lunes, 12 de enero de 2026

Manuel Dorrego no negociaba. -12 -01 -2026 -

MANUEL DORREGO: EL HOMBRE QUE NO SE NEGOCIABA Manuel Dorrego fue un hombre que desbordaba a su época. No por estridencia, sino por autenticidad. En un país donde muchos cambiaban de postura según soplara el viento, él eligió mantenerse firme, aun cuando esa firmeza le costara la vida. Su destino ya estaba escrito desde el momento en que decidió no transar con nadie, ni siquiera consigo mismo. Como militar, era una mezcla de intuición y coraje. En Tucumán, al mando de la Infantería de Reserva, peleó con una energía que desconcertó al enemigo y encendió a su tropa. Díaz Vélez lo definió con una frase contundente: “Su resuelta bravura ha admirado a nuestras tropas y aterrado al enemigo.” Pero lo que realmente volvió peligroso a Dorrego no fue su sable, sino sus ideas. Su defensa del pueblo llano, su obsesión por la justicia social, su rechazo a los privilegios irritaron a más de uno. Y Lavalle, enceguecido por la muerte de su hermano en campaña, no se la perdonó. Ese rencor personal se mezcló con la política y se convirtió en sentencia: un juicio inexistente, una orden precipitada y un fusilamiento que pretendió clausurar un conflicto. Lo mataron para borrar su voz. No entendieron que su muerte lo multiplicaba. Recordar a Dorrego no es un acto ceremonial: es un ejercicio de coraje moral. No fue un mártir de estampa, sino un hombre entero, incapaz de vender su conciencia, incapaz de pedir perdón por lo que creía justo. Lo ejecutaron en 1828. Pero su ejemplo —incómodo, vibrante, necesario— sigue vivo.

San Martín obsesionado con la Insependencia.- 12 - 01 -2026 -

WILLIAM MILLER Y LA MENTIRA DEL “SAN MARTÍN AGENTE INGLÉS” Hay quienes sostienen, con liviandad y mala fe, que San Martín fue “agente inglés” porque tuvo relación con William Miller, un oficial nacido en Inglaterra. El razonamiento es tan pobre que se cae solo: confunden nacionalidad con obediencia. William Miller no llegó a América enviado por Londres. Llegó, como tantos europeos, por decisión propia. Se alistó en el Ejército de los Andes, cruzó la Cordillera, combatió en Chile, se jugó la vida en Cancha Rayada y fue herido más de veinte veces peleando contra el imperio español. Ningún agente extranjero sangra así por una causa ajena. San Martín lo ascendió no por ser inglés, sino porque peleó cuando otros huían. Lo nombró edecán porque había demostrado lealtad en el campo de batalla, no en un despacho diplomático. Si la relación con Miller convirtiera a San Martín en agente inglés, entonces también habría que decir que fue agente chileno, peruano o rioplatense al mismo tiempo. Un absurdo. Miller comandó fuerzas patriotas en Mirave y en Ayacucho, la batalla que selló la independencia sudamericana. ¿Desde cuándo Inglaterra financia la destrucción del poder español para favorecer repúblicas que no controla? Miller fue, además, biógrafo de San Martín. Lo conoció de cerca. Y jamás escribió que respondiera a intereses británicos. Al contrario: lo mostró austero, obsesionado con la independencia y profundamente desconfiado de las potencias. La verdad es simple y molesta para los simplificadores: San Martín usó hombres extranjeros para una causa americana, no fue usado por ellos. Y William Miller no es prueba de una conspiración inglesa: es prueba de que la independencia se ganó con coraje, no con pasaportes.

