ¿Y sabés qué pasó? El Estado lo olvidó. La plata se evaporó en escritorios polvorientos y promesas rotas. Como siempre.
Murió como vivió: con dignidad. Sin un peso, sin honores, sin casa. Pagó al médico con su reloj. Lo enterraron con una tabla sacada del mueble de su hermano. Sin banda, sin desfile, sin discurso. Solo. Y aún así, más grande que todos.
Belgrano no gritó “viva la patria” desde un balcón. La escribió en los cuadernos que no existían. La dibujó en una bandera que no le dejaron mostrar. La sembró en almas cansadas de obedecer. Por eso molesta tanto recordarlo: porque nos obliga a preguntarnos qué hicimos con su sueño.
Hoy, cuando veas flamear la bandera, no pienses en bronce. Pensá en un hombre solo, escribiendo de noche, con hambre, con fiebre, soñando con una patria que todavía no llega.
lunes, 12 de enero de 2026
Manuel Dorrego no negociaba. -12 -01 -2026 -
MANUEL DORREGO: EL HOMBRE QUE NO SE NEGOCIABA
Manuel Dorrego fue un hombre que desbordaba a su época. No por estridencia, sino por autenticidad. En un país donde muchos cambiaban de postura según soplara el viento, él eligió mantenerse firme, aun cuando esa firmeza le costara la vida. Su destino ya estaba escrito desde el momento en que decidió no transar con nadie, ni siquiera consigo mismo.
Como militar, era una mezcla de intuición y coraje. En Tucumán, al mando de la Infantería de Reserva, peleó con una energía que desconcertó al enemigo y encendió a su tropa. Díaz Vélez lo definió con una frase contundente: “Su resuelta bravura ha admirado a nuestras tropas y aterrado al enemigo.”
Pero lo que realmente volvió peligroso a Dorrego no fue su sable, sino sus ideas. Su defensa del pueblo llano, su obsesión por la justicia social, su rechazo a los privilegios irritaron a más de uno.
Y Lavalle, enceguecido por la muerte de su hermano en campaña, no se la perdonó. Ese rencor personal se mezcló con la política y se convirtió en sentencia: un juicio inexistente, una orden precipitada y un fusilamiento que pretendió clausurar un conflicto.
Lo mataron para borrar su voz.
No entendieron que su muerte lo multiplicaba.
Recordar a Dorrego no es un acto ceremonial: es un ejercicio de coraje moral. No fue un mártir de estampa, sino un hombre entero, incapaz de vender su conciencia, incapaz de pedir perdón por lo que creía justo.
Lo ejecutaron en 1828.
Pero su ejemplo —incómodo, vibrante, necesario— sigue vivo.
San Martín obsesionado con la Insependencia.- 12 - 01 -2026 -
WILLIAM MILLER Y LA MENTIRA DEL “SAN MARTÍN AGENTE INGLÉS”
Hay quienes sostienen, con liviandad y mala fe, que San Martín fue “agente inglés” porque tuvo relación con William Miller, un oficial nacido en Inglaterra. El razonamiento es tan pobre que se cae solo: confunden nacionalidad con obediencia.
William Miller no llegó a América enviado por Londres. Llegó, como tantos europeos, por decisión propia. Se alistó en el Ejército de los Andes, cruzó la Cordillera, combatió en Chile, se jugó la vida en Cancha Rayada y fue herido más de veinte veces peleando contra el imperio español. Ningún agente extranjero sangra así por una causa ajena.
San Martín lo ascendió no por ser inglés, sino porque peleó cuando otros huían. Lo nombró edecán porque había demostrado lealtad en el campo de batalla, no en un despacho diplomático. Si la relación con Miller convirtiera a San Martín en agente inglés, entonces también habría que decir que fue agente chileno, peruano o rioplatense al mismo tiempo. Un absurdo.
Miller comandó fuerzas patriotas en Mirave y en Ayacucho, la batalla que selló la independencia sudamericana. ¿Desde cuándo Inglaterra financia la destrucción del poder español para favorecer repúblicas que no controla?
