martes, 30 de diciembre de 2025

Las leyenda negra anticatólica y antihispánica,- 30 -12-2025.

La leyenda negra anticatólica y antihispanista Artículo originado en Méjico.22 al28 de Abril 2OO1. Semanario Arquidiocesano.- La marcha zapatista a la capital del país sacó a la luz del día diversos aspectos del devenir histórico de los indígenas. Con el deseo de contribuir a la reflexión acerca de la verdad histórica y no a la polémica estéril, en estas páginas ofrecemos un amplio extracto del exigente ensayo de Alvaro de Maortua sobre la acción de la Iglesia y de España. España descubrió un continente nuevo y lo evangelizó para Cristo La leyenda negra es, a la vez, anti-católica y anti-española. Se generó y se desarrolló en Inglaterra y Francia: primera y principalmente en Inglaterra, en el curso de la lucha entre España y la Inglaterra de los Tudor. El antihispanismo llegó a ser parte integral del pensamiento inglés. Escritores y libelistas se esforzaron por inventar mil ejemplos de la vileza y perfidia española, y difundieron por Europa la idea de que España era la sede de la ignorancia y el fanatismo, incapaz de ocupar un puesto en el concierto de las naciones modernas. Tal idea se generalizó por la Europa secularizada y petulante del oscurantismo ilustrado y enciclopedista, señalando a la Iglesia como causa principal de semejante degradación cultural española. Esta idea se difundió después por todo el ámbito anglosajón y naturalmente entre los yanquis. El historiador norteamericano William S. Maltby, entre algunos otros, en su bien documentado libro titulado «La Leyenda Negra en Inglaterra» (1982), dice esto:Estanterías «Como muchos norteamericanos, yo había absorbido el anti-hispanismo en películas y literaturas populares, mucho antes de que este prejuicio fuese contrastado desde un punto de vista distinto en las obras de historiadores serios, lo cual fue para mí toda una sorpresa; y cuando llegué a conocer las obras de los hispanistas, mi curiosidad no tuvo límites. Los hispanistas han atribuido, desde hace mucho tiempo, este prejuicio y sentimiento mundial anti-español a las tergiversaciones de los hechos históricos, cometidas por los enemigos de España». Los cínicos agentes panfletistas de la leyenda negra -cínicos por cuanto acusan a España de vilezas y crímenes que sólo ellos cometieron- y sus respectivos pueblos que asimilaron borreguilmente el fanatismo antiespañol, en particular el mundo anglosajón, no sólo tergiversaron la Historia española y la grandeza de la empresa española en América, sino que a la vez silenciaron sus propios sistemas coloniales que, del siglo XVII al XIX, exterminaron casi por completo a los aborígenes de Norteamérica y sometieron a tantos pueblos africanos, asiáticos y oceánicos a una casi total esclavitud. Silencian la permanencia actual de las razas aborígenes en los países colonizados por España, así como el intenso mestizaje que desmiente toda mentalidad racista. Y también, naturalmente, silencian que las intervenciones pontificias en defensa de los indígenas obedecieron a peticiones de la Corona española que, ya con anterioridad, había dictado normas humanitarias como esa gloria jurídica de España que son las leyes de Indias y el Derecho de Gentes. Hay ahora una caterva de pseudo intelectuales dóciles a las viles corrientes ideológicas que hoy se venden, que quisieron generar una extraña sensación de mala conciencia, de recuerdo molesto, como de historia vergonzante. Intención más torcida aún, es la que pretende borrar cualquier huella de Dios en este muy noble y bellísimo acontecimiento realizado por los españoles… Todos los Papas han tenido menciones muy honoríficas para la singular acción evangelizadora y civilizadora de España en el mundo. Juan Pablo II, ha insistido muy reiteradamente en esta hermosa realidad; y en su visita a España en Santiago de Compostela, el 19 de agosto de 1989, ha destacado con gran amor y claridad la enorme proyección espiritual y cultural positiva del Concilio III de Toledo, y entre otras cosas dijo:Cestas de regalo «En más de una ocasión he tenido la oportunidad de reconocer la gesta misionera sin par de España en el Nuevo Mundo». Y en su despedida en Covadonga afirmó: «Agradecemos a la Divina Providencia, a través del corazón de la Madre de Covadonga, por este gran bien de la identidad española, de la fidelidad de este gran pueblo a su misión. Deseamos para vosotros, queridos hijos e hijas de esta gran Madre, para España entera, una perseverancia en esta misión que la Providencia os ha confiado». Cabe otra consideración, altamente significativa, sobre la leyenda negra. Sólo España tiene leyenda negra y no la tiene, en cambio, ninguna nación del ámbito protestante; ¿por qué? Sólo existe una posible respuesta. La importancia española en el mundo llegó a ser enorme durante los siglos XVI al XVIII. Su influencia cultural, política y militar fue universal y benéfica para el Orbe porque todas sus acciones estuvieron inspiradas y movidas por la doctrina y el espíritu católico. Pero después triunfó la herejía y el error en gran parte del mundo económicamente fuerte de Occidente, con su espíritu protestante y racionalista. Y fue naturalmente este mundo triunfante del error y del anti-humanismo el autor del prejuicio mundial, injusto e inicuo, que se llama leyenda negra, la cual es sólo y a la vez anticatólica y antiespañola. Sólo a España No existe en cambio leyenda negra enemiga de las potencias protestantes. Este hecho tiene una significación decisiva para cualquier mente honrada que pretenda valorar con justicia los hechos históricos de las naciones. No existiría leyenda negra si España no hubiera sido tan importante en el mundo, o si hubiera traicionado la Verdad como lo hicieron las demás potencias, en lugar de servirla heroicamente como España lo hizo. Fue justamente en el ambiente protestante donde se generó la llamada leyenda negra, que marcó durante un tiempo no pocos estudios historiográficos, concentró prevalentemente la atención sobre aspectos de violencia y explotación que se dieron en la sociedad civil durante la fase sucesiva al Descubrimiento. «Prejuicios políticos, ideológicos y aun religiosos, han querido también presentar sólo negativamente la historia de la Iglesia en este continente» (Juan Pablo II en Santo Domingo). La leyenda negra, con una valoración de los hechos no iluminada por la fe, ha dejado un ambiente de absurdo sentimiento de culpa en algunos españoles, que se manifiesta en un querer desvirtuar la grandiosa empresa en sus motivos esenciales de evangelización y civilización, en la pérdida de la perspectiva general de la obra, con la consiguiente trivialización de los méritos individuales y colectivos, y en la falta de valoración de la hondura y anchura de las conversiones. Querría esto decir que nos se ha captado lo que es Hispanoamérica. Por disposición de la Providencia Divina, los pueblos que fueron conquistados, al convertirse a la fe y recibir la cultura cristiana en lengua de Castilla, no se conservaron como tales pueblos primitivos, sino que dieron lugar a la nación hispanoamericana, que es heredera de ellos tanto como lo es de España. Para esta empresa ha tenido Juan Pablo II el más reciente aliento, en ese «¡Gracias,España!, porque la parcela más numerosa de la Iglesia de hoy, cuando se dirige a Dios, lo hace en español.» Y entre las mil cosas grandes, dio vida a las Universidades más antiguas del continente americano. Casi todos los Papas han hecho, en algún momento, un gran elogio de la epopeya y de la gloriosa misión realizada por España en América. Pío XII fue el más infatigable debelador de las calumnias que arrojara contra España el mito de la leyenda negra. De su pluma salieron 129 textos acerca del «espíritu universal y católico de la gran epopeya misionera (…). La epopeya gigante con que España rompió los viejos límites del mundo conocido, descubrió un continente nuevo y lo evangelizó para Cristo». Se ha dicho que la calumnia entra como ingrediente necesario en toda gloria verdadera. Y él mismo fue uno de los Pontífices más calumniados de la Historia. La inquisición española No menos sectarios y falsos son los juicios que la historiografía protestante, marxista y masónica ha hecho con frecuencia sobre la Inquisición española. La Inquisición medieval fue creada por Gregorio XI en 1231, con motivo de las grandes herejías que vinieron a turbar la paz religiosa de la Cristiandad. El Derecho entonces vigente contenía leyes severísimas contra los herejes… La Inquisición española salvó muchas vidas de judíos españoles de las matanzas de que éstos eran objeto en su tiempo. Fue el más humano de los tribunales de su época y evitó las luchas religiosas, no la existencia en España de otras religiones. Es de tener también presente que el más rico y asombroso despliegue doctrinal y literario que se conoce en la Historia -el Siglo de Oro español, o la Edad de Oro como la llama Menéndez Pelayo porque duró casi dos siglos- coincidió con la existencia de la Inquisición, la cual no supuso ningún freno para el genio creador español. En muchos aspectos esenciales, la Inquisición significó un auténtico progreso social. Es indudable que la Inquisición eclesiástica cometió abusos en todo el mundo y, sobre todo, que provocó un clima de suspicacias que hizo sufrir a muchos inocentes, incluso a santos canonizados luego por la Iglesia. Pero es imposible formular un juicio que pretenda ser mínimamente equitativo, si no se acierta a entender lo que significaba la defensa de la fe, en una sociedad donde la verdad religiosa se tenía por supremo valor. No olvidemos que en Ginebra -La Meca del protestantismo-, Juan Calvino no dudó en mandar a la hoguera al ilustre descubridor de la circulación de la sangre, el español Miguel Servet. Y es que la Verdad cristiana, salvadora del hombre, se tenía entonces por el máximo bien; y la herejía, que podía perder a los hombres y a los pueblos, como el peor de los crímenes. Esto le cuesta comprenderlo al hombre moderno, a quien no chocará, en cambio, que la protección de la salud sea actualmente preocupación primordial de la autoridad pública y justifique no pocas molestias y restricciones. Pues el hombre religioso europeo puso en la lucha contra la herejía el mismo apasionado interés que el hombre moderno pone en la lucha contra el cáncer, la contaminación, o en la defensa de la salud física o la democracia. esto, a la vez que asesina a millones de seres humanos inocentes no nacidos. Las investigaciones verdaderamente científicas, y cada vez más decantadas de españoles y extranjeros, se pronuncian hoy con veredicto unánime y favorable a la labor positiva y magnánima de España en el mundo, a la vez que se apagan, con las luces puras de la verdad, los últimos vestigios del mito de la leyenda negra antiespañola, que fue alimentada durante mucho tiempo por la mentira y el odio.

Belgrano y el Reglamento para las Misiones. -30 -12 -2025 -

El 3O de diciembre de 181O, Manuel Belgrano dictó el primer reglamento constitucional para las Misiones, proclamando derechos civiles, justicia igualitaria y distribución de tierras en plena campaña hacia Paraguay. https://mendozantigua.blogspot.com/.../el-3O-de-diciembre... En medio de su expedición hacia Paraguay, el general Manuel Belgrano redactó desde su campamento en Tacuarí, el 30 de diciembre de 181O, un documento pionero: el “Reglamento y Declaración de Derechos para los Habitantes de las Misiones”, considerado por muchos como la primera constitución provincial en el marco de la Revolución iniciada el 25 de mayo de 1810. Belgrano había recorrido los territorios de Entre Ríos y Corrientes, fundado pueblos y promovido normas que sentaron las bases de una legislación nacional embrionaria. Su visión de país incluía libertad, igualdad y justicia social, y por eso buscó incorporar las Misiones y Paraguay al proyecto revolucionario. El reglamento constó de 30 artículos que abordaron temas jurídicos, sociales y económicos: Reconoció la libertad individual y la igualdad ante la ley, incluyendo el acceso equitativo a cargos públicos. Organizó el sistema judicial, prohibiendo los castigos físicos y estableciendo que solo la justicia podía aplicar penas. Distribuyó tierras para vivienda y producción agrícola, priorizando a los habitantes originarios. Estableció cementerios fuera de las iglesias, rodeados de árboles, para evitar prácticas insalubres. Definió espacios para edificios públicos y recomendó su orientación según los vientos. Unificó el sistema de medidas con Buenos Aires para evitar confusiones comerciales. Destinó las multas por infracciones al financiamiento educativo, mostrando su compromiso con la formación ciudadana. Este reglamento no solo otorgó a los pobladores de las Misiones los mismos derechos que los del extinto Virreinato del Río de la Plata, sino que reflejó el profundo humanismo y sentido republicano de Belgrano, quien imaginó una nación inclusiva y justa desde los márgenes del poder. #Belgrano1810 #MisionesLibres #JusticiaYRevolución #TacuaríHistórico #DerechosEnCampaña #EducaciónYTerritorio #mendozantigua

Bartolomé Mitre en la historia política y militar argentina.-30-12-2025-

LA CASUALIDAD QUE MARCÓ LA TRAGEDIA ARGENTINA Por Revisionismo Historico Argentino. porZanni.Damián Bartolomé Mitre en la historia política, militar e historiográfica del siglo XIX Bartolomé Mitre nació en Buenos Aires el 26 de junio de 1821, hijo de una familia de origen oriental y de recursos modestos. Su nacimiento en territorio porteño fue circunstancial, producto del desplazamiento familiar, dato que ha sido señalado por diversos autores y utilizado simbólicamente por la historiografía revisionista para reflexionar sobre su posterior relación política con el país que gobernaría. La historiografía académica, en cambio, suele considerar este aspecto como un elemento biográfico secundario, sin carácter determinante. A los catorce años fue enviado a trabajar a una estancia vinculada al entorno de Juan Manuel de Rosas, administrada por Gervasio Rosas. La experiencia fue breve y fallida. La conocida frase atribuida al Restaurador, dirigida al padre del joven, ha sido conservada por la tradición histórica y citada reiteradamente por autores revisionistas: > “Dígale a Don Ambrosio que aquí le devuelvo a este caballerito, que no sirve ni servirá para nada, porque cuando encuentra una sombrilla se baja del caballo y se pone a leer”. Más allá de la discusión sobre su literalidad, el episodio revela el contraste entre la disciplina del mundo rural rosista y la temprana vocación intelectual de Mitre, quien desde joven se inclinó por la lectura, el periodismo y la reflexión política. Durante el período rosista, Mitre desarrolló una intensa actividad literaria y periodística desde Montevideo, defendiendo posiciones unitarias y liberales. No participó como combatiente en los enfrentamientos armados contra la Confederación. En 1845, durante la batalla de la Vuelta de Obligado, fue testigo del combate desde los buques de la escuadra anglo-francesa que forzaba la navegación del Paraná. Años más tarde, el propio Mitre escribiría: > “La resistencia de Obligado fue heroica, pero inútil frente al empuje de la civilización europea”. (Historia de Belgrano). Carlos Saavedra Lamas aludiría irónicamente a su presencia a bordo de las naves extranjeras llamándolo “el grumete”. La interpretación de este episodio ha sido objeto de debate: para la historiografía liberal se trató de una circunstancia personal, mientras que el revisionismo lo leyó como una toma de posición política temprana frente al conflicto por la soberanía nacional. El clima ideológico de aquella generación quedó expresado con crudeza por Domingo Faustino Sarmiento, quien, refiriéndose al apoyo de sectores ilustrados a la intervención francesa, escribió: > “Los que cometieron aquel delito de leso americanismo, los que se echaron en brazos de la Francia para salvar la civilización europea, sus instituciones, sus hábitos e ideas en las orillas del Plata, fueron los jóvenes, en una palabra, ¡fuimos nosotros!… Somos traidores a la causa americana… De eso se trata, de ser o no ser salvajes”. Tras la caída de Rosas en Caseros, Mitre reapareció en Buenos Aires con un discurso liberal, constitucionalista y centralista. Su figura pública combinaba una oratoria eficaz, una imagen austera y una estética asociada a los círculos intelectuales europeos. Justo José de Urquiza lo apodaría despectivamente “el Tísico”, en alusión a su aspecto físico. Para muchos contemporáneos, Mitre encarnaba al joven romántico porteño, admirado por su pluma y sus discursos, aunque aún sin una trayectoria militar victoriosa que respaldara su prestigio. Desde el punto de vista estrictamente militar, su desempeño fue objeto de críticas tempranas. En 1855, al mando de fuerzas porteñas superiores en número y armamento, fue derrotado en Sierra Chica por contingentes indígenas. La prensa opositora ironizó duramente sobre el episodio. El periódico La Reforma Pacífica escribió: > “El general Mitre parte con fuerzas completas y regresa sin caballos, sin artillería y sin gloria”. El oficial porteño D’Amico, citado posteriormente por la historiografía revisionista, dejó una apreciación lapidaria: > “A Mitre no se le ocurre nada en el campo de batalla”. Mitre era coronel de artillería y estudioso de las doctrinas militares europeas, particularmente de las estrategias consideradas científicas, inspiradas en los modelos napoleónicos. Sin embargo, varios testimonios contemporáneos señalaron la dificultad de aplicar esos esquemas en la guerra de llanura rioplatense, donde predominaban la movilidad, la caballería y el conocimiento del terreno. En 1859, como comandante del ejército de Buenos Aires, fue derrotado por las fuerzas de la Confederación en Cepeda. En su parte oficial afirmó: > “El ejército se replegó en orden, preservando su cohesión y su honor”. Urquiza, en cambio, informaba al Congreso de Paraná: > “La victoria ha sido completa; el enemigo ha abandonado el campo y su artillería”. El 17 de septiembre de 1861, en Pavón, se produjo uno de los episodios más controvertidos de la historia argentina. Militarmente, el enfrentamiento quedó inconcluso, pero la retirada de la caballería de Urquiza permitió a Mitre consolidar su triunfo político. El propio Urquiza explicaría años después, en una carta privada: > “No quise proseguir una victoria que habría costado sangre argentina para sostener un predominio político”. Desde la historiografía revisionista, esta decisión fue duramente cuestionada. José María Rosa sostuvo: > “Pavón no fue una derrota militar de la Confederación, sino una capitulación política de su jefe”. Jorge Abelardo Ramos coincidió en esa interpretación al afirmar: > “Urquiza abandonó el campo cuando tenía ganada la batalla, dejando el país en manos de Buenos Aires”. Mitre, que se había retirado anticipadamente del campo de batalla, fue alcanzado por un subalterno que le comunicó el resultado favorable. El episodio quedó registrado en la tradición oral militar con la frase: “No dispare general, que ha ganado”. Tras Pavón, Mitre desplegó una intensa actividad política y retórica destinada a neutralizar a sus antiguos adversarios. Sobre Urquiza, a quien buscó integrar simbólicamente al nuevo orden, llegó a decir: > “Urquiza es el Washington de la América del Sur”. En 1862 asumió la presidencia de la Nación. En su discurso inaugural afirmó: > “La República necesita capitales, y esos capitales no pueden provenir sino de las naciones industrializadas”. En otra intervención, frecuentemente citada, expresó sin ambigüedades: > “¿Quién impulsa este progreso? El capital inglés, señores”. Durante un discurso parlamentario en 1863 reforzó esa línea al sostener: > “La riqueza del país debe orientarse hacia los mercados que la reclaman”. Para la historiografía liberal, estas afirmaciones reflejan pragmatismo económico; para el revisionismo, evidencian una política de dependencia. Arturo Jauretche interpretó que: > “Con Mitre se organiza el país para que produzca barato y exporte sin valor agregado”. Durante su gobierno se consolidó la centralización del Estado, se reprimieron los últimos levantamientos federales y se profundizó el avance sobre territorios indígenas. Estos procesos han sido valorados de manera divergente según las corrientes historiográficas, como construcción del Estado nacional o como eliminación violenta de proyectos alternativos. En 1865, Mitre asumió el mando del ejército aliado en la Guerra de la Triple Alianza. En una proclama inicial aseguró: > “La guerra será breve y decisiva”. Sin embargo, el conflicto se prolongó y alcanzó niveles de violencia inéditos. Tras la derrota aliada en Curupaytí, informó: > “El valor de las tropas no ha podido compensar las dificultades del terreno y la solidez de las posiciones enemigas”. El historiador León Pomer analizó posteriormente: > “Curupaytí fue la demostración más clara de la improvisación y la subestimación del enemigo”. Finalmente, el Imperio del Brasil asumió el control efectivo de la guerra, y Mitre fue desplazado del mando activo. En el plano intelectual, Mitre ocupó un lugar central como fundador de la historiografía liberal argentina. Su obra fue decisiva para establecer un relato canónico del pasado nacional. Las críticas posteriores se centraron en las omisiones y selecciones que acompañaron ese relato. Norberto Galasso señaló: > “Mitre escribió la historia del vencedor, pero la escribió como si fuera la historia de la Nación”. En una línea similar, Jorge Abelardo Ramos sintetizó: > “Mitre venció en Pavón y luego venció en los manuales”. Desde una perspectiva, puede afirmarse que Bartolomé Mitre fue una figura compleja y decisiva del siglo XIX argentino: un dirigente con escasos logros militares directos, notable habilidad política, enorme influencia intelectual y un papel central tanto en la organización del Estado nacional como en la construcción del relato histórico dominante. Las interpretaciones sobre su legado continúan siendo objeto de debate, reflejando tensiones profundas sobre el modelo de país, la soberanía y el sentido de la historia argentina. Zanni.Damián Fuentes; José María Rosa– Historia Argentina, Tomos V y VI, Jorge Abelardo Ramos– Revolución y contrarrevolución en la Argentina, Arturo Jauretche– Los profetas del odio.– Manual de zonceras argentinas. Norberto Galasso– Mitre, el historiador falsificado. Fermín Chávez– Civilización y barbarie en la historia de la cultura argentina. Tulio Halperin Donghi– Proyecto y construcción de una nación.– Una nación para el desierto argentino. Vicente Fidel López– Historia de la República Argentina. Ricardo Levene