Granadero Juan Bautista Baigorria. -12 - 01 - 2026 -

JUAN BAUTISTA BAIGORRIA HÉROE DE SAN LORENZO Por Revisionismo Historico Argentino Se llamó Juan Bautista y no aparece en la marcha que nos enseñaron a cantar en la primaria. La historia oficial decidió recordar a un Juan Bautista y borrar al otro. El que murió fue elevado a mito; el que sobrevivió fue condenado al silencio. Pero ambos fueron héroes, y sin uno de ellos, el otro jamás habría existido en el relato épico. Ese nombre deliberadamente omitido es Juan Bautista Baigorria, granadero del Regimiento de Granaderos a Caballo, soldado del interior profundo, protagonista decisivo de la jornada fundacional del 3 de febrero de 1813. SAN LORENZO: EL COMBATE DENTRO DEL COMBATE En la mañana del 3 de febrero de 1813, a orillas del río Paraná, en jurisdicción de Santa Fe, las fuerzas patriotas al mando del coronel José de San Martín enfrentaron a la Milicia Realista proveniente de Montevideo, que intentaba reaprovisionar la ciudad sitiada. San Martín, fiel a su concepción militar, se puso al frente del ataque, encabezando personalmente uno de los escuadrones. No fue un gesto teatral: fue una decisión táctica y moral. Durante la carga, su caballo recibió impactos de metralla disparados por dos cañones realistas a corta distancia. El animal cayó mortalmente herido y el Libertador quedó aprisionado bajo su peso, a escasos metros de las posiciones enemigas. En ese instante crítico se produjo un combate dentro del combate, una escena caótica y decisiva: granaderos intentando salvar a su jefe y realistas intentando capturarlo o darle muerte. EL SABLAZO QUE NO FUE Y LA LANZA OLVIDADA Un soldado realista vio a San Martín indefenso e intentó darle un sablazo. El Libertador logró esquivarlo por centímetros, girando la cabeza, y recibió apenas una herida en la mejilla. Un segundo enemigo se aprestaba a atravesarlo con su bayoneta. La situación era límite. No había tiempo para discursos ni para gestas posteriores: allí, en segundos, se jugaba la historia. Fue entonces cuando Juan Bautista Baigorria apareció de manera fulminante y con su lanza abatió al realista que intentaba rematar a San Martín. Esa acción, precisa y decisiva, salvó la vida del Libertador. No fue secundaria ni decorativa: fue el acto que permitió que todo lo demás ocurriera. CABRAL Y EL MITO CONSTRUIDO SOBRE UN SILENCIO Gracias a la intervención de Baigorria, Juan Bautista Cabral pudo intentar liberar a San Martín del peso del caballo muerto. En ese momento, el segundo soldado realista cargó con su bayoneta. Cabral se interpuso y recibió la herida mortal, sacrificando su vida para salvar a su jefe. Su muerte fue heroica, indiscutible, y mereció homenaje. Pero sin Baigorria no habría habido sacrificio de Cabral, porque San Martín habría muerto segundos antes bajo el sable realista. La historia oficial eligió un mártir y descartó al sobreviviente. Eligió una muerte épica y ocultó una vida incómoda, que no encajaba en el panteón prolijo del bronce escolar. LA MARCHA Y LA SELECCIÓN DEL MITO La ausencia de Juan Bautista Baigorria en la Marcha de San Lorenzo no puede explicarse de manera simplista ni por prejuicios personales, ya que su autor, Cayetano Alberto Silva, era afrodescendiente. La omisión responde a algo más profundo y estructural: la marcha no fue concebida como un registro fiel de los hechos, sino como una pieza de pedagogía patriótica, destinada a fijar un relato épico, claro y funcional. Ese relato necesitaba un mártir, una muerte heroica capaz de ser cantada y memorizada por generaciones. Cabral muere y se convierte en símbolo; Baigorria sobrevive y queda fuera del mito. La historia oficial no lo borró por su origen, sino porque estaba vivo, porque su existencia obligaba a explicar procesos y no solo gestos finales. La épica escolar no admite protagonistas múltiples: elige una escena, un nombre y una muerte, y deja todo lo demás en el silencio. EL SOLDADO DEL INTERIOR Juan Bautista Baigorria nació en San Luis en 1780. Hombre del interior profundo, lejos del puerto y de las familias patricias, se incorporó al Ejército sin esperar gloria ni recompensa. No recibió ascensos rimbombantes ni pensiones honoríficas. Su valentía fue funcional a la causa, pero descartable para la memoria oficial. Algunos historiadores sostienen que su rastro se pierde hacia 1818, durante la Campaña de los Andes, y presumen que pudo haber muerto en acción. Otros, a partir de investigaciones más recientes, afirman que tuvo una destacada participación en la batalla de Maipú, y que integró el comando que persiguió y capturó al fugitivo Casimiro Marcó del Pont, último Capitán General de Chile, junto con su Plana Mayor. DEL PERÚ AL OLVIDO Baigorria habría continuado en la Campaña Libertadora del Perú, acompañando a San Martín hasta el final de aquella gesta continental. Según estas versiones, regresó a la patria recién en 1826, con uno de los últimos contingentes. No volvió a desfiles ni a honores, sino al anonimato. Se habría establecido en un paraje cercano a la actual Villa Dolores, en la provincia de Córdoba, en un lugar conocido como Bañado de las Pajas, donde murió octogenario, en fecha desconocida. Sin placas, sin marchas, sin manuales escolares. El Juan Bautista olvidado de San Lorenzo, cuya valentía permitió que hoy conozcamos el sacrificio del Sargento Cabral. EL TESTIMONIO DEL PROPIO SAN MARTÍN El propio José de San Martín dejó constancia de que su vida estuvo a punto de perderse en San Lorenzo y de que fue salvado por la intervención directa de sus hombres. En el parte elevado tras el combate reconoció haber quedado atrapado bajo su caballo muerto, expuesto al ataque enemigo, y en correspondencia posterior afirmó que la victoria se debió tanto al arrojo del cuerpo como a la lealtad y al valor de los granaderos que lo rodearon en el momento más crítico. San Martín no individualizó nombres, fiel a su concepción de poner al conjunto por encima del individuo, pero dejó claro que su salvación no fue producto del azar. En ese silencio deliberado de los partes oficiales, donde el jefe protege a la tropa y la posteridad decide a quién recordar, quedó sepultado el nombre de Juan Bautista Baigorria, cuya lanza fue la primera en interponerse entre el sable realista y la vida del Libertador. EL RECONOCIMIENTO TARDÍO El único reconocimiento oficial que recibió llegó el 27 de noviembre de 1937, cuando se inauguró un busto en su honor en su provincia natal, San Luis. Más de un siglo después de haber salvado la vida del Libertador. Demasiado poco y demasiado tarde. La historia oficial suele exaltar los hechos épicos pulidos para el bronce, pero esos hechos no existirían sin actos anónimos de valentía. Recordar a Juan Bautista Baigorria no es restarle mérito a Cabral: es decir la historia completa y devolverle al pueblo los nombres que le fueron arrebatados por el mito escolar.