Miller fue, además, biógrafo de San Martín. Lo conoció de cerca. Y jamás escribió que respondiera a intereses británicos. Al contrario: lo mostró austero, obsesionado con la independencia y profundamente desconfiado de las potencias.
La verdad es simple y molesta para los simplificadores: San Martín usó hombres extranjeros para una causa americana, no fue usado por ellos.
Y William Miller no es prueba de una conspiración inglesa: es prueba de que la independencia se ganó con coraje, no con pasaportes.
Granadero Juan Bautista Baigorria. -12 - 01 - 2026 -
JUAN BAUTISTA BAIGORRIA
HÉROE DE SAN LORENZO
Por Revisionismo Historico Argentino
Se llamó Juan Bautista y no aparece en la marcha que nos enseñaron a cantar en la primaria. La historia oficial decidió recordar a un Juan Bautista y borrar al otro. El que murió fue elevado a mito; el que sobrevivió fue condenado al silencio. Pero ambos fueron héroes, y sin uno de ellos, el otro jamás habría existido en el relato épico. Ese nombre deliberadamente omitido es Juan Bautista Baigorria, granadero del Regimiento de Granaderos a Caballo, soldado del interior profundo, protagonista decisivo de la jornada fundacional del 3 de febrero de 1813.
SAN LORENZO: EL COMBATE DENTRO DEL COMBATE
En la mañana del 3 de febrero de 1813, a orillas del río Paraná, en jurisdicción de Santa Fe, las fuerzas patriotas al mando del coronel José de San Martín enfrentaron a la Milicia Realista proveniente de Montevideo, que intentaba reaprovisionar la ciudad sitiada. San Martín, fiel a su concepción militar, se puso al frente del ataque, encabezando personalmente uno de los escuadrones. No fue un gesto teatral: fue una decisión táctica y moral.
Durante la carga, su caballo recibió impactos de metralla disparados por dos cañones realistas a corta distancia. El animal cayó mortalmente herido y el Libertador quedó aprisionado bajo su peso, a escasos metros de las posiciones enemigas. En ese instante crítico se produjo un combate dentro del combate, una escena caótica y decisiva: granaderos intentando salvar a su jefe y realistas intentando capturarlo o darle muerte.
EL SABLAZO QUE NO FUE Y LA LANZA OLVIDADA
Un soldado realista vio a San Martín indefenso e intentó darle un sablazo. El Libertador logró esquivarlo por centímetros, girando la cabeza, y recibió apenas una herida en la mejilla. Un segundo enemigo se aprestaba a atravesarlo con su bayoneta. La situación era límite. No había tiempo para discursos ni para gestas posteriores: allí, en segundos, se jugaba la historia.
Fue entonces cuando Juan Bautista Baigorria apareció de manera fulminante y con su lanza abatió al realista que intentaba rematar a San Martín. Esa acción, precisa y decisiva, salvó la vida del Libertador. No fue secundaria ni decorativa: fue el acto que permitió que todo lo demás ocurriera.
CABRAL Y EL MITO CONSTRUIDO SOBRE UN SILENCIO
Gracias a la intervención de Baigorria, Juan Bautista Cabral pudo intentar liberar a San Martín del peso del caballo muerto. En ese momento, el segundo soldado realista cargó con su bayoneta. Cabral se interpuso y recibió la herida mortal, sacrificando su vida para salvar a su jefe. Su muerte fue heroica, indiscutible, y mereció homenaje. Pero sin Baigorria no habría habido sacrificio de Cabral, porque San Martín habría muerto segundos antes bajo el sable realista.
La historia oficial eligió un mártir y descartó al sobreviviente. Eligió una muerte épica y ocultó una vida incómoda, que no encajaba en el panteón prolijo del bronce escolar.