lunes, 29 de diciembre de 2025

Acción de Belgrano ante levantamiento en Santiago. -29-12-2025.

Decisión de Belgrano ante levantamiento en Santiago. 28 de diciembre de 1816: Belgrano comunica al Soberano Congreso la victoria de Gregorio Aráoz de La Madrid sobre las tropas insurrectas de Juan Francisco Borges, ordenando su fusilamiento. Borges preparó en Santiago una segunda revolución separatista para lograr la autonomía con respecto de Tucumán. La misma estalló el 10 de diciembre de 1816 y sublevó nuevamente al pueblo de Santiago del Estero con un número considerable de seguidores. Apresó y destituyó al teniente de gobernador Gabino Ibáñez, a quien envió preso a Loreto. Luego declaró la autonomía absoluta de su provincia y se autoproclamó gobernador en rechazo a medidas anti-autonomistas tomadas por el Congreso. Tras ello se dirigió al interior de la provincia para reclutar milicias. Bernabé Aráoz, le informó a Belgrano que Borges se había levantado en contra del Ejército, que estaba de acuerdo con el oriental Artigas, que no iba a obedecer al Congreso de Tucumán, que no pagarían las contribuciones y que fomentarían las montoneras. Belgrano creyó que Borges se levantaba contra él y su Ejército, y que su movimiento tenía relación con los realistas del Alto Perú. Por orden del Soberano Congreso, en que la influencia de los tucumanos fue decisiva, Belgrano envió tres regimientos a reprimir la revolución, buscar a Borges, perseguirlo y detenerlo. Eran 200 infantes, 50 dragones y dos piezas de artillería al mando del coronel Juan Bautista Bustos, el coronel José María Paz y el mayor Gregorio Aráoz de Lamadrid. Ante el avance de las tropas enviadas por Belgrano y estando en evidente inferioridad numérica, Borges se retiró hacia Loreto, donde pudo reunir unos 500 hombres. El 27 de diciembre de 1816, Lamadrid localizó a Borges y lo derrotó con 100 húsares que formaban la vanguardia de Bustos en el combate de Pitambalá a pesar que los santiagueños eran cinco veces más numerosos. Borges huyó solo hacia el río Salado, con el propósito de pasar a Salta, donde suponía que Güemes iba a prestarle ayuda. Fue perseguido y se refugió en Guaype, cerca de Matará, en casa de Leandro Taboada (padre de Manuel y Antonino, los futuros caudillos de Santiago del Estero), pero éstos lo entregaron a Lamadrid. El Congreso había decretado el 1 de agosto fuertes castigos y la pena de muerte a los cabecillas de cualquier rebelión armada en contra de su autoridad. Es por ello que en la sesión del 13 de diciembre se votó por aplicar dicha ley en Santiago del Estero, a pesar de que los diputados santiagueños, Pedro Francisco Uriarte y Pedro León Díaz Gallo trataron de explicar a los demás congresales las verdaderas razones de la sublevación santiagueña. A consecuencia de esto, Lamadrid recibió una orden contundente de Belgrano: Borges debía ser inmediatamente fusilado, luego de brindarle auxilios espirituales. Borges fue detenido en una pequeña chacra del Convento de Santo Domingo, a dos leguas de la ciudad de Santiago del Estero. A Paz le pareció innecesario tomar declaración a Borges, ya que se había ordenado su fusilamiento. Paz regresó a Santiago del Estero, donde el teniente de gobernador depuesto Ibáñez convenció a Bustos de que el prisionero tenía que ser interrogado para capturar a sus cómplices. Bustos ordenó a Paz que regresara a la chacra del convento de los dominicos para interrogar a Borges. Cuando Paz llegó a la chacra, fray Esteban Ibarzábal ya le había brindado a Borges los auxilios espirituales; además se le había entregado una pluma y papel para que redactara su última voluntad. El lugar de fusilamiento fue descrito por Paz: “bajo un frondoso algarrobo estaba atada una mala silla de cuero, que habría de servir de banquillo”. Juan Francisco Borges fue fusilado a las nueve de la mañana del 1 de enero de 1817, al pie de un añoso algarrobo en el cementerio de dicho convento. No tuvo juicio ni defensa alguna. El acta de defunción fue firmada por el sacerdote Manuel Frías. La misma indica que sus restos fueron trasladados desde la Capilla de Robles hasta la catedral de Santiago del Estero, donde fueron sepultados y se encuentran actualmente. El tiempo y los hechos demostraron que Belgrano se había equivocado, ya que el movimiento de Borges perseguía únicamente la autonomía provincial. Pero los tiempos eran duros, y Belgrano era inexorable en materia de disciplina, siendo Borges un militar sujeto a su dura ley. Se dijo que media hora después le llegó un indulto decretado por el propio Belgrano, ordenando no ejecutarlo.

domingo, 28 de diciembre de 2025

Guerra Malvinas. Contención religiosa Pbro. V. M. Torrens. -28-12-2025-

La contención religiosa durante el conflicto de Malvinas. Breve historia del padre Vicente Martinez Torrens mayo 2O, 2O25 El Padre Vicente Martínez Torrens fue el primer sacerdote del Ejército Argentino en llegar a las Islas Malvinas en el conflicto bélico de 1982. Vivió de cerca los horrores de la guerra y regresó al continente cinco días después de la rendición con el buque hospital Almirante Irizar. El Padre Vicente Martínez Torrens fue el primer sacerdote del Ejército Argentino en llegar a las Islas Malvinas en el conflicto bélico de 1982. Vivió de cerca los horrores de la guerra y regresó al continente cinco días después de la rendición con el buque hospital Almirante Irizar. Rescató la espiritualidad de la tropa, la moral que tuvieron; realizó un desesperado llamamiento a evitar más suicidios entre los ex combatientes, dándoles el lugar que se merecen en la historia argentina. Un poco de historia: Los salesianos en Malvinas Una de sus tareas específicas es la de incrementar el patrimonio que tiene la Congregación Salesiana sobre las Malvinas. Cabe destacar que los salesianos llegaron al archipiélago en el año l888. Anexo a la iglesia parroquial fundaron un colegio primario en Port Stanley. Desde entonces y hasta 1952, año en el que se creó la Prefectura Apostólica de Malvinas, dependiente de la Santa Sede, mantuvieron una presencia ininterrumpida en el archipiélago. Esa presencia permanente de la Iglesia debe considerarse como un hito de soberanía, porque el nombramiento de los sacerdotes en las islas era realizado desde las diócesis argentinas. Su arribo a las islas El primer Capellán desembarcado el día de la recuperación fue el Padre Ángel Mafezzini, de la Armada. Formaba parte de la tripulación del buque Cabo San Antonio, en el operativo “Rosario”. El Padre Martínez fue convocado por la comandancia de la Brigada Infantería IX con asiento en Comodoro Rivadavia el día 03 de abril. Entre el 2º Comandante de la Brigada, Coronel Alais y el Padre Benigno Roldán, hoy fallecido, entonces Jefe del Servicio Religioso de la Brigada, lo impusieron acerca de la misión que debería desempeñar como Capellán. Transportado de inmediato en un avión C130 Hércules, su arribo al aeródromo Malvinas le despertó sentimientos indescriptibles. “Al descender por la escalerilla del avión y poner el pie en la verde turba me hizo sentir todo un “Amstrong” cuando pisó la luna”, dijo el sacerdote. Su primer asentamiento fue en el ex cuartel de los Royal Marines, en Moody Brook. Presencia del sacerdote en la guerra En torno a la participación de un sacerdote en la guerra, dijo que “la Iglesia acompaña la vida del hombre, en todas sus circunstancias; si ese hombre entra en guerra también la Iglesia va a ir a la guerra, no para aplaudirla sino para sostener a ese hombre. Se deja en claro que la guerra defensiva es el último recurso de la tutela de los derechos legítimos de la nación. La presencia del Capellán ayudará a no permitir que el rencor y mucho menos el odio ganen terreno en los corazones. Las balas no ven ni saben leer. Yo no portaba armas –aclaraba el Padre Martínez Torrens-, tampoco portaba insignia alguna que lo identificara a la distancia como sacerdote. Por consiguiente corría los mismos riesgos que los soldados y padecía las mismas vicisitudes. Estaba al alcance de las balas, las esquirlas o de los campos minados. Hacia mediados de mayo recibió una consoladora carta del Vicario Castrense que entre otras cosas le decía: “Si S.S. Juan Pablo II pudo decir (24.1.1980) que los Capellanes Castrenses en tiempo de paz realizan una obra sacrificial y entusiasta, ¿qué os puedo decir, mis Hermanos Capellanes, que en el presente estáis en nuestras Malvinas o en la costa continental sureña? ¿Quién puede medir vuestro patriotismo, vuestro esmerado servicio, vuestros sacrificios bélicos, vuestro desgaste holocaustal? La dificultad añeja a toda vida auténticamente sacerdotal, y la surgente de la pastoral castrense, hoy se acrecienta por el flagelo de la guerra. Capellanes, os admiro; porque si como Sacerdotes os habéis hecho todo para todos, como castrenses os habéis hecho soldados con los soldados, y por ello, en el hoy de la Patria, estáis imitando el servicio de la Virgen María en su misterio de la Visitación; estáis encarnando de un modo vivencial al compasivo Samaritano; aceleradamente estáis completando la pasión de Jesús; y si lo dispusiera Dios, mañana acompañaríais al Señor en su muerte. Capellanes hermanos, os reitero mi admiración”. El Padre Vicente Martínez Torrens fue el primer sacerdote del Ejército Argentino en llegar a las Islas Malvinas en el conflicto bélico de 1982. Vivió de cerca los horrores de la guerra y regresó al continente cinco días después de la rendición con el buque hospital Almirante Irizar. Rescató la espiritualidad de la tropa, la moral que tuvieron; realizó un desesperado llamamiento a evitar más suicidios entre los ex combatientes, dándoles el lugar que se merecen en la historia argentina. Un poco de historia: Los salesianos en Malvinas Una de sus tareas específicas es la de incrementar el patrimonio que tiene la Congregación Salesiana sobre las Malvinas. Cabe destacar que los salesianos llegaron al archipiélago en el año l888. Anexo a la iglesia parroquial fundaron un colegio primario en Port Stanley. Desde entonces y hasta 1952, año en el que se creó la Prefectura Apostólica de Malvinas, dependiente de la Santa Sede, mantuvieron una presencia ininterrumpida en el archipiélago. Esa presencia permanente de la Iglesia debe considerarse como un hito de soberanía, porque el nombramiento de los sacerdotes en las islas era realizado desde las diócesis argentinas. Su arribo a las islas El primer Capellán desembarcado el día de la recuperación fue el Padre Ángel Mafezzini, de la Armada. Formaba parte de la tripulación del buque Cabo San Antonio, en el operativo “Rosario”. El Padre Martínez fue convocado por la comandancia de la Brigada Infantería IX con asiento en Comodoro Rivadavia el día 03 de abril. Entre el 2º Comandante de la Brigada, Coronel Alais y el Padre Benigno Roldán, hoy fallecido, entonces Jefe del Servicio Religioso de la Brigada, lo impusieron acerca de la misión que debería desempeñar como Capellán. Transportado de inmediato en un avión C130 Hércules, su arribo al aeródromo Malvinas le despertó sentimientos indescriptibles. “Al descender por la escalerilla del avión y poner el pie en la verde turba me hizo sentir todo un “Amstrong” cuando pisó la luna”, dijo el sacerdote. Su primer asentamiento fue en el ex cuartel de los Royal Marines, en Moody Brook. Presencia del sacerdote en la guerra En torno a la participación de un sacerdote en la guerra, dijo que “la Iglesia acompaña la vida del hombre, en todas sus circunstancias; si ese hombre entra en guerra también la Iglesia va a ir a la guerra, no para aplaudirla sino para sostener a ese hombre. Se deja en claro que la guerra defensiva es el último recurso de la tutela de los derechos legítimos de la nación. La presencia del Capellán ayudará a no permitir que el rencor y mucho menos el odio ganen terreno en los corazones. Las balas no ven ni saben leer. Yo no portaba armas –aclaraba el Padre Martínez Torrens-, tampoco portaba insignia alguna que lo identificara a la distancia como sacerdote. Por consiguiente corría los mismos riesgos que los soldados y padecía las mismas vicisitudes. Estaba al alcance de las balas, las esquirlas o de los campos minados. Hacia mediados de mayo recibió una consoladora carta del Vicario Castrense que entre otras cosas le decía: “Si S.S. Juan Pablo II pudo decir (24.1.1980) que los Capellanes Castrenses en tiempo de paz realizan una obra sacrificial y entusiasta, ¿qué os puedo decir, mis Hermanos Capellanes, que en el presente estáis en nuestras Malvinas o en la costa continental sureña? ¿Quién puede medir vuestro patriotismo, vuestro esmerado servicio, vuestros sacrificios bélicos, vuestro desgaste holocaustal? La dificultad añeja a toda vida auténticamente sacerdotal, y la surgente de la pastoral castrense, hoy se acrecienta por el flagelo de la guerra. Capellanes, os admiro; porque si como Sacerdotes os habéis hecho todo para todos, como castrenses os habéis hecho soldados con los soldados, y por ello, en el hoy de la Patria, estáis imitando el servicio de la Virgen María en su misterio de la Visitación; estáis encarnando de un modo vivencial al compasivo Samaritano; aceleradamente estáis completando la pasión de Jesús; y si lo dispusiera Dios, mañana acompañaríais al Señor en su muerte. Capellanes hermanos, os reitero mi admiración”. Las lágrimas de la guerra Al consultarlo sobre los momentos de emoción, tanto de él como de los soldados, el sacerdote dijo que “gracias a Dios, lágrimas de emoción hubo muchas, lágrimas de tristeza… también. Recordó al primer muerto, a dos horas de haber llegado a Malvinas. Era un soldadito casi imberbe, chico de cuerpo, con una herida de bala en el pecho. Fue operado. Salió bien del quirófano, pero tuvo un infarto y no resistió. Lo recuerdo así, en la camilla, sin su ropa. Le administré el sacramento de la unción y adecenté lo mejor que pude para enviarlo al continente. Provisto de su uniforme debía ser enviado a la familia. En ese momento me conmoví hasta las lágrimas. Contemplar su palidez mortuoria, imberbe, imaginármelo cuatro meses antes tirando tizas en el aula me quebró. Después, con el correr de los días de la guerra, uno se va insensibilizando, se va endureciendo,” acotó el P. Vicente. Una conclusión El Padre Vicente Martínez, por último, comentó que “perdimos una batalla, no la guerra”. Hemos adquirido un reconocimiento mundial por nuestro valor. Hay muchos libros escritos sobre la destreza de la Fuerza Aérea, la habilidad del personal que piloteó los Súper Etendard y realizó la adaptación de los Exocet para tierra – mar, la valentía de una tropa que oscilaba entre los 18 y 20 años. No se han escrito, pero existieron, inventivas como los falsos radares de Bahía Fox o los lanzamisiles construidos con los restos de las coheteras de los Pucará. El gobierno de la Sra. Margaret Tatcher puso como secreto de estado todo lo concerniente a la actuación en Malvinas hasta el año 2072. Noventa años de ocultamiento de la verdad. Mientras que acá, en la Argentina, hicimos culto a la desmalvinización. Veo con agrado como el estrés postraumático de la guerra y los veteranos hablan; son la historia viva, la verdadera historia”. Recordó finalmente, con tono de preocupación, que la desatención al veterano, los calificativos peyorativos difundidos, la marginación de una gran parte de la sociedad ha llevado a casi 400 el número de los suicidios de excombatientes. El triunfo tiene muchos padrinos (rememoremos la Plaza de Mayo el 02 de abril de 1982), pero la derrota ninguno (remitámonos al recibimiento posterior al 14 de junio). No tenemos que agregar un suicidio más. No debemos tener conductas que induzcan a un solo suicidio más. GLORIA A LOS HÉROES MUERTOS Y HONOR A LOS HÉROES QUE VOLVIERON CON VIDA

Dios en las Trincheras.Testimonio del Tte. Coronel H.G.Pugliese.- 28- 12-2025

Muchas gracias Miguel Yefilaf por tu apoyo a nuestro Capellan del 25 en el Aeropuerto de Malvinas, durante la última Gesta de la Patria. Fue en la guerra de Malvinas en el año 1982 una noche de lluvia despues se soportar un terrible cañoneo naval Inglés donde nos tiraron con todo,por la mañana me encontró el padre Vicente MARTINEZ TORRENZ me encontró en mi posición de combate todo mojado pasado de frío, sueño y hambre,hablamos un largo rato y me enseñó esta oración para fortalecer el espíritu....DIOS MIO HOY MEJOR QUE AYER MAÑANA MEJOR QUE HOY,esta oración la repito cada día al despertar,Dios nuestro señor le de la sanación al padre Vicente Martinez Torrens ,AMEN!!