Los valores morales de Belgrano.- 12 - 01 - 2026.

LOS VALORES BELGRANIANOS Hay palabras que se desgastan de tanto repetirlas, pero hay nombres que no se gastan nunca. Uno dice Belgrano y algo se acomoda adentro, como si el espíritu recordara de golpe lo que significa ser digno. Porque este hombre no fue una estatua ni un prócer de mármol: fue un rebelde moral, un tipo que eligió caminar derecho cuando todos se acomodaban en la sombra. Belgrano renunció a premios que hubieran hecho millonario a cualquiera. Regaló sueldos, rechazó honores, murió pobre. Y no por santurrón: por convicción. Para él, la patria no se hacía con discursos encendidos, sino con conducta. Mientras otros soñaban con gloria militar, él pensaba en escuelas para chicos que no conocían ni el abecedario. Mientras medio mundo buscaba privilegios, él pedía responsabilidad, sacrificio, trabajo. Y cuando creó la bandera —en plena incertidumbre, sin permiso, sin garantías— no lo hizo para la historia: lo hizo para que un grupo de hombres supiera por qué valía la pena pelear. Porque el patriotismo, para Belgrano, no era un grito ni un aplauso: era una acción. Su vida entera fue una lección severa: que el honor se practica, que la humildad es fuerza, que la educación es libertad, que la patria es un deber moral. Hoy, en un país cansado de excusas, sus valores siguen siendo la brújula que no se oxida. Belgrano no nos dejó riquezas. Nos dejó algo mucho más difícil de sostener: un ejemplo. Lee el artículo completo en: https://www.robertoarnaiz.com/.../los-valores...