LA MARCHA Y LA SELECCIÓN DEL MITO
La ausencia de Juan Bautista Baigorria en la Marcha de San Lorenzo no puede explicarse de manera simplista ni por prejuicios personales, ya que su autor, Cayetano Alberto Silva, era afrodescendiente. La omisión responde a algo más profundo y estructural: la marcha no fue concebida como un registro fiel de los hechos, sino como una pieza de pedagogía patriótica, destinada a fijar un relato épico, claro y funcional. Ese relato necesitaba un mártir, una muerte heroica capaz de ser cantada y memorizada por generaciones. Cabral muere y se convierte en símbolo; Baigorria sobrevive y queda fuera del mito. La historia oficial no lo borró por su origen, sino porque estaba vivo, porque su existencia obligaba a explicar procesos y no solo gestos finales. La épica escolar no admite protagonistas múltiples: elige una escena, un nombre y una muerte, y deja todo lo demás en el silencio.
EL SOLDADO DEL INTERIOR
Juan Bautista Baigorria nació en San Luis en 1780. Hombre del interior profundo, lejos del puerto y de las familias patricias, se incorporó al Ejército sin esperar gloria ni recompensa. No recibió ascensos rimbombantes ni pensiones honoríficas. Su valentía fue funcional a la causa, pero descartable para la memoria oficial.
Algunos historiadores sostienen que su rastro se pierde hacia 1818, durante la Campaña de los Andes, y presumen que pudo haber muerto en acción. Otros, a partir de investigaciones más recientes, afirman que tuvo una destacada participación en la batalla de Maipú, y que integró el comando que persiguió y capturó al fugitivo Casimiro Marcó del Pont, último Capitán General de Chile, junto con su Plana Mayor.
DEL PERÚ AL OLVIDO
Baigorria habría continuado en la Campaña Libertadora del Perú, acompañando a San Martín hasta el final de aquella gesta continental. Según estas versiones, regresó a la patria recién en 1826, con uno de los últimos contingentes. No volvió a desfiles ni a honores, sino al anonimato.
Se habría establecido en un paraje cercano a la actual Villa Dolores, en la provincia de Córdoba, en un lugar conocido como Bañado de las Pajas, donde murió octogenario, en fecha desconocida. Sin placas, sin marchas, sin manuales escolares. El Juan Bautista olvidado de San Lorenzo, cuya valentía permitió que hoy conozcamos el sacrificio del Sargento Cabral.
EL TESTIMONIO DEL PROPIO SAN MARTÍN
El propio José de San Martín dejó constancia de que su vida estuvo a punto de perderse en San Lorenzo y de que fue salvado por la intervención directa de sus hombres. En el parte elevado tras el combate reconoció haber quedado atrapado bajo su caballo muerto, expuesto al ataque enemigo, y en correspondencia posterior afirmó que la victoria se debió tanto al arrojo del cuerpo como a la lealtad y al valor de los granaderos que lo rodearon en el momento más crítico. San Martín no individualizó nombres, fiel a su concepción de poner al conjunto por encima del individuo, pero dejó claro que su salvación no fue producto del azar. En ese silencio deliberado de los partes oficiales, donde el jefe protege a la tropa y la posteridad decide a quién recordar, quedó sepultado el nombre de Juan Bautista Baigorria, cuya lanza fue la primera en interponerse entre el sable realista y la vida del Libertador.
EL RECONOCIMIENTO TARDÍO
El único reconocimiento oficial que recibió llegó el 27 de noviembre de 1937, cuando se inauguró un busto en su honor en su provincia natal, San Luis. Más de un siglo después de haber salvado la vida del Libertador. Demasiado poco y demasiado tarde.
La historia oficial suele exaltar los hechos épicos pulidos para el bronce, pero esos hechos no existirían sin actos anónimos de valentía. Recordar a Juan Bautista Baigorria no es restarle mérito a Cabral: es decir la historia completa y devolverle al pueblo los nombres que le fueron arrebatados por el mito escolar.
Los valores morales de Belgrano.- 12 - 01 - 2026.