Dios en las Trrincheras. Malvinas. Documental.-28-12-2025-

“Dios en las trincheras”: Presentan documental que rescata la fe de los soldados en Malvinas P. Martínez Torrens con el equipo realizador del documental Por Julieta Villar 24 de septiembre de 2O24 “Dios en las trincheras. Diario de un capellán” es el título del documental basado en el libro del P. Vicente Martínez Torrens, en el que narra su participación en la Guerra de Malvinas, donde acompañó al ejército argentino, y cuyo primer capítulo se presentará este jueves en Buenos Aires (Argentina). Realizado por Faro Films, en asociación con Cumbre Contenidos y Grupo Himan, la presentación del primero de tres capítulos que componen la producción documental, será este jueves 26 de septiembre a las 18:30 horas (hora local) en el auditorio del Colegio San Pablo (Pacheco de Melo y Larrea), del barrio porteño de Recoleta, con entrada libre. Recibe las principales noticias de ACI Prensa por WhatsApp y Telegram Cada vez es más difícil ver noticias católicas en las redes sociales. Suscríbete a nuestros canales gratuitos. Esta producción audiovisual busca rescatar el testimonio del último sacerdote que participó en la Guerra de Malvinas y que aún se encuentra en actividad. El foco del filme es exponer la importancia de la fe y la espiritualidad de los soldados, en el marco de circunstancias tan extremas como las que presenta la guerra, y dejar un registro de ello para las próximas generaciones, a modo de archivo histórico. Para su financiamiento se contó con donaciones y con el aporte de Grupo Himan, una empresa comprometida con la memoria de los héroes de Malvinas. Su antecedente, solventado de la misma manera, es la película “1982, la gesta”, que se estrenó en 2022 en cines y hoy se puede ver en YouTube. Las más leídas 1 En entrevista con el obispo Barron, la jueza Barrett habla abiertamente sobre su fe 2 El Papa León XIV pide proteger la “llama del amor” en las familias frente al bienestar “vacío y superficial” 3 ¿Cómo funciona la "dispensa de misa" y cuándo se utiliza? 4 Cierra la primera Puerta Santa del Jubileo 2025: “No se cierra la gracia de Dios, sino un tiempo especial de la Iglesia” 5 Así celebraba la Navidad el Papa León XIV en Perú: el recuerdo de un amigo sacerdote de Chiclayo “Dios en las trincheras” consta de tres episodios de 45 minutos cada uno. El primero se estrenará en YouTube el 4 de octubre a las 20:00 (hora de Argentina), y los demás en fechas que serán anunciadas próximamente. La dirección estuvo a cargo de Nicolás Canale; y la producción, de Matías Payer; con la producción asociada de Santiago Bär y Francisco José Vásquez. En diálogo con ACI Prensa, Nicolás Canale consideró que en esta producción —y también en las anteriores realizadas por Faro Films— se pudo notar la presencia de la Virgen en dos advocaciones muy vinculadas a la Guerra de Malvinas: Nuestra Señora de Luján y Nuestra Señora de Fátima. “Son las dos advocaciones marianas de las que más he escuchado hablar y que más presentes estuvieron en Malvinas”, señales. En ese sentido, mencionó algunas fechas importantes que fueron para él un signo de la presencia de la Madre: el 13 de mayo de 2022, día en que la Iglesia Católica celebra a la Virgen de Fátima, estuvo terminada la primera versión de “1982, la gesta”. Un año más tarde, también el 13 de mayo, fue presentado el libro homónimo en la Feria del Libro de Buenos Aires. Para la realización de este documental, el equipo viajó a General Roca, en la provincia de Río Negro, donde se grabó la entrevista con el P. Martínez Torrens. Y debido a la disponibilidad de los realizadores y del sacerdote, estuvieron allí del 9 al 12 de mayo, es decir que esta producción se llevó a cabo entre el 8 de mayo, día de la Virgen de Luján, y el 13 de mayo, día de la Virgen de Fátima. “Nos dimos cuenta estando ahí —recordó el director—, lo filmamos entre las dos advocaciones”. Por otra parte, consideró significativo que, al igual que la película anterior, el documental “Dios en las trincheras” se estrenará en YouTube en octubre, cuando en Argentina se celebra el Mes del Rosario. Quienes deseen ver el primer capítulo del documental podrán hacerlo desde el 4 de octubre en el canal de YouTube de FaroFilms. Más información en https://farofilms.org/. Etiquetas: noticias católicas, Iglesia Católica en Argentina, Guerra de Malvinas Julieta Villar Soy periodista, licenciada en comunicación por la Universidad Nacional de La Matanza en Argentina. Tengo experiencia laboral en organizaciones no gubernamentales. Desde 2O16 me dedico al periodismo católico, primero en la Agencia Informativa Católica Argentina (AICA) y, desde 2O22, como corresponsal de ACI Prensa para Argentina, Chile, Uruguay y Bolivia.

Dios en las trincheras. Rvdo. Vicente Martínez Torrens. 28-12-2025-

Muchas gracias Miguel Yefilaf por tu apoyo a nuestro Capellan del 25 en el Aeropuerto de Malvinas, durante la última Gesta de la Patria. Fue en la guerra de Malvinas en el año 1982 una noche de lluvia despues se soportar un terrible cañoneo naval Inglés donde nos tiraron con todo,por la mañana me encontró el padre Vicente MARTINEZ TORRENZ me encontró en mi posición de combate todo mojado pasado de frío, sueño y hambre,hablamos un largo rato y me enseñó esta oración para fortalecer el espíritu....DIOS MIO HOY MEJOR QUE AYER MAÑANA MEJOR QUE HOY,esta oración la repito cada día al despertar,Dios nuestro señor le de la sanación al padre Vicente Martinez Torrens ,AMEN! Envío del Tte. Coronel Héctor Gustavo Pugliese.

Cayetano Silva y la marcha de San Lorenzo. - 28- 12 - 2025 -

COMPUSO UNA MARCHA ETERNA Y PERO MURIÓ EN UNA TUMBA SIN NOMBRE 🇦🇷🇺🇾 Cayetano Alberto Silva nació en Uruguay, fue afrodescendiente, vivió en #Rosario y compuso la inmortal Marcha de San Lorenzo, una de las piezas más emblemáticas de la historia argentina. ⚖️ A pesar de haber trabajado para la Policía de Santa Fe, al morir en 1920 no le permitieron ser enterrado en el panteón policial del cementerio El Salvador por ser negro. Murió pobre y fue sepultado en una tumba sin nombre. Una historia que interpela y obliga a recordar. → lacapital.com.ar/c10236544

La educación en tiempo de Estanislao López. - 28 -12 - 2025 -

EDUCACIÓN Y PROYECTO DE PROVINCIA Hablar de la educación en Santa Fe durante el gobierno del Brigadier General Estanislao López implica, necesariamente, alejarse de los prejuicios que durante décadas presentaron a las primeras autonomías provinciales como espacios dominados por la improvisación, la barbarie o el atraso cultural. Muy por el contrario, la política educativa impulsada por López revela a un gobernante con plena conciencia del valor estratégico de la enseñanza como herramienta de orden social, formación ciudadana y proyección institucional. Para el Patriarca de la Federación, la educación no era un adorno ilustrado ni una concesión circunstancial, sino un problema de Estado. La instrucción pública debía ser difundida como un bien social, accesible, organizada y sostenida por el gobierno, aun en medio de las enormes dificultades económicas, políticas y militares que atravesó la provincia durante las primeras décadas del siglo XIX. ORÍGENES HUMILDES Y CONCIENCIA EDUCATIVA La preocupación de Estanislao López por la educación no puede separarse de su propia biografía. Hijo natural de un capitán que lo reconoció tardíamente y de una mujer humilde que le dio apellido y crianza, López debió abandonar los estudios formales a los catorce años para incorporarse a la vida militar en la frontera norte santafesina. Su temprana participación en las campañas revolucionarias, incluida la expedición al Paraguay junto a Manuel Belgrano, y la rudeza de la vida de campaña, lo pusieron en contacto tanto con la ignorancia como con los hombres ilustrados de su tiempo. De esa experiencia surgió una convicción profunda: sin una educación básica, la juventud quedaba condenada a la marginalidad política y social. Esa certeza explica el celo con el que, ya en el ejercicio del poder, promovió la instrucción pública como base indispensable para el progreso de la provincia. LA HERENCIA ESCOLAR Y EL DESAFÍO DE ORGANIZAR Cuando López asumió el gobierno, Santa Fe contaba con un sistema educativo precario y fragmentado. Existían apenas algunas escuelas sostenidas por órdenes religiosas —franciscanos, dominicos y mercedarios— junto a establecimientos de funcionamiento irregular en San Lorenzo y Rosario, dependientes en gran medida del esfuerzo de familias particulares. No había continuidad, recursos suficientes ni una política orgánica que garantizara su permanencia. Lejos de limitarse a administrar esa herencia, el gobernador emprendió un proceso de consolidación y expansión. Durante su gobierno, no solo se mantuvieron las escuelas existentes, sino que se fundaron nuevos establecimientos en la capital y en el interior, elevando de manera significativa el número de instituciones educativas en relación con la población total. Para 1830, Santa Fe presentaba una proporción de una escuela cada seiscientos habitantes, cifra notable para la época. GRATUIDAD, BECAS Y RESPONSABILIDAD DEL ESTADO Uno de los rasgos más avanzados de la política educativa de Estanislao López fue su defensa de la gratuidad de la enseñanza para los sectores más humildes. Consideraba que el acceso a la instrucción no debía depender de la fortuna familiar y que el Estado tenía la obligación de garantizar útiles, libros y materiales a los niños pobres, desde las primeras letras hasta los niveles superiores. Asimismo, impulsó un sistema de becas que permitió a jóvenes santafesinos continuar estudios en el Colegio de Ciencias Morales de Buenos Aires, antecedente fundamental de la educación media y superior en el país. Un documento de 1822, dirigido a su ministro Seguí, revela su satisfacción por haber logrado que Buenos Aires sostuviera estudiantes de Santa Fe y de provincias amigas, gesto que demuestra una temprana visión federal de la educación. LOS NIVELES DE ENSEÑANZA Y EL PRIMER REGLAMENTO EDUCATIVO Durante su gobierno, la educación fue organizada en distintos niveles, comprendiendo escuelas de primeras letras para niños y niñas, instituciones de enseñanza media destinadas a la formación intelectual de los varones y escuelas especiales orientadas a los oficios. Esta estructura permitió dar respuesta tanto a la alfabetización básica como a la formación cultural y técnica de la juventud. Le cupo además a Estanislao López el mérito de inspirar el primer reglamento educativo de la provincia, conocido como Artículos de Observancia. En ese documento se establecieron normas precisas sobre la administración escolar, la función inspectora, el pago de salarios docentes con fondos públicos y la obligatoriedad de la asistencia, incorporando a la educación al ámbito de la política pública y no meramente al de la caridad o la iniciativa privada. EL INSTITUTO SAN JERÓNIMO Y EL GIMNASIO SANTAFESINO Los mayores logros de su gestión educativa se manifestaron en la creación del Instituto Literario de San Jerónimo y del Gimnasio Santafesino. El primero, fundado en 1832 bajo la dirección del doctor José Amenábar, incorporó cátedras de latinidad y filosofía, disciplinas consideradas esenciales para la formación intelectual y moral de la juventud. El segundo, surgido sobre la base de un colegio privado, ofreció una enseñanza que combinaba instrucción primaria con materias medias como geografía, historia americana, aritmética y urbanidad. Ambas instituciones suplieron en el ámbito provincial la desaparición del sistema de pensionados en Buenos Aires y sentaron las bases de la enseñanza media en Santa Fe, formando a hombres que luego desempeñarían roles destacados en la vida pública y social de la provincia. DISCIPLINA, MORAL Y FORMACIÓN CIUDADANA La educación promovida por López no se limitó a la transmisión de conocimientos. Los reglamentos escolares reflejan una preocupación constante por la formación moral, la urbanidad y el comportamiento social de los alumnos. La escuela debía educar antes de instruir, inculcando hábitos de respeto, aseo, disciplina y consideración hacia las autoridades y los mayores. Estas normas, propias del espíritu de la época, respondían a la necesidad de ordenar una sociedad atravesada por décadas de conflictos y desorganización institucional. En ese sentido, la educación fue concebida como una herramienta de pacificación y cohesión social. EDUCACIÓN TÉCNICA Y EXPERIENCIAS PIONERAS Mención especial merece la experiencia impulsada por el padre Francisco de Paula Castañeda en el Rincón de Antón Martín, donde se enseñaban no solo letras y humanidades, sino también oficios como carpintería, herrería, relojería y pintura. Aquella escuela, apoyada por el gobierno santafesino, puede ser considerada la primera experiencia de educación técnica en el país, anticipando una concepción integral de la enseñanza vinculada al trabajo y la producción. LA EDUCACIÓN DE LAS MUJERES Y EL LEGADO FINAL En un gesto que sintetiza su pensamiento y su sensibilidad social, uno de los últimos actos de gobierno de Estanislao López fue la inauguración, en 1838, de una escuela para señoritas, dirigida por Amelia Mablioni de Rebecq. En un tiempo en que la educación femenina era excepcional, esta iniciativa buscó ampliar las oportunidades formativas y sentar un principio de equidad entre varones y mujeres. Ya enfermo y cercano a la muerte, el gobernador parecía comprender que el verdadero legado para las generaciones futuras no residía en la espada ni en las victorias militares, sino en la educación como patrimonio común. MÁS ALLÁ DE LA SUPUESTA ANARQUÍA La experiencia educativa santafesina bajo Estanislao López obliga a revisar críticamente la noción de que el período posterior a la disolución del poder central fue una etapa de absoluto retroceso cultural. Lejos de ello, la instrucción pública formó parte de la organización institucional de las provincias, adaptándose a sus realidades económicas y sociales, pero incorporando principios que luego serían retomados en la organización nacional. La educación como función del Estado, la gratuidad para los sectores pobres, la autonomía económica de la enseñanza y la responsabilidad gubernamental en su sostenimiento fueron conceptos que maduraron en estos años y hicieron posible la posterior reorganización del país. ESTANISLAO LÓPEZ, PROPULSOR DE LA INSTRUCCIÓN PÚBLICA Sin necesidad de exageraciones ni mitificaciones, puede afirmarse que la provincia de Santa Fe tuvo en Estanislao López a un verdadero impulsor de la educación pública. Sus iniciativas no fueron declamatorias, sino concretas, sostenidas y coherentes con un proyecto político que entendía a la instrucción como base de la prosperidad, el orden y la libertad. Ese legado, muchas veces silenciado o minimizado, forma parte esencial de la historia educativa argentina y confirma que, aun en tiempos difíciles, hubo gobernantes capaces de trocar la espada por la pluma y pensar el porvenir desde las aulas. SI TE GUSTO EL TEXTO PODES COLABORAR CON EL AUTOR👇 MERCADO PAGO 👇 zanni.damian Gracias! FUENTES: Adriana Puiggrós – Qué pasó en la educación argentina Manuel M. Cervera – Historia de la ciudad y provincia de Santa Fe José Luis Busaniche – Estanislao López y el federalismo del Litoral Archivo General de la Provincia de Santa Fe – Correspondencia y disposiciones gubernativas (1820–1838) Archivo General de la Nación – Fondo Gobierno de Santa Fe Francisco de Paula Castañeda – Escritos pedagógicos y correspondencia Juan Álvarez – Las guerras civiles argentinas Ricardo Levene – Historia de la Nación Argentina