Batalla de Arroyo Grande en el Litoral.-12 -01 -2026 -

BATALLA DE ARROYO GRANDE: LA BATALLA MÁS FEROZ Y SANGRIENTA DELA GUERRA CIVIL QUE DECIDIÓ EL DESTINO DEL LITORAL ARGENTINO Por Revisionismo Historico Argentino “En los campos del Arroyo Grande se jugó no solo la victoria de un ejército, sino la integridad de la Confederación. Todo se perdió para Rivera; los muertos, los prisioneros y la caballada, quedaron como testimonio de la ferocidad de la contienda.” — General César Díaz, Memorias, 1842 EL CONTEXTO GENERAL: UNA GUERRA CIVIL QUE YA NO ERA SOLO INTERNA A comienzos de la década de 1840, la guerra civil argentina había dejado de ser un conflicto exclusivamente interno. Tras la derrota de los principales jefes unitarios en el interior, el enfrentamiento se desplazó hacia el litoral y el Río de la Plata, donde el unitarismo vencido buscó sostenerse mediante alianzas externas. Desde Montevideo, capital del Estado Oriental o Banda Oriental (hoy Uruguay), con el respaldo de Francia, Gran Bretaña y sectores del Imperio del Brasil, se reorganizó la ofensiva contra la Confederación Argentina. En ese marco, la Banda Oriental se convirtió en base de operaciones contra el federalismo argentino. Montevideo había pasado a funcionar como un enclave político, diplomático y financiero del unitarismo derrotado y de las potencias europeas, más vinculado a los intereses extranjeros que a las realidades del interior rioplatense. Allí, Fructuoso Rivera, aliado de los unitarios argentinos exiliados y de intereses extranjeros, encabezó un proyecto que ya no apuntaba sólo a derrotar políticamente a Rosas, sino a desmembrar territorialmente a la Confederación Argentina. ANTECEDENTES INMEDIATOS: EL FIN DE LA COALICIÓN DEL NORTE El 8 de octubre de 1841, el general Manuel Oribe derrotó a Juan Lavalle en la batalla de Famaillá, en la provincia de Tucumán. Al día siguiente, el 9 de octubre, Lavalle murió en San Salvador de Jujuy, cerrando definitivamente el ciclo militar del unitarismo en el interior. Pocos días después, el 13 de octubre de 1841, el general Ángel Pacheco vencía a Gregorio Aráoz de Lamadrid en Rodeo del Medio, provincia de Mendoza. Con estas derrotas, la llamada Coalición del Norte quedó militarmente destruida. Sin embargo, la guerra civil no terminó: simplemente cambió de escenario. El conflicto se trasladó al litoral y a la Banda Oriental, desde donde Rivera preparaba una ofensiva decisiva contra las provincias argentinas. EL PROYECTO DE RIVERA: FRAGMENTAR LA CONFEDERACIÓN El objetivo estratégico de Fructuoso Rivera era claro: anexar Entre Ríos, Corrientes y eventualmente el Paraguay, estableciendo el río Paraná como frontera internacional. Este proyecto contaba con el apoyo de unitarios argentinos exiliados y con la simpatía de las diplomacias británica y brasileña, interesadas en debilitar a la Confederación Argentina y controlar la navegación de los grandes ríos. No se trataba, por lo tanto, de un conflicto ajeno ni secundario: Arroyo Grande fue una batalla decisiva de la guerra civil argentina librada fuera de su territorio, donde se jugaba directamente la integridad nacional. LA CONCENTRACIÓN DE FUERZAS Y EL ROL DE ORIBE Durante 1842, el general Manuel Oribe concentró sus fuerzas sobre el río Uruguay. Oribe no actuaba como un caudillo oriental aislado ni como jefe de un interés local, sino como general del partido federal rioplatense, ligado política y estratégicamente a Juan Manuel de Rosas y al proyecto de la Confederación Argentina. Contaba con el respaldo político, militar y logístico del gobierno de Buenos Aires, encargado de las relaciones exteriores de la Confederación. Entre los jefes federales se encontraba el coronel Mariano Maza, al frente del Batallón Libertad. El punto elegido para el enfrentamiento fue el Arroyo Grande, ubicado a pocos kilómetros de la actual ciudad de San Salvador, provincia de Entre Ríos, un terreno entonces despoblado cuya posesión era