LOS VALORES BELGRANIANOS
Hay palabras que se desgastan de tanto repetirlas, pero hay nombres que no se gastan nunca. Uno dice Belgrano y algo se acomoda adentro, como si el espíritu recordara de golpe lo que significa ser digno. Porque este hombre no fue una estatua ni un prócer de mármol: fue un rebelde moral, un tipo que eligió caminar derecho cuando todos se acomodaban en la sombra.
Belgrano renunció a premios que hubieran hecho millonario a cualquiera. Regaló sueldos, rechazó honores, murió pobre. Y no por santurrón: por convicción. Para él, la patria no se hacía con discursos encendidos, sino con conducta.
Mientras otros soñaban con gloria militar, él pensaba en escuelas para chicos que no conocían ni el abecedario. Mientras medio mundo buscaba privilegios, él pedía responsabilidad, sacrificio, trabajo.
Y cuando creó la bandera —en plena incertidumbre, sin permiso, sin garantías— no lo hizo para la historia: lo hizo para que un grupo de hombres supiera por qué valía la pena pelear. Porque el patriotismo, para Belgrano, no era un grito ni un aplauso: era una acción.
Su vida entera fue una lección severa: que el honor se practica, que la humildad es fuerza, que la educación es libertad, que la patria es un deber moral.
Hoy, en un país cansado de excusas, sus valores siguen siendo la brújula que no se oxida.
Belgrano no nos dejó riquezas.
Nos dejó algo mucho más difícil de sostener: un ejemplo.
Lee el artículo completo en:
https://www.robertoarnaiz.com/.../los-valores...
Batalla de Arroyo Grande en el Litoral.-12 -01 -2026 -
BATALLA DE ARROYO GRANDE:
LA BATALLA MÁS FEROZ Y SANGRIENTA DELA GUERRA CIVIL QUE DECIDIÓ EL DESTINO DEL LITORAL ARGENTINO
Por Revisionismo Historico Argentino
“En los campos del Arroyo Grande se jugó no solo la victoria de un ejército, sino la integridad de la Confederación. Todo se perdió para Rivera; los muertos, los prisioneros y la caballada, quedaron como testimonio de la ferocidad de la contienda.”
— General César Díaz, Memorias, 1842
EL CONTEXTO GENERAL: UNA GUERRA CIVIL QUE YA NO ERA SOLO INTERNA
A comienzos de la década de 1840, la guerra civil argentina había dejado de ser un conflicto exclusivamente interno. Tras la derrota de los principales jefes unitarios en el interior, el enfrentamiento se desplazó hacia el litoral y el Río de la Plata, donde el unitarismo vencido buscó sostenerse mediante alianzas externas. Desde Montevideo, capital del Estado Oriental o Banda Oriental (hoy Uruguay), con el respaldo de Francia, Gran Bretaña y sectores del Imperio del Brasil, se reorganizó la ofensiva contra la Confederación Argentina.
En ese marco, la Banda Oriental se convirtió en base de operaciones contra el federalismo argentino. Montevideo había pasado a funcionar como un enclave político, diplomático y financiero del unitarismo derrotado y de las potencias europeas, más vinculado a los intereses extranjeros que a las realidades del interior rioplatense. Allí, Fructuoso Rivera, aliado de los unitarios argentinos exiliados y de intereses extranjeros, encabezó un proyecto que ya no apuntaba sólo a derrotar políticamente a Rosas, sino a desmembrar territorialmente a la Confederación Argentina.
ANTECEDENTES INMEDIATOS: EL FIN DE LA COALICIÓN DEL NORTE
El 8 de octubre de 1841, el general Manuel Oribe derrotó a Juan Lavalle en la batalla de Famaillá, en la provincia de Tucumán. Al día siguiente, el 9 de octubre, Lavalle murió en San Salvador de Jujuy, cerrando definitivamente el ciclo militar del unitarismo en el interior. Pocos días después, el 13 de octubre de 1841, el general Ángel Pacheco vencía a Gregorio Aráoz de Lamadrid en Rodeo del Medio, provincia de Mendoza.