sábado, 27 de diciembre de 2025

Asesinato de Facundo Quiroga,1837, en Barranca Yaco. - 27 -12- 2025-

EL CRIMEN DE BARRANCA YACO Y SU SIGNIFICADO POLÍTICO “Barranca Yaco no se explica sin el caos previo, ni la horca de 1837 sin la necesidad del orden. Ambos hechos, trágicos y extremos, forman parte del doloroso nacimiento de la Nación Argentina.” La ejecución de José Vicente y Guillermo Reynafé, junto al capitán Santos Pérez, en 1837, constituye uno de los episodios más trascendentes y simbólicos de la historia política argentina del siglo XIX. No se trató de un hecho aislado ni de un simple acto judicial, sino del desenlace de una profunda crisis del federalismo temprano, desencadenada por el asesinato del general Juan Facundo Quiroga en Barranca Yaco, el 16 de febrero de 1835. La muerte del “Tigre de los Llanos” sacudió a toda la Confederación. Quiroga no era únicamente un caudillo provincial: era una figura nacional, jefe militar victorioso, mediador entre provincias y uno de los principales referentes del federalismo popular del interior. Su asesinato, cometido cuando regresaba de una misión de pacificación encomendada por el gobierno de Buenos Aires, fue percibido como un atentado directo contra el orden confederado y contra los pactos que sostenían la frágil unidad interprovincial. Desde el primer momento, el crimen adquirió un carácter político indiscutible. La emboscada cuidadosamente organizada, la precisión del ataque, la eliminación sistemática de testigos y la elección estratégica del lugar demostraron que no se trató de un acto de bandolerismo rural, sino de una acción premeditada con mando, planificación y cobertura territorial. LOS HERMANOS REYNAFÉ Y EL PODER PROVINCIAL EN CÓRDOBA Durante la década de 1830, la provincia de Córdoba se encontraba bajo el control político y militar de la familia Reynafé. José Vicente Reynafé había accedido a la gobernación con el respaldo del caudillo santafesino Estanislao López, mientras sus hermanos Guillermo, Francisco y José Antonio ocupaban posiciones clave en el aparato militar y territorial de la provincia. Este predominio familiar generó tensiones tanto dentro como fuera de Córdoba. Juan Facundo Quiroga, conocedor del delicado equilibrio entre las provincias, observaba con preocupación la consolidación de un poder cerrado, carente de legitimidad popular amplia y sostenido por alianzas circunstanciales. Desde 1831, Quiroga había manifestado su desacuerdo con la situación cordobesa y advertido sobre los riesgos que implicaba para el orden confederado. A las diferencias políticas se sumaban antiguas rivalidades personales y el temor de los Reynafé ante la influencia política y militar que Quiroga aún ejercía en el interior. Cuando se conoció que el general riojano atravesaría Córdoba en su regreso a Buenos Aires, los Reynafé interpretaron su paso como una amenaza directa a su continuidad en el poder. EL ASESINATO DE QUIROGA EN BARRANCA YACO El 16 de febrero de 1835, en el paraje de Barranca Yaco, la comitiva de Quiroga fue interceptada por una partida armada al mando del capitán Santos Pérez. El ataque fue rápido, brutal y sin sobrevivientes. Quiroga, sus acompañantes y los postillones fueron asesinados, y el lugar fue abandonado sin dejar testigos. La ejecución material del crimen estuvo a cargo de Santos Pérez, pero desde un comienzo resultó evidente que la magnitud y organización de la emboscada solo podían explicarse por órdenes superiores. La jurisdicción donde ocurrió el hecho, la presencia de fuerzas locales y los movimientos previos de tropas comprometieron directamente a sectores del poder cordobés. INVESTIGACIÓN, JUSTICIA Y ORDEN CONFEDERADO Ante la gravedad del crimen, el gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, asumió la responsabilidad institucional de impulsar una investigación exhaustiva. En ausencia de una autoridad nacional plenamente constituida, Rosas actuó como garante del orden confederado, considerando que el asesinato de un caudillo federal de proyección nacional afectaba a todas las provincias. La causa fue trasladada a Buenos Aires para asegurar imparcialidad y eficacia. El proceso judicial fue largo y minucioso: se reunieron testimonios, se analizaron órdenes militares, correspondencia y movimientos de tropas. Las pruebas demostraron que la partida asesina se organizó en Córdoba y que Santos Pérez actuó bajo instrucciones superiores. La investigación comprometió directamente a los hermanos Reynafé. Guillermo quedó implicado por la jurisdicción y fuerzas bajo su mando; José Vicente por las órdenes impartidas y por su conducta posterior; Francisco fue señalado como instigador, aunque logró huir y murió prófugo; José Antonio falleció en prisión antes de recibir sentencia definitiva. LA CONDENA Y SU SENTIDO FEDERAL En 1837, el tribunal dictó sentencia definitiva. José Vicente Reynafé, Guillermo Reynafé y el capitán Santos Pérez fueron condenados a muerte por el asesinato del general Juan Facundo Quiroga. La condena tuvo un sentido jurídico claro y un significado político profundo. Desde una mirada revisionista y federal, no se trató de una venganza ni de un ajuste faccioso, sino de un acto destinado a preservar la unidad de la Confederación, poner fin a la violencia entre caudillos y establecer que el federalismo no era sinónimo de impunidad. La decisión de realizar la ejecución en la Plaza de la Victoria respondió a las prácticas de la época y buscó reafirmar el principio de autoridad en un contexto de extrema fragilidad institucional. LA EJECUCIÓN DEL 25 DE OCTUBRE DE 1837 El día del patíbulo La mañana del 25 de octubre de 1837 no fue una más en Buenos Aires. Desde las primeras horas, la ciudad se movía con una inquietud contenida. No se trataba de una ejecución ordinaria: ese día el poder político porteño buscaba cerrar, de manera definitiva y visible, el drama abierto por el asesinato de Juan Facundo Quiroga en Barranca Yaco. La justicia iba a cumplirse, pero también el escarmiento. En las inmediaciones de la Plaza de la Victoria, lugar habitual de las ejecuciones públicas, se levantó el patíbulo. No hubo despliegue militar ni ceremonia marcial. Todo estaba dispuesto para un acto civil, cuidadosamente reglado, cuyo simbolismo era tan importante como la sentencia misma. La horca —más precisamente el garrote— aguardaba desde la madrugada. Hasta allí fueron conducidos José Vicente y Guillermo Reynafé, antiguos hombres fuertes de Córdoba. Gobernadores de hecho, caudillos del Interior, habían sido trasladados a Buenos Aires para ser juzgados lejos de su tierra y de sus apoyos. El proceso había sido largo, pero su desenlace estaba decidido desde mucho antes: la muerte de Quiroga exigía responsables claros, visibles y definitivos. Los testimonios coinciden en que los Reynafé llegaron al patíbulo con una actitud sobria, contenida. No hubo gritos ni súplicas públicas. Sabían que aquella mañana no era el resultado de un simple expediente judicial, sino el final político de su poder. La Córdoba federal que habían representado ya no tenía voz frente al orden que se consolidaba desde el puerto. Leída la sentencia en voz alta, se cumplió el rito religioso final. Luego fueron conducidos al cadalso. El método elegido no fue casual. No hubo fusilamiento, reservado a los soldados, sino garrote, la muerte propia del delincuente común. Con ese gesto, el Estado buscó negarles toda condición política y reducirlos simbólicamente a simples criminales. Era una forma de matar no solo a los hombres, sino también a lo que representaban. El mecanismo se cerró con rapidez. El silencio del momento fue denso. El público, reunido para ver y aprender, comprendía que no asistía únicamente a una ejecución, sino a un mensaje dirigido a todo el país. Los cuerpos quedaron expuestos durante un tiempo, según la costumbre, para que nadie dudara del desenlace. Ese mismo día fue ejecutado también el capitán Santos Pérez, autor material del asesinato de Quiroga. Con su muerte se cerraba el círculo judicial, pero no el político. La causa quedaba clausurada; el vacío dejado por el Tigre de los Llanos, sellado con sangre. Desde una mirada revisionista y federal, aquel patíbulo no fue solo justicia. Fue una escenificación del poder. La desaparición de Quiroga había dejado al Interior sin su principal articulador. La ejecución de los Reynafé sirvió para disciplinar a los caudillos provinciales y advertir que ningún liderazgo federal autónomo podía sobrevivir sin el aval de Buenos Aires. Así terminaron los Reynafé: no en el campo de batalla ni al frente de una montonera, sino en la horca, lejos de su provincia. Y con ellos se clausuró una etapa del federalismo del Interior, reemplazada por un orden que, bajo la apariencia de justicia, consolidó una nueva relación de fuerzas en la Argentina del siglo XIX. “Rosas no mandó matar a Quiroga; mandó juzgar a sus asesinos. Y en ese acto afirmó que el federalismo no podía sobrevivir sin orden.” — José María Rosa, Defensa y pérdida de nuestra independencia económica. “La ejecución de los Reynafé fue un acto de justicia política en una época en la que la justicia debía sostenerse con energía o desaparecer.” — Manuel Gálvez, Vida de Juan Manuel de Rosas. “Rosas actuó como poder confederado en ausencia de un Estado nacional; su autoridad no fue capricho, sino necesidad histórica.” — Julio Irazusta, Rosas y la suma del poder público. CONSECUENCIAS Y MEMORIA HISTÓRICA La ejecución de los Reynafé y de Santos Pérez marcó el cierre de una de las etapas más críticas del federalismo argentino temprano. Lejos de debilitar la causa federal, el castigo a los responsables de Barranca Yaco la fortaleció, al demostrar que el proyecto federal exigía responsabilidad, disciplina y respeto por los pactos interprovinciales. La caída de los Reynafé puso fin a un poder provincial sustentado en el predominio familiar y permitió restablecer el equilibrio político en Córdoba. Al mismo tiempo, consolidó un liderazgo confederado capaz de imponer orden sin renunciar al principio de soberanía provincial. Juan Facundo Quiroga, asesinado en plena misión de pacificación, se convirtió en mártir del federalismo del interior. Su figura trascendió la muerte y continuó influyendo en la vida política argentina como símbolo de una organización nacional basada en la igualdad entre las provincias y en el rechazo al centralismo porteño. La horca de 1837 no fue un exceso ni una desviación del federalismo, sino una respuesta extrema a un crimen extremo. Clausuró un ciclo de violencia facciosa y permitió que la Confederación avanzara hacia una etapa de mayor cohesión, en defensa de la paz interior, la autonomía provincial y la causa federal. . SI TE GUSTO EL TEXTO PODES COLABORAR CON EL AUTOR👇 MERCADO PAGO 👇 zanni.damian Imagen (coloreada): Ejecución de los hermanos Reinafé y Santos Pérez. De: César Hipólito Bacle (o su taller "Litografía del Estado"). Bacle fue un destacado litógrafo suizo que desempeñó un papel fundamental en el registro visual de la época de Rosas en Argentina. Fue realizada alrededor de 1837, poco después de que se llevara a cabo la sentencia. FUENTES Saldías, Adolfo Historia de la Confederación Argentina. (Obra precursora del revisionismo). Archivo General de la Nación Causa judicial por el asesinato del general Quiroga. Manson, Enrique Juan Facundo Quiroga. Editorial Plus Ultra. Gálvez, Manuel Vida de Juan Manuel de Rosas. Editorial Tor. Rosa, José María Historia Argentina (Tomos III, IV y V). Chávez, Fermín Civilización y barbarie revisadas. Chávez, Fermín Revisionismo y política. Irazusta, Julio Vida política de Juan Manuel de Rosas. Irazusta, Julio Rosas y la suma del poder público.

Belgrano, pensamiento, acción, proyecto de organización nacional.-27.12.2025.

MANUEL BELGRANO: PENSAMIENTO, ACCIÓN Y PROYECTO DE ORGANIZACIÓN NACIONAL Por Revisionismo Historico Argentino Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano (1770–1820) ocupa un lugar central en la historia argentina no solo por su actuación militar o por la creación de la bandera nacional, sino por haber elaborado uno de los cuerpos de pensamiento más amplios y coherentes del período revolucionario. Su obra escrita —dispersa en memorias, artículos periodísticos, reglamentos y correspondencia— permite reconstruir una concepción integral sobre la sociedad, la economía, la educación y el Estado. Formado en Salamanca y Valladolid, Belgrano fue influido por la Ilustración, la fisiocracia y el reformismo borbónico, pero adaptó esas corrientes a la realidad americana. Su preocupación constante fue cómo transformar una sociedad colonial desigual en una comunidad política viable, productiva y educada. JUSTICIA, DESIGUALDAD Y ORDEN SOCIAL Belgrano analizó con detenimiento la estructura social del Río de la Plata. En sus escritos tempranos advirtió que la concentración de la propiedad y la marginación de amplios sectores constituían un obstáculo para el desarrollo general. En 1813 escribía en La Gaceta: > «Que no se oiga ya que los ricos devoran a los pobres, y que la justicia es sólo para ellos.» Para Belgrano, la desigualdad no era solo un problema moral, sino económico y político. Entendía que una sociedad profundamente fragmentada carecía de estabilidad y de posibilidades reales de progreso. Esta preocupación lo llevó a reflexionar sobre la función social de la propiedad y sobre la necesidad de integrar a quienes quedaban fuera del sistema productivo. TIERRA, PROPIEDAD Y PRODUCCIÓN El problema de la tierra fue central en su pensamiento. Influido por la fisiocracia, consideraba que la riqueza provenía del trabajo aplicado a la tierra, pero advertía que grandes extensiones improductivas atentaban contra el bienestar general. En el Correo de Comercio (1810) sostuvo la necesidad de intervenir sobre las tierras ociosas para favorecer su explotación: > «Es de necesidad poner los medios para que puedan entrar al orden de la sociedad los que ahora casi se avergüenzan de presentarse a sus conciudadanos por su desnudez y miseria.» Belgrano proponía medidas concretas: obligar a los propietarios a cultivar, vender o ceder parte de sus tierras, especialmente cuando estas lindaban con poblaciones empobrecidas. Estas ideas se adelantaban a debates que en otros países recién aparecerían décadas más tarde. EDUCACIÓN: INSTRUCCIÓN, MORAL Y UTILIDAD Pocos dirigentes de su tiempo insistieron tanto en la educación como Belgrano. Para él, la instrucción era la base del progreso económico, de la moral pública y del buen gobierno. En sus Memorias Consulares afirmaba: > «Sin educación, en balde es cansarse, nunca seremos más que lo que desgraciadamente somos.» Criticó duramente los métodos educativos rígidos y puramente memorísticos, señalando que alejaban a los niños del aprendizaje. Propuso una enseñanza práctica, vinculada a los oficios, al trabajo agrícola y a la industria. El historiador Ricardo Levene señaló al respecto: > «Belgrano comprendió antes que muchos de sus contemporáneos que la educación no era un adorno cultural, sino una herramienta esencial de organización nacional.» ECONOMÍA, INDUSTRIA Y AUTONOMÍA Belgrano sostuvo que la agricultura, el comercio y la industria debían funcionar de manera articulada. Alertó sobre los riesgos de una economía exclusivamente primaria y sobre la dependencia que generaba la importación de manufacturas. En el Correo de Comercio escribió: > «Los frutos de la tierra, sin la industria, no tendrán valor.» También advirtió sobre el endeudamiento externo como mecanismo de subordinación económica: > «Los rivales de un pueblo no tienen medio más cierto de arruinar su comercio que el tomar interés en sus deudas públicas.» Estas reflexiones lo ubican entre los primeros pensadores rioplatenses en advertir la relación entre finanzas, política y soberanía económica. EL CÁÑAMO, EL LINO Y LA DIVERSIFICACIÓN PRODUCTIVA Dentro de sus propuestas concretas, Belgrano promovió el cultivo del cáñamo y del lino como insumos industriales estratégicos. Conocía sus múltiples aplicaciones en la fabricación de telas, cuerdas y papel, y veía en ellos una oportunidad para generar empleo y reducir la pobreza. En 1795 redactó instrucciones detalladas para su cultivo y envió semillas a distintas regiones. El médico e historiador Omar López Mato señala: > «Belgrano entendió que el cáñamo podía convertirse en una fuente de riqueza genuina para el país, mucho antes de que se discutiera la industrialización como política de Estado.» Las dificultades del sistema colonial y los intereses comerciales externos impidieron que estos proyectos se consolidaran. LOS PUEBLOS ORIGINARIOS Y EL REGLAMENTO DE MISIONES Uno de los documentos más notables de Belgrano es el Reglamento para el Régimen Político y Administrativo y Reforma de los Treinta Pueblos de las Misiones (1810). Allí estableció la libertad personal de los habitantes, la restitución de tierras, la eliminación de tributos, el acceso al comercio, a la educación y a cargos públicos. Belgrano dejó constancia explícita de los abusos sufridos por los pueblos originarios y de su intención de corregirlos mediante normas claras y ejecutables. El historiador Tulio Halperin Donghi destacó que este reglamento: > «Constituye una de las experiencias más avanzadas de legislación social del período revolucionario temprano.» CONSTITUCIONALISMO Y ORGANIZACIÓN DEL ESTADO Belgrano comprendía que la revolución debía traducirse en instituciones estables. En Tacuarí redactó bases que anticipaban principios constitucionales como la representación, la legalidad administrativa y la responsabilidad de los funcionarios. Juan Bautista Alberdi reconoció estas ideas como antecedentes de la Constitución de 1853. Belgrano concebía el poder como una función sujeta a reglas y límites, no como una prerrogativa personal. MORAL PÚBLICA Y FUNCIÓN DEL FUNCIONARIO En su correspondencia privada, Belgrano insistió en que el deterioro moral del gobierno era una de las causas principales del atraso. Consideraba que los cargos públicos debían ejercerse con honestidad, austeridad y sentido del deber. Escribió en una de sus cartas: > «Mucho me falta para ser un verdadero republicano, pero aborrezco más que nadie el despotismo.» Esta frase resume su desconfianza hacia el poder sin control y su aspiración a un orden político basado en normas y responsabilidades. BANDERA, SÍMBOLOS E IDENTIDAD La creación de la bandera nacional respondió a una necesidad práctica y simbólica. Belgrano utilizó los colores blanco y celeste, ya presentes en la escarapela y en las milicias criollas. En su carta del 27 de febrero de 1812 dejó constancia del carácter circunstancial de la decisión. Su religiosidad, propia de su tiempo, se integraba a una concepción ética de la vida pública, donde la fe y la moral se vinculaban con la justicia y el bien común. ALCANCE Y SIGNIFICADO DE SU LEGADO Manuel Belgrano fue un pensador integral, preocupado por la educación, la producción, la justicia social, la organización institucional y la moral pública. Muchas de sus propuestas no pudieron aplicarse plenamente, pero su obra escrita constituye una fuente fundamental para comprender los debates y desafíos del período revolucionario. Como señaló el historiador José Carlos Chiaramonte: > «Belgrano fue uno de los pocos dirigentes de su tiempo que pensó la revolución no solo como ruptura política, sino como transformación social duradera.» El estudio completo de su pensamiento permite superar una visión fragmentaria y comprenderlo como uno de los principales arquitectos intelectuales de la Argentina en formación. Zanni Damián. Gracias! FUENTES Manuel Belgrano – Autobiografía y correspondencia- Escritos económicos, memorias Manuel Belgrano – Reglamento para el Régimen Político y Administrativo y Reforma de los Treinta Pueblos de las Misiones Ricardo Levene – Manuel Belgrano Enrique de Gandía – Belgrano y la economía política Tulio Halperin Donghi – Revolución y guerra Norberto Galasso – Manuel Belgrano y la construcción de la Patria