clave para controlar los accesos hacia Entre Ríos, corazón del litoral argentino. LAS MANIOBRAS PREVIAS Y EL ERROR DECISIVO DE RIVERA Rivera avanzó imprudentemente hacia el interior con un ejército mal cohesionado, desoyendo las advertencias de sus propios oficiales. El general César Díaz reconoció más tarde que Rivera no conocía a sus tropas ni a sus jefes, y que lanzó a la batalla fuerzas sin disciplina ni unidad real. Oribe, en cambio, se movió con cautela desde su campamento en Las Conchillas y, el 5 de diciembre de 1842, se situó a pocas leguas de las nacientes del Arroyo Grande, eligiendo cuidadosamente el terreno donde obligaría al enemigo a combatir. LA BATALLA DE ARROYO GRANDE – 6 DE DICIEMBRE DE 1842 En la madrugada del 6 de diciembre de 1842, ambos ejércitos chocaron a orillas del Arroyo Grande. Rivera disponía de unos 8.000 hombres y 16 piezas de artillería. Oribe contaba con cerca de 8.500 soldados, mejor organizados y con mandos experimentados. El combate comenzó con violentos choques de caballería. Las cargas iniciales riveristas produjeron desorden momentáneo en el ala izquierda federal, pero Oribe lanzó oportunamente sus reservas, quebrando ambos flancos enemigos. En menos de media hora, la caballería de Rivera quedó dispersa. Luego, mediante un uso preciso de la artillería, Oribe ordenó el ataque decisivo a la bayoneta sobre el centro enemigo. Las infanterías de Chilavert, Lavandera y Blanco resistieron con valentía, pero terminaron rindiéndose junto con el parque, los bagajes y la caballada. El Batallón Libertad, al mando de Mariano Maza, tuvo una participación decisiva en la acción central. LAS BÁJAS Y EL ENSAÑAMIENTO POSTERIOR La batalla fue sumamente sangrienta: se contaron 2.000 muertos y 1.400 prisioneros entre los aliados riveristas, perdiendo además la artillería, la munición y cerca de 24.000 caballos. Oficiales y algunos suboficiales fueron ejecutados, mientras que los soldados sobrevivientes se incorporaron al ejército federal. Los blancos uruguayos se ensañaron particularmente con los colorados, a quienes consideraban traidores por haber derrocado al gobierno legal con apoyo extranjero. Las bajas federales sumaron alrededor de 300 entre muertos y heridos. La caballería derrotada logró retirarse parcialmente, dispersándose entre Montevideo y Corrientes. LA HUIDA DE RIVERA Y LA DERROTA TOTAL Antes de que la batalla concluyera, Fructuoso Rivera huyó del campo, abandonando su chaqueta bordada, su espada y sus pistolas. Como reconocieron los propios jefes rivales, en Arroyo Grande “todo se perdió”. No hubo retirada ordenada ni salvación del honor. LAS CONSECUENCIAS POLÍTICAS Y TERRITORIALES En los campos del Arroyo Grande quedó sepultado el proyecto de fragmentación de la Confederación Argentina. La victoria federal aseguró definitivamente Entre Ríos y Corrientes, frustró la expansión sobre el litoral y consolidó el control estratégico del río Uruguay. Una derrota federal en 1842 habría significado la amputación de la Mesopotamia argentina y la ruptura definitiva del espacio rioplatense. Que esta batalla haya sido minimizada u ocultada no es casual: Arroyo Grande demuestra que la defensa concreta del territorio nacional fue obra del federalismo y del gobierno de Juan Manuel de Rosas. SIGNIFICADO HISTÓRICO La batalla de Arroyo Grande, librada el 6 de diciembre de 1842, fue una de las grandes batallas decisivas de la historia argentina. Allí no se discutió un problema menor ni una cuestión oriental: se decidió la continuidad territorial de la Nación. Sin Arroyo Grande, la Argentina no tendría la forma que hoy conocemos. Su silenciamiento posterior responde a una historiografía liberal que no puede admitir que la soberanía nacional fue defendida por los federales. Zanni Damián. FUENTES Adolfo Saldías- Historia de la Confederación Argentina Magariños de Mello- El gobierno del Cerrito Vicente D. Sierra- Historia de la Argentina César Díaz, Memorias