Con estas derrotas, la llamada Coalición del Norte quedó militarmente destruida. Sin embargo, la guerra civil no terminó: simplemente cambió de escenario. El conflicto se trasladó al litoral y a la Banda Oriental, desde donde Rivera preparaba una ofensiva decisiva contra las provincias argentinas.
EL PROYECTO DE RIVERA: FRAGMENTAR LA CONFEDERACIÓN
El objetivo estratégico de Fructuoso Rivera era claro: anexar Entre Ríos, Corrientes y eventualmente el Paraguay, estableciendo el río Paraná como frontera internacional. Este proyecto contaba con el apoyo de unitarios argentinos exiliados y con la simpatía de las diplomacias británica y brasileña, interesadas en debilitar a la Confederación Argentina y controlar la navegación de los grandes ríos.
No se trataba, por lo tanto, de un conflicto ajeno ni secundario: Arroyo Grande fue una batalla decisiva de la guerra civil argentina librada fuera de su territorio, donde se jugaba directamente la integridad nacional.
LA CONCENTRACIÓN DE FUERZAS Y EL ROL DE ORIBE
Durante 1842, el general Manuel Oribe concentró sus fuerzas sobre el río Uruguay. Oribe no actuaba como un caudillo oriental aislado ni como jefe de un interés local, sino como general del partido federal rioplatense, ligado política y estratégicamente a Juan Manuel de Rosas y al proyecto de la Confederación Argentina. Contaba con el respaldo político, militar y logístico del gobierno de Buenos Aires, encargado de las relaciones exteriores de la Confederación.
Entre los jefes federales se encontraba el coronel Mariano Maza, al frente del Batallón Libertad. El punto elegido para el enfrentamiento fue el Arroyo Grande, ubicado a pocos kilómetros de la actual ciudad de San Salvador, provincia de Entre Ríos, un terreno entonces despoblado cuya posesión era clave para controlar los accesos hacia Entre Ríos, corazón del litoral argentino.
LAS MANIOBRAS PREVIAS Y EL ERROR DECISIVO DE RIVERA
Rivera avanzó imprudentemente hacia el interior con un ejército mal cohesionado, desoyendo las advertencias de sus propios oficiales. El general César Díaz reconoció más tarde que Rivera no conocía a sus tropas ni a sus jefes, y que lanzó a la batalla fuerzas sin disciplina ni unidad real.
Oribe, en cambio, se movió con cautela desde su campamento en Las Conchillas y, el 5 de diciembre de 1842, se situó a pocas leguas de las nacientes del Arroyo Grande, eligiendo cuidadosamente el terreno donde obligaría al enemigo a combatir.
LA BATALLA DE ARROYO GRANDE – 6 DE DICIEMBRE DE 1842
En la madrugada del 6 de diciembre de 1842, ambos ejércitos chocaron a orillas del Arroyo Grande. Rivera disponía de unos 8.000 hombres y 16 piezas de artillería. Oribe contaba con cerca de 8.500 soldados, mejor organizados y con mandos experimentados.
El combate comenzó con violentos choques de caballería. Las cargas iniciales riveristas produjeron desorden momentáneo en el ala izquierda federal, pero Oribe lanzó oportunamente sus reservas, quebrando ambos flancos enemigos. En menos de media hora, la caballería de Rivera quedó dispersa.
Luego, mediante un uso preciso de la artillería, Oribe ordenó el ataque decisivo a la bayoneta sobre el centro enemigo. Las infanterías de Chilavert, Lavandera y Blanco resistieron con valentía, pero terminaron rindiéndose junto con el parque, los bagajes y la caballada. El Batallón Libertad, al mando de Mariano Maza, tuvo una participación decisiva en la acción central.