Batalla de Caseros la tragedia de la Patria.-27 - 12 -2025-

CASEROS: LA TRAGEDIA MAYOR DE LA PATRIA Por Revisionismo Historico Argentino LA DERROTA QUE NO FUE SOLO MILITAR Hace más de siglo y medio se vino abajo algo mucho más profundo que un gobierno o un ejército: se derrumbó el último intento serio de construir una PATRIA GRANDE, SOBERANA Y AUTÓNOMA en el sur del continente. Ese proyecto no nació de una consigna romántica ni de una voluntad personal, sino de una realidad histórica concreta: el VIRREINATO DEL RÍO DE LA PLATA, concebido como una unidad política, económica y estratégica destinada a defender Sudamérica de las potencias marítimas. En Caseros no se perdió solo una batalla. Se quebró un destino continental. El 3 de febrero de 1852 no marcó simplemente la caída de Juan Manuel de Rosas: marcó el triunfo definitivo del orden liberal dependiente, funcional al comercio británico y al expansionismo brasileño. EL PROYECTO GEOPOLÍTICO DEL PLATA La unidad rioplatense no fue un invento rosista. Venía de lejos. Desde Irala, Garay, Hernandarias, Trejo y Sanabria, se consolidó una concepción estratégica clara: el Plata debía ser un espacio integrado, con control del comercio, de los ríos y de la defensa territorial. La creación del Virreinato en 1776 respondió a esa lógica. Y ese mismo principio —ya en clave criolla— sobrevivió en los caudillos federales y encontró en Rosas su última expresión orgánica. No es casual que José de San Martín, desde el exilio, escribiera en 1848, en plena agresión anglo-francesa: > “Rosas es el único hombre que sabe resistir a la Europa, y el único que puede salvar la independencia americana.” LA PATRIA QUE SE FUE ACHICANDO Antes de Caseros, el territorio ya venía siendo descuartizado. Paraguay quedó aislado tras la revolución del Dr. Francia, más por el abandono porteño y la presión externa que por voluntad popular. El Alto Perú fue entregado de hecho por el Congreso rivadaviano de 1824, que bajo la fórmula de “disponer de su destino” habilitó su separación. La amputación más brutal llegó en 1828, cuando Gran Bretaña impuso la creación del Estado Oriental como estado tapón entre Argentina y Brasil. Lord Ponsonby lo expresó sin eufemismos ante el Foreign Office: la independencia oriental era necesaria para servir a los intereses del comercio inglés. Artigas lo había advertido en 1813 con claridad absoluta: > “Ni por asomo la separación nacional.” Lavalleja habló en 1825 a los “argentinos orientales”. La Asamblea de la Florida exigió la reincorporación. Pero Londres decidió otra cosa. ORIBE, ARROYO GRANDE Y LA RESISTENCIA DEL PLATA Pese a las amputaciones, la conciencia rioplatense persistió. La resistencia se expresó con fuerza en Arroyo Grande, donde Manuel Oribe derrotó el proyecto balcanizador impulsado por Rivera y Berón de Astrada bajo el nombre engañoso de “Federación del Paraná”. Ese plan respondía a la vieja estrategia británica de fragmentar para dominar. Rosas lo comprendía con claridad cuando advertía que la desunión era la verdadera derrota, porque hacía imposible cualquier política autónoma frente a los imperios. EL VACÍO DE PODER Y LA OPORTUNIDAD IMPERIAL Entre 1847 y 1848 Europa estaba sacudida por revoluciones. Francia, Inglaterra y Austria atravesaban crisis profundas. Ese vacío fue aprovechado por el Imperio del Brasil, que reactivó su vieja obsesión: la “ilusão do Prata”, la expansión hacia el sur. Brasil no actuó solo. Londres financiaba, asesoraba y legitimaba. La banca Rothschild aportó recursos. Lord Palmerston consideró “legítima” la exigencia brasileña de la caída de Rosas. Rosas era el último obstáculo serio al libre comercio irrestricto, a la navegación sin control de los ríos y a la fragmentación definitiva del espacio rioplatense. URQUIZA Y EL PRONUNCIAMIENTO En ese contexto apareció Justo José de Urquiza. No fue un ingenuo ni un reformista: eligió el bando del dinero. Aceptó subsidios, la libre navegación, la apertura al capital extranjero y el respaldo internacional. Encabezó el Pronunciamiento contra su propio país. Mientras tanto, en el Estado Oriental se compraban jefes y se desactivaba a Oribe. En Buenos Aires, incluso en Santos Lugares, operó el soborno. Las banderas de “Constitución” y “Libertad” se pagaban en libras esterlinas. CASEROS Y EL DESTINO SELLADO Caxias, Urquiza y César Díaz cumplieron la orden. La batalla fue breve, desigual y confusa. Y Caseros selló un destino sin retorno. Cayó el último poder fuerte del sur. Brasil consolidó su hegemonía. Se abrió el camino para la destrucción del Paraguay. Se cerró el ciclo de Juan Manuel de Rosas, uno de los mayores defensores de la Patria Grande Iberoamericana. EL ARREPENTIMIENTO DE URQUIZA Lejos de ser una construcción posterior, el arrepentimiento de Urquiza surge de sus propias palabras, expresadas a lo largo de su vida. El vencedor de Rosas descubrió rápidamente que el triunfo no era un punto de llegada, sino el inicio de una derrota política humillante. Apenas entró en Buenos Aires comprobó que el poder real se le escapaba entre las exigencias extranjeras, las presiones brasileñas y el desprecio de los unitarios, que jamás lo aceptaron como conductor. El día de su entrada triunfal fue obligado por Brasil a retrasar el desfile para conmemorar Ituzaingó. Aquella humillación lo enfureció. Se presentó con poncho y galera, luciendo la cinta punzó y montando un caballo con marca de Rosas, como si su propia figura delatara una contradicción irresuelta. Brasil le exigió la Banda Oriental, las Misiones, el reconocimiento del Paraguay y el reintegro de los gastos de guerra. Inglaterra presionó para desmantelar los tratados sostenidos por Rosas. Los unitarios conspiraron de inmediato. Ante eso, el 21 de febrero de 1852 Urquiza restableció el cintillo punzó y denunció a los “salvajes unitarios”, señal inequívoca de que el control político ya se le escapaba. En privado, su visión era aún más clara. En mayo de 1852 confesó al representante británico Gore: > “Hay un solo hombre para gobernar la Nación Argentina, y es Don Juan Manuel de Rosas. Yo estoy preparado para rogarle que vuelva aquí.” Ocho años después, en 1858, escribió al propio Rosas reconociendo los servicios extraordinarios que el país le debía y cuya gloria nadie podía arrebatarle. El aislamiento se profundizó. Para los unitarios, Urquiza era un estorbo. Para Brasil, un hombre influenciable. El general brasileño Osorio conocía su punto débil: el amor inmoderado por la fortuna. En marzo de 1870, un mes antes de morir, Urquiza escribió su confesión final: > “Toda mi vida me atormentará constantemente el recuerdo del inaudito crimen que cometí al cooperar, en el modo en que lo hice, a la caída del General Rosas.” Y agregó, anticipando su destino: > “Temo siempre ser medido con la misma vara y muerto con el mismo cuchillo, por los mismos que he colocado en el poder.” El 11 de abril de 1870 ese temor se cumplió con exactitud brutal. LA CONSTITUCIÓN DE 1853: ORGANIZAR PARA DEPENDER La Constitución que siguió a Caseros no fue la culminación de la soberanía, sino la institucionalización de la derrota. Ríos abiertos, aduanas condicionadas, un país pensado para integrarse al comercio mundial como proveedor de materias primas y no como nación industrial. No organizó la Patria Grande: organizó su subordinación. LA GUERRA DEL PARAGUAY Lo que Caseros dejó abierto, la Guerra del Paraguay lo consumó. La destrucción del último Estado verdaderamente autónomo del Plata fue la consecuencia lógica del nuevo orden nacido en 1852. Sin Rosas, sin un poder regional fuerte, sin unidad estratégica, el Paraguay quedó solo frente a la coalición alentada y financiada por intereses extranjeros. Ahí se cerró definitivamente el ciclo iniciado con Caseros. CONCLUSIÓN Caseros no fue el nacimiento de la Nación. Fue la derrota del último intento de soberanía real en el Río de la Plata. No es solo pasado. Es la matriz de un país que todavía discute si quiere ser nación o factoría. Zanni Damián

viernes, 26 de diciembre de 2025

Vida y obra de José de San Martín. Recuerdos.- 26 - 12- 2025.-

"Recuerdo que ese fue un año muy frío, con el invierno más largo que he vivido. Era setiembre y el calor ni amagaba a aparecer. La escarcha blanqueaba todas las mañanas el campamento con esa capa fina de hielo resbaladizo y traicionero que siempre se cobraba algún resbalón entre las risas y burlas de los mirones. El solcito de media mañana asomaba vergonzoso entre la niebla que cubría todo el valle y le costaba derretirlo. Yo usaba la ropa que me habían dado en el campamento el primer día, pero prefería mis cueros. El pantalón de guanaco y la chaqueta de chulengo con el vellón hacia adentro no se comparaban con las camisas de tela y lona, y un día cansado del frío salí de la barraca vestido como había llegado. Nadie me dijo nada o no me vieron, y si lo hicieron lo dejaron pasar: era el baqueano huarpe y mi actitud no les pareció de indisciplina. En la herrería el fray me miró y vino a mi lado con curiosidad. –Fabián, ¿me prestas un momento la chaqueta, por favor? Me la saqué y se la entregué. La miró con detenimiento y se detuvo en las costuras interiores. La dio vuelta y por unos momentos se dedicó a tocar, apretar y estirar la prenda. Sus ojos sabios e inquisidores estudiaban hasta el último detalle del trabajo, tal vez buscando algo desconocido. Me la devolvió sin decir nada, y seguimos trabajando. Cuando a la tarde el general me mandó llamar, no pude dejar de asociar su llamado al asunto de mi ropa. Acerté, pero no de la manera que yo pensaba. –Mañana voy a ir a inspeccionar los adelantos en el trabajo del batán, en la ciudad, y quiero que me acompañes. Necesito que veas algo. –Señor, si el problema es el uso de mis cueros, le pido disculpas… –No, no, –me interrumpió– no hay problemas con eso. Puedes usarlos si te sientes cómodo. Mi idea al llevarte es otra, pero voy a explicártelo en el lugar. Al día siguiente, mientras desayunábamos, un oficial me indicó que el general me esperaba en el portón de entrada. Terminé de tragar mientras salía de apuro y subí al caballo ensillado que me habían dejado atado en el palenque de la matera. En el portón estaban el general y el fray Beltrán. Me les uní y los tres salimos al trotecito por la calle que comunicaba con la ciudad. –El motivo de que estés aquí, –comenzó San Martín– es enseñarte algunas artes sobre la tela. Veo que tu pueblo se viste mayormente con pieles, lo que es comprensible por el lugar que habitan y, a decir verdad, aún no se ha creado ninguna tela que tenga las propiedades del cuero en retener el calor del cuerpo e impedir la entrada del frío. Pero con el tiempo deberán comenzar a usar más tiempo vestidos de tela, y eso requiere conocer algunas artes que me interesa enseñarte. Tal vez, cuando tu misión de acompañar nuestro cruce termine y vuelvas a tu familia, puedas llevar algo de conocimiento. Sería mi humilde obsequio y la mejor paga que puedo darte, ya que el saber es lo más caro de conseguir. ("¡Vámonos!. San Martín camino a Chacabuco. Crónica del Cruce de los Andes". Https://wa.me//3413193988) Seguimos cabalgando hacia Mendoza y el general se entusiasmaba en sus explicaciones, mientras el fray y yo escuchábamos en silencio. –Sé que hacen muy buenos ponchos en San Juan con la lana del guanaco. Son abrigados y vistosos y no desconocen el arte del teñido, pero también es necesario saber impermeabilizar las telas y para eso se utiliza un batán, que es la máquina que te voy a enseñar hoy. Había un molino que molía el maíz y otros granos con la fuerza del agua de un salto del canal del tajamar, y con el ingenio de Beltrán y el conocimiento del dueño lo transformamos en un batán, que en vez de moler, golpea, aprieta y prensa la tela hasta dejarla apelmazada, sin espacios entre sus hilos y le dan mayor grosor y resistencia. –¿Y las telas, señor? –Les llamamos bayetas, y llegan en piezas grandes desde San Luis. Acá las abatanamos y luego se tiñen. El tema del color fue otro problema. Usamos principalmente el azul, y resulta que es el color más difícil de conseguir a través de hierbas, flores, hojas o raíces. –Lo sé. Mi abuela consigue ese color raspando una piedra a la que le saca un polvo casi negro, después lo mezcla con orín de cabra bien macerado. Pero hay que buscarlo muy alto, casi en la cumbre, y es muy duro de raspar, por eso casi no lo usa. El azul no es un color muy usado en los ponchos de nuestro pueblo. –Claro, usa el amoníaco como fijador. Qué interesante –terció Beltrán. –Me habían hablado de una señora que más al sur sabía hacer el color, y la mandamos a buscar. El año pasado encontramos a Juana Mayorga en el fuerte San Carlos y la trajimos a la ciudad, pero no logró teñir los uniformes, por más que se esmeró –siguió contando el general, tranquilo en su caballo mientras seguíamos bajando hacia un vallecito– después ella misma nos habló de la existencia de una india pehuenche que tenía el conocimiento que necesitábamos, y ahí volvieron a salir los blandengues del fuerte en su busca. Después de unos días volvieron con Magdalena y Fray Inalican, que me ayudó a explicarle lo que necesitábamos. –¡Magdalena, qué hermosa mujer!, –dijo el fray– toda dulzura y bondad. Siempre me pregunté de dónde habrá salido su nombre bíblico, en medio de un pueblo con otra cultura y creencias. ¡La india Magdalena!, si hasta parece mentira. –¿Y pudieron lograr el azul? –pregunté curioso. –Sí. Magdalena lo extrajo de la raíz del añil, un arbusto rastrero que le daba un hermoso azul oscuro a la tela, pero solo a pequeños trozos o en la lana. Pero puesto en grandes ollas con muchos uniformes, se lavaba y desteñía. –No encontramos un fijador, como lo hace tu abuela con el amoníaco del orín –explicó Beltrán. –Al final, en abril de este año contratamos a don Francisco Correas, que lo consiguió utilizando productos químicos, sulfatos y otros elementos que conoce más Beltrán que yo. Pero no era eso lo importante, sino mostrarte el batán, por eso estamos acá. Nos acercábamos a un viejo edificio que desde afuera parecía sobrio pero robusto. Más alto que los del campamento como en 20 pies y una cumbrera que se estiraba hacia afuera con un hierro y un gancho, con un portón muy ancho y alto, en el que cabía una carreta. Como de 50 pasos de largo, su fondo era otro gran portón como el de la entrada. Noté que no tenía ventanas ni ninguna otra abertura a los costados. De su interior salían ruidos muy fuertes, rítmicos y constantes, nada parecido a algo que yo hubiera escuchado antes. Atrás corría un canal de riego que traía el agua desde algún sitio más arriba que no se alcanzaba a ver, y en ese lugar hacía una curva y un salto de unos 20 pies. Pegado al canal había una estructura con una rueda de madera muy grande que recibía de lleno el agua que caía directamente en sus paletas, haciéndolas girar. Un maderón comunicaba sus engranajes a los de la rueda y se perdía dentro del edificio, donde le daba fuerza a unos mazos y otras palancas que goleaban las telas. Un medio tronco ahuecado volaba sostenido por puntales y entraba al batán trayendo agua para refrigerar el eje y llenar el cubo de madera que hacía de sufridero, donde los mazos goleaban las telas. Habíamos ido dando la vuelta lentamente al lugar sin bajarnos de los caballos. Beltrán le señalaba distintas cosas al general y apuntaba con su brazo extendido aquí y allá. Yo procuraba oír pero se me dificultaba por el ruido que salía de adentro, así que intentaba adivinar las explicaciones. Habían tenido que elevar el techo y cambiar los engranajes de madera del viejo molino por otros de hierro, fabricados en la herrería del campamento. Cambiar el formato de los mazos y algunas posiciones de las palancas, además de muchos otros arreglos para que el molino que machacaba granos se transformara en un batán que engrosaba telas. De adentro salió un hombre bajándose las mangas de la camisa arremangada. Con una gran sonrisa se acercó al caballo de San Martín y le extendió la mano, que el general apretó con fuerza. –Buenos días, general. ¡Qué gusto que se haya llegado! Tengo algunas cosas para mostrarle. –¿Cómo le va, Tejeda? Beltrán me tiene al tanto de sus progresos –contestó, mientras se apeaba del caballo. El hombre se abrazó con Beltrán y me dio la mano a mí, todo con su enorme sonrisa dando la bienvenida. Era un mulato alto y flaco de espesas motas renegridas y manos huesudas y callosas, que siempre hablaba gritando y movía la cabeza buscando escuchar mejor, como si el ruido del edificio lo tuviera medio sordo. Adentro trabajaban otros 4 hombres, que se sacaron las gorras y saludaron respetuosamente cuando entramos. San Martín se acercó uno por uno, y con todos intercambió algunas palabras. Tejeda estuvo largo rato mostrando el lugar y los progresos obtenidos en el resultado, cosa que Beltrán verificaba con su ojo conocedor. –Pero no vamos a llegar con la cantidad, señor. Ni aunque trabajemos las 24 horas. Además corremos el riesgo de romper los engranajes si no les damos tiempo de enfriar. –Lo sé, Andrés. Usted siga haciendo todo lo posible, que lo demás lo pediré a Buenos Aires. ¿Cómo anda el teñido? –Bien, señor. El azul es firme y parejo, y al parecer no destiñe. Don Correas hizo varios intentos con sus productos hasta que encontró la cantidad de sulfato necesaria, y ahora vamos tiñendo a medida que abatanamos. –Bien. Manténgame al tanto a través de Beltrán de los progresos o si hay algún inconveniente, necesitamos que esto funcione. Habíamos ido saliendo hacia la tranquilidad del exterior y para todos ya no era necesario hablar a los gritos, menos para el mulato que seguía en el mismo tono. Montamos y salimos a la calle acompañados por Tejeda que caminaba a nuestro lado, como haciéndonos el honor. –Por último, Andrés… ¿Sigue queriendo volar? (*) Tejeda volvió a mostrar sus dientes blanquísimos y, si su color de piel lo hubiera permitido, seguro nos hubiera mostrado sus cachetes colorados. –Sí, señor. Pero quédese tranquilo, no haré más pruebas hasta que termine con el trabajo que me encomendó. –No haga locuras, hombre. Lo que usted quiere hacer es imposible y le va a llevar la vida. –Es extraño que me lo diga alguien que quiere cruzar la cordillera con un ejército. San Martín sonrió y lo miró fijo. Taloneó y nos fuimos." (*) Andrés Tejeda está considerado uno de los precursores de los vuelos en nuestro país. En 1815 fabricó unas alas con maderas livianas y cueros e intentó varios vuelos lanzándose del techo de su molino y de la iglesia de la ciudad. A finales de 1816 terminó quebrándose ambas piernas en el aterrizaje de uno de sus vuelos. Murió en 1817 a consecuencia de las heridas. ("¡Vámonos!. San Martín camino a Chacabuco", de Ariel Gustavo Pérez. Para adquirir el libro, comunicarse haciendo click acá: https://wa.me/3413193988)...