El Chacho Peñaloza y su facón. -12 - 01- 2026-

EL FACÓN DEL CHACHO PEÑALOZA EL FACÓN, ARMA Y SÍMBOLO GAUCHO Antes que sable, antes que fusil, antes que reglamento, el facón fue el arma natural del gaucho. No lo distinguía solo como combatiente, sino como hombre libre. Era herramienta y defensa, pan y justicia, trabajo y honor. Todo gaucho que se preciara de tal llevaba uno al cinto, no por ostentación, sino por necesidad vital. El facón era prolongación de la mano y reflejo del carácter: firme, sobrio, confiable. En las pampas abiertas, donde la ley escrita no alcanzaba y la vida se resolvía a caballo, el cuchillo fue compañero inseparable. Sirvió para el carneo, el desmalezamiento, la madera del rancho, el mate compartido, el afeitado rústico y, cuando tocaba, para la pelea. También abrió la tierra para dar sepultura digna a un compañero caído. No hubo objeto más presente en la vida gaucha que el facón. Por eso, cuando se quiso someter al hombre del interior, lo primero que se persiguió no fue su caballo, sino su cuchillo. Quitar el facón fue intentar quebrar su dignidad. EL FACÓN DEL CHACHO Entre todos los facones de la historia criolla, hubo uno que trascendió su condición de arma para convertirse en símbolo moral: el facón del general Ángel Vicente “Chacho” Peñaloza. No era una pieza lujosa ni ostentosa. Era un cuchillo de uso, gastado por el tiempo y las campañas, conocido por todos en los llanos riojanos y más allá. Pero ese facón tenía algo que ningún otro poseía: la autoridad de quien lo llevaba. Según la tradición y los relatos posteriores, al facón del Chacho se le atribuía una inscripción que decía: “El que desgraciado nace entre los remedios muere.” Frase dura, fatalista, que muchos interpretaron como rechazo a la ciencia médica, tan precaria y dolorosa en el interior del país. Otros vieron en esas palabras una expresión más profunda: la conciencia del destino trágico de los hombres del pueblo, siempre condenados a pagar con el cuerpo las decisiones de otros. Sea como fuere, esa inscripción revelaba al Chacho tal como era: sin eufemismos, sin consuelo falso, enfrentando la vida como venía. EL FACÓN COMO BIEN ÚNICO Peñaloza no fue hombre de fortuna. No acumuló tierras, no se enriqueció con la guerra, no dejó herencias materiales. Su riqueza era la confianza de su gente. Y en términos materiales, su facón fue casi el único bien valioso que poseyó. Ese cuchillo cumplió un rol singular: se convirtió en prenda de auxilio para los demás. Cuando un oficial, un soldado o cualquier hombre de su montonera acudía al Chacho apremiado por una deuda o una urgencia familiar, Peñaloza no preguntaba demasiado. Sacaba el facón y lo entregaba. —Si la necesidad es grande, vaya, empeñe esa prenda por cincuenta o cien pesos; ya habrá tiempo para sacarla. El portador del facón se presentaba en la casa comercial más fuerte del pueblo. No hacía falta explicación. Todos conocían ese cuchillo. Todos sabían de quién era. ¿Quién iba a negarle dinero a Peñaloza, aunque no estuviera presente? El comerciante entregaba la suma pedida, confiado. Y el facón siempre volvía. Nunca se perdió. Nunca quedó en manos ajenas. Esa hoja valía más que cualquier documento firmado, porque estaba respaldada por una vida entera de honradez. AUTORIDAD MORAL, NO DECRETO El facón del Chacho demuestra algo que la historia oficial nunca supo explicar: la verdadera autoridad no se impone, se reconoce. Peñaloza mandaba porque era justo, porque compartía la pobreza de los suyos, porque no pedía lo que él no estaba dispuesto a dar. Mientras otros generales blandían sables europeos y hablaban de civilización, el Chacho gobernaba con la palabra empeñada y el cuchillo al cinto. No para oprimir, sino para sostener. Ese facón no fue solo arma. Fue garantía, fue auxilio, fue símbolo de una ética criolla donde el honor valía más que el dinero y la lealtad más que la vida. EL FACÓN Y LA CAUSA FEDERAL No es casual que el facón esté ligado a las montoneras federales. Fue el arma del pueblo en armas, no del ejército regular. Frente al fusil importado, el cuchillo criollo. Frente al uniforme, el poncho. Frente al decreto, la palabra. El facón del Chacho encarna esa Argentina profunda que resistió la imposición centralista y defendió la autonomía de las provincias. Por eso su figura fue perseguida, difamada y finalmente asesinada. Y por eso su cuchillo quedó en la memoria como lo que fue: testigo silencioso de una causa justa. ACERO, HONOR Y MEMORIA Hoy el facón del Chacho Peñaloza no corta carne ni abre surcos, pero sigue cortando el relato falso de la historia oficial. Es acero cargado de memoria. Es prueba de que hubo hombres que no necesitaron riqueza ni cargos para ser grandes. Mientras se recuerde ese cuchillo —simple, gastado, fiel— se recordará también que hubo una Argentina donde la palabra valía, donde el jefe ponía lo poco que tenía al servicio de los demás y donde un facón podía respaldar a todo un pueblo. Porque no era el arma lo que imponía respeto. Era el hombre que la llevaba. Damian Zanni.