LAS BÁJAS Y EL ENSAÑAMIENTO POSTERIOR
La batalla fue sumamente sangrienta: se contaron 2.000 muertos y 1.400 prisioneros entre los aliados riveristas, perdiendo además la artillería, la munición y cerca de 24.000 caballos. Oficiales y algunos suboficiales fueron ejecutados, mientras que los soldados sobrevivientes se incorporaron al ejército federal. Los blancos uruguayos se ensañaron particularmente con los colorados, a quienes consideraban traidores por haber derrocado al gobierno legal con apoyo extranjero. Las bajas federales sumaron alrededor de 300 entre muertos y heridos. La caballería derrotada logró retirarse parcialmente, dispersándose entre Montevideo y Corrientes.
LA HUIDA DE RIVERA Y LA DERROTA TOTAL
Antes de que la batalla concluyera, Fructuoso Rivera huyó del campo, abandonando su chaqueta bordada, su espada y sus pistolas. Como reconocieron los propios jefes rivales, en Arroyo Grande “todo se perdió”. No hubo retirada ordenada ni salvación del honor.
LAS CONSECUENCIAS POLÍTICAS Y TERRITORIALES
En los campos del Arroyo Grande quedó sepultado el proyecto de fragmentación de la Confederación Argentina. La victoria federal aseguró definitivamente Entre Ríos y Corrientes, frustró la expansión sobre el litoral y consolidó el control estratégico del río Uruguay.
Una derrota federal en 1842 habría significado la amputación de la Mesopotamia argentina y la ruptura definitiva del espacio rioplatense. Que esta batalla haya sido minimizada u ocultada no es casual: Arroyo Grande demuestra que la defensa concreta del territorio nacional fue obra del federalismo y del gobierno de Juan Manuel de Rosas.
SIGNIFICADO HISTÓRICO
La batalla de Arroyo Grande, librada el 6 de diciembre de 1842, fue una de las grandes batallas decisivas de la historia argentina. Allí no se discutió un problema menor ni una cuestión oriental: se decidió la continuidad territorial de la Nación. Sin Arroyo Grande, la Argentina no tendría la forma que hoy conocemos. Su silenciamiento posterior responde a una historiografía liberal que no puede admitir que la soberanía nacional fue defendida por los federales.
Zanni Damián.
FUENTES
Adolfo Saldías- Historia de la Confederación Argentina
Magariños de Mello- El gobierno del Cerrito
Vicente D. Sierra- Historia de la Argentina
César Díaz, Memorias
El Chacho Peñaloza y su facón. -12 - 01- 2026-
EL FACÓN DEL CHACHO PEÑALOZA
EL FACÓN, ARMA Y SÍMBOLO GAUCHO
Antes que sable, antes que fusil, antes que reglamento, el facón fue el arma natural del gaucho. No lo distinguía solo como combatiente, sino como hombre libre. Era herramienta y defensa, pan y justicia, trabajo y honor. Todo gaucho que se preciara de tal llevaba uno al cinto, no por ostentación, sino por necesidad vital. El facón era prolongación de la mano y reflejo del carácter: firme, sobrio, confiable.
En las pampas abiertas, donde la ley escrita no alcanzaba y la vida se resolvía a caballo, el cuchillo fue compañero inseparable. Sirvió para el carneo, el desmalezamiento, la madera del rancho, el mate compartido, el afeitado rústico y, cuando tocaba, para la pelea. También abrió la tierra para dar sepultura digna a un compañero caído. No hubo objeto más presente en la vida gaucha que el facón.
Por eso, cuando se quiso someter al hombre del interior, lo primero que se persiguió no fue su caballo, sino su cuchillo. Quitar el facón fue intentar quebrar su dignidad.
EL FACÓN DEL CHACHO
Entre todos los facones de la historia criolla, hubo uno que trascendió su condición de arma para convertirse en símbolo moral: el facón del general Ángel Vicente “Chacho” Peñaloza.