lunes, 22 de diciembre de 2025

Manuel Belgrano, ¿era Masón?. - 22 - 12 - 2025 -

Belgrano: ¿Era masón? Foto del escritor: Roberto Arnaiz Roberto Arnaiz 13 nov 37 Min. de lectura Introducción — El enigma detrás del prócer ree Pocas figuras en la historia argentina concentran tanto respeto y, a la vez, tanta interrogación como Manuel Belgrano. Patriota, economista, jurista, militar por deber y educador por convicción, su nombre está asociado a la virtud, la entrega y la pureza de ideales. Sin embargo, hay un tema que desde hace más de dos siglos despierta debates, silencios y conjeturas: ¿era masón? La pregunta no es menor. Ser masón, en los albores del siglo XIX, no era un detalle decorativo ni una moda intelectual: era una definición política y filosófica de enorme alcance. Implicaba pertenecer a una red de pensamiento ilustrado y liberal que, desde los salones de París hasta las logias de Cádiz o Londres, conspiraba —literalmente— contra los viejos órdenes coloniales y absolutistas. Las logias no eran entonces simples espacios de fraternidad simbólica: funcionaban como núcleos de sociabilidad, educación política y acción conspirativa, donde se discutían las nuevas ideas del siglo —la soberanía popular, la libertad de conciencia, la igualdad jurídica y la fraternidad universal—, principios que después impregnarían los movimientos revolucionarios de América. La masonería representaba, en aquel contexto, la ruptura intelectual y moral con el Antiguo Régimen: era la afirmación de la razón sobre el dogma, de la ciencia sobre la superstición, de la libertad sobre la obediencia ciega. Sus miembros se consideraban “constructores” de un nuevo orden humano, regido por la justicia y el mérito, no por el linaje ni por la corona. En muchos casos, el ingreso a una logia suponía asumir un compromiso de vida: difundir el conocimiento, combatir la tiranía y promover la emancipación del espíritu. En ese sentido, si Belgrano hubiese sido masón, su biografía encajaría de manera natural en el molde de los hombres que tejieron las independencias americanas bajo los principios de la Ilustración y el humanismo racionalista. Formado en España en plena efervescencia del liberalismo, lector de los economistas fisiocráticos y admirador del progreso social, Belgrano compartía con aquellos círculos el mismo ideal de regeneración moral y política de la humanidad. Su prédica sobre la educación, la industria y el trabajo como fuentes de dignidad coincidía con la visión masónica de un hombre libre, instruido y responsable. Por eso, más allá de su pertenencia formal o no a una logia, su pensamiento se inscribe en la misma corriente espiritual que dio origen a la modernidad revolucionaria del siglo XIX. Pero también hay una paradoja: Belgrano fue un hombre de profunda fe católica. Creyente sincero, admirador del Evangelio, convencido de que sin moral cristiana no había república posible. En su vida abundan los gestos piadosos, las ofrendas a la Virgen, los actos de caridad y las palabras en las que invoca a Dios como juez y guía. Y este punto no es accesorio: durante toda la vida de Belgrano, la pertenencia de un católico a la masonería estaba formal y explícitamente condenada por la Santa Sede. La primera gran condena a la masonería fue la bula In eminenti apostolatus specula de Clemente XII (1738), que prohibía a los fieles ingresar en logias y establecía duras censuras canónicas. Fue reafirmada poco después por Providas Romanorum Pontificum de Benedicto XIV (1751), consolidando la posición de la Iglesia frente a las sociedades secretas. Durante la vida de Belgrano, esa postura seguía plenamente vigente y encontraba eco en todo el mundo católico. Poco después de su muerte, dos documentos reforzaron esa misma línea: Ecclesiam a Jesu Christo de Pío VII (1821) y Quo graviora de León XII (1825), esta última publicada apenas cinco años después de su fallecimiento. Más tarde, Humanum genus de León XIII (1884) recogería toda la tradición antimasona del siglo XIX. El mensaje eclesiástico, constante y terminante, era inequívoco: para un católico, la masonería implicaba un conflicto espiritual y disciplinario grave, sancionado con la excomunión y considerado incompatible con la fe. ¿Cómo conciliar, entonces, ambas dimensiones? ¿Puede un católico fervoroso haber sido también miembro de una sociedad que, al menos en ciertos momentos de su historia, la Iglesia consideró incompatible con la fe? La respuesta exige un análisis que supere la mera etiqueta. Porque, más allá de las pruebas —o de su ausencia—, lo que está en juego al preguntarnos si Belgrano fue masón es el intento por comprender la raíz de su pensamiento: de dónde nacía su fe en la educación, su desprecio por el egoísmo, su devoción por la patria y su obsesión por el deber. En las páginas siguientes exploraremos, primero, los indicios y afinidades que alimentan la hipótesis de su pertenencia; luego, las razones sólidas para dudar; y, finalmente, una conclusión que ponga el acento en su legado moral antes que en la etiqueta iniciática. I. Los indicios de su pertenencia masónica ree 1. El contexto histórico: masones, ilustrados y patriotas A fines del siglo XVIII, Europa bullía bajo el impulso de la razón. El viejo edificio del absolutismo se resquebrajaba, y las ideas que habían germinado en los salones filosóficos y en las academias científicas se transformaban en fuerza política. La Revolución Francesa proclamó en 1789 los principios de libertad, igualdad y fraternidad, tres palabras que se convertirían en el emblema de una nueva era y que, con el tiempo, se asociarían de modo inseparable a la masonería. Las logias, nacidas en el seno de la Ilustración, no eran simples sociedades secretas de ritos y símbolos: eran auténticos laboratorios de pensamiento político y moral. Allí se formaban ciudadanos, se discutía la estructura de los gobiernos, se cuestionaba el derecho divino de los reyes y se soñaba con un mundo regido por la razón y el mérito. Su modelo de organización interna —basado en la igualdad de los miembros, la tolerancia religiosa y la libertad de pensamiento— anticipaba, en muchos sentidos, el ideal republicano. En ese clima intelectual, las logias funcionaron como vasos comunicantes entre la filosofía y la política. Desde Londres y París hasta Cádiz o Lisboa, fueron centros donde se forjó la nueva élite ilustrada, aquella que luego exportaría sus ideales al continente americano. No resulta casual que muchos de los líderes de las independencias —Washington en Norteamérica, Miranda y Bolívar en Sudamérica, San Martín y O’Higgins en el Cono Sur— fuesen masones o frecuentasen logias inspiradas en esos principios. La masonería no actuaba abiertamente como partido político, pero proporcionaba un lenguaje común, una ética compartida y una red internacional que permitía a los patriotas reconocerse más allá de las fronteras. En un mundo aún dominado por monarquías, censura e inquisiciones, esas logias ofrecían un espacio de libertad intelectual, un refugio para la crítica y la planificación. Fue precisamente en ese contexto que Manuel Belgrano llegó a España. Tenía apenas dieciséis años cuando inició sus estudios en la Universidad de Salamanca, y luego en Valladolid, entre 1786 y 1793, años decisivos para Europa: la Revolución Francesa estallaba, y las viejas certezas comenzaban a caer una a una. España, aunque más conservadora, también sentía el temblor del cambio. En los círculos intelectuales de Madrid y Cádiz se difundían las ideas de Voltaire, Rousseau, Montesquieu y Diderot, a menudo bajo el amparo discreto de las Sociedades Económicas de Amigos del País, instituciones ilustradas que promovían la educación, la agricultura y las ciencias aplicadas como medios de progreso. Belgrano, que se graduó como abogado y fue nombrado secretario perpetuo del Consulado de Comercio de Buenos Aires, se formó precisamente en ese ambiente. Su contacto con la Sociedad Económica de Madrid, su lectura de los fisiocráticos franceses como Quesnay y Turgot, y su admiración por Adam Smith, lo convirtieron en un reformista convencido de que el bienestar social era inseparable de la moral y la educación. No hay prueba documental de que Belgrano haya sido iniciado en una logia durante sus años en Europa —ningún registro, carta o testimonio directo lo confirma—, pero es difícil imaginar que un joven de su inquietud intelectual, que asistía a tertulias, academias y sociedades de pensamiento, no haya estado en contacto con círculos masónicos o premasónicos. En la España ilustrada de Carlos III y Carlos IV, la frontera entre la masonería y las sociedades de reforma era difusa: ambas compartían idénticos objetivos de progreso, libertad de pensamiento y moral pública. Cuando Belgrano regresó al Río de la Plata en 1794, traía consigo ese aire nuevo de la Ilustración. En los informes que presentó al Consulado —sobre agricultura, educación, comercio y manufactura— puede leerse la huella de esas influencias europeas. Su estilo, claro, razonado y moralizante, respira el mismo espíritu ilustrado que animaba las logias: el convencimiento de que el hombre debía perfeccionarse a través del conocimiento, la virtud y el trabajo. Así, aunque no podamos afirmar con certeza que Belgrano fuera masón, sí podemos afirmar que vivió y pensó dentro del universo mental que la masonería ayudó a construir. Su ideal de una sociedad libre y virtuosa, fundada en la educación y la justicia, era el mismo que proclamaban los talleres masónicos de Cádiz y Londres. En cierto modo, su pertenencia fue más espiritual que formal: un discípulo de la razón que nunca dejó de ser, a la vez, un creyente. 2. La logia de los Caballeros Racionales y la de Cádiz A fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, Cádiz se había convertido en el corazón del liberalismo español. Era un puerto cosmopolita, abierto al Atlántico y al intercambio de ideas. Allí llegaban noticias de las revoluciones americana y francesa, se imprimían panfletos clandestinos y se discutía con pasión sobre los derechos del hombre y del ciudadano. En ese escenario de efervescencia intelectual y política, las logias masónicas y las sociedades patrióticas florecieron con intensidad. Entre ellas, una de las más influyentes fue la llamada Logia de los Caballeros Racionales, fundada por el general venezolano Francisco de Miranda, veterano de la Revolución Francesa y figura clave en la difusión de los ideales emancipadores en América. Miranda, viajero incansable y hombre de una cultura excepcional, había sido iniciado en la masonería en Londres y París. Su propósito fue crear una red internacional de patriotas hispanoamericanos que trabajaran, de manera secreta y coordinada, por la independencia de sus respectivos países. Esta logia, activa en Londres y Cádiz, funcionaba bajo una estructura simbólica pero con fines claramente políticos. Cada miembro adoptaba un nombre en clave —Miranda se hacía llamar “Colombeia”— y juraba promover la libertad de las colonias americanas bajo el amparo de los principios masónicos de fraternidad y justicia. No era, en sentido estricto, una logia regular reconocida por las obediencias inglesas o francesas, sino una organización de tipo masónico-político, donde la discreción, el idealismo y la acción revolucionaria se unían. Cuando en 1808 estalló la crisis española provocada por la invasión napoleónica y la abdicación de los Borbones, Cádiz se transformó en refugio de las Cortes liberales y en foco de resistencia al absolutismo. Fue allí donde, en 1812, se redactó la famosa Constitución de Cádiz, considerada una de las más avanzadas de su tiempo. En esa misma ciudad operaban numerosas logias —como San Juan de Jerusalén o Lautaro— que servían de punto de encuentro a militares, intelectuales y políticos que soñaban con una monarquía constitucional o con la independencia de América. La logia “Lautaro”, creada por Miranda y luego reorganizada por San Martín y otros patriotas, tomó su nombre del héroe mapuche de la resistencia araucana. No fue una logia masónica en sentido ortodoxo, sino una sociedad patriótica inspirada en los métodos, símbolos y grados de la masonería, lo que explica su estructura jerárquica, su juramento de silencio y su apelación constante a la virtud y al honor. Cuando San Martín, Alvear, Zapiola y Guido fundaron en Buenos Aires en 1812 la Logia Lautaro del Río de la Plata, lo hicieron siguiendo el modelo de esas logias gaditanas. Su objetivo no era la especulación filosófica, sino la independencia efectiva y la construcción de un orden republicano. En este sentido, Cádiz fue el punto de origen de una hermandad transatlántica de patriotas que, bajo diferentes nombres, compartían el mismo propósito: liberar y moralizar a los pueblos hispanoamericanos. Diversos historiadores, como Ricardo Levene, Enrique de Gandía, Vicente Sierra y Norberto Galasso, han señalado que Belgrano, durante sus misiones diplomáticas y sus años de formación en España, pudo haber tenido contacto con los círculos vinculados a estas sociedades secretas. Su cercanía intelectual con los reformistas liberales y su paso por instituciones ilustradas como la Sociedad Económica de Amigos del País o el Consulado de Comercio en Madrid, lo habrían puesto en relación con personas activas en esas logias. Además, Belgrano no era un mero observador del cambio: formaba parte de la nueva generación criolla ilustrada que veía en el progreso moral y educativo la base de la independencia. Y cuando años más tarde regresó al Río de la Plata, se encontró con que muchos de los hombres con los que compartió ideales y conspiraciones —como Castelli, Moreno, Monteagudo o Rivadavia— mantenían vínculos con la masonería o con agrupaciones afines. Las afinidades eran evidentes: la defensa de la educación laica, el mérito personal, la libertad económica, la abolición de privilegios y la idea de una moral pública fundada en la virtud y el trabajo. Todos esos valores estaban presentes en el pensamiento belgraniano y en los códigos simbólicos de las logias. Aun sin pertenecer formalmente a una, Belgrano se movía dentro del mismo universo espiritual que animaba a los Caballeros Racionales y a la Lautaro. La discreción, la austeridad, la devoción al deber y la fe en la ilustración de los pueblos eran rasgos comunes. Es posible que no haya cruzado el umbral de una logia ni participado en sus rituales, pero respiró el mismo aire, compartió las mismas lecturas y soñó con idéntica meta: la emancipación del hombre americano. 3. Simbolismo y afinidades ideológicas Más allá de su posible pertenencia formal a una logia, lo cierto es que los escritos y las acciones de Manuel Belgrano revelan una profunda sintonía con los principios filosóficos y morales de la masonería: la fe en la educación como vía de emancipación del pueblo, la defensa de la igualdad ante la ley, la fraternidad entre los hombres, la moral como base del progreso y la idea de una libertad fundada en la razón y la virtud. En Belgrano, la educación no era un instrumento político, sino un acto de liberación espiritual y moral. Su célebre frase —“Sin educación no hay libertad posible”— podría inscribirse perfectamente en el frontispicio de un templo masónico. Para él, enseñar era construir ciudadanos libres; educar era moralizar, ennoblecer, elevar el espíritu del pueblo. Su visión coincidía con la idea masónica de que el hombre se perfecciona a través del conocimiento y la virtud, y que una sociedad ilustrada es la única capaz de ser justa. El mismo Belgrano, al donar los cuarenta mil pesos fuertes que recibió como premio por las victorias de Tucumán y Salta para fundar escuelas públicas en el Norte, actuó bajo un ideal que trasciende el dogma religioso y se ancla en la filantropía universal, uno de los pilares del pensamiento masónico. No buscaba mérito personal ni ostentación, sino el beneficio colectivo. Su generosidad, racional y moral a la vez, expresaba una convicción: el progreso no se mide en riquezas, sino en virtudes. Su ideal de igualdad ante la ley también refleja una visión profundamente moderna. En una sociedad colonial jerarquizada por el linaje y la sangre, Belgrano sostenía que la dignidad debía residir en el mérito y en la educación, no en los privilegios. Esa noción de igualdad moral y jurídica era el corazón mismo del pensamiento ilustrado —y también masónico— que concebía al hombre como sujeto autónomo, responsable y libre. Pero quizás donde más visible se hace la confluencia de ideas entre Belgrano y la masonería sea en el lenguaje simbólico. En los emblemas patrios que impulsó —la bandera y la escarapela— algunos intérpretes han querido ver huellas de un simbolismo afín al de la tradición masónica y republicana. Los colores celeste y blanco, por ejemplo, fueron explicados por Carlos Belgrano como un homenaje a la Inmaculada Concepción de la Virgen María, lo que demuestra su inspiración religiosa. Sin embargo, en el contexto cultural de la época, esos mismos tonos evocaban también la pureza, la verdad y la luz: valores que la masonería asoció a la perfección moral y al conocimiento. Es decir, el mismo símbolo podía ser leído en clave cristiana o ilustrada, según la mirada del intérprete. El sol incaico que más tarde se incorporaría a la bandera en 1818 —cuando Belgrano ya no tenía intervención directa— y el gorro frigio del escudo, aprobado en 1813, pertenecen a un repertorio simbólico común a las revoluciones atlánticas, donde masones, republicanos y católicos reformistas compartían los emblemas de la libertad, la luz y la regeneración moral. En ese sentido, no se trata de símbolos “masónicos” en exclusiva, sino de un lenguaje político universal del siglo de las revoluciones. Es posible, entonces, que el imaginario simbólico de la masonería haya ejercido cierta influencia indirecta en el espíritu de los emblemas patrios, no por afiliación, sino por afinidad cultural. En el mundo de las luces, los símbolos de la libertad, la igualdad, la fraternidad y la educación eran compartidos tanto por los masones como por los ilustrados católicos. Eran, en definitiva, símbolos de civilización. En los escritos de Belgrano se percibe una constante preocupación por la moral pública, la virtud cívica y la educación del alma. “No busco glorias —escribió—, sino la unión de los americanos y la prosperidad de la patria.” Esa declaración podría haber sido pronunciada en el discurso de iniciación de cualquier logia del mundo. Porque en su esencia, Belgrano pensaba como un constructor: creía que la patria debía edificarse piedra a piedra, conciencia a conciencia, con el esfuerzo de todos y bajo la guía de la razón y la fe. Por eso, incluso si nunca fue iniciado en una logia, Belgrano fue, en el sentido más profundo, un masón moral: un hombre que edificó la patria con el compás de la justicia, la escuadra del deber y la luz del conocimiento. Su vida demuestra que la verdadera fraternidad no necesita juramentos ni templos discretos, sino ejemplos visibles de virtud y sacrificio. 