domingo, 11 de enero de 2026

El hijo de Belgrano Pedro Pablo Rosas y Belgrano.-11-01-2026-

LA HISTORIA POCO CONOCIDA DEL HIJO DE BELGRANO Y MARÍA EZCURRA, ADOPTADO POR SUS TÍOS JUAN MANUEL DE ROSAS Y ENCARNACIÓN EZCURRA Por Revisionismo Historico Argentino PEDRO PABLO ROSAS Y BELGRANO (Nació cerca de Santa Fe, 29 de julio de 1813 – Falleció en Buenos Aires, 27 de septiembre de 1863) Pedro Pablo Rosas y Belgrano es una de esas figuras que la historia oficial —expresión acabada de la visión liberal del pasado argentino— menciona de manera marginal o directamente silencia. Su existencia desarma el relato prolijo, moralista y selectivo que se construyó desde Buenos Aires. Hijo natural de Manuel Belgrano y de María Josefa Ezcurra, criado y adoptado por Juan Manuel de Rosas y Encarnación Ezcurra, su vida une en una sola persona dos apellidos que la historia oficial necesitó separar: el del prócer intocable y el del gobernante demonizado. No fue un héroe de manual ni un conspirador de salón. Fue un hombre de frontera, de guerra civil, de derrotas y lealtades complejas, marcado desde su nacimiento por el contexto político y las decisiones de la época. BELGRANO, MARÍA JOSEFA Y UN AMOR COMPLEJO Manuel Belgrano conoció a María Josefa Ezcurra en 1802. Se enamoraron jóvenes, pero la sociedad colonial no toleraba esas uniones cuando interferían con intereses familiares. María Josefa fue obligada a casarse con su primo Juan Esteban de Ezcurra, comerciante español contrario a la Revolución de Mayo. El matrimonio fue estéril y breve: él regresó a España y nunca volvió a verla. Años después, cuando Belgrano fue nombrado jefe del Ejército del Norte, María Josefa acompañó al general en plena campaña militar. Estuvo con él en Jujuy, durante el Éxodo, en Las Piedras y Tucumán. Allí, en medio de la guerra por la independencia, concibió un hijo del creador de la bandera. Belgrano no lo reconoció públicamente. Esa decisión respondió a la complejidad de su posición como figura militar y política; su vida personal quedaba subordinada a los intereses de la Patria. UN NACIMIENTO QUE QUEDÓ SILENCIADO Pedro nació en julio de 1813 en una estancia cercana a Santa Fe. Fue bautizado como huérfano, un recurso administrativo para evitar conflictos con la sociedad y la política de la época. El niño fue entregado a su tía Encarnación Ezcurra y a Juan Manuel de Rosas. No se trató solo de una adopción legal, sino de un acto de protección política y humana. Rosas asumió la paternidad moral y la crianza del niño hasta que alcanzara la adultez. Esta decisión reflejaba la inteligencia política de ambos: Belgrano aseguraba que su figura pública no se debilitara en plena independencia, y Rosas consolidaba vínculos familiares y sociales en la frontera, asegurando la continuidad de lazos estratégicos y humanos. CRIADO POR ROSAS, HECHO HOMBRE EN LA FRONTERA Pedro no fue educado para los salones porteños ni para la retórica ilustrada. Tuvo una formación limitada en la capital y muy pronto fue enviado al campo y a la frontera sur, donde se formó entre estancias, fortines, gauchos e indígenas. Allí aprendió lo que la historia oficial desprecia: el territorio real, la frontera viva, el país profundo que no entraba en los planes del liberalismo porteño. Fue secretario privado de Rosas en 1829 y lo acompañó en la campaña al desierto de 1833. Desde mediados de la década de 1830 comenzó a firmar como Pedro Rosas y Belgrano, cargando conscientemente con ambas herencias. AZUL Y LA POLÍTICA QUE LA HISTORIA OFICIAL NIEGA Como juez de paz y comandante de Azul, Pedro Pablo fue pieza central de la política de frontera. Administró estancias, organizó la defensa local y mantuvo relaciones directas con los caciques Painé, Catriel, Pichún, Calfucurá y Coliqueo. Aplicó el llamado “negocio pacífico”, basado en acuerdos, provisiones y compromisos mutuos. Mientras Buenos Aires concentraba la renta de la aduana y predicaba civilización desde la distancia, hombres como Rosas y Belgrano sostenían la paz concreta, cotidiana y precaria de la frontera. Esa realidad, incómoda para la visión liberal de la historia, fue reducida luego a caricatura o directamente negada. DE CASEROS A SAN GREGORIO La caída de Rosas lo dejó en una situación ambigua. Legalmente era hijo del Restaurador, pero políticamente intentó sobrevivir al nuevo orden. Urquiza lo mantuvo en funciones y Hilario Lagos lo nombró comandante del Regimiento 11 de Caballería. Durante el sitio de Buenos Aires desembarcó en el Tuyú, reunió fuerzas en el sur y marchó al norte del Salado. Confiaba en recibir armas y refuerzos que nunca llegaron. En San Gregorio enfrentó al ejército federal de Lagos. La batalla fue un desastre: deserciones, abandono indígena, improvisación logística. La historia oficial descargó la culpa en los indios y en su apellido, como si el fracaso no hubiese sido producto del caos político posterior a Caseros. CONDENADO, SALVADO Y MARCADO Un consejo de guerra lo condenó a muerte. Fue defendido por Antonino Reyes, pero la sentencia parecía inevitable. La intervención de Manuela Mónica Belgrano, hija de Manuel Belgrano, fue decisiva. Recordó a los jefes federales que el prisionero no era solo hijo de Rosas, sino también hijo de Manuel Belgrano. Esa doble sangre le salvó la vida. La condena fue conmutada. Volvió a Azul con grado de coronel efectivo, pero ya no era un hombre del poder: era un sobreviviente. PERSECUCIÓN, DESPOJO Y OLVIDO En los años siguientes pidió la baja por problemas de salud. El nuevo régimen decidió confiscar los bienes de Rosas y de sus hijos. Pedro perdió once estancias de un plumazo, no por delitos propios, sino por su apellido. Fue acusado, vigilado y empujado a los márgenes. Después de Pavón, su destino quedó sellado. Enfermo, agotado y políticamente inútil para los vencedores, pasó al cuerpo de inválidos. Murió en Buenos Aires en septiembre de 1863. Había tenido dieciséis hijos, asegurando la continuidad de ambas familias y apellidos, un hecho que la historia oficial silenció. UNA VIDA QUE DESMIENTE EL RELATO OFICIAL Pedro Rosas y Belgrano incomoda porque demuestra que la historia argentina no fue una lucha entre civilización y barbarie, sino un proceso trágico, contradictorio y humano. Belgrano fue un hombre de carne y hueso que asumió responsabilidades personales y públicas simultáneamente. Rosas no fue un monstruo aislado, sino un constructor de poder en un país deshecho. La frontera no se sostuvo con discursos, sino con acuerdos, presencia real y negociaciones con los pueblos indígenas. Por eso la historia oficial, expresión de la visión liberal, no supo qué hacer con él. Y por eso el revisionismo insiste en rescatarlo: no para convertirlo en héroe, sino para devolverle a la historia argentina su espesor humano y su verdad incómoda. zanni.damian FUENTES Adolfo Saldías, Historia de la Confederación Argentina José María Rosa, Rosas, nuestro contemporáneo

jueves, 1 de enero de 2026

El Convento San Carlos, Jesuita y Franciscano.- O1 - O1 - 2026 -

El Convento San Carlos, Su historia. El 1º de enero de 1780, en la actual provincia de Santa Fe, abrió sus puertas el Convento de San Carlos, instalado en el predio de la antigua Capilla de San Miguel, sobre la costa del río Carcarañá, cerca del actual pueblo de San Lorenzo. La historia comenzó en 1775, cuando el Cabildo de Buenos Aires, con aprobación del rey Carlos III de España, donó la capilla y sus tierras a la Orden Franciscana. Un año después, en 1776, el sacerdote fray Juan Matud tomó posesión del lugar, que había sido centro de una reducción indígena fundada por los jesuitas. El convento se convirtió en un espacio clave para la vida religiosa y social de la región, consolidando la presencia franciscana tras la expulsión de los jesuitas en 1767. Desde allí se impulsaron tareas de evangelización, educación y asistencia a las comunidades locales. Con el tiempo, el Convento de San Carlos se transformó en un referente patrimonial y espiritual, vinculado a la historia del Combate de San Lorenzo (1813), ya que sus claustros fueron testigos del paso de las tropas del Regimiento de Granaderos a Caballo comandados por José de San Martín. #SanCarlos1780 #HistoriaFranciscana #SantaFeColonial #MemoriaJesuita #PatrimonioReligioso #SanLorenzoHistórico #mendozantigua