No era una pieza lujosa ni ostentosa. Era un cuchillo de uso, gastado por el tiempo y las campañas, conocido por todos en los llanos riojanos y más allá. Pero ese facón tenía algo que ningún otro poseía: la autoridad de quien lo llevaba.
Según la tradición y los relatos posteriores, al facón del Chacho se le atribuía una inscripción que decía:
“El que desgraciado nace
entre los remedios muere.”
Frase dura, fatalista, que muchos interpretaron como rechazo a la ciencia médica, tan precaria y dolorosa en el interior del país.
Otros vieron en esas palabras una expresión más profunda: la conciencia del destino trágico de los hombres del pueblo, siempre condenados a pagar con el cuerpo las decisiones de otros.
Sea como fuere, esa inscripción revelaba al Chacho tal como era: sin eufemismos, sin consuelo falso, enfrentando la vida como venía.
EL FACÓN COMO BIEN ÚNICO
Peñaloza no fue hombre de fortuna. No acumuló tierras, no se enriqueció con la guerra, no dejó herencias materiales. Su riqueza era la confianza de su gente. Y en términos materiales, su facón fue casi el único bien valioso que poseyó.
Ese cuchillo cumplió un rol singular: se convirtió en prenda de auxilio para los demás. Cuando un oficial, un soldado o cualquier hombre de su montonera acudía al Chacho apremiado por una deuda o una urgencia familiar, Peñaloza no preguntaba demasiado. Sacaba el facón y lo entregaba.
—Si la necesidad es grande, vaya, empeñe esa prenda por cincuenta o cien pesos; ya habrá tiempo para sacarla.
El portador del facón se presentaba en la casa comercial más fuerte del pueblo. No hacía falta explicación. Todos conocían ese cuchillo. Todos sabían de quién era. ¿Quién iba a negarle dinero a Peñaloza, aunque no estuviera presente?
El comerciante entregaba la suma pedida, confiado. Y el facón siempre volvía. Nunca se perdió. Nunca quedó en manos ajenas. Esa hoja valía más que cualquier documento firmado, porque estaba respaldada por una vida entera de honradez.
AUTORIDAD MORAL, NO DECRETO
El facón del Chacho demuestra algo que la historia oficial nunca supo explicar: la verdadera autoridad no se impone, se reconoce. Peñaloza mandaba porque era justo, porque compartía la pobreza de los suyos, porque no pedía lo que él no estaba dispuesto a dar.
Mientras otros generales blandían sables europeos y hablaban de civilización, el Chacho gobernaba con la palabra empeñada y el cuchillo al cinto. No para oprimir, sino para sostener.
Ese facón no fue solo arma. Fue garantía, fue auxilio, fue símbolo de una ética criolla donde el honor valía más que el dinero y la lealtad más que la vida.
EL FACÓN Y LA CAUSA FEDERAL
No es casual que el facón esté ligado a las montoneras federales. Fue el arma del pueblo en armas, no del ejército regular. Frente al fusil importado, el cuchillo criollo. Frente al uniforme, el poncho. Frente al decreto, la palabra.
El facón del Chacho encarna esa Argentina profunda que resistió la imposición centralista y defendió la autonomía de las provincias. Por eso su figura fue perseguida, difamada y finalmente asesinada. Y por eso su cuchillo quedó en la memoria como lo que fue: testigo silencioso de una causa justa.
ACERO, HONOR Y MEMORIA
Hoy el facón del Chacho Peñaloza no corta carne ni abre surcos, pero sigue cortando el relato falso de la historia oficial. Es acero cargado de memoria. Es prueba de que hubo hombres que no necesitaron riqueza ni cargos para ser grandes.
Mientras se recuerde ese cuchillo —simple, gastado, fiel— se recordará también que hubo una Argentina donde la palabra valía, donde el jefe ponía lo poco que tenía al servicio de los demás y donde un facón podía respaldar a todo un pueblo.
Porque no era el arma lo que imponía respeto.
Era el hombre que la llevaba.
Damian Zanni.
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