4. Su relación con otros posibles masones La historia del Río de la Plata durante los años revolucionarios está entretejida por un entramado de afinidades ideológicas, vínculos personales y fraternidades políticas que, en muchos casos, se desarrollaron al amparo del secreto. En ese contexto, las logias y sociedades reservadas —más o menos vinculadas a la masonería— fueron el escenario donde se discutieron los grandes proyectos emancipadores, desde la organización de las expediciones militares hasta la redacción de las nuevas constituciones. Manuel Belgrano, que por temperamento y formación era un reformador antes que un conspirador, se movió sin embargo dentro de ese mismo círculo de hombres que compartían un ideal común: la independencia del Río de la Plata y la regeneración moral del pueblo. Su vida pública lo colocó, inevitablemente, en contacto con varios de los personajes más directamente ligados a la masonería. Entre ellos se cuentan José de San Martín, Carlos María de Alvear, Tomás Guido, Bernardino Rivadavia y Bernardo de Monteagudo, figuras que, en mayor o menor medida, estuvieron asociadas a logias de inspiración masónica. San Martín y Alvear, por ejemplo, pertenecieron a la Logia Lautaro, cuyo ideario y estructura derivaban directamente de las logias gaditanas fundadas por Francisco de Miranda. Guido, que ofició como secretario y consejero del Libertador, fue otro de los miembros activos de aquella sociedad. Monteagudo, brillante y radical, había formado parte en su juventud de la Sociedad Patriótica, cuyo funcionamiento y simbolismo también remitían a los métodos masónicos. El mismo Bernardino Rivadavia, contemporáneo y en ocasiones aliado intelectual de Belgrano, fue identificado por diversos autores —entre ellos Ricardo Levene y Enrique de Gandía— como miembro de logias en Buenos Aires y Montevideo. Su fe en el progreso científico, la secularización del Estado y la educación popular coincidía plenamente con el ideario masónico del siglo XIX. No hay registros que indiquen la presencia de Belgrano en las reuniones de la Logia Lautaro, pero su proximidad personal y su afinidad de pensamiento con sus miembros más destacados resultan innegables. San Martín, con quien compartía una concepción ética del deber y una visión desinteresada del poder, lo respetaba profundamente. Ambos coincidían en un punto esencial: la independencia no era solo una empresa militar, sino una obra moral. Sabemos que en 1812, mientras San Martín fundaba la Logia Lautaro en Buenos Aires, Belgrano era designado vocal de la Junta Conservadora, organismo que debía velar por la continuidad del proceso revolucionario. Su pensamiento coincidía con el grupo de patriotas que entendía la independencia no solo como una ruptura política con España, sino como una reforma integral del espíritu americano, una tarea de educación, justicia y virtud. En esa misma época, Belgrano mantenía correspondencia con Mariano Moreno, otro de los grandes exponentes del racionalismo ilustrado y ferviente admirador de Rousseau. Moreno, que según algunos historiadores también frecuentó círculos masónicos, compartía con Belgrano la idea de que la libertad política debía ir acompañada de la liberación moral e intelectual del pueblo. Si bien no existen pruebas documentales de que Belgrano haya participado en las reuniones secretas donde se trazaban los planes emancipadores, todo indica que estuvo cerca de ese ámbito conspirativo. Su reserva natural, su discreción y su rechazo a la ostentación lo habrían hecho un colaborador ideal: un hombre de principios, capaz de guardar silencio y de actuar por convicción. Más aún: sus decisiones militares y políticas parecen armonizar con los objetivos de las logias patrióticas. La creación de la bandera, el impulso a la educación pública, la organización del Ejército del Norte, la defensa de la soberanía popular frente a los intereses de las élites porteñas, son gestos coherentes con la idea de construir una república de ciudadanos libres e iguales. Esa coincidencia ideológica con los masones revolucionarios alimenta la sospecha de una pertenencia, al menos espiritual, al ideario masónico. No se trataba, en su caso, de un vínculo ritual ni esotérico, sino moral y filosófico. Belgrano se sentía unido a esos hombres por un mismo código de virtud cívica y por una concepción del deber que trascendía los intereses personales. El secreto, más que una táctica, era una forma de prudencia: en tiempos de traiciones y contrarrevoluciones, la discreción era sinónimo de supervivencia. En definitiva, Belgrano se movía dentro de una fraternidad de ideales, no de símbolos. Su relación con los posibles masones de su entorno no puede medirse por los juramentos, sino por las acciones compartidas: la lucha por la independencia, la defensa de la moral pública, la fe en la educación y el sacrificio por la patria. II. Las razones para dudar de su pertenencia ree 1. La ausencia de pruebas documentales Si algo distingue el estudio histórico riguroso de la mera tradición es la exigencia de prueba documental verificable. En el caso de Manuel Belgrano, esa prueba simplemente no existe. A diferencia de José de San Martín, cuya vinculación con la Logia Lautaro está respaldada por testimonios de contemporáneos, documentos logiales, correspondencias y registros indirectos, el caso de Belgrano carece de cualquier evidencia similar. No se ha encontrado —ni en archivos argentinos ni europeos— ningún documento original que certifique su iniciación masónica. No existe acta de admisión, correspondencia con logias, mención en cartas privadas, ni alusión alguna en los diarios de sus contemporáneos. Tampoco en su autobiografía, en sus Memorias del Consulado, ni en su Testamento de 1820 aparece la más mínima referencia a la masonería, a ritos, a grados o a compromisos secretos. Los historiadores que han revisado exhaustivamente su correspondencia y sus escritos —entre ellos Bartolomé Mitre, Ricardo Levene, Ernesto Palacio, Emilio Ravignani, Enrique de Gandía, Otero, Sierra y Norberto Galasso— coinciden en este punto esencial: no hay evidencia directa. Lo que existen son coincidencias ideológicas o analogías de pensamiento entre el ideario de Belgrano y los principios masónicos, pero ningún documento que transforme esas afinidades en una pertenencia institucional. Incluso la historiografía masónica argentina, que ha reivindicado a numerosos próceres como miembros de la Orden —San Martín, Alvear, Rivadavia, Monteagudo, Pueyrredón—, reconoce la falta de constancia formal en el caso de Belgrano. En los registros conservados por la Gran Logia de la Argentina, en los archivos de Cádiz, en los fondos de las obediencias francesas y británicas, no figura su nombre en ninguna planilla, lista de iniciados o acta constitutiva. Los intentos de vincularlo con logias como la Independencia, la Lautaro o la Unidad Argentina se basan, en el mejor de los casos, en tradiciones orales, menciones tardías o interpretaciones simbólicas. El propio Ricardo Levene, que dedicó buena parte de su vida a estudiar la documentación belgraniana, fue tajante: “No he hallado ningún documento, ni correspondencia ni testimonio contemporáneo que pruebe su pertenencia a logias masónicas. Todo lo que se ha dicho al respecto pertenece al terreno de las conjeturas.” Esa ausencia documental resulta más significativa si se considera que Belgrano fue un hombre extremadamente prolijo y transparente. Escribía con frecuencia, conservaba copias de sus oficios y se preocupaba por dejar constancia de sus actos. No hay en sus escritos secretos, insinuaciones ni lenguaje cifrado que permita inferir una militancia clandestina. Su pensamiento, aunque progresista, fue público, racional y moral, sin necesidad de recurrir a simbolismos ocultos. Además, en el contexto histórico de las logias rioplatenses —que solían dejar constancias mínimas de su existencia pese al secreto—, el silencio absoluto en torno a Belgrano es llamativo. Sabemos que San Martín, Alvear, Guido y Zapiola pertenecieron a la Logia Lautaro; conocemos sus listas de miembros y sus vínculos con Cádiz y Londres. Pero en ningún documento, ni siquiera en los archivos internos de esas logias, aparece el nombre de Belgrano. Por lo tanto, el argumento de su pertenencia descansa más en una interpretación ideológica posterior que en la evidencia empírica. Lo que existe es un Belgrano “masónico” en el sentido moral o simbólico, un constructor de la nación desde la virtud y la razón, pero no un miembro registrado de la Orden. Como escribió el historiador Ernesto Palacio, con su habitual escepticismo: “Hacer de Belgrano un masón es tanto como hacerlo inglés o francés. Fue, ante todo, un argentino ilustrado, un cristiano moralista, y un patriota de razón y fe. Su religión fue el deber.” En ese marco, la ausencia de pruebas documentales no puede ser suplida por la elocuencia de los ideales compartidos. La historia, más allá de los homenajes y de las filiaciones simbólicas, exige hechos verificables. Y en el caso de Belgrano, lo que prevalece no es el secreto, sino el silencio. 2. Su religiosidad profunda y coherente Si en algo no existe duda alguna, es en la fe católica de Manuel Belgrano. En él, la religión no fue un adorno de época ni una mera convención social: fue una vivencia íntima, constante y coherente, que guió sus actos tanto en la vida civil como en la militar. Desde su juventud hasta su muerte, Belgrano manifestó una espiritualidad sincera, cimentada en la moral cristiana, el amor al prójimo y el sentido del deber. Desde joven, asistía regularmente a misa, leía el Evangelio y mantenía una concepción del trabajo, la justicia y la educación inspirada en la doctrina católica. Su formación en España coincidió con el auge del catolicismo reformista ilustrado, que buscaba conciliar fe y razón. A diferencia de los racionalistas puros, Belgrano nunca renegó de su creencia, sino que la entendió como una fuerza moral transformadora. En sus escritos, la huella de esa fe es clara. “El amor al prójimo es el fundamento de toda sociedad bien ordenada”, escribió, en una formulación que podría haber salido del Evangelio según San Mateo. Y en otra ocasión expresó: “La verdadera religión consiste en cumplir con los deberes del hombre hacia Dios y hacia sus semejantes”, revelando una visión del cristianismo profundamente ética, en la que la moral y la acción social eran inseparables. Durante sus campañas militares, su religiosidad se manifestó no como un gesto de superstición, sino como un acto de fe consciente. En 1812, antes de la batalla de Tucumán, reunió a sus soldados y los encomendó a la protección de la Virgen de la Merced, a quien nombró solemnemente “Generala del Ejército del Norte”. Después de la victoria, hizo colocar su bastón de mando a los pies de la imagen, en señal de agradecimiento. Ese gesto, profundamente simbólico, no solo revela su devoción, sino también su convicción de que la autoridad debía estar sometida a un orden moral superior. No fue un hecho aislado. En múltiples cartas y proclamas, Belgrano invoca a Dios como fuente de justicia y verdad. Antes de emprender la Retirada de Jujuy, en 1812, escribió: “La religión, la Patria y el honor nos reclaman”, uniendo en una sola frase los tres pilares de su vida. Durante la campaña del Alto Perú, ordenó celebrar misas por los caídos, levantó altares de campaña y exhortó a los oficiales a mantener la disciplina y la virtud. Su testamento, redactado poco antes de morir en 1820, es uno de los documentos más elocuentes sobre su espiritualidad: “Declaro que muero en la santa fe católica, apostólica, romana, en cuya creencia he vivido y protesto vivir y morir.” (No debe entenderse con el sentido moderno de “quejarse” o “reclamar”, sino con su acepción clásica y jurídica del siglo XVIII–XIX, que significa “afirmar solemnemente, declarar públicamente, testificar con convicción y juramento). Pidió ser enterrado con sencillez, sin honores, vistiendo el hábito de San Francisco. Dispuso que el poco dinero que tenía fuera destinado a obras de caridad y que se celebraran misas por su alma. Sus últimas palabras, según los testimonios del doctor Esteban de Luca y del presbítero José Ignacio Gorriti, fueron una invocación a la Virgen María y a Dios. Su muerte fue la de un creyente, serena y humilde, coherente con toda su vida. Es difícil compatibilizar una piedad tan explícita con una militancia masónica activa, especialmente si se recuerda que la Iglesia había condenado reiteradamente a la masonería desde el siglo XVIII. Belgrano, hombre informado y profundamente consciente de los valores religiosos, no pudo ignorar esas condenas. Tampoco existen indicios de conflicto interior entre su fe y su pensamiento reformista. Jamás manifestó dudas, críticas ni reservas hacia la Iglesia; por el contrario, sostuvo que la religión debía ser la base de la educación y de la república. En un informe del Consulado escribió: “La religión, la moral y la ilustración son los tres pilares en que debe fundarse la felicidad de los pueblos.” Esa frase resume su pensamiento: progreso sí, pero con alma; libertad sí, pero con moral; razón sí, pero iluminada por la fe. No hay en su vida rastros de ruptura con la Iglesia, ni controversias con clérigos, ni referencias al pensamiento deísta o laicista típico de los masones de su tiempo. Por el contrario, fue amigo de sacerdotes, colaboró con las órdenes religiosas y respetó las procesiones, las devociones y los juramentos religiosos. Cuando su salud declinó, pidió asistencia espiritual y recibió los sacramentos. Frente a esta evidencia, la idea de un Belgrano masón activo resulta, como mínimo, contradictoria. No por incompatibilidad de valores —ya que ambos sistemas exaltaban la virtud, la moral y el progreso—, sino porque, en el contexto de su época, la Iglesia y la Masonería eran irreconciliables en lo institucional. Pertenecer a ambas habría implicado una tensión moral y disciplinaria imposible de sostener para un hombre tan recto y transparente como él. En definitiva, Belgrano fue un católico moderno, ilustrado y moral, pero no un masón en el sentido operativo o ritual. Su fe no fue de fórmulas ni de dogmas vacíos, sino una fe activa, encarnada en la virtud pública y en el servicio al prójimo. Su vida entera fue, en palabras del padre Cayetano Rodríguez, “un sermón vivido de patriotismo y de religión”. 3. Su visión moral del deber Si hubiera que resumir la vida de Manuel Belgrano en una sola palabra, esa palabra sería deber. Para él, el deber no era una carga, sino una forma de libertad. Era la convicción íntima de que cada hombre nace con una responsabilidad frente a los demás y que la verdadera grandeza no reside en el poder, sino en el servicio. La ética de Belgrano no se basaba en el secreto ni en el simbolismo, sino en la transparencia del ejemplo. En su vida no hay rastros de misterio iniciático ni de ritualismo esotérico; no hay contraseñas, ni grados, ni códigos ocultos. Su moral era práctica, visible, evangélica: servir, enseñar, sacrificarse. En cada una de sus acciones públicas —ya fuera como funcionario, militar o educador— buscó anteponer el bien común a sus intereses personales. En su Autobiografía, escrita con la honestidad de quien no espera recompensas, se define como un hombre “enemigo del lujo, de la ostentación y de la adulación”. Rechazaba los títulos y los honores, despreciaba la corrupción y la hipocresía, y vivía con una austeridad que desconcertaba incluso a sus contemporáneos. “No he tenido otro fin que el bien de mi patria —afirmaba—, y si algo me ha animado en esta empresa, ha sido la satisfacción de haber cumplido con mi deber.” Su ideal de república era sencillo y virtuoso, sin las jerarquías simbólicas ni los rituales de iniciación propios de la masonería. Belgrano no creía en grados de perfeccionamiento místico ni en sociedades secretas o discretas de moral selectiva; creía, en cambio, en el ejemplo público y en la educación cívica como motores de una comunidad moral. “La mejor política —decía— es la honradez.” En esa concepción ética se advierte una espiritualidad activa: un cristianismo vivido en las obras. No necesitaba símbolos para representar la virtud; la ejercía. No le hacía falta un templo para consagrarse; su templo era la patria, su altar, la escuela, y su oración, el trabajo. Sus frecuentes críticas al materialismo y al egoísmo social lo acercan más al pensamiento cristiano que al racionalismo ilustrado puro. Para él, la razón debía ser iluminada por la moral; el progreso, moderado por la compasión. “La ambición de riquezas —escribió— ha corrompido los corazones y entorpecido las virtudes sociales. Es preciso educar para formar hombres justos, no ricos.” Belgrano no quería sustituir la fe por la razón, sino unirlas en un mismo propósito moral. Su pensamiento era una síntesis entre la ilustración y el Evangelio: creía en la ciencia, pero subordinada al bien común; en la libertad, pero guiada por la moral; en la educación, pero al servicio de la virtud. Esa síntesis —tan ajena al dogmatismo de su tiempo— lo convierte en una figura única, tanto dentro del pensamiento ilustrado como del catolicismo social. A diferencia de los masones más racionalistas, que concebían la moral como una construcción filosófica desligada de la fe, Belgrano la entendía como un deber natural nacido del amor al prójimo. La moral no se imponía desde fuera: brotaba del alma. En su visión, la virtud era la verdadera forma de sabiduría, y el sacrificio personal, el camino hacia la redención colectiva. En los momentos más difíciles de su vida —cuando el Ejército del Norte se hallaba desmoralizado, cuando la pobreza lo acosaba, cuando la ingratitud del gobierno lo condenaba al olvido—, Belgrano siguió actuando conforme a esa ética del deber. No pidió recompensas ni reconocimientos; apenas el derecho de servir. Su correspondencia revela una profunda coherencia entre pensamiento y acción. En una carta de 1814 escribió: “Nada hay más fuerte que el deber cumplido. Lo demás pasa, el deber queda.” Esa frase podría figurar en el frontispicio de su tumba: resume el espíritu con que vivió y murió. Por eso, cuando se intenta vincularlo a la masonería, conviene recordar que su vida fue el ejemplo contrario del secreto y de la jerarquía simbólica. Todo en él fue claridad, sencillez y entrega. Si la masonería buscaba perfeccionar al hombre por medio de la razón, Belgrano lo hacía por medio del amor y del sacrificio. Su moral no nació en un templo cerrado, sino en el campo de batalla, en las aulas que quiso fundar, en las cartas donde enseñaba a sus compatriotas a ser mejores. En su mundo no había iniciados ni profanos: solo ciudadanos responsables ante Dios y la patria. En definitiva, su visión del deber fue la de un místico del bien común, un hombre que creyó que la redención de un pueblo no se logra con discursos ni símbolos, sino con educación, trabajo y virtud. En Belgrano, la ética se volvió acción, y la acción, legado. 4. Los riesgos políticos de una afiliación secreta Durante los años de la Revolución de Mayo y las posteriores guerras civiles, pertenecer a una logia o sociedad secreta no era solo una cuestión de convicción ideológica: era también un acto de riesgo político y personal. Las logias, que en un principio habían sido espacios de unión y conspiración contra el poder colonial, se transformaron rápidamente en escenarios de tensiones internas, rivalidades y luchas de influencia dentro del nuevo orden que emergía. En ese contexto, las disputas entre logias y facciones —como las que enfrentaron a los partidarios de San Martín con los de Alvear— marcaron profundamente la vida política del Río de la Plata. Lo que había comenzado como una hermandad de ideales emancipadores se convirtió, con el paso del tiempo, en una red compleja de intereses, juramentos y poder. Belgrano, con su espíritu recto y su temperamento sereno, evitó cuidadosamente esas intrigas. Nunca se lo vio actuar bajo alianzas secretas ni bajo la sombra de sociedades políticas cerradas. Su preocupación era la unidad nacional, no la adhesión a grupos o bandos. “No hay salvación sin concordia”, escribió en una carta a Pueyrredón, cuando las divisiones internas amenazaban con desmembrar el proyecto revolucionario. A diferencia de muchos de sus contemporáneos, Belgrano nunca utilizó el secreto como herramienta política. Era enemigo de la manipulación y de la ambigüedad moral. Creía que la política debía ser transparente y fundada en la virtud, no en pactos ocultos ni juramentos de obediencia. Su estilo contrastaba con el de los dirigentes logiales que practicaban la reserva como forma de poder: él prefería la franqueza, el debate abierto y la persuasión moral. De haber pertenecido formalmente a una logia, es razonable suponer que habría dejado algún rastro en las rivalidades de la época, especialmente porque las logias no eran homogéneas ni inocuas: se enfrentaban, se dividían, se infiltraban unas en otras. Los conflictos entre la Logia Lautaro de San Martín y la logia de Alvear, por ejemplo, fueron notables. San Martín, más reservado y disciplinado, concebía la logia como un instrumento al servicio de la independencia continental; Alvear, en cambio, la usó como plataforma política personal. Belgrano, que conocía a ambos y los respetaba, se mantuvo al margen. Ni participó de sus pugnas ni fue acusado de pertenecer a sus filas. Tampoco sus detractores —como Rivadavia, con quien tuvo serias discrepancias ideológicas, o Pueyrredón, que llegó a apartarlo del mando— lo acusaron jamás de actuar bajo juramentos masónicos o de obedecer directivas de logias. En una época en la que las acusaciones de conspiración eran comunes y se usaban como arma política, ese silencio resulta elocuente. Todo en Belgrano fue público y transparente. Sus decisiones, sus informes, sus proclamas y hasta su pobreza final estuvieron expuestos a la luz del día. Jamás se amparó en el anonimato ni buscó refugio en estructuras secretas. Si algo define su figura es la coherencia entre pensamiento y acción: vivió como pensó y murió como vivió, sin doblez ni secreto. Incluso en los momentos más críticos —como cuando fue desplazado del mando del Ejército del Norte o cuando regresó enfermo y olvidado a Buenos Aires—, mantuvo la misma conducta: discreta, serena, recta. Nunca conspiró, nunca se vengó, nunca perteneció a camarillas. Su política fue la del ejemplo moral. A los ojos de sus contemporáneos, Belgrano era un hombre de una sola pieza, incapaz de las maniobras encubiertas que caracterizaban a la política de su tiempo. Mientras otros acumulaban poder en la sombra, él acumulaba sacrificio en silencio. Su “secreto” no fue la iniciación en una logia, sino la fidelidad inquebrantable a un principio: hacer el bien sin esperar recompensa. Así, en medio de un siglo convulsionado por conspiraciones y ambiciones, Belgrano encarnó la rara virtud de la transparencia. No necesitó el secreto para ser discreto, ni el juramento para ser leal. Su masonería, si alguna vez existió, fue la del alma, aquella que se edifica con actos de justicia, amor y deber cumplido. III. Las investigaciones actuales y el debate historiográfico ree En tiempos recientes, la Gran Logia de la Argentina de Libres y Aceptados Masones ha reivindicado con firmeza a Manuel Belgrano como miembro de la Orden, presentándolo como ejemplo de virtudes morales, filantrópicas y patrióticas. En sus comunicados institucionales y homenajes públicos, se sostiene que Belgrano habría sido iniciado en la “Logia Independencia” hacia fines del siglo XVIII, en Buenos Aires, junto a otros jóvenes criollos ilustrados vinculados a los orígenes del movimiento revolucionario. De acuerdo con esa versión, Belgrano habría integrado también la llamada “Sociedad de los Siete”, un círculo de número simbólico —el siete, de fuerte connotación masónica— fundado por Juan José Castelli, quien habría sido Venerable Maestro de la “Logia Independencia”. Según la tradición, este grupo se reunía en la Jabonería de Vieytes y en la casa de Rodríguez Peña, planificando acciones que confluirían en los hechos del 25 de mayo de 1810, cuando varios de sus miembros —Castelli, Paso, Vieytes, Rodríguez Peña— ocuparon cargos en la Primera Junta de Gobierno. Asimismo, la Gran Logia afirma que existió una segunda “Logia Independencia”, presidida por Julián Álvarez, que habría continuado la labor de la primera y colaborado activamente en la fundación de la Logia Lautaro, de la cual formaron parte San Martín, Alvear, Guido y Zapiola. Más aún, algunas publicaciones sostienen que Belgrano fue Venerable Maestro de la “Logia Argentina” en Tucumán, mientras comandaba el Ejército del Norte, y que esa logia —según el historiador masónico Alcibíades Lappas— habría sido fundada con una “Carta Constitutiva” otorgada por la Masonería de Nueva Granada, pasando luego a denominarse “Logia Unidad Argentina”. En el mismo sentido se pronuncian autores como Silvestre y Rodríguez Rossi, quienes afirman que “la Sociedad de los Siete fue una delegación operativa estrictamente masónica de la Logia Independencia”, y enumeran entre sus presuntos miembros a Castelli, Belgrano, Paso, Chiclana, Irigoyen, Rodríguez Peña, Vieytes, Larrea, Matheu y Berutti: casi un catálogo de los fundadores políticos de la Revolución de Mayo. Por su parte, el historiador Emilio J. Corbiere (1943–2004), abogado, profesor universitario y masón grado 33, sostuvo que la Logia Independencia fue “la primera logia que funcionó en el territorio del futuro Estado argentino”, y que lo hizo “con protocolos de autorización otorgados por la Gran Logia General Escocesa de Francia”. También José Matías Zapiola (1780–1874), compañero de armas de San Martín, habría dejado constancia de que Belgrano fue miembro de la Logia Lautaro de Buenos Aires, aunque esta afirmación ha sido motivo de debate, ya que otros historiadores la consideran improbable o sin respaldo documental. Más allá de estas afirmaciones, la falta absoluta de pruebas concretas sigue siendo el punto central del debate. Ningún archivo masónico —ni en Buenos Aires, ni en Tucumán, ni en España, ni en Londres— conserva actas de admisión, listas de miembros o correspondencias que certifiquen la pertenencia de Belgrano a una logia. El propio Ricardo Levene, en su Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina, subraya que “no se ha encontrado documento alguno que lo acredite”. Lo mismo sostienen Otero, Ravignani, Sierra y Galasso: todos coinciden en que la evidencia disponible es indiciaria, pero no probatoria. Algunos defensores de la tesis masónica apelan a explicaciones estructurales. El historiador Emilio Gouchón (1860–1912), quien fue Gran Maestre y Gran Comendador del grado 33, escribió en La organización masónica en la independencia americana que “el nombre de los afiliados era confiado principalmente a la memoria, y los trabajos se hacían verbalmente, cuidando de no dejar constancia escrita. La más mínima imprudencia, cualquier delación, podía hacer fracasar los trabajos y comprometer la vida y la libertad de los afiliados”. En ese contexto, la ausencia de documentación sería la consecuencia natural del carácter secreto y de las persecuciones políticas y religiosas que sufrían las logias, más que una negación de su existencia. Sin embargo, otros autores consideran que la falta de pruebas no puede suplirse con conjeturas. El propio Enrique de Gandía, uno de los principales difusores de la tesis masónica, cita a Saldías y a los “recuerdos del general Enrique Martínez” como testimonios que “prueban” la iniciación de Belgrano, pero tales fuentes no incluyen documentos primarios, ni actas, ni cartas del propio prócer. De hecho, la referencia de Gandía se apoya en menciones de segunda mano, sin trazabilidad archivística. En contraposición, los estudios de la Academia Nacional de la Historia (en la Historia de la Nación Argentina, tomo V, 1939) afirman que San Martín habría fundado logias militares en Tucumán y en el Ejército del Norte, donde “Belgrano y otros quedaron iniciados”. Pero incluso en este caso, la afirmación se basa en testimonios indirectos y en la transmisión oral, sin constancias documentales. En cuanto al argumento teológico, la historiadora Lucía Gálvez ofrece una lectura conciliadora: “La pertenencia a la masonería no pone en duda, sin embargo, la fe cristiana de ambos héroes —San Martín y Pueyrredón— ni la del general Belgrano, ni de tantos otros que veían en esa institución muchos valores además de una poderosa ayuda para lograr la unidad y la independencia de los pueblos de América”. La conclusión general de la historiografía moderna es, pues, doble.Por un lado, se reconoce que no existe prueba documental directa que confirme la iniciación masónica de Belgrano. Por otro, se admite que el silencio de las fuentes podría deberse al secreto inherente de las logias, especialmente en el ámbito hispánico, donde la Inquisición y las autoridades coloniales perseguían con severidad toda organización considerada “ilustrada” o “filosófica”. En última instancia, las investigaciones actuales —desde Lappas hasta Corbiere, pasando por los estudios críticos de Levene, Otero, Sierra, Ravignani, Gálvez y Galasso— mantienen abierta la controversia. La figura de Belgrano se ubica en un punto intermedio entre la historia y el mito: una figura moral que encarna los valores masónicos sin dejar huellas masónicas, un creyente que practicó la virtud de la razón, y un patriota cuya grandeza trasciende cualquier iniciación ritual. IV. Más allá del secreto: el verdadero credo de Belgrano La pregunta “¿Era masón?” quizá oculte otra más profunda y reveladora: ¿qué representaba realmente Manuel Belgrano en la historia argentina? ¿Un hombre de fe, un ilustrado, un patriota, o todos a la vez? Más allá de las etiquetas, lo cierto es que Belgrano encarnó una síntesis excepcional entre razón y fe, entre progreso y moral, entre libertad y virtud. Fue un hombre adelantado a su tiempo, pero sin renegar de su tiempo; un reformador sin resentimiento, un creyente sin fanatismo, un idealista con los pies en la tierra. Si fue masón —y eso nunca podrá afirmarse con certeza—, lo fue en el sentido filosófico y simbólico del término: un constructor. Pero no de templos de piedra ni de símbolos herméticos, sino de instituciones reales, de escuelas, de leyes, de conciencia ciudadana, de patria. Su fe en la educación como fundamento de la nación no nace de la masonería, sino del humanismo cristiano y de su lectura de los clásicos del pensamiento moral y político. Creía que educar era formar hombres libres y responsables, no solo instruidos. “La educación es la base sobre la cual se edifica la libertad de los pueblos”, escribió, y en esa frase se condensa su visión del mundo: una república de almas ilustradas por la razón y guiadas por la virtud. Esa idea, aunque compartida por los masones ilustrados de su tiempo, era también una convicción profunda de los reformadores católicos del siglo XVIII y XIX. Belgrano no pretendía sustituir a Dios por la razón, sino iluminar la razón con la moral cristiana. En su pensamiento no hay oposición entre el cielo y la tierra, sino un puente: la educación como ascenso espiritual del hombre hacia su dignidad. Su vida fue una lección constante de renuncia. Renunció al poder cuando se lo ofrecieron, porque creía que “la ambición personal corrompe las repúblicas”. Renunció a la riqueza, donando los premios que ganó por las victorias de Tucumán y Salta para fundar escuelas en los pueblos más necesitados. Renunció al reconocimiento, aceptando el olvido de sus contemporáneos y la indiferencia de los gobiernos que lo ignoraron en sus últimos años. Murió pobre, en una cama prestada, atendido por un médico amigo que le regaló los remedios. No dejó fortuna, solo una pluma, una espada y una bandera. Ninguna sociedad secreta podría reclamar la autoría de una conducta así: solo la conciencia de un hombre justo. Belgrano no fue masón en los ritos, pero sí constructor en el espíritu. Fue el arquitecto moral de una nación que aún hoy intenta alcanzar el ideal que él soñó: un país educado, justo y virtuoso. En tiempos donde la política se confundía con el oportunismo, él la concibió como una misión moral. “Servir a la patria —decía— es el modo de servir a Dios”. Y ese principio, más que cualquier juramento, fue su verdadero credo. Si en las logias de Europa se enseñaba que el hombre debía “pasar de las tinieblas a la luz”, Belgrano lo vivió literalmente: intentó llevar la luz de la educación y de la justicia a un pueblo sumido en la ignorancia y la pobreza. Su evangelio fue la instrucción pública, su fe, la dignidad del trabajo, su religión, la virtud cívica. Por eso, discutir si fue o no masón puede parecer una cuestión menor frente a la magnitud de su obra moral. Belgrano pertenece a esa clase de hombres cuya vida trasciende las instituciones y los símbolos. Fue un creyente que razonó, un político que amó la verdad, un militar que jamás se rindió, y un patriota que murió sin un centavo, pero con el alma intacta. El suyo fue un apostolado laico y cristiano a la vez. No levantó templos de piedra ni columnas simbólicas; levantó escuelas, principios y esperanzas. No celebró ritos de iniciación; celebró el nacimiento de una patria. No invocó secretos; invocó el deber, la moral, el bien común. Por eso, más que preguntarnos si Belgrano fue masón, deberíamos preguntarnos si nosotros hemos sido dignos de su ejemplo. Porque en un país que todavía busca su identidad moral, su figura se yergue como una brújula ética. Su verdadera iniciación no fue en una logia, sino en la historia; y su juramento, el más sagrado de todos: “Por mi patria seré justo y trabajaré sin descanso”. El legado simbólico Belgrano no necesitó iniciaciones ni rituales para ser un iniciado en el arte de servir. Si la masonería busca formar “hombres libres y de buenas costumbres”, él lo fue por naturaleza. Si aspira a edificar un mundo más justo, él lo construyó con sus actos. Si promueve la fraternidad universal, Belgrano la practicó con humildad y coraje, sin templos ni mandiles, con la sola herramienta de su ejemplo. Su vida fue, en cierto modo, una masonería vivida en el terreno de la virtud pública. Porque, sin pertenecer formalmente a ninguna logia, fue arquitecto de la moral cívica, constructor de la educación popular, restaurador del trabajo como valor y del mérito como fundamento de la justicia. Su compás fue la medida del deber; su escuadra, la rectitud de sus actos; su luz, la conciencia. Y sin embargo, su existencia no contradice del todo el espíritu masónico. Al contrario, lo trasciende. Porque tanto en la senda del cristianismo como en la de la masonería —en sus versiones más elevadas— existe un punto de convergencia: el afán de perfeccionamiento moral del ser humano, la búsqueda de la verdad, la fraternidad y el bien. En ambos caminos, la piedra bruta que debe pulirse es el propio corazón. Belgrano encarnó esa búsqueda. Su religiosidad no fue pasiva, ni su razón, fría. Ambas convivieron en él como dos fuerzas complementarias: la fe que ennoblece al hombre y la razón que lo ilumina. Su espiritualidad fue una armonía interior, no un dogma; una fe activa que se tradujo en servicio, no en palabras. Quizás por eso, algunos historiadores y pensadores modernos prefieren ver en él a un hombre de espiritualidad superior, más allá de toda etiqueta. No fue exclusivamente católico en el sentido rígido del culto, ni masón en el sentido ritualista de la obediencia; fue, ante todo, un humanista moral, un creyente en la dignidad del hombre, en la perfectibilidad de la sociedad y en la educación como acto sagrado. En su visión del mundo, Dios y la razón no se excluyen, sino que se abrazan. Dios es el principio moral que da sentido a la existencia; la razón, el instrumento que permite comprender su obra. En esa unión radica el secreto de su pensamiento y la grandeza de su ejemplo. Por eso su legado no pertenece a ninguna hermandad, sino a toda la humanidad. Belgrano fue un constructor de almas, un reformador silencioso que soñó con una nación ilustrada, justa y fraterna. Y aunque su cuerpo murió pobre y olvidado, su espíritu sigue edificando, piedra a piedra, el templo invisible de la conciencia argentina. Conclusión — El constructor de la Patria ree El misterio de si Belgrano fue o no masón probablemente nunca se resuelva del todo. La historia no ha dejado documentos que lo prueben, pero tampoco argumentos que lo refuten por completo. Y quizás sea mejor así, porque hay misterios que iluminan más desde la duda que desde la certeza. Lo indiscutible es que su vida coincide, en espíritu, con los ideales más nobles de ambas tradiciones: la masonería y el cristianismo. Fue un hombre de luz en tiempos de oscuridad, un moralista en una época de ambición, un educador en medio de la guerra, un político sin apetito de poder. Su existencia fue una lección viva de virtud, una homilía laica pronunciada con actos. Si la masonería se define como el arte de construir hombres libres, Belgrano fue su arquitecto más silencioso y perfecto. Y si el cristianismo enseña que el mayor entre los hombres es aquel que sirve a los demás, también fue su discípulo más fiel. En su alma convivieron la escuadra y la cruz, la luz de la razón y el fuego de la fe, el amor al conocimiento y la entrega al prójimo. Belgrano no edificó templos ni palacios; construyó conciencia. Su obra no se mide en ladrillos ni en monumentos, sino en ideales: la educación pública, la igualdad de derechos, la dignidad del trabajo, la moral del deber, la austeridad del servicio. En un país que nacía entre el caos y la esperanza, él fue el albañil del espíritu republicano. Quizás, entonces, la verdadera pregunta no sea si Belgrano fue masón, sino qué significa hoy ser belgraniano. Porque en esa respuesta —en el amor al deber, la austeridad, la honestidad, la fe en la educación y la entrega por la patria— se encuentra el secreto más luminoso que nos dejó. Ser belgraniano no es profesar una doctrina ni repetir una consigna; es vivir con rectitud, trabajar sin esperar recompensas, y creer que la patria se construye todos los días con pequeños actos de justicia y de bien. Murió pobre, en una habitación sin gloria, olvidado por un gobierno que le debía la independencia y la bandera. Pero su espíritu trascendió los siglos. Su última exclamación —“¡Ay, Patria mía!”— no fue un lamento, sino una oración. No fue el suspiro de un vencido, sino el eco eterno de quien, aun muriendo, seguía soñando con un país mejor. Y en ese suspiro, que todavía flota sobre nuestra historia, quedó el reflejo más puro de su vida: el amor por la patria, el deber cumplido y la fe de un hombre bueno. Bibliografía 1. Obras sobre Manuel Belgrano y su pensamiento · Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina — Bartolomé Mitre — Editorial Estrada — 1947 — Buenos Aires. · Belgrano y su época — Ricardo Levene — Editorial Losada — 1953 — Buenos Aires. · Belgrano: El hombre del deber — Demetrio Otero — Editorial Claridad — 1945 — Buenos Aires. · Belgrano: El hombre del Bicentenario — Norberto Galasso — Editorial Colihue — 2010 — Buenos Aires. · Belgrano y el pensamiento político del Río de la Plata — Ricardo Caillet-Bois — Editorial Plus Ultra — 1970 — Buenos Aires. · Historia de la Nación Argentina, Tomo V — Academia Nacional de la Historia — Imprenta de la Universidad de Buenos Aires — 1939 — Buenos Aires. · Cartas y escritos políticos (1808–1811) — Juan José Castelli — Biblioteca Nacional — 1973 — Buenos